Lo mejor de 2022

Los 50 mejores libros de 2022

La segunda entrega de los descarnados diarios de Rafael Chirbes se convierte en la obra más votada por un jurado de 75 expertos. Además, seis autores latinoamericanos comentan sus títulos favoritos de la temporada al otro lado del Atlántico

Ha sido un año sombrío.

Los brotes verdes del optimismo postcovid se congelaron en la madrugada del 24 de febrero cuando Rusia invadió Ucrania. Seis meses después, el 12 de agosto, Salman Rushdie sufría un intento de asesinato en Nueva York: conserva la vida pero ha perdido un ojo y la movilidad de una mano. Cuatro semanas más tarde, el domingo 11 de septiembre, murió Javier Marías, todo un emblema de la literatura en español reciente.

Marías era hasta ahora el único autor que había colocado tres de sus libros en la cabeza de la lista de Babelia. Fue en 2011 (Los enamoramientos), 2014 (Así empieza lo malo) y 2017 (Berta Isla). Esa marca acaba de ser igualada por Rafael Chirbes, que en 2013 triunfó con En la orilla, repitió el año pasado con la primera entrega de sus diarios póstumos (A ratos perdidos) y vuelve a hacerlo este con el segundo tomo.

Tan lúcidos como sombríos, magistralmente escritos, esos cuadernos dan, además, el tono de una selección anual en la que destacan —no podemos decir brillan— el sombrío y lúcido Houellebecq, las descarnadas historias familiares de Sara Mesa y Miguel Ángel Oeste, el retrato de la precariedad y el racismo a cargo de Brenda Navarro o la elegía amorosa de Luis García Montero.

La parte luminosa podría correr a cargo del humorismo metaliterario y picaresco de Enrique Vila-Matas, Luis Landero y, a su manera, Juan Tallón. Pero no son tiempos de finales felices.

Como demuestra a sangre y fuego Nicola Lagioia, a poco que profundizamos en las miserias humanas nos damos cuenta de que nunca tendremos la fiesta en paz.

Por Javier Rodríguez Marcos

Rafael Chirbes.
Rafael Chirbes.SCIAMMARELLA

1) Diarios. A ratos perdidos 3 y 4

Rafael Chirbes
Anagrama

Por Jordi Gracia

La desolación es la norma de unos diarios reescritos, recortados y editados para adecentarlos como libro hecho y acabado con breve chin pan pun final. La intriga se resuelve (perdón) y el hilo conductor de la desesperación —un manuscrito informe, decepcionante y sin personalidad— acaba convertido en algo parecido a un libro de verdad. Será Crematorio, una de sus mejores novelas, como regalo de Reyes de 2007, y escrita durante los dos años anteriores con la angustia de la decrepitud en marcha de un sujeto en el límite de la supervivencia, en soledad y asolado por dentro, atacado día y noche por malestares difusos, angustias con ideaciones suicidas, sentimiento de desamparo creciente, inseguridad radical en su aptitud de escritor e impotencia ante la rutina morbosa de las horas muertas, la pérdida de las gafas, los dolores musculares, las molestias físicas y la sensación de agotamiento existencial. Tiene 57 años.

En la democracia apenas hierve nada digno de ser respetado por un corazón herido de rabia y furia, pero también por un insuficiente aireamiento

La maldición y el misterio de las listas aumentan con el número uno obtenido por la transcripción editada de unos cuadernos de escritor, entre el diario, el dietario y el material de trabajo. Chirbes murió en 2015 fulminado por un cáncer de pulmón —fumador compulsivo— consagrado como el rey de la izquierda alternativa o radical o heterodoxa o incombustible: las pedradas verbales y analíticas que reparte, a menudo de forma muy pueril, contra la demonizada Transición (sus mejores hijos murieron para dejar campo abierto a oportunistas y lameculos) se prolongan en diagnósticos desapacibles y descalificadores de cuanto huela de cerca o de lejos a socialdemocracia claudicante: ya ni siquiera aspira a moderar al capitalismo, enlodada en un cinismo masivo y despreciable. De Zapatero a Santos Juliá, pasando por Prisa, EL PAÍS y el desalmado intrigante de Javier Pradera, en la democracia española apenas hierve nada digno de ser respetado por un corazón herido de rabia y furia, pero también por un insuficiente aireamiento. No entiende ni Chirbes a qué viene la obsesión por vivir en pueblos perdidos y casas solitarias, primero en Extremadura y después en Valencia, cuando lo que de veras le gusta es el ritmo crujiente y tóxico de las ciudades, la promiscuidad de sexo y alcohol y parranda, pese a los encuentros que propicia con fantasmas del pasado tan deteriorados como uno mismo.

El libro es una inmersión en una intimidad castigada, insegura y tantas veces exasperada

La adicción que genera la intimidad del autor no depende de la connivencia o sintonía que el lector detecte con sus opiniones compulsivas y amargas, sino en el hecho mismo de asistir al desnudamiento de las muchas fobias y aprensiones de un ser literario también capaz de disfrutar de la realidad con la pluma en la mano, el placer físico de usarla sobre el papel y su frufrú narcotizante. Y entonces se abre la dimensión de Chirbes que aparca al cascarrabias para dar entrada a presumibles borradores de ar­tículos o microensayos sobre ciudades o sobre libros. La fascinación que atraviesa esta segunda entrega de los diarios —además de la escritura por fin culminada de Crematorio— es una lectura minuciosa y rendida de La Celestina, de Fernando de Rojas, como obra maestra absoluta y desoladora, mientras devora literatura a todas horas, como buen insomne, sin límite temporal ni geográfico: Les bienveillantes, de Jonathan Littell, parece una cosa y luego es otra (peor); Muñoz Molina atrapa en El viento de la luna la sordidez del pasado de forma casi tangible, mientras Chirbes descubre estupefacto A sangre y fuego, de Chaves Nogales. La subsección de guía culta para visitar ciudades quizá hubiese funcionado mejor como apéndice porque el ritmo de lectura de un diario no conjuga con la morosidad descriptiva y analítica de las ciudades que visita, sea Nueva York o Berlín, y casi impacienta encontrarse ahí metidas esas evocaciones de turista grafómano. Son casi siempre estupendas, pero interrumpen el vértigo de la inmersión en una intimidad castigada, insegura y tantas veces exasperada.

2) La familia

Sara Mesa
Anagrama

Existe un adictivo rito con cada novela de Sara Mesa: se coge aire al leer la primera frase y ya no se suelta hasta la última. Cautivadora, turbadora y asfixiante, en su relato sobre los mecanismos de control que operan a través de la familia tradicional, Mesa despliega sus obsesiones en su mejor versión. Como esa acrítica lupa sobre las dobles vidas de aquellos que sufren por debajo de lo visible; su humor compasivo y crudo sobre sus personajes (Gambi, siempre en nuestros corazones) y su capacidad única de revelar la oscura viscosidad que subyace en cada línea de diálogo. Una novela clarividente que encapsula lo que somos en una de sus frases: “Cuánto sufría ese hombre, qué sombras ocultaba, y todo para qué. Para nada”. Por NOELIA RAMÍREZ.


3) Obra maestra

Juan Tallón
Anagrama

Si un autor fuera a su editor con el argumento de esta novela es probable que volviera a casa con las manos vacías. En 2006 se supo que el Reina Sofía había perdido una escultura de Richard Serra de 38 toneladas. Nadie sabía cómo, ni cuándo, ni a manos de quién. Con esta premisa, el autor gallego construye a través de 70 testimonios un fresco de la sociedad española, la crónica de una investigación, una pasarela de egos, un relato que trasciende géneros, una novela imposible. Y lo hace con un tono que mantiene la distancia entre la caricatura y la tragedia. Tallón camina por el filo y mantiene el equilibrio para construir una novela que al mismo tiempo no lo es, una narración impecable. Por JUAN CARLOS GALINDO.


4) Una historia ridícula

Luis Landero
Tusquets

¿A quién no le ha ocurrido eso de sentirse un mequetrefe, de creer no estar a la altura de las circunstancias? Marcial, jefe de planta de un matadero, no tendrá estudios superiores, pero sí atesora un vocabulario florido y unos conocimientos heterogéneos que, dice él, lo colocan al nivel de un escritor, un filósofo de singular bagaje. ¿Y a quién no le ha pasado que un detalle insignificante a ojos ajenos crezca hasta un mundo en la cabeza propia, que un gesto cotidiano se transmute en una rencilla tal vez irreconciliable? La peripecia de Marcial es compartida, aunque, bien pensado, quizás no tanto. A él, el amor, un amor de los que ya no quedan, lo tiene, ay, obnubilado. Con este personaje enorme en su pequeñez, trágico en su comicidad, Luis Landero (Alburquerque, 74 años) borda una novela sobre la vida y sus menudencias, que a veces tornan gestas salvajes. Por SILVIA HERNANDO.


5) La ciudad de los vivos

Nicola Lagioia
Traducción de Francisco Javier González Rovira
Literatura Random House

La crónica de Nicola Lagioia sobre un asesinato sin motivo aparente que horrorizó Italia hace unos años es una investigación trepidante sobre la muerte, en marzo de 2016, de un buscavidas de la periferia romana a manos de dos jóvenes de buena familia tras una orgía de drogas y alcohol. Lagioia, alumno aventajado de Capote y Carrère, agarra al lector en la primera línea y no lo suelta hasta el final. Pero el libro es más que el relato de un suceso real. Es el retrato, tenebroso como un Caravaggio, de la corrupción moral de una ciudad, de aquello que se esconde tras sus magníficas ruinas. Roma en toda su esplendorosa y espantosa decadencia. Por MARC BASSETS.


6) Ceniza en la boca

Brenda Navarro
Sexto Piso

A la mexicana Brenda Navarro le preguntaron en España si era la canguro de su hija. El sesgo racista no es exclusivo del país donde reside desde hace años, pero está muy presente. La escritora lo refleja acertadamente en Cenizas en la boca, su segunda y estupenda novela, que se aleja del manifiesto de denuncia y de buenas intenciones para mostrarnos la vida perra, con destellos de solidaridad y humor, que llevan las personas que dejan de cuidar a los suyos para ganar una miseria a miles de kilómetros cuidando a extraños. La protagonista se plantea qué vida merece la pena vivir con una voz en primera persona poderosa, vibrante, que atrapa al lector. No es autoficción, es buena literatura con mucha sociología. Por FERRAN BONO.


7) Un año y tres meses

Luis García Montero
Tusquets

Desde sus orígenes, la poesía —­esa ácida destilación del lenguaje— se ha visto sometida a la tensión entre estar a la altura de los grandes momentos y el imperativo de atemperar los sentimientos para no confundir arte con desahogo. Acuciado por la enfermedad terminal de su pareja, Almudena Grandes, Luis García Montero decidió someter su oficio a la mayor prueba y medirlo con la más terrible de las escalas: la muerte. El resultado son 25 poemas escritos al hilo de los acontecimientos, un gran libro cuya última palabra es “vida” y en el que, pese a todo, “finales” rima con “felices” y “estar hundido” con “estar enamorado”. Porque de eso se trata, de un poemario de amor que consigue encontrar la maravilla en la mayor grisura: ya se trate de un desasosegante viaje en avión, la Nochevieja en un hospital o una casa para siempre vacía. Por J. RODRÍGUEZ MARCOS.


8) Montevideo

Enrique Vila-Matas
Seix Barral

El regreso de Enrique Vila-Matas con Montevideo es juego, espejismo, humor y literatura. Permeable y fluida, fronteriza, en esta suerte de biografía de un estilo escribe sobre el trabajo de muchos otros, referencias ágiles que funcionan como rápidos reflejos cambiantes que pasan como si el lector fuese montado en un vagón de pasajeros recorriendo ese mundo. Así se muestra el efecto de lecturas, frases y encuentros que encienden la imaginación y las ideas del narrador que esta vez ha inventado el autor de Bartle­by y compañía. El circuito de pensamientos, bromas sinceras y juegos que Vila-Matas construye en el libro tiene algo de tren eléctrico de juguete, de pequeños bloques de madera con los que eleva una historia tan suya como ninguna otra. Por ANDREA AGUILAR.


9) Aniquilación

Michel Houellebecq
Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama

Sin ser el mejor libro de Michel Houellebecq, es tal su nivel de desafío a la cultura dominante y a la corrección política que Aniquilación también brilla en lo alto de los mejores del año. El autor ha elegido aquí a un hombre tipo de la élite de París, un tecnócrata frío y desapasionado que se ha ido alejando del amor, del sexo y de la vida hasta que esta le empieza a recolocar ante acontecimientos humanos. Humanos, sí, muy lejos del teflón al que se ha acostumbrado. Y es en ese arco del personaje hacia la reconexión con los problemas comunes y vitales donde Houellebecq entabla su mejor juego de sorpresas. Lectura incorrecta, exasperante y brillante sobre lo que nos distancia del mundo. Y lo que nos une. Por BERNA GONZÁLEZ HARBOUR.


10) Vengo de ese miedo

Miguel Ángel Oeste
Tusquets

Miguel Ángel Oeste ha matado al padre. Al hombre que le insultó, humilló, vejó y agredió durante esa eternidad que va de la infancia a la juventud. Le mata con esta novela, que va y viene de la contención al espasmo, para poder vivir con algo más de ligereza las cadenas que arrastra. “Fui mordido por un perro rabioso y ya nunca podré desprenderme de aquel daño”. El trauma como fábrica de escritores. La escritura como reactivo del trauma. En paralelo a la narración memorialística discurren el relato sobre el proceso creativo —13 años de cambios, dudas e investigaciones— y la auscultación pública del gran miedo del autor: la transmisión de la herencia recibida a sus hijas. Imprescindible para amantes de la literatura del yo. Por TEREIXA CONSTENLA.


11) El pasajero / Stella Maris

Cormac McCarthy
Traducción de Luis Murillo Fort
Literatura Random House

Gran literatura, ciencia y delirio confluyen en esta novela doble en la que Cormac McCarthy (Providence, Estados Unidos, 89 años) vuelve a la narrativa 16 años después de publicar La carretera. Al padre y al hijo de aquella obra maestra les toman el relevo dos hermanos marcados por el incesto y el suicidio. Su creador vuelve a demostrar que es, ante todo, un grandísimo creador de personajes. Y sin concesiones.


12) Un tiempo de gracia

Esperanza López Parada
Pre-Textos

“Esto es el misterio / voy por el mundo tan habitada / que apenas me sostengo”. Con esos tres versos se cierra el intenso libro de duelo que Esperanza López Parada (Madrid, 60 años) dedica a su madre y a su compañero, muertos con un año de diferencia. “Dios era como mi tío / el seminarista” se lee en otros dos versos que completan el tono de un conjunto en el que lo sagrado convive con la cotidianidad profana y la eternidad con el paso irremediable del tiempo.


13) Un tal González

Sergio del Molino
Alfaguara

Coincidiendo con el 40º aniversario de la primera victoria electoral del PSOE, el autor de La España vacía (Madrid, 43 años) retrata a Felipe González desde la clandestinidad antifranquista hasta su salida del Gobierno en 1996, acosado por la corrupción. El resultado es tanto un elogio (no exento de fascinación) del carisma y el reformismo progresista del líder socialista como de la (ora denostada, ora sacralizada) Transición.



14) El peligro de estar cuerda

Rosa Montero
Seix Barral

Rosa Montero (Madrid, 71 años) se interna en uno de los grandes temas de hoy —la salud mental— y mezcla memoria y ensayo para analizar la relación entre trastorno y creatividad. Lo hace buceando en su propia vida y en las de autoras como Emily Dickinson, Virginia Woolf o Sylvia Plath.


15) Mira a esa chica

Cristina Araújo Gamir
Tusquets

“Mira a esa chica, la que está sentada en el banco, debe de llevar un pedo brutal, pero no te pares, joder, disimula”. Eso dice una de las múltiples voces de la desasosegante primera novela con la que su autora (Madrid, 40 años) ganó este año el Premio Tusquets. Desasosegante porque narra las consecuencias de una violación en manada, pero también porque, sin maniqueísmo ni equidistancia, hace que el lector (y la lectora) reconozca algo de sí en todos los personajes.


16) Lo demás es aire

Juan Gómez Bárcena
Seix Barral

Toñanes es un lugar a la vez real e imaginario por el que Juan Gómez Bárcena (Santander, 38 años) pasea a los lectores haciéndoles viajar en el tiempo para asistir a 200 años de historia de su pueblo, en Cantabria. Empleando un magistral montaje casi cinematográfico, asistimos a la trayectoria de varias parejas cuyas vidas están separadas por décadas aunque su destino parece siempre el mismo.


17) Arqueologías

Ada Salas
Pre-Textos

La arqueología de este libro de Ada Salas (Cáceres, 57 años) es a la vez literal y simbólica: la de un yacimiento y la de la vida. En el primero “todos hablan y todos / permanecen callados”, es decir, resucitan cuando el poema le insufla su espíritu. En la segunda, la infancia de la poeta (la madre, el padre) cierra el círculo de una intimidad tan mítica como la guerra de Troya. Indestructible.


18) Cauterio

Lucía Lijtmaer
Anagrama

El monólogo en paralelo de dos mujeres le ha servido a Lucía Lijtmaer (Buenos Aires, 45 años) para tres cosas: que la gente aprenda a deletrear su apellido, distinga cauterio de cautiverio y se rinda en masa ante una de las novelas revelación del año. En ella, Dios y un exnovio se convierten en el objeto de ira y adoración de las protagonistas de un relato lleno de ritmo, inteligencia, horror y humor.


19) Antes del antiimperialismo

Josep M. Fradera
Anagrama

Antes del antiimperialismo se intentó una especie de imperialismo con rostro humano. Esa es, a grandísimos rasgos, una de las tesis del libro con el que Josep Maria Fradera (Mataró, 70 años) ganó el Premio Anagrama de Ensayo. El historiador catalán rastrea, entre 1780 y 1918, una “tradición humanitaria” nacida de la Revolución Francesa que terminó con la esclavitud, pero, a la postre, no consiguió que la moral pusiera puertas a la codicia. Y entonces llegó el verdadero antiimperialismo.


20) Los planetas fantasma

Rosa Berbel
Tusquets

A veces, el fin del mundo coincide con el fin de la juventud. Tras revelarse como una de las grandes voces de la nueva poesía con La niñas siempre dicen la verdad, Rosa Berbel (Estepa, 25 años) se confirma con este poemario de apocalipsis planetario y generacional.


21) El castillo de Barbazul

Javier Cercas
Tusquets


22) Una oportunidad

Pablo Katchadjian
Sexto Piso



23) El seductor

Isaac Bashevis Singer
Traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís
Acantilado



24) La impostora

Nuria Barrios
Páginas de Espuma



25 De bestias y aves

Pilar Adón
Galaxia Gutenberg



26) El polaco

J. M. Coetzee
Traducción Mariana Dimópulos
El Hilo de Ariadna



27) Los Effinger

Gabriele Tergit
Traducción de Carlos Fortea
Libros del Asteroide



28) En memoria de la memoria

María Stepánova
Traducción de Jorge Ferrer
Acantilado



29) Las puertas de Europa

Serhii Plokhy
Traducción de Marta Rebón
Península



30) Ese día cayó en domingo

Sergio Ramírez
Alfaguara



31) Magníficos rebeldes

Andrea Wulf
Traducción de Abraham Gragera López
Taurus



32) El derecho al sexo

Amia Srinivasan
Traducción de Inga Pellisa
Anagrama



33) Personas decentes

Leonardo Padura
Tusquets



34) El ala derecha

Mircea Cărtărescu
Traducción de Marian Ochoa de Eribe
Impedimenta
Mircea Cartarescu



35) 14 de abril

Paco Cerdà
Libros del Asteroide



36) Diarios y cuadernos 1941-1995

Patricia Highsmith
Traducción de Eduardo Iriarte Goñi
Anagrama



37) La sombra exiliada

Norman Manea
Traducción de Marian Ochoa de Eribe
Galaxia Gutenberg



38) Dysphoria mundi

Paul B. Preciado
Anagrama



39) La promesa

Damon Galgut
Traducción de Celia Filipetto
Libros del Asteroide



40) Mi libro madre, mi libro monstruo

Kate Zambreno
Traducción de Carlos Bueno Vera y Violeta Gil
La Uña Rota



41) Spinoza en el parque México

Enrique Krauze
Tusquets



42) Vivir con nuestros muertos

Delphine Horvilleur
Traducción de Regina López Muñoz
Libros del Asteroide



43) Todo va a mejorar

Almudena Grandes
Tusquets



44) Un futuro anterior

Mauro Libertella
Sexto Piso



45) Las herederas

Aixa de la Cruz
Alfaguara



46) Hierba

Keum Suk Gendry-Kim
Traducción de Joo Hasun
Reservoir Books


47) Ay, William

Elizabeth Strout
Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Alfaguara



48) Túneles

Rutu Modan
Traducción de Ayeleth Nirpaz
Salamandra Graphic



49) Madrid 1945

Andrés Trapiello
Destino



50) Fleurs

Marco Martella
Traducción de Natalia Zarco
Elba




FUERON LIBROS DEL AÑO

2021. Diarios. A ratos perdidos 1 y 2. Rafael Chirbes. Anagrama.
Vea aquí el especial de 2021

2020. Un amor. Sara Mesa. Anagrama.
Vea aquí el especial de 2020

2019. Lluvia fina. Luis Landero. Tusquets.
Vea aquí el especial de 2019

2018. Ordesa. Manuel Vilas. Alfaguara.
Vea aquí el especial de 2018

2017. Berta Isla. Javier Marías. Alfaguara.
Vea aquí el especial de 2017

2016. Manual para mujeres de la limpieza. Lucia Berlin. Alfaguara.
Vea aquí el especial de 2016

2015. Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación. Ricardo Piglia. Anagrama.
Vea aquí el especial de 2015

2014. Así empieza lo malo. Javier Marías. Alfaguara.
Vea aquí el especial de 2014

2013. En la orilla. Rafael Chirbes. Anagrama.
Vea aquí el especial de 2013

2012. Pensar el siglo XX. Tony Judt. Taurus.
Vea aquí el especial de 2012

2011. Los enamoramientos. Javier Marías. Alfaguara.
Vea aquí el especial de 2011

2010. Verano. J. M. Coetzee. Literatura Random House.

2009. Anatomía de un instante. Javier Cercas. Literatura Random House.

2008. Chesil Beach. Ian McEwan. Anagrama.

2007. Vida y destino. Vasili Grossman. Galaxia Gutenberg.


SEIS VISIONES DESDE AMÉRICA LATINA

Juan Gabriel Vásquez

El aire que me falta, de Luiz Schwarcz. Literatura Random House

El aire que me falta comienza en lo alto de una montaña: Luiz Schwarcz, editor de prestigio, padre de familia satisfecho y abuelo feliz, encuentra de repente que no puede respirar. La depresión lo ha acompañado durante buena parte de la vida, pero esta vez se pone en la difícil tarea de explicarla: de construir, nos dice, una narrativa. Y lo que se le presenta primero es una memoria de infancia: el ruido de las piernas de su padre golpeando contra el marco de la cama en largas noches de insomnio. Cuando su madre trata de explicarle la causa de esas ansiedades —y de las demás cosas: los bruscos cambios de ánimo, los silencios densos, los arrebatos de violencia verbal—, habla de culpa. Es la culpa del sobreviviente.

Así se entera el niño Luiz del día en que su padre y su abuelo, judíos de origen húngaro, avanzaban hacia el campo de concentración de Bergen-Belsen cuando el tren se detuvo, y el abuelo le dio a su hijo un empujón y una orden: “Huye, hijo mío, huye”. El hijo obedece; se salva, crece, huye a Brasil en 1947 y construye una vida nueva, pero nunca logra liberarse de la culpa de haber dejado atrás a su padre. Y Luiz Schwarcz, mientras indaga en el pasado de su familia de emigrados, reconstruye también su propia vida: el examen de su depresión y todo lo que la acompaña —la propia sensación de culpa, la impresión de ser responsable de los otros— es también el examen de la huella que ese pasado ha dejado en él. 

El aire que me falta es una meditación sobre una enfermedad, pero también sobre la manera en que heredamos el pasado de los otros. Es un libro descarnado y valiente, de una lucidez deslumbrante y una rara clarividencia.

Karina Pacheco

La estación del pantano, de Yuri Herrera. Periférica

En su autobiografía, nada dejó escrito Benito Juárez sobre los dieciocho meses de su exilio en Nueva Orleans, salvo la fecha de su arribo: 29 de diciembre de 1853. La estación del pantano es bastante más que una exquisita ficción histórica sobre aquel periodo. Con el lenguaje radical y envolvente que caracteriza su obra, párrafo tras párrafo, Yuri Herrera nos sumerge en escenas, diálogos y miradas que se hacen universales: deslumbran, interpelan, provocan continuas relecturas. Juárez emerge como un arquetipo de quien ha sido traspasado a otro mundo, a una Babel que en momentos puede interpretar a través de sus experiencias; las más de las veces es atravesado por el desconcierto, el hedor, el deseo y también el espanto que observa en ese Gran Pantano, en un tiempo donde el mundo entero estaba en construcción, violenta. No sobra ni una palabra; sin embargo, esa precisión permite atisbar el vuelo de las libélulas, los suelos ablandados por la basura, el horror de los mercados de esclavos, las trompetas como mar de fondo a un mundo fragmentado por las múltiples pigmentaciones de la piel y los idiomas. En este universo, los conspiradores exiliados de la vida real son solamente algunos puntales para elevar a personajes y escenas inolvidables: Thisbee, Polaris, el calor convertido en la calor, en una lectura semejante al ingreso al mejor teatro del mundo.

Emiliano Monge

Yo maté un perro en Rumanía, de Claudia Ulloa-Donoso. Almadía

Elegir un libro es complicado, a menos que uno se lo tome así: como decirle a un amigo o a una amiga que se lea tal o cual novela, porque está realmente buenísima. Por ejemplo, Yo maté a un perro en Rumanía, de Claudia Ulloa-Donoso, una escritora capaz de ocultar al tiempo que muestra y de hacer que el lenguaje sea una máquina de impresión, pero también de desvanecimiento. Yo maté a un perro en Rumania, que empieza siendo narrada por el espíritu o el fantasma de un perro —un perro que asevera que, en el más allá, los humanos pierden el lenguaje, al tiempo que el resto de animales lo adquieren—, para ser después narrada por una protagonista que va perdiendo el habla de a poco y, durante un breve instante, por su acompañante, que no entiende nada o casi nada y que es entonces una especie de silencio, da cuenta del viaje, a veces luminoso y cálido, a veces oscuro y helado, de una mujer que vive en Noruega, que está al borde del quiebre emocional y físico, que se deja arrastrar por un amigo hasta Rumania y Moldavia, pero también al mundo de los muertos —no es casual que ese amigo se llame Ovidio y que los fallecidos celebren bacanales tumultuosas—, mientras asistimos a la fragilidad y a la enorme resistencia de los hilos que unen nuestro mundo interior con el Mundo. “Sé lo que pasó aquí, pero qué pasó aquí”, este es el sentimiento y estas son las palabras que asaltan al lector tras leer a Ulloa-Donoso. Y esto es, precisamente, lo que genera la gran literatura, la sensación de que hemos sido trasplantados o de que el mundo en torno nuestro ha sido trasplantado.

Alejandra Costamagna

Una música, de Hernán Ronsino. Eterna Cadencia

En el comienzo el padre muere y el hijo está de gira en otro continente, y debe subir al escenario a tocar el piano. Esa es la nota de partida. Lo que sigue es la sensación de un ramaje que se expande y al mismo tiempo concentra microuniversos que nos hacen entrar en la historia de a pedacitos pero decididamente. Una novela laberinto, como un piano. Un libro habitado por el vuelo de unos pájaros que resuenan como un coro griego. Una música intervenida todo el tiempo, como saliéndose de campo. Un trabajo con los retazos, con los fulgores de aquello que tuvo esplendor y hoy se tuerce. Incluida la deriva vital del protagonista. Un camino hacia atrás, que es acaso un intento por desmarcarse de una genealogía. Y, sin embargo, en ese trayecto van apareciendo otros chispazos que traen de vuelta las paternidades y sus vacíos y sus sombras. Me maravilla el pulso de Una música, el galope: su “pasión organizada”.


Mónica Ojeda

Fiebre de carnaval, de Yuliana Ortiz Ruano. La Navaja Suiza

Esta novela tiene un ritmo que goza y baila encima de la violencia, por eso la sobrevive. Yuliana escribe la fiesta y todo lo que en ella hay de arrebatamiento, peligro y refugio. Brillante.

Antonio Ortuño

Lengua dormida, de Franco Félix. Sexto Piso

La literatura contemporánea en español está que rezuma de maternidades. Propias, ajenas, disidentes, tradicionales, a fuerzas. Maternidades que destrozan, que se padecen, que se gozan, y que, sea como sea, siempre marcan. El escritor mexicano Franco Félix (Hermosillo, Sonora, 1981) ha puesto sobre la mesa su propia versión de cómo enfrentar este reto literario, al abordar la vida y muerte de su madre en Lengua dormida

El narrador de la novela es el mismo autor, en un ejercicio, sin embargo, que excede los límites más bien estrechos de la autoficción en boga. Y transita por algunas de las diversas formas de registrar literariamente una pérdida mayor, como la de una madre: por un lado, la exploración del sufrimiento personal y el simultáneo registro del humor negrísimo que acompaña al doliente; por otro, la transmutación del narrador-personaje en una suerte de detective, que se empeña en indagar en los elocuentes velos tras de los que Ana María, su madre, enmascaró su vida: su hermético lenguaje personal, por ejemplo, o la historia de la espectral familia a la que abandonó antes de emparejarse con el padre de Félix. 

Una tercera veta de Lengua dormida es la tranquila mano con que el narrador filtra en su discurso un aire divagatorio, repleto de imágenes delirantes, de confesiones tan jocosas como grotescas y tan desconcertantes como sinceras. Así, en la novela no hay espacio solamente para el dolor y la memoria, sino también para los canguros y Freddy Krueger, para cabezas que flotan en un patio doméstico y viejitos que se relamen ante la belleza de los cadáveres… 

A pesar de su sólida historia y el riesgo y, a la vez, el rigor formal de su escritura, nadie puede prever qué sucederá en la siguiente página de Lengua dormida. Ese es su gran triunfo. 


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