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Tribuna:

El escudo de Arquíloco

El momento más elevado desde el punto de vista civilizatorio de cualquier cultura es cuando un individuo transgrede alguna de las pautas sagradas de su grupo sin agobio culpabilizador, en cogiéndose de hombros. Rompe con la norma, pero no rompe con el grupo: aunque sabe que colectivamente será condenado, apela a la complicidad dé cada uno de los demás miembros y pide su veredicto individual, como un guiño de simpatía. A partir del momento en que tal guiño se da y el transgresor permanece en la colectividad, oficialmente reprobado pero ha biéndose ganado algunos amigos, la cultura del grupo sube un escalón y se abre varios palmos. Aumenta el énfasis personal de la vida humana, frente a su unánime realización gregaria. Así ocurre cuando el poeta griego Arquíloco (siglo VII antes de JC) se atreve a contar en verso yámbico cómo escapó en una batalla, arrojando su escudo para huir mejor. Para un griego de aquella época no había nada más deshonroso que ser tachado de cobarde con un término que significaba precisamente "el que ha tirado su escudo". Pero Arquíloco se muestra muy contento de haber salvado el pellejo en ese trance bélico y aún se permite bromear con desenfado: "En cuanto al dichoso escudo, no me preocupo demasiado por él. Estando vivo, siempre podré comprarme otro...".La objeción de conciencia contra el servicio militar obligatório y la insumisión ante la prestación sustitutoria son actualmente en nuéstro país -y en otros- formas de disidencia civil que heredan en párte algo del desplante de Arquíloco. La obligación universal de cumplir servicio de armas es el pilar de una concepción belicista de la nación, según la cual el ciudadano necesita empuñar al menos una vez en la vida el fúsil para serlo del todo porque la comunidad nacional sólo se siente de veras cuando se está dispuesto frente a otros a matar o a morir por ella, Es la amenaza del enemigo y la decisión común de plantarle cara lo que vincula entre sí realmente a los socios, que de otro modo -como advirtió Hegel- corren el peligro de disgregarse en la individualidad egoísta de sus vidas particulares. Lo que vertebra a la nación según esta perspectiva es precisamente el Ejército, o más bien la posibilidad de convertir la comunidad entera en Ejército. El reciente reconocimiento legal de la objeción de conciencia suaviza un tanto este comunitarismo belicoso pero a fin de cuentas lo mantiene, al exigir otro tipo de servicio social -a menudo de mayor duración que el militar- a modo de rescate para librárse de la práctica armada. Quienes también se rehúsan a esta obligación protestan con su desobediencia contra semejante visión de lo nacional (que ha provocado demasiadas matanzas en nuestro siglo) y obviamente proponen otra, según la cual los ciudadanos están vinculados entre sí por los lazos civiles de las leyes que garantizán sus derechos y el trabajo compartido que asegura la prosperidad común. En un país como el nuestro, que ha padecido no hace tanto una terrible guerra interna a partir de una sublevación militar y la subsiguiente larga dictadura de un general, esta rebeldía pacífica está sobradamente justificada y desde luego no merece ser castigada con la cárcel.

Sin embargo, la objeción de conciencia y la insumisión van siendo rodeadas por una turbia maraña ideológica que obstaculiza o pervierte lo más positivo de su lección social. Para comenzar, tomemos la actitud de las autoridades. La negativa al servicio militar obligatorio parece que ha de revestirse ante ellas (al menos retóricamente) de unas especiales legitimaciones espirituales, de corte vagamente religioso, que garanticen su elevación de miras y la distingan del egoísta rechazo individual de un esfuerzo penoso. ¿Por qué? La dimensión fundamental de cualquier conciencia es precisamente la razón, que nos aconseja evitar aquellas penalidades opuestas a nuestro gusto y carácter de las que nosotros no sacaremos más que contrariedad, sin un provecho social notorio e indiscutible.

Dado que hay otras formas de colaborar con la sociedad que no pasan por aprender a marcar el paso y tirar granadas, ¿por qué quienes no se sienten llamados a tal empleo deben aceptar que se les imponga esa fastidiosa perdida de tiempo? Tales personas no necesitan especiales convicciones morales o filosóficas para rechazar la obligación del servicio armado: basta con que no sean masoquistas. Por debajo de las justificaciones ideológicas a favor o en contra de la vida militar, a menudo razonables pero con cierta propensión a lo altisonante, subyace una inocultable cuestión de personalidad; para comprobarlo, es suficiente comparar dos relatos de iniciación castrense como Juegos africanos, de Ernst Jünger, y Ardor guerrero, de Muñoz Molina. Y también resulta algo ridículo que jueces benévolos hagan acopio de testimonios sobre la abnegación social y las prácticas solidarias de los insumisos a los que intentan favorecer, cómo si hubiera que ser un San Francisco de Asís para négarse con derecho a dedicar varios meses de nuestra corta vida a realizar vagas y escasamente útiles tareas penitenciales como multa por no cumplir el servicio militar.

Pero también entre los grupos de objetores e insumisos se cultivan flores ideológicas de perfume algo mareante. Para empezar, no es lo mismo rechazar la obligación universal masculina de servicio militar y el concepto bélico de nación que la subyace que pretender el total desarme de la comunidad democrática. Aspirar a la desmilitarización de las sociedades es, algo muy razonable pero llevarlo a la práctica exige sustituir las guerras por otro tipo de coacción supranacional menos destructiva que zanje los conflictos. Entre tanto, predicar contra cualquier tipo de ejército es convertir una justificada reclamación civil en un exabrupto semirreligioso, muy halagador para quien se lo permite pero de es caso interés político. Tanto más cuando a nuestro alrededor hay sucesos como los de Bosnia, Ruanda, Argelia... que están pidiendo a gritos algún tipo de mediación internacional de carácter bastante más contundente que el meramente humanitario.

Profesionalizar y reducir los ejércitos, tendiendo a considerarlos cada vez más como parte de efectivos disuasorios de la ONU, es un proyecto de menor fuste retórico pero mayor cordura que llenarse la boca de bienintencionados rugidos antisistema. Pór no mencionar las utilizaciones abiertamente sesgadas de la insumisión, como el modelo Zubimendi de antimilitarismo selectivo o algunos ayuntamientos vascos que resisten heroicamente las presiones del Gobierno central para colaborar al reclutamiento pero ceden luego el salón consistorial para celebrar el velatorio de los etarras caídos por la patria. Hay mucho más de nacionalismo que de pacifismo en tales actitudes y precisamente lo que pretende lógrarse rechazando el servicio militar obligatorio es superar el antagonismo nacionalista. En cualquier caso, lo malo es la téntación de convertir la objeción y la insumisión, con su sensata lección civilizatoria de independencia personal, en la coartada vital de nuevas sectas que se incorporen a la cacofonía reinante con su punto levemente orate (aunque sea orate pro nobis) y a veces incluso con un guiño a belicismos clandestinos. Seguro que no quería nada semejante el inspirado Arquíloco cuando arrojó sonriendo su escudo y echó a correr hacia una polis más democrática.

Fernando Savater es catedrático de Filosofia de la Universidad Complutense de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 25 de mayo de 1995