Delphine Horvilleur: “El antisemitismo nunca desaparecerá, la fobia al judío siempre existirá”

La rabina francesa publica ‘Vivir con nuestros muertos’, un tratado sobre el duelo que se apoya en los textos sagrados de la tradición judía para proponer una relación más sana con nuestros difuntos

La escritora y rabina francesa Delphine Horvilleur, en su piso de París a finales de marzo.
La escritora y rabina francesa Delphine Horvilleur, en su piso de París a finales de marzo.Ilan DEUTSCH

Delphine Horvilleur (Nancy, Francia, 1974) vive en un entierro perpetuo. Asegura que oficia muchas menos bodas que funerales. “Hoy en día se muere más gente de la que se casa”, bromea en su apartamento en el centro de París, tan elegante como reacio a la ostentación. Es una de las primeras mujeres que ejerce de rabina en Francia y, como tal, lleva años acompañando a familias que pierden a sus seres queridos. De esa experiencia ha surgido una obra, Vivir con nuestros muertos (Libros del Asteroide), que se convirtió en un fenómeno editorial en la Francia de la covid. La autora, vinculada a una de las sinagogas más progresistas de París, reinterpreta los textos sagrados y rememora algunos episodios clave de su vida, alternando sabiduría ancestral y señas contemporáneas con el objetivo de que afrontemos la muerte con mayor serenidad. “Los textos sagrados abren un pasadizo entre los vivos y los muertos”, asegura.

PREGUNTA. ¿Qué cree que revela el éxito de su ensayo, que en Francia vendió más de 200.000 ejemplares pese a que las librerías estuvieran medio cerradas?

RESPUESTA. Yo fui la primera sorprendida. Hasta ahora había escrito libros sobre el judaísmo que interesaban a un número reducido de lectores. Este logró ir mucho más allá de mi público habitual. Me hizo pensar en la carencia o en el hueco que tal vez estaba llenando. Podemos hablar de la pandemia y de cómo el virus nos ha obligado a encararnos con el duelo de nuestros seres queridos, con el miedo a que la muerte aparezca a la vuelta de la esquina. El actual sentimiento de crisis ha despertado ciertos fantasmas íntimos con los que todos convivimos.

P. ¿Quería oponerse al tabú social sobre la muerte y el duelo?

R. Sí, el éxito del libro me ha permitido entender mejor hasta qué punto hemos dejado de lado cuestiones tan importantes como la muerte y el luto. No existen tantos lugares donde la gente pueda hablar abiertamente de ello. En las sociedades tradicionales había figuras, como el chamán, que nos ayudaban a convivir con lo que nos atormentaba. En nuestras sociedades modernas e individualistas, actuamos como si la muerte no existiera.

“Antes había figuras que nos ayudaban a convivir con lo que nos atormentaba. En las sociedades modernas, actuamos como si la muerte no existiera”

P. En los últimos años ha surgido toda una nueva literatura del duelo, de Joan Didion a Chimamanda Ngozi Adichie. Muchos de esos libros se han convertido en best sellers. ¿Nos dirigimos a la literatura como antes acudíamos al cura o al rabino?

R. Ante la muerte, seguimos necesitando un relato sagrado, una narración que nos haya precedido y que siga existiendo cuando ya no estemos. Un año después de la publicación del libro, todavía recibo cientos de cartas de lectores que quieren seguir conversando conmigo tras leerlo. Todos necesitamos que alguien escuche nuestras historias, queremos depositarlas en alguna parte. Y muchas veces no sabemos a quién dirigirnos…

P. ¿Está sustituyendo la literatura el rol que solía tener la religión?

R. No creo que la haya sustituido, pero sí tiene el mismo papel: el de unir y religar. Religión viene, después de todo, del latín religare. Buscamos desesperadamente un vínculo con los demás, tal vez porque las crisis y las guerras lo están destruyendo. La literatura cumple esa función. Es uno de los lugares donde ese nexo sigue siendo posible.

P. Otra clave de su éxito ha sido reinterpretar los relatos bíblicos conectándolos con la actualidad, al margen de toda ortodoxia.

R. Esos textos siguen siendo una guía, como lo suelen ser todos los grandes relatos, porque entran en resonancia con nuestras experiencias. El problema es que la lectura puede hacerse de muchas maneras distintas. Basta con observar los fundamentalismos religiosos que utilizan esos relatos al servicio de un discurso mortífero y extremista. A un texto religioso, le podemos hacer que diga cualquier cosa. Puede alimentar un proyecto de vida, pero también otro de destrucción. Uno de apertura a los extranjeros, pero también otro de corte ultranacionalista. Uno feminista y también otro misógino…

“Podemos hacer que un texto religioso diga cualquier cosa. Puede alimentar un proyecto de vida o de destrucción, uno feminista como otro misógino”

P. ¿No existe en su libro cierto determinismo en torno a las parábolas bíblicas? ¿No se planteó escribir un relato nuevo?

R. Es importante escribir historias nuevas, pero la reinterpretación de esos textos sagrados me parece más poderosa que cualquier escritura iné­dita. La tabula rasa narrativa no me parece igual de interesante que la capacidad de analizar esos mitos del pasado. En realidad, esas historias tampoco se crearon ex nihilo, por mucho que esa idea moleste a los ortodoxos de cualquier creencia. Incorporaron una multitud de narrativas ancestrales. En ese sentido, la creencia en un comienzo puro, tan propia de los extremismos políticos y religiosos, me produce una gran desconfianza. Nunca hemos sido puros. Es una idea falsa tanto en lo biológico como en lo literario. Somos construcciones híbridas, contaminadas y fertilizadas por los demás.

P. ¿Por qué tiene tanto éxito, desde tiempos inmemoriales, ese imaginario de la pureza?

R. Porque es muy reconfortante, especialmente para quienes tienen miedo de la noción de alteridad, representada por los extranjeros, las mujeres o los homosexuales. Son figuras de lo extraño que suponen un riesgo de contaminación. Las personas que creen en la pureza son las mismas que se obsesionan con las fronteras.

P. Escribe que ser rabina consiste en contar historias. ¿Qué tipo de escritora diría que es usted? ¿Una escritora de la oralidad?

R. Tal vez sí, por deformación profesional, ya que como rabina me expreso más de forma oral. Pero, sobre todo, veo una relación con la tradición judía, donde el texto nunca es más importante que su interpretación. La literalidad del texto, por decirlo con cierta crudeza, nos importa un pito. Nunca sabremos qué quiso decir el autor. Lo que logra decir a través de la voz de sus lectores siempre será mucho más pertinente.

P. Se adelantaron a la muerte del autor, vamos…

R. En la tradición judía, esa idea se ha visto reforzada por la habitual polisemia del hebreo, donde algunos términos pueden significar conceptos opuestos. El ejemplo más conocido es que la misma palabra sirve para decir “santa” y “prostituta”…

P. Se define como “rabina laica”. ¿No es un oxímoron?

R. Me presentaron así cuando oficié el funeral de Elsa Cayat, la psico­analista que murió en la matanza de Charlie Hebdo. Obviamente, no es una expresión muy adecuada, pero terminé reivindicándola tras los atentados de 2015, cuando hubo que significarse para defender el laicismo francés. Esa defensa del Estado laico es muy importante para mí. Es la garantía de que el espacio público nunca estará saturado de mi creencia. Mi libro se aleja de los dogmatismos y se dirige a personas que no son judías y que no tienen ninguna intención de convertirse a mi religión.

“La historia del judaísmo en España está hecha de luces y sombras. Es el país de Maimónides, pero también el de Isabel la Católica y la Inquisición”

P. Y, a la vez, sin hacer proselitismo, una figura que no existe en el judaísmo, sí intenta hacer pedagogía sobre su religión, tan sometida a las caricaturas y los estereotipos.

R. Es verdad. Existe la idea, tal vez aún más en España que en Francia, de que el judaísmo es una religión hecha de aislacionismo y de rigorismo. Se dice que el cristianismo es una religión de amor, y el judaísmo, una de ley. Todo eso son sandeces: hay amor en el judaísmo y hay ley en el cristianismo.

P. ¿Considera que España, con su historia de expulsión, es un país más antisemita que otros?

R. La historia del judaísmo en España está hecha de luces y sombras. Es el país de Maimónides, uno de los mayores estudiosos de la Torá, y también el de Isabel la Católica y la Inquisición, igual que Francia es el país de Léon Blum y también el del caso Dreyfus. En realidad, no creo que haya países más antisemitas que otros. Lo que hay es un lenguaje antisemita que se activa en ciertos momentos de la historia y que siempre se articula con esa obsesión por la pureza y con las teorías del complot. Lo acabamos de ver, una vez más, con los antivacunas…

P. En Francia, los delitos contra judíos aumentaron un 130% en 2019 y, desde entonces, se mantienen estables. ¿Desaparecerá algún día el antisemitismo?

R. No, no desaparecerá nunca. Tiene una gran fuerza plástica, una capacidad de reformularse y recomponerse de forma permanente, en todas las circunstancias posibles de la historia. El judío siempre es el chivo expiatorio, aquel que te impide convertirte en quien tú querrías ser. Ha sido el culpable desde los tiempos de Caín y Abel. Esa fobia y esa alergia respecto al otro, que tan bien encarna el judío, siempre ha existido y siempre existirá.

P. Creció en un entorno ortodoxo. ¿Por qué se alejó de él?

R. Evolucioné hacia una sensibilidad más progresista. Todavía hoy, escucho que existe un verdadero judaísmo, representado por personas más barbudas que yo. Y luego está mi manera de entenderlo, que se considera edulcorada o light. Es una falsedad histórica. El judaísmo siempre se ha expresado a través de una pluralidad de voces.

“Es una falsedad histórica que mi judaísmo sea edulcorado o ‘light’. Mi religión siempre se ha expresado a través de una pluralidad de voces”

P. ¿Tiene que ver con el hecho de ser mujer? Solo hay cinco rabinas que ejerzan en Francia…

R. Sigue siendo un handicap. Pero ser mujer no es garantía de progresismo. En realidad, cuando fui nombrada como rabina las críticas más virulentas vinieron de mujeres inscritas en un modelo tradicional, para las que yo ponía en duda todos sus compromisos religiosos y vitales. Para ellas, mi función era una traición a lo femenino.

P. ¿Se considera de izquierdas?

R. No sé muy bien qué quiere decir eso, pero me siento progresista y también feminista, una palabra que no me incomoda. También han dicho que soy de izquierdas en cuanto al conflicto en Israel, porque he sido crítica con la política del Gobierno israelí…

P. Llegó a definirse incluso como “sionista y propalestina”. No anda corta de contradicciones…

R. No sé si es un conflicto que se pueda resolver, pero desear una resolución implica dejar de ser ciego y sordo respecto al dolor ajeno. Cuando uno se dice solo proisraelí o propalestino, forma parte del problema.

P. ¿Podemos aprender a morir, como parece insinuar su libro?

R. No lo sé. Pero no estaría mal que, por lo menos, aprendiéramos a vivir.

‘Vivir con nuestros muertos’. Delphine Horvilleur. Traducción de Regina López Muñoz. Libros del Asteroide, 2022. 200 páginas. 18,95 euros.

Reparar a los vivos: la nueva literatura del duelo

Negación, ira, negociación, depresión, aceptación. Las distintas etapas del duelo han conquistado, de un tiempo a esta parte, un lugar protagonista en la literatura actual. Resulta natural que, tras el comienzo de la pandemia y su impredecible cambio de paradigma, acompañados de una sensación de fin de ciclo que el regreso de la guerra no ha hecho más que pronunciar, la muerte se erija casi en un subgénero literario, a menudo como una ramificación fúnebre de la autoficción. No es un fenómeno del todo nuevo, como demuestran algunos hitos literarios de las últimas décadas, del celebrado díptico formado por El año del pensamiento mágico y Noches azules, de Joan Didion, a desconsolados testimonios sobre el duelo, entre los que cabe citar La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero; Di su nombre, de Francisco Goldman; También esto pasará, de Milena Busquets; Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, o La hora violeta, de Sergio del Molino.

Desde que el virus irrumpió en nuestras vidas, el interés editorial por el luto no ha dejado de aumentar, de la mano de autores que aspiran a dejar constancia de su sufrimiento, pero que también escriben para reparar a los vivos. Chimamanda Ngozi Adichie describió en Sobre el duelo (Literatura Random House) el dolor provocado por la repentina muerte de su padre en Nigeria; la crisis sanitaria impidió que pudiese viajar desde Estados Unidos para acudir al funeral. En Arboleda (Periférica), Esther Kinsky relata el viaje emprendido por una narradora que recorre distintas regiones de Italia, en un viaje que planeó junto a su compañero, recién fallecido. Uno de los libros del año pasado, La inquietud de la noche (Temas de Hoy), de Marieke Lucas Rijneveld, partía del duelo de la protagonista por su hermano. La danesa Naja Marie Aidt narraba en Si la muerte te quita algo, devuélvelo (Sexto Piso) la asimilación de la muerte de uno de sus hijos, igual que la filósofa británica Denise Riley en El tiempo vivido, sin su fluir (Alpha Decay) y el colombiano Tiago Ferro en El padre de la niña muerta (Tusquets), protagonizada por un trasunto del autor. Mientras, en Mi hermano (Literatura Random House), Daniel Pennac esbozaba un retrato de un familiar algo opaco al que sabe que quiso, pero nunca conoció del todo.

Dentro de la narrativa en castellano, destaca el homenaje de Elvira Lindo a su padre en A corazón abierto (Seix Barral). La venezolana Gabriela Consuegra, coruñesa de adopción, firma en Ha pasado un minuto y queda una vida (Temas de Hoy) un recuerdo parecido de su progenitor. José Ignacio Carnero hace lo propio con su madre, enferma de un cáncer terminal, en Ama (Caballo de Troya). En Cuaderno de urgencias (Siruela), Tereixa Constenla refleja el duelo tras la pérdida de su pareja, tras un calvario de tres años en los que ambos fueron diagnosticados de cáncer. Y, en Daniel. Voces en duelo (Seix Barral), Piedad Bonnett y Chantal Maillard ­reúnen los textos que escribieron a raíz del suicidio de sus respectivos hijos. Los dos se llamaban Daniel, tenían edades similares y se suicidaron un mes de abril tirándose desde la misma altura.

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Sobre la firma

Álex Vicente

Es periodista cultural. Forma parte del equipo de Babelia desde 2020.

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