‘Ceniza en la boca’, la vida de una subalterna
Brenda Navarro logra narrar una trayectoria sacrificial, de desigualdad, racismo y desamparo, sin olvidar la ironía

Es evidente que lo más revolucionario de la literatura desde sus comienzos (es decir: tal cual la entendemos hoy, aunque arriesguemos una visión retrospectiva) ha sido su capacidad para dar voz a quien no la tiene. Al cobarde, por ejemplo, desde aquel famoso arranque de la poesía occidental con Arquíloco abandonando su escudo en pleno campo de batalla. Al perdedor y el humillado. Pero lejos de una visión romántica (y universalista) de estos antihéroes, la literatura contemporánea ha continuado ensayando y ajustando a nuestro tiempo, precisamente, la difícil tarea de explicar una moderna “devaluación de la experiencia” (según la conocida expresión de Walter Benjamin). Cómo narrar con sentido aquello que carece de él: una vida sacrificial y subalterna que, como dice la contracubierta de Ceniza en la boca, no sabemos si “merece la pena ser vivida”.
La narradora de esta segunda novela de Brenda Navarro (Ciudad de México, 1982) hila estas experiencias en un monólogo que es antes una conversación consigo misma, es decir, una tentativa inacabada, que una justificación. Su hermano, al que ella ha criado, acaba de suicidarse. Su madre, primero madre soltera y después joven viuda (“la más fea, la sin gracia, la deslucida”), marcha a España a trabajar. Ellos crecen en México con sus abuelos y, en cuanto pueden, él adolescente y ella apenas mayor que él, viajan a España. La protagonista encadena trabajos esclavos. Y en Barcelona, sola, cuidando de interna a señoras mayores, tiene un breve affaire con Tom, un escocés cuyo ciego sentido de la realidad no detiene su propensión a dar consejos moralizantes. La protagonista trabaja a escondidas, como un estigma, en un país racista: no puede permitirse tener la razón. Tiene breves momentos de amistad con otras trabajadoras pobres, cuidadoras, emigradas, “las primas”. Con las cenizas de su hermano regresa a México: la violencia es un azar y el desamparo el mismo.
Estos serían los “sucesos”, enlazados en la fluida y vibrante prosa de Brenda Navarro. Y este es también el reto novelístico: cómo alcanzar una gran intensidad literaria con unos hechos desordenados y opacos, es decir, escribir una “novela de formación” en un tiempo y unas circunstancias en que “formación” es una palabra de mal gusto. Y Navarro lo logra, en primer lugar, por la potencia de su escritura: el estilo terroso y poético que traduce la corporalidad, el apetito de vivir, el puro presente biológico aunque lo que suceda no se encarne, por supuesto, como destino, sino como una aspereza tras otra, una insistencia en el error.
Brenda Navarro se destaca como una maestra en la construcción de unas voces sostenidas en un equilibrio pobre, casi delirante
Al igual que en su maravilloso debut, Casas vacías (premiada con el English PEN Translation Award en 2019), también aquí Navarro se destaca como una maestra en la construcción de unas voces sostenidas en un equilibrio pobre, casi delirante. Porque, en apenas tres páginas, uno está dentro ya de la historia y todos sus conflictos latentes, conoce las diferentes perspectivas de cada personaje (réplicas en el soliloquio de la protagonista). Además, Navarro evita un tremendismo al que fácilmente podría haberle llevado el material con que trabaja. Y tampoco es nunca fría. Antes bien, existe en su potencia como narradora (y por ello es una de las más reconocibles de su generación) una especie de sabiduría estructural, una ironía de fondo, el desajuste entre lo que buscan sus voces y lo que la novela pone en juego: desigualdad, racismo, desamparo. Un humor malvado, no obstante buen humor, de gran pesimista.

Ceniza en la boca
Autora: Brenda Navarro.
Editorial: Sexto Piso, 2022.
Formato: tapa blanda (194 páginas, 18,90 euros) y e-book (euros).
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