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50 escritores y expertos repasan medio siglo de literatura en español

Una lengua, dos continentes, 630 millones de hablantes y un océano de libros. La mejor literatura en español del último medio siglo ha iluminado el desarrollo de sociedades diversas y ha explorado el territorio de las nuevas sensibilidades. Estos han sido sus 50 hitos más destacados, comentados por Gioconda Belli, Aixa de la Cruz, Elizabeth Duval, Mariana Enriquez, Paulina Flores, Luis García Montero, Lucía Lijtmaer, Alberto Manguel, Luna Miguel, Marta Sanz, Victoria Szpunberg, Gonzalo Torné, Elaine Vilar Madruga, Juan Pablo Villalobos y muchos más

1. El triunfo de Carmen Martín Gaite

Al margen de la deriva pop que adoptó la figura de Carmen Martín Gaite en los últimos tiempos, por fin encuentra estos días su acomodo en el imaginario colectivo de una manera sólida. No por nada, el 23 de julio de este año se cumplirán casi treinta años desde que ya no existe, propiamente. Pero su recuerdo persiste de mil maneras distintas. En las librerías, en los planes de estudio. Tiene calles con su nombre, colegios e institutos. ¡Plazas! Entiendo que habrá quien se haya estampado algo suyo en la piel. Será de las pocas autoras no vivas nacionales cuyos libros siempre acudan a la Feria del Libro de Madrid cada año. No por nada allí era, y es, la reina.

Con tesón y constancia, diferentes divulgadores, prescriptores, libreros y estudiosos han profundizado en cómo su figura se relaciona con la historia cultural reciente de nuestro país, boinas aparte. Todos ellos son lectores, grandes lectores de su obra. La comunidad que dejó es incombustible y se revitaliza a medida que incorpora nuevos interlocutores. Esto es, sin duda, su conjuro contra el tiempo, la mejor pócima anti-ageing. El triunfo del diálogo entre la vida y la obra de alguien contra el olvido.

Más allá de ser una escritora estupenda, así como una intelectual brillante, la salmantina llevó a cabo distintas intervenciones extraordinarias en las industrias culturales. Un ejemplo de gestión cultural cuando la gestión cultural no era considerada disciplina. Medio agente literario. Fue su propio agente. Feminista de pro, pero sin etiquetas. Etiquetas a ella no. Chica, la Martín Gaite, que es eterna. La autora de El cuarto de atrás fue Premio Nacional de Literatura, Premio Príncipe de Asturias. Obtuvo el Gijón, el Nadal. El Anagrama de Ensayo. En 1990, recibió el primer Premio a Mujeres Progresistas.

La escritura y la lectura fueron dos constantes vitales y profesionales en su trayectoria, pero supo ensanchar ambos desempeños y transformarlos desde la innovación en otras labores igualmente cruciales para el campo cultural hoy. La fotografía de Martín Gaite es en la actualidad una imagen en expansión, puro movimiento. Sus libros se encuentran tanto en las librerías de viejo, como en aquellas que comercializan literatura más enfocada a la novedad. Es extraño no encontrar en el mercado cualquiera de sus títulos fácilmente. Por supuesto, las bibliotecas también están bien surtidas de su obra, y algunos de sus títulos hasta tienen lista de espera. Andrea Toribio

2. Bolaño y Los detectives salvajes

Divertidísima, es decir; su lectura resulta inacabable e incontrolable porque la escritura se organiza como una forma de resistencia. La entrada del diario que abre la novela de Roberto Bolaño dice: “He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral”. Y sí, el resto de las 624 páginas desafía estructuralmente las convenciones literarias, desmesura de testimonios que son, además, discontinuos, contradictorios, y precisamente por contarlo todo, enigmáticos, pero es esa “invitación cordial” lo que más me da risa y emociona. Porque es irónica, solemne y tierna. Porque te propone la rebeldía, el salvajismo y el delirio, pero con amabilidad. ¿Jugamos?, es la invitación. ¿A qué? A formar parte de un grupo de marginados. Inscrita en el periodo histórico de la desarticulación de los idealismos (1976-1996), también me conmueve que prime esa llamada a la reunión del colectivo, a crear comunidad, por sobre la vocación del yo aislado del poeta. Sería ridículo decir, a ninguna persona se le ocurriría, nadie diría nunca “esta es la gran novela europea o anglosajona”; pero pese a todas las alertas contra la condescendencia homogeneizante, todavía es el titular-premio para la literatura que se hace en el territorio llamado por designación forzada (violenta, no-amable), latinoamérica. Y Bolaño lo sabía, y se burla y se venga con el esfuerzo inutil y hermoso —utópico— de perseguir una identidad fundacional: Cesárea Tinajero. Te invito cordialmente a fracasar. Una cierra sus ojitos latinoamericanos de pura vergüenza ajena, y pregunta: “¡¿otra vez?!”. Pero va a la fiesta, ¿cómo no vamos a ir a la fiesta? Aunque no nos entendamos ni soportemos, mejor imaginar juntas. Aunque termine catastróficamente, intentarlo será divertidísimo. Cierras el libro y abres los ojos: lo pasaste la raja. Paulina Flores

3. Angélica Liddell, una dramaturga poderosa

En otoño de 2009, Angélica Liddell (Figueres, 60 años) estrenó La casa de la fuerza, una performance de cinco horas de duración que explora el dolor de manera extrema, con los feminicidios de Ciudad Juárez como telón de fondo. El eco llegó hasta el Festival de Aviñón, que la programó en verano de 2010 junto con El año de Ricardo, una obra anterior de la autora. Desde entonces, no hay un creador de renombre en Europa que no incluya a Angélica Liddell entre sus influencias. Sus textos viscerales y polémicos, concebidos como monólogos furiosos, unidos a su poderosa presencia escénica, han abierto una senda nueva y la han convertido en figura de referencia del teatro contemporáneo. La casa de la fuerza fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura Dramática en 2012 e impulsó el reconocimiento internacional de la creadora. Al año siguiente, la Bienal de Teatro de Venecia la distinguió con el León de Plata. Todo un hito para el teatro español, que tuvo que lanzarse a la modernidad a lo bruto después de la muerte de Franco, tras 40 años dando vueltas sobre sí mismo. Pero Angélica Liddell no es autora de un solo hito. Al revés, es una creadora fecunda que ha estrenado casi una obra por año, siempre a teatro lleno. Dentro de ese corpus, publicado en español casi íntegramente por La Uña Rota, destaca Vudú (3318) Blixen, otra monumental performance de casi cinco horas a la altura de La casa de la fuerza, donde la creadora escenifica su propio funeral. Estrenada en 2023, dejó al público en shock. Raquel Vidales

4. La muerte de Borges

La muerte de Jorge Luis Borges ocurrió el 14 de junio de 1986 en Ginebra, la ciudad que tanto amó en su lejana adolescencia. Un mes antes de morir, habló por teléfono con su amigo Adolfo Bioy Casares y sus últimas palabras fueron: “No voy a volver nunca más”. En su diario, Bioy anota que Borges, quien de joven había escrito “yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires”, lloraba.

En toda su obra, Borges siempre afirmó que nuestras historias, tanto las individuales como las de nuestra sociedad, hechas de retazos de recuerdos fabricados y de malogrados olvidos, nunca pueden conocerse del todo. “¿Qué morirá conmigo cuando yo muera?”, preguntó al cumplir 60 años. “¿Qué forma patética o deleznable perderá el mundo?”. Ciertamente, no el descubrimiento o reconocimiento de nuestro poder como lectores para dar nueva vida a un texto cualquiera. Borges rescató para nosotros ese papel esencial, y el milagro, aunque tergiversado y abusado, es hoy parte del hecho literario. “Un escritor escribe lo que puede; un lector lee lo que quiere”, afirmó para defender nuestra generosa responsabilidad en el acto de leer. Ahora, en nuestro incoherente siglo XXI, Borges hubiera reconocido la ironía de descubrir en tal generosidad (propuesta con un dejo de sorna en Pierre Menard, autor del Quijote) la proliferación de las fake news; en el ideal borgiano de un mundo sin gobiernos (sutilmente propuesta en la Suiza de su adolescencia), la vuelta al fascismo populista; en su visión de la Biblioteca de Babel atiborrada de páginas indescifrables, la fatua universalidad de los textos electrónicos.

Once años antes de su muerte, Borges publicó un cuento, Utopía de un hombre que está cansado, en el que narra una onírica visita al futuro y descubre que los humanos han vuelto al latín como lengua universal, que toda persona es ahora un Cristo o un Arquímedes, que los políticos fueron obligados a buscar oficios honestos. También, que la Historia (como se lee en Pierre Menard) es lo que decimos es Historia. Mostrando a Borges el utópico mundo futuro, el guía se detiene ante una torre y le explica que éste es el crematorio. “Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler”. Borges, en su cansancio, intuyó que los infames de la Historia (Hitler, Stalin o el tirano Juan Manuel de Rosas, por ejemplo) serían redimidos en la memoria del futuro. Murió sin saber que tenía razón. Pocas décadas después, durante los festejos del 60º aniversario de la victoria rusa contra Alemania, Josef Stalin fue declarado “gran patriota” por Vladímir Putin y, en julio de 2013, la Municipalidad de Buenos Aires inauguró una nueva estación de subte con el nombre de Juan Manuel de Rosas. Alberto Manguel

5. La Guerra Civil no se acaba nunca

En estos últimos 50 años han vuelto sobre la Guerra Civil los hijos de quienes estuvieron en las trincheras, pero también los nietos e incluso los bisnietos. Sus miradas son por fuerza distintas. Los primeros están tocados por la proximidad con los que vivieron aquello y también por sus propias experiencias de la posguerra. Los nietos regresaron a aquella época empujados por la curiosidad de rellenar los silencios de sus padres o de cuestionar los mitos levantados sobre una pobre narrativa de buenos y malos. Los bisnietos son los que miran la tragedia con más distancia, pero están también concernidos por la brutal dinámica de pasiones que estalló entre 1936 y 1939.

Entre los mayores, Juan Benet construyó en su monumental Herrumbrosas lanzas una crónica de la guerra en Región —territorio imaginario que levantó para situar sus narraciones—, donde trató los mecanismos que operan en las personas en situaciones extremas y contó las acciones militares como si estas se desarrollaran en un remoto pasado. Los cuentos de Juan Eduardo Zúñiga en La trilogía de la guerra civil suceden, por su parte, en espacios y circunstancias muy precisos, y lo suyo es atrapar los trágicos momentos en los que el mundo se derrumba y, sin embargo, la vida continúa. Los nietos operaron también con registros diferentes. Almudena Grandes se acercó a la guerra en seis novelas —Episodios de una guerra interminable— con el propósito de reconstruir en un tono galdosiano cómo se enfrentaron a sus dramas particulares las gentes de este país. Javier Cercas se colocó él mismo en Soldados de Salamina como un explorador más del territorio oscuro que es una guerra, y a partir del fusilamiento de unos presos franquistas por un grupo de republicanos que huían a Francia, quiso entender de qué va la muerte, de qué va el perdón. También Ignacio Martínez de Pisón se implicó, en Enterrar a los muertos, en desvelar cómo diablos pudo desaparecer en mitad de la guerra un hombre corriente.

De los bisnietos, hasta ahora, el que más directamente ha tratado el conflicto es David Uclés en La península de las casas vacías. Son solo algunos títulos, muy pegados al conflicto. Pero la guerra irrumpe o marca también obras de Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Álvaro Pombo, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Rafael Chirbes, José María Merino, Andrés Trapiello, Manuel Rivas, Isaac Rosa y otros. José Andrés Rojo

6. Terror para explicar el mundo

Con toda probabilidad fue 2014 el año en el que el terror se volvió algo muy serio en lo que a literatura de altísimos vuelos en español se refiere. El año 2014 fue el año en el que Samanta Schweblin publicó Distancia de rescate —formato nouvelle, animada por su entonces editor, Claudio López Lamadrid—, y su éxito, así como su encaje crítico —­quedó claro que podía hablarse de cómo la realidad podía ser un asfixiante espejismo mental—, levó anclas editorialmente, y, desde entonces, se ha abierto un nuevo camino que arrastra hasta lo sobrenatural un nuevo tipo de realismo —a veces social, a veces personal, íntimo, existencial— tenebroso, extraordinariamente oscuro, que se ha extendido a uno y otro lado del charco.

Con Mariana Enriquez a la cabeza —suerte de dama del terror, o de lo sobrenatural—, y Schweblin ampliando el campo de batalla en lo que al relato se refiere, ese nuevo género, que cultivan especialmente bien (y mejor) las autoras, no ha hecho más que crecer. Piensen en Mónica Ojeda y Fernanda Melchor. En Elvira Navarro. En Elaine Vilar Madruga, Layla Martínez, María Fernanda Ampuero y Tamara Silva Bernaschina. El etcétera es, a cada día que pasa, más largo. Pero el terror es el mismo. Ha dicho Enriquez que ningún otro género explica mejor Argentina que el terror. Y dado el cada vez más extendido calado entre los lectores, tal vez no haya otro género capaz de explicar el mundo de hoy mejor que el terror, un algo no fiable, desconocido, que avanza y avanza hacia lo que parece un abismo, o un buen puñado de ellos. Laura Fernández

7. Manolito Gafotas, desde Carabanchel al mundo mundial

Manolito García Moreno, deslenguado y algo sabihondo, tierno y gamberro, nació en la radio en los noventa antes de llegar a la página y conquistar, desde sus dominios en Carabanchel Alto, el “mundo mundial”, como él mismo diría. Manolito Gafotas, como es conocido en el barrio y por millones de lectores, protagoniza ocho libros y una película, y no tiene empacho en reconocer que su historia la cuenta una mujer que viene armada con una grabadora, Elvira Lindo.

Héroe infantil de varias generaciones, sus aventuras han sido traducidas a 24 idiomas, han servido, por ejemplo, para que los niños japoneses aprendan español y se familiaricen con ese punto castizo y cheli que este chaval y sus amigos explican sin aspavientos, ajenos a la corrección política.

Manolito tiene ocho años, una visión muy personal de su mundo, y un sentido del humor y una capacidad de expresión a la que es imposible resistirse. Sus historias nos explican esa España de los noventa, entre el mundo tradicional y la modernidad, en una familia de clase media en un barrio de Madrid en el que aún hay jeringuillas en los parques, y los abuelos viven en las casas de sus hijos, se toman varios vinos en los bares y duermen con los nietos. Andrea Aguilar

8. Cristina Peri Rossi, el amor es una droga dura

“Nadie sale de la guerra / ni del amor / ilesa”. Qué profunda es la huella transgeneracional que han dejado esos versos de Las replicantes de 2016. O el “Mi sexo no es de fiar” de Estrategias del deseo (2004). No son los únicos. Desde Sara Torres a Nora Catelli o Luna Miguel, pasando por Vicente Verdú o Manuel Vázquez Montalbán —que adoraron El amor es una droga dura—, son varias generaciones de autores los que han sentido en la poesía y prosa de la uruguaya una ventana a validar el deseo y el goce más disidente como material emancipatorio. Rabiosamente moderna sin importar el momento en el que se lea, con Cristina Peri Rossi somos legión quienes aprendimos que el cuerpo se podía narrar de una forma impúdica, divertida y sensual. La ganadora del Premio Cervantes en 2022, la autora de la rebeldía, la transgresión y la construcción de la identidad, ha hecho de la experiencia amatoria una herramienta para superar el trance de su desarraigo. Leerla es rebelarse contra lo absurdo de las apariencias, de las cadenas de la feminidad y de la propia idea de patria y hogar. Toda una obra para combatir ese “¿eres anormal?” que le escupieron en el patio del colegio intuyendo su lesbianismo. Bendita anormalidad. Noelia Ramírez

9. El Quijote de Rico

Era impensable, imposible que un producto filológico pudiera alcanzar semejante fama. Pero no fue una casualidad: frente a las iniciativas individuales anteriores, esa edición del Quijote, publicada en 1998 y revisada luego para los centenarios de 2005 y 2015, se benefició de un trabajo de equipo perfectamente orquestado, que reunió a los mejores cervantistas de tres generaciones: todas las voces, todos los saberes están armónicamente alojados y representados en notas, comentarios y apéndices. Aquello fue un Quijote para el futuro o para la eternidad, concebido como repertorio integral, puerta de acceso a las bondades de nuestra lengua y literatura, y organizado y presentado de manera que pudiera adaptarse a la mirada de una inmensa variedad de lectores. Lo mejor puesto al alcance de todos. Tal empresa —a la que respondió el público como nunca lo había hecho con una edición crítica ni lo volverá a hacer— estaba guardada para Francisco Rico. Y Rico hizo mucho más: analizó metódicamente, con nuevos instrumentos científicos, todas las ediciones antiguas y modernas de la novela, revisó su puntuación, corrigió errores que grandes expertos de varios siglos no habían atinado a detectar o resolver, y estudió con alucinante pormenor cómo se habían creado, compuesto y editado aquel libro de 1605 y su secuela de 1615. Con ello renovó la disciplina y situó a un nivel distinto la tarea de restaurar la literatura del pasado. Por esto, y por otras cosillas que no digo, la edición de la Biblioteca Clásica ha quedado en la cultura popular como “el Quijote de Rico". Y que sea por muchos años. Gonzalo Pontón Gijón

10. “He venido a hablar de mi libro”

Otros lo habían intentado, incluso con desesperación, como Cela presumiendo de sus malabarismos anales, pero fue Francisco Umbral quien se llevó el gato al agua. Si se quisiera forzar no sería lo que fue: puro espectáculo televisivo. La noche del 27 de mayo de 1993 participaba en el programa Queremos saber, de Mercedes Milá. Había acudido para hablar de La década roja, pero el tiempo pasaba y el escritor —a quien el whisky nunca sentó bien— se iba cargando al no darle bola la presentadora. Explotó cuando veía que ya no quedaba tiempo.

Lo que siguió forma parte del imaginario popular: ningún escritor ha construido su identidad de forma tan eficaz en la democracia; un meme antes de que existieran los memes. Un Umbral enardecido exigía ocupar el espacio que se le había prometido y amenazaba con irse, sin moverse de la silla. El espectáculo, tal como lo entendemos hoy, cuando no es ya una distracción de lo real sino el corazón de nuestro modo de funcionar, estaba allí: Umbral dirigiéndose a los medios de comunicación para decir que nada le importaba sino su libro, y diciéndolo de un modo tan enfático que se convirtió en el reflejo fiel de la pulsión humana más íntima. Anna Caballé

11. El primer párrafo de Corazón tan blanco

“No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre…”

Leído ahora, este célebre arranque tiene algo de sensacionalista, pero la primera frase anuncia dos de los principales ingredientes del encantamiento con el que Javier Marías nos fascinará a lo largo de 300 páginas de Corazón tan blanco, publicado en 1992: lo incierto de todos los saberes (incluso los íntimos, los que afectan a las personas más cercanas, sujetos siempre a secretos y promesas) y el inagotable potencial hipotético del tiempo irreversible. Lo que clausuran los hechos y la muerte sigue vivo en el recuento o la imaginación de lo que pudo ser y en la posibilidad de contarlo una y otra vez, mejor o solo distinto. Como si las historias que más nos interesasen son aquellas a las que nunca nos cansamos de volver, las que se resisten a revelar todos sus secretos. Aquellas que nos introducen en las arenas movedizas de una moral todavía sin preceptos.

He mencionado antes la palabra encantamiento, porque hay algo de sortilegio, de magia blanca, en la manera como la sintaxis vibra y parece ondularse sobre la página, como si adormeciese la conciencia para volverla más receptiva a ciertos estímulos. Han pasado ya unas décadas desde que toda una generación de lectores se dejara mecer por estas frases, y pese a que su mago está ya muerto, su capacidad de sugestión sigue intacta para quienes se decidan a dejarse mecer. Gonzalo Torné

12. Cinco premios Nobel

Confieso que me han concedido muchas veces el Premio Nobel de Literatura. Los libros se convierten en una historia personal para los lectores. Somos los libros que hemos leído, la complicidad que la memoria establece con ellos a lo largo de los años. Por eso el Premio Nobel es un reconocimiento literario que pasa con frecuencia de la ceremonia pública a la memoria personal. Los recuerdos de un lector se mezclan con el acontecimiento oficial y llevan los aplausos y los discursos a la intimidad de una butaca o a la lámpara de una mesa de noche. Ocurre sobre todo cuando el autor premiado escribe en nuestra lengua materna. Es nuestra memoria la que recibe el premio y lo celebra con la alegría de un amor propio.

Así lo sentí yo al celebrar la noticia de los premios otorgados a Vicente Aleixandre (1977), Gabriel García Márquez (1982), Camilo José Cela (1989), Octavio Paz (1990) y Mario Vargas Llosa (2010) en los últimos 50 años. No son muchos cinco premios para una lengua tan importante como el español en número de hablantes y en cultura. Y son deseables más premios, porque cada buena noticia se carga de un valor especial, la memoria de los lectores corre a celebrar el reconocimiento. El hecho histórico se convierte en un diálogo con la propia vida, un derecho de lector. También los derechos de lector son importantes. Nos ayudan a pagar los gastos, un tipo de gastos, de la existencia.

Iba a cumplir los 19 años, cuando llegó la noticia del Premio Nobel a Aleixandre, un acontecimiento de valor histórico que ya no se relacionaba sólo con el pasado y la generación del 27. Nos hablaba con cercanía de la propia vida y de un tiempo difícil. La noticia, la celebración pública, me llevó a un cuarto en mi casa, todavía la casa de mis padres, y a unos días en los que la fiebre de una enfermedad se mezcló con la pasión de la tierra, y, más tarde, la voluntad de acercarme a la vida con un diálogo entre las llamadas sentimentales y el conocimiento.

En el año 1974 mi madre tuvo una enfermedad de vesícula que necesitó una operación y unas semanas de convalecencia. Nos trasladamos a casa de mi abuela para que la enferma pudiese descansar de los tumultos de una familia numerosa. El cambio en el camino de la casa al colegio fue menos importante que el encuentro de un ejemplar de Cien años de soledad en la mesa de mi tío Adolfo, un encuentro que abrió mi convivencia nocturna con la narrativa de García Márquez, una manera de habitar y comprender la realidad que cabe en las imaginaciones y en la permanencia de los recuerdos. Pienso, luego existo. Deseo, luego existo. Sueño, luego existo. Fracaso o triunfo, luego existo, y vivo el otoño de un patriarca o un amor en los tiempos del cólera. El jurado del Nobel le concedió el galardón a un muchacho que estaba aprendiendo a dialogar con su propia soledad e ilusiones quebradizas.

Si Jacinto Benavente fue un ejemplo de tristes malabarismo éticos y acuerdos con el franquismo, no se quedó atrás Camilo José Cela, que supo traer a España la memoria del exilio republicano con su revista Papeles de Son Armadans, pero que también pasteleó con el Régimen al legitimar estrategias culturales en la dictadura. El lector que yo fui con La familia de Pascual Duarte, La colmena o Viaje a la Alcarria en las manos, invitado a pensar la vida, las ciudades y los pueblos por dentro, nunca dejó de reconocer las deudas que tenía con alguien que me hizo comprender a unos malvados que pueden no ser malas personas. Detrás de cada mesa de café o de cada tumulto callejero hay soledades que necesitan ayudas, silencios que merecen una conversación. Ese es el valor de la literatura, y por eso un premio pude pasar de la ceremonia a la memoria personal.

También vive en mí el joven universitario que necesitaba encontrar un modo de comprender las evoluciones poéticas. Se reconoció hijo del limo gracias a las meditaciones de Octavio Paz. Celebrar su premio en 1990 fue volver a sentir la importancia de la poesía en un momento histórico en el que las grietas de la razón no conseguían firmar un contrato social aceptable. Pero fue un ensayo, Los hijos del limo, el que se mezcló en mi vida para ayudarme a elegir como creador entre las vanguardias herederas del Romanticismo o las nuevas posibilidades de una Ilustración que necesitada bajar por las escaleras hasta comprender lo que pasaba en la calle.

También celebré con alegría propia el premio concedido a Mario Vargas Llosa. En los titulares de periódico, aplaudió un lector que se preguntaba por el momento en el que se había jodido el Perú, un lector que se sentaba a conversar en la Catedral y que vivía las guerras del fin del mundo y las fiestas del chivo con la intención de comprender al ser humano y sus relaciones con el bien, el mar, el poder, el amor y su propia conciencia, tanto en los sótanos más personales como en las experiencias colectivas. Habrá persona de derechas que puedan emocionarse con los poemas de un rojo, como yo me emociono con las novelas de Mario.

Cumplir años supone un diálogo personal con el pasado, el presente y el futuro. Algunos hechos históricos son acontecimientos personales. Somos los libros que hemos leído, las palabras que nos han ayudado a reconocernos. Por eso nos sentimos también premiados cuando un escritor nuestro recibe un premio Nobel. He tenido la suerte de verme premiado cinco veces con el Premio Nóbel en estos últimos 50 años. En mi lengua materna, en mi historia y en un mundo conflictivo que necesitará siempre de la literatura. Luis García Montero

13. LGTBIQ+: orgullo contra violencia

La literatura LGTBIQ+ en español escrita en los últimos 50 años no puede narrarse como una marcha triunfal de la represión al orgullo. Como ocurre con cualquier historia, esta tampoco avanza en línea recta. Si la homosexualidad dejó de ser un crimen e incluso un tabú, no desaparecieron de sus representaciones literarias el secreto, la violencia ni la exclusión. En España, el restablecimiento democrático abrió la puerta a una primera hornada de literatura homosexual. Desde frentes distintos, Luis Antonio de Villena, Vicente Molina Foix, Terenci Moix, Antonio Gala, Leopoldo María Panero o Eduardo Mendicutti contribuyeron a normalizar tramas y personajes no heterosexuales, aunque atravesados por el sigilo homoerótico, por una vergüenza persistente y por cierto malditismo.

Leído desde el presente, Álvaro Pombo ocupa un lugar clave: permite observar esa incomodidad homosexual lejos de cualquier relato celebratorio. En su obra, el deseo aparece atravesado por la culpa católica, cierto grado de autonegación y una forma de desajuste moral que él mismo llegó a llamar “homosexualidad homófoba”. Rafael Chirbes llevó ese malestar a un territorio aún más desencantado. En su obra póstuma Paris-Austerlitz, lo homosexual no se presenta como una identidad luminosa, sino como un lugar de sombras donde se cruzan la precariedad afectiva, la desigualdad social, los cuerpos que enferman y un exilio tan literal como íntimo. Y así, hasta llegar a los días (y las obras) de Pol Guasch, Sara Torres, Elizabeth Duval, Ángelo Nestore, Eva Baltasar o Elvira Sastre.

Desde las trincheras teóricas, Paul B. Preciado ha convertido lo trans en herramienta de pensamiento político: el género, el deseo y el cuerpo ya no se entienden como realidades naturales, sino como construcciones históricas, médicas, farmacológicas y tecnológicas, dentro de un pensamiento especulativo de una lúcida e influyente radicalidad. Por su parte, Alana S. Portero enlazó en La mala costumbre su infancia en un barrio obrero de Madrid con un relato de memoria y de supervivencia como mujer trans.

En Latinoamérica, ese arco se tiñe de otros colores y abarca a nombres que van de Reinaldo Arenas, Manuel Puig, Luis Zapata o Pedro Lemebel a Gabriela Cabezón Cámara, Rita Indiana, Claudia Rodríguez, Susy Shock o Camila Sosa Villada. Las malas, de esta última, fascinó al convertir la experiencia travesti en mito y reescribir desde ese lugar la herencia del realismo mágico. El resultado, a ambos lados del Atlántico, es una nueva tradición que se ha servido de la identidad LGTBIQ+ para erosionar el canon y el poder, ambos igual de brutales. Álex Vicente

14. La crónica latinoamericana

La crónica latinoamericana ha sido, en buena medida, la historia de una mirada que se emancipa. Nace de la urgencia —­dictaduras, guerras civiles, transiciones frágiles— y se convierte en un género capaz de explicar lo que el dato no alcanza. Si en los años setenta y ochenta fue testimonio y denuncia, al borde del exilio o la censura, con el tiempo fue afinando su ambición: contar lo que pasa y cómo se vive. La generación que atravesó el final del siglo XX heredó la pulsión narrativa del boom, pero la llevó a la calle.

La urbe —Ciudad de México, Bogotá, Buenos Aires, Lima— se volvió escenario y personaje. La violencia dejó de ser solo política para volverse también social: narcotráfico, desigualdad, migración. Retador decir nombres, pero ahí salen inevitablemente espacios como Gatopardo, Etiqueta Negra, este periódico siempre; medios independientes que le apostaron al largo aliento; periodistas, reporteros, a los que, por sus crónicas, se los conoce como autores, lo cual no es menor: la precisión quirúrgica de Leila Guerriero; Carlos Monsiváis y el Distrito Federal que hoy se empeñan en llamar Ciudad de México como laboratorio de historias; América Latina a través de la historia y las historias con Martín Caparrós, Alma Guillermoprieto, acaso la gran cronista de América Latina, quien nos enseñó a contar un continente al mundo.

Los cronistas empezaron a cruzar fronteras, a narrar América Latina como un territorio conectado, donde la violencia en Centroamérica dialoga con la migración hacia Estados Unidos o con las economías ilegales del sur. El género se volvió más diverso, se ampliaron los temas y las formas. La crónica empezó a hablar de cuerpos, de identidad, de memoria, de medio ambiente. Ya no solo se trataba de explicar el poder, sino de cuestionar quién tiene derecho a contar.

Hoy, la crónica resiste como un acto de pausa. Sigue siendo una forma de mirar con tiempo en una región donde casi todo ocurre demasiado rápido. Y quizá esa sea su mayor vigencia: recordar que entender América Latina exige algo más que información; exige relato, contexto y, sobre todo, humanidad. Javier Lafuente

15. Volver a Paracuellos

Entre las temáticas en boga en la novela gráfica actual están la memoria personal, histórica o social y las narrativas del trauma. Carlos Giménez se adelantó en décadas a todas ellas con su primer álbum de Paracuellos (1976). Giménez, reputado dibujante profesional de tebeos, optó por contar una de esas historias de la posguerra a las que nadie había prestado atención, la que él vivió como niño internado en los Hogares del Auxilio Social del franquismo. Una pequeña historia secundaria que, sin embargo, ofrece la dimensión exacta del significado moral del franquismo. Giménez relata el hambre, el frío, el desamparo y el maltrato y los abusos ejercidos por los curas y los falangistas al cargo de esa institución. El prodigio del libro es que lo hace, sobre todo, con las armas del dibujo, dejando que sean la gestualidad y la mirada de los personajes y la planificación visual de las páginas los que comuniquen todo cuanto importa. Bastantes años después, otros autores teorizarán acerca del hecho de que, en los tebeos, los dibujos se escriben. Carlos Giménez siempre lo supo. Max

16. El discurso de Gabriel García Márquez al recibir el Nobel: “Una nueva y arrasadora utopía de la vida”

Gabriel García Márquez recibió en 1982 el Nobel de Literatura con unas palabras que se inmortalizaron sobre la soledad de América Latina: con sus miles de exiliados y desaparecidos durante la Guerra Fría, el escritor colombiano describió un continente menospreciado por los grandes poderes y sus narradores. “El desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad”, dijo el escritor de la icónica novela sobre un siglo de soledad. Pero “frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida”, prometió. “Los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir”.

Fueron palabras que, con los años, fueron manoseadas por múltiples políticos prometiendo utopías. El discurso, sin embargo, prometía algo más cotidiano: la poesía, la que desafía las convenciones, la que gana una “permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”. Gabo murió en 2014 y hace dos años Piedad Bonnett, actualmente la poeta más importante en Colombia, volvió a hacer eco a ese discurso maltratado. Al recibir el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, agradeció que Gabo “amplió la conciencia de nosotros mismos”. “Yo, como él, creo que hacer literatura es un acto de fe en lo humano”, recordó. Ante la distopía, ahora más tecnológica, la poesía sigue ofreciendo el mismo tesoro: la vida. Camila Osorio

17. El legado republicano

Fue lenta la liquidación de la mayor deuda cultural de la democracia: la recuperación de los escritores republicanos exiliados. Aunque algunos habían vuelto en persona o en papel antes de 1975 (José Bergamín, Juan Gil-Albert, Rosa Chacel, Francisco Ayala, Ramón J. Sender o Corpus Barga), la auténtica restitución de sus obras empezó tras el fin de la dictadura, entre la vuelta física de Rafael Alberti en 1977 y la de María Zambrano en 1984, que en 1977 había publicado su esencial Claros del bosque, una pelea contra la desmemoria que no ha cesado hasta hoy mismo con nombres como los de Manuel Chaves Nogales o Luisa Carnés. Desde 1975, poco a poco, empezaron a circular, junto a Ayala, Chacel y Sender, los nombres de Arturo Barea (con La forja de un rebelde) o Max Aub, el principal de los narradores del exilio, cuyo descomunal ciclo narrativo El laberinto mágico hubo de esperar a los años ochenta.

Tras ellos, Benjamín Jarnés, Rafael Dieste, Paulino Masip o María Teresa León descubrían una modernidad literaria olvidada, del mismo modo que lo hacía la poesía, al fin sin mutilar, de Rafael Alberti, de León Felipe, de Jorge Guillén y Pedro Salinas, de Emilio Prados, o el libro de versos más leído entonces (en edición mexicana hasta 1977): La realidad y el deseo, de Luis Cernuda. Y fue rescatándose la poesía de Juan Rejano, de Pedro Garfias, los ensayos de Juan Larrea o José Ferrater Mora (más allá de su Diccionario de filosofía), las novelas de Manuel Andújar o Esteban Salazar Chapela. Una producción extraordinaria en rango estético y altura intelectual que reveló que la mejor literatura española se hizo, durante 40 años, fuera de la Península. Domingo Ródenas de Moya

18. La fiesta del chivo, la última lección de Mario Vargas Llosa

La fiesta del Chivo (2000) es para muchos la última obra maestra de Mario Vargas Llosa (que publicó novelas excelentes después, como Tiempos recios). Es la segunda de sus novelas, tras La guerra del fin del mundo, que no transcurre en Perú; la primera que tiene como personaje central una mujer; y uno de los más logrados ejemplos de “la novela del dictador”. Cuenta el final del régimen de Rafael Leónidas Trujillo y combina tres historias: el regreso a República Dominicana en 1996, después de 35 años de ausencia, de Urania Cabral, violada por el tirano cuando era una adolescente; los últimos días de Trujillo, angustiado por el declive físico (impotencia, incontinencia) y los cambios geopolíticos; el asesinato de Trujillo en 1961 y la persecución a quienes acabaron con él. Está contada en presente, con saltos en el tiempo que muestran el funcionamiento de un régimen brutal que duró 31 años.

Vargas Llosa describe los mecanismos por los que un régimen autoritario extiende su poder: la crueldad y la humillación, pero también la corrupción, la mezquindad o el miedo de miembros de su círculo íntimo que temen caer en desgracia. La novela reúne las grandes virtudes del Vargas Llosa tardío: la documentación rigurosa y un dominio apabullante de las técnicas de la narración y el punto de vista, la capacidad de crear atmósferas, escenas y personajes memorables, las enseñanzas del modernismo y el pulso del folletín, el retrato de la violencia y la sordidez combinado con una mirada romántica y humanista. Es la lección de un maestro: si empiezas a leerla no puedes dejarla. Daniel Gascón

19. Los detectives españoles

La ficción criminal en España despegó tarde y de forma irregular. Toda literatura que no albergue en su interior géneros ricos y abordados con compromiso artístico no es una literatura completa, ni madura. Había existido Plinio, de Francisco García Pavón, un personaje imposible que se adelantó a su tiempo. Pero será Pepe Carvalho quien rompa la dura tela de los prejuicios. Su padre, Manuel Vázquez Montalbán, inaugura un género que siguen en aquella primera época gentes, y detectives, como Juan Madrid con su duro Toni Romano o Francisco González Ledesma con Méndez. Eran los ochenta y todo estaba por hacer.

Muy a su estilo, a mediados de los noventa una tal Petra Delicado pega una patada en la mesa de los señores: es una policía nacional en Barcelona y la ha creado Alicia Giménez Bartlett. Se inicia otra era más dinámica, completa, exportable, uno podría decir que europea, hija de su tiempo. Aparecen Bevilacqua y Chamorro y la Guardia Civil se quita con ellos unas cuantas capas de polvo. Ahí sigue Lorenzo Silva, imitado por tantos.

Con el inicio de siglo y la fiebre nórdica, la ficción criminal patria se diversifica y se hace comercial. Los fenómenos se multiplican y se mezclan con sus mayores, que mantienen el tipo. Dolores Redondo lo ha entendido mejor que nadie. Por el éxito de público y crítica pasó Domingo Villar y su mítico Leo Caldas o el maestro Alexis Ravelo. Los dos nos dejaron demasiado pronto.

En las inmediaciones del género otros miran para sumarse a la fiesta. Y se disuelven las fronteras. El género que mejor sabe mirar la realidad se adapta y se vuelve, en parte, mestizo, pero también tardocapitalista: literatura y éxito comercial se mezclan en los estantes, el miedo a una moda pasajera se aleja, en un mundo donde mandan la muerte y el dinero, la ficción criminal tiene todas las de ganar. Juan Carlos Galindo

20. Contra la dictadura militar argentina

“Bajo las matas / En los pajonales / Sobre los puentes / En los canales / Hay cadáveres”
Primeros versos de 'Cadáveres' (1981), de Néstor Perlongher

¿Cómo narrar desde la ficción el hecho traumático? Es imposible abarcar cómo ha afectado a la literatura argentina la feroz dictadura militar que dejó más de 30.000 desaparecidos, pero aquí va un canon estrictamente personal. Aunque el visionario Manuel Puig anticipaba en The Buenos Aires Affair un mundo de sadismo y patologías de poder, es en El beso de la mujer araña donde se concentra su genio para narrar las formas de encierro, delación y persecución. Fue, como tantas otras, una novela censurada. Ricardo Piglia y su Respiración artificial es otra gran respuesta al periodo, no de manera frontal sino oblicua, haciendo que el lector sienta cómo la sospecha lo abarca todo, y se pregunte si es posible narrar de manera novelística una época de puro terror. Cuerpo a cuerpo, del inolvidable David Viñas, encarna el horror a partir de la construcción de la figura del teniente general Alejandro Cé Mendiburu en una novela en la que conviven con maestría diferentes planos históricos, y el santafesino Juan José Saer trabaja tanto en Nadie nada nunca como en Lo imborrable una violencia que aparece desplazada, que tiene que ser recordada a través de la atmósfera del miedo. ¿Y qué hay del después? La poeta Juana Bignozzi habla de destierro, precariedad y espera constante a partir del exilio en Barcelona en su obra, ahora recopilada en La vida en serio. Laura Alcoba en su trilogía La casa de los conejos reconstruye la vida de una niña escindida por la huida y el secreto y Maria Zweig teje en Una familia bajo la nieve cómo los silencios de un exilio a Francia ocultan toda una memoria que acaba brotando y afectando a la generación siguiente con ternura y, quien lo iba a decir, un humor muy sanador. Lucía Lijtmaer

21. Lectura fácil: Cristina Morales, sin filtro y sin errar un solo tiro

Volver a Lectura fácil (Anagrama, 2018) hoy exige resistirse a la tentación de idealizar aquella época, entre el 2017 y el 2020, aproximadamente, en la que, de pronto, las mujeres empezamos a escribir. No era así, claro, pero sí lo parecía, con Luna Miguel y Antonio J. llenando las mesas de libros rosas y todo el mundo manoseando ejemplares de Vivian Gornick o a Deborah Levy en el metro. Era emocionante ser lectora aquellos días; nadie pagaba las prescripciones de internet, la conversación sobre libros se prolongaba más allá de la estrella en Goodreads y, como colofón a esa buena racha, llegó la novela de Cristina Morales, la granada perfecta que lo mismo hacía juego con la época que se atrevía a hacerla volar por los aires.

La recuerdo con una mezcla de admiración y escándalo gustosísimo, por la cantidad de discurso disruptivo que lograba colar en una novela que era, a su manera, canónica por el alarde técnico que desplegaba, por su juego de voces y formatos, que recordaba a lo mejor que aconteció el siglo pasado; un auténtico carnaval en el que se cargaba contra indepes, asistentes sociales, machos y feministas blancas. En una época en la que empezábamos a medir mucho lo que decíamos, Morales lo decía todo, sin filtro y sin errar un solo tiro.

Lo notable es que ese gesto, aparentemente indisciplinado, descansa sobre una arquitectura rigurosísima. Lectura fácil es, en ese sentido, una novela tan clásica como insurgente: profundamente anclada en la tradición y, al mismo tiempo, capaz de dinamitar sus límites. Quizá por eso sigue siendo difícil de domesticar. Y quizá por eso conviene volver a ella sin nostalgia. Aixa de la Cruz

22. Sangre derramada, cuerpos anónimos

Ante una realidad cruenta, la literatura de América Latina da vueltas alrededor del problema de la representación de la violencia, se vuelve archivo de memoria perturbadora, pensamiento que anhela el diagnóstico redentor. La obra de Daniel Sada es indagación de la lengua y del ocaso de la figura del héroe. La mezcla del barroco con el habla coloquial del norte de México produce una lengua cantarina al borde de la parodia, la lengua de nuestras tragedias cotidianas. No hay épica de criminales en El lenguaje del juego, solo personas con aspiraciones modestas condenadas a la aventura de vivir en ese país Mágico. En Capitalismo gore, Sayak Valencia reflexiona sobre el derramamiento de sangre, la violencia extrema (asesinatos, mutilaciones, desmembramientos), el uso predatorio de los cuerpos, y su relación con el modelo económico neoliberal y las prácticas de una masculinidad violenta ejercida tanto por el Estado como por el crimen organizado. Sumando testimonios de madres de desaparecidos, citas de Sófocles, Yourcenar, Butler y Zambrano, fragmentos de reportajes y de artículos académicos, Sara Uribe concibe Antígona González, un poema dramatúrgico para nombrar la voz de la historia reciente de México y América Latina, propone instrucciones para contar muertos y se hace las preguntas que atormentan a las víctimas: ¿es posible entender ese extraño lugar entre la vida y la muerte?, ¿qué cosa es un cuerpo sin nombre, sin historia, sin apellido?, ¿cómo no exigir un cuerpo siquiera para enterrarlo? Juan Pablo Villalobos

23. El verso de nunca acabar: batallas de la lírica española

“Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi, cruzo la desmedida realidad de febrero por verte…”
Luis García Montero

Aunque en las lides literarias la sangre no suele llegar al río, en ocasiones también la letra poética entra con sangre. Que se lo digan a los autores de la experiencia, a quienes hace 30 años les llovían pedradas desde casi cualquier flanco: diferentes y no tanto, abstractos y abstraídos, metafísicos y telúricos, marxistas de secano y estetas de regadío… Todos coincidían en la impugnación de una corriente hegemónica que había defendido la capacidad revolucionaria de la ternura y la épica subjetiva como formantes del discurso lírico. De aquella trifulca, muy sonada en las analógicas redes sociales del momento (revistas y suplementos), quedan algunos testimonios. De la parte experiencial, el desopilante centón apócrifo El sindicato del crimen (1994, con reedición en 2020), atribuido a un improbable Eligio Rabanera. Desde la otra ribera, Las ínsulas extrañas (2002), firmada por Andrés Sánchez Robayna y José Ángel Valente, entre otros, que fulminaba la genealogía realista con la misma alegría con la que Castellet había barrido a Juan Ramón Jiménez de Un cuarto de siglo de poesía española. De esos polvos (picapica) queda un valioso aprendizaje: gracias a las musas, hoy podemos disfrutar de la poesía de los últimos 50 años sin poner a pelar a metafísicos y hegemónicos. Luis Bagué Quílez

24. FIL, la gran feria del español

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara es la mayor cita editorial en español y la segunda del mundo, solo por detrás de Fráncfort. Fundada 1987 con el apoyo de la Universidad de Guadalajara, la FIL logró superar las primeras reticencias que generaba en el mundo editorial el proverbial centralismo mexicano. Por sus pasillos han pasado los grandes nombres de la literatura mundial. La lista de galardonados del premio que concede la feria, el FIL de Literatura a las Lenguas Romances, es una prueba del brillo del evento: Nicanor Parra, Juan Marsé, Claudio Magris o Ida Vitale. Las cifras de la última edición son elocuentes: rozando el millón de visitantes, casi 3.000 editoriales y 973 autores de 34 países. Más allá de los números, y de las presentaciones de libros, talleres o debates culturales desplegados por un cascarón a modo de nave industrial del tamaño de tres campos de fútbol, el encanto de la FIL, como todo el mundo conoce a la feria, también se esconde en pequeños detalles. Asuntos quizá frívolos, pero que dan cuenta de su espíritu abierto. Por ejemplo, pasar a desayunar al hotel “oficial”, que está en frente de la sede, y encontrarte con Mario Vargas Llosa comiendo unos chilaquiles; o cruzarte con Emmanuelle Carrère bailando post-punk en alguna de las fiestas que las editoriales independientes mexicanas organizan durante la semana de la feria. David Marcial Pérez

25. La herida colonial

No podemos hablar de la herida colonial que se mantiene vigente y abierta en el mundo actual sin hablar del análisis del colonialismo. A mediados del siglo XX, en su libro Piel negra, máscaras blancas y en el posterior Los condenados de la tierra, el escritor originario de Martinica Frantz Fanon analizó ideas asociadas al concepto que, décadas después, se popularizó como “la herida colonial”.

En medio de los movimientos de liberación nacional, su pensamiento desgranó las condiciones que evidencian que el colonialismo seguía vigente para explicar la realidad contemporánea. ​Hacia finales de la Guerra Fría, el escritor uruguayo Eduardo Galeano publicó un libro que a la postre se convertiría en un clásico, Las venas abiertas de América Latina. Sin la colonización de este continente y sin el proceso mediante el cual cientos de miles de personas africanas y sus descendientes fueron esclavizados para el desarrollo de plantaciones de azúcar, la condición actual de los países latinoamericanos no puede explicarse. Aun cuando el libro ha recibido críticas por presentar una versión muy simplificada de la historia, alimentó las críticas al colonialismo. ​Por la misma época, el pensador peruano Aníbal Quijano comenzó a describir un concepto muy ligado a la “herida colonial”. Lo llamó la colonialidad del poder: un sistema que funciona como consecuencia viva y actual del colonialismo. Sus aportes centran la herida colonial no como un elemento del pasado que hay que superar, sino como un orden que explica las estructuras políticas, económicas y culturales del presente. 

Ya a inicios de este milenio, en 2007, el académico argentino Walter Mignolo publicó el libro La idea de América Latina. La herida colonial y la opción decolonial; en esta obra, de gran influencia en el mundo académico de las ciencias sociales, Mignolo describe que no es posible entender modernidad sin colonialidad, considera que la herida colonial que se crea con la invasión europea en este continente sigue abierta. ​Desde otras trincheras intelectuales, sin embargo, diversas autoras, entre ellas Silvia Rivera Cusicanqui, han hecho una dura crítica sobre la corriente decolonial, no porque crean que la llamada “herida colonial” no continúe vigente o esté ya superada sino, entre otras cosas, por la naturaleza académica de la corriente decolonial que surgió en universidades del norte global. Hoy más que nunca, la llamada herida colonial, sus matices y características, sigue más que vigente en el debate intelectual de este continente. Yasnaya Elena Aguilar

26. Vendrán más años malos y nos harán más ciegos

Sobre este libro de Rafael Sánchez Ferlosio de 1992 lo prudente sería no escribir, que es una manera taimada de empezar a hacerlo. Compuesto de aforismos, poemas, rabias e iluminaciones —recogidos sin la vanidad de estarse preparando para libro— parece pedir, antes que comentario, abstención. Pues el pecio, en Ferlosio, no es pensamiento breve, sino uno cortado antes de que la obediencia del discurso lo lleve, dócilmente, hasta su moraleja. Queda ahí, astillado para que el lector no pueda empeorarlo. Buscar tesis general alguna es traicionarlo, mas no hacerlo deja al reseñista sin reseña, como al patriota sin muerto que administrar. Y, sin embargo, algo hay que decir. El título anuncia la mecánica: desconfiar de esa piadosa superstición de que la experiencia enseña o que la Historia nos educa, pues también puede embrutecernos, dejarnos secos, obedientes a la explicación de nuestra desgracia. Ferlosio no se posa en grandes estruendos sino en las pequeñas palabras que los preparan: lo irreversible, que absuelve al hablante de la responsabilidad de lo posible; la noticia, que pesa más que el hecho que dice contar, o los muertos, esgrimidos para blindar la causa que los mató. Bajo esas palabras trabaja un mismo mecanismo que convierte la violencia en sentido, la obediencia en lucidez, la ceguera en suplemento dominical. Ferlosio no ofrece doctrina, consuelo o pesimismo, esa forma decorosa de la desesperación. Busca, acaso, higienizar el lenguaje público, desinfectar palabras antes de ser usadas para salvar o matar. Es poco, quizá, pero tiene la rara decencia de no querer pasar por más. Y por eso, tantos años después, sigue incomodando como incomodan quienes no han venido a tener razón, sino a impedir que la razón se convierta en nuestra coartada. Máriam Martínez-Bascuñán

27. El desencanto, un tiempo furioso e irredimible

Agosto, 1974, Astorga. Jaime Chávarri filma la inauguración de la estatua del prócer de la cultura, censor, falangista y poeta Leopoldo Panero. Empieza El desencanto, la cinta donde Felicidad Blanc y sus hijos despellejan al padre muerto. Reclaman una verdad. Su deseo quería romper con las mentiras públicas, abrir lo cerrado, politizar lo privado, sanar el dolor que no había podido ser dicho. Así, en 1976, cuando se estrena, la película supone una catarsis, un vómito existencial. Sus diálogos —obsesionados con fundir literatura y vida— se censuraron. Borraron a Leopoldo María confesando su homosexualidad. Años después, este se desquitaría negándose a “perdonar a su madre”, pues pudiendo haberle hecho “hijo de Luis Cernuda, me condenó a serlo de un poeta mediocre”. Así, los cachorros de las élites se negaban a serlo también de la dictadura, como si el franquismo pudiese morir sin herederos. En 1977 se abole la censura. La cinta se reestrena y, al filo de 1979, algo ha cambiado en su reencuentro con el público. Esta ya no expresa la ruptura con el régimen, sino el “precio de la transición”: el spleen de una generación, la represión, el agotamiento emocional, la decepción política, el sopor de la heroína. El desencanto se volvió un nombre para aquel tiempo, ingrávido, entre el duelo y la nostalgia, franquista y antifranquista, decadente, furioso e irredimible. De ello hablan en sus poemarios Leopoldo María Panero (Narciso en el acorde último de las flautas), Ricardo Franco (Los restos del naufragio), Aníbal Núñez (Alzado de la ruina) o Blanca Andreu (De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall). Germán Labrador

28. Contar la violencia en femenino

A la hermana de Cristina Rivera Garza la asesinaron en México hace casi 40 años. Entonces no existían las herramientas para entender esa violencia que las mujeres llevan pegada a la piel. Ella las encontró 30 años después y escribió el libro que la catapultó: El invencible verano de Liliana, premio Pulitzer en su versión en inglés. A ese idioma que no conoce la precisión de su dolor ha peleado la autora mexicana por llevar el término “feminicidio”, la palabra en la que descubrió, por fin, la calma de agarrar la idea.

El camino ha sido largo, pero las escritoras del continente han llegado cargadas de palabras para nombrar la violencia que atraviesa su tierra: la ferocidad colonial que retrata la argentina Gabriela Cabezón Cámara en Las niñas del naranjel, historia presente para muchos pueblos indígenas. Los ecos de la guerra colombiana que resuenan en la cordillera de El monte de las furias, de la uruguaya Fernanda Trías. Los desaparecidos, siempre los desaparecidos, que emergen desde el río Mapocho, en el que se adentra la chilena Nona Fernández. La brutalidad con la que la miseria y la misoginia se abren paso en la devastadora Temporada de huracanes, de la mexicana Fernanda Melchor. Está todo eso, y también la violencia sutil de un simple control de aeropuerto. De ella habla la chilenopalestina Lina Meruane en su Palestina en pedazos, donde desmenuza lo que una dice cuando dice: soy esto.

Ahí también han recorrido un camino las latinoamericanas, que hoy abordan la identidad y el punto de vista sin complejos. “Escribo desde lo que soy”, defienden: este cuerpo, este tiempo, esta clase social, este suelo bajo mis pies. A veces es la selva hambrienta de la cubana Elaine Vilar Madruga, a veces la ciudad de la ecuatoriana Mónica Ojeda. Ellas son la vanguardia literaria del continente y se han abierto camino a machetazos, con un lenguaje implacable y honesto que va de lo íntimo a lo estructural, como sus historias Rosario Castellanos y Gabriela Mistral caminaron para que ellas corrieran. Ellas, que también son: Laura Restrepo, Dolores Reyes, Camila Sosa, Dahlia de la Cerda… Elena San José

29. Los narradores de la democracia

Las energías creativas siguieron explotando nuevas formas y nuevos temas, casi siempre con una luminosa efervescencia que hizo evidente la renovación de la novela. Las mejores obras de Javier Marías llegaron ya en los ochenta, con El hombre sentimental y su Premio Herralde en 1986, y sobre todo con un clásico tan vivo como Corazón tan blanco y su legendaria frase inicial. También anduvo Herralde por en medio de la consagración de un raro de narices, como Enrique Vila-Matas y alguna joya como su Historia abreviada de la literatura portátil, o su Bartleby, o alguien tan dispar como Álvaro Pombo, con El héroe de las mansardas de Mansard u obras extraordinarias como El metro de platino iridiado o Donde las mujeres o aun el maravilloso ladrillo de La cuadratura del círculo: pensaba narrando y narraba pensando en cosas de mucha sustancia (como sus cuentos) sin perder el humor ni la delicadeza. Ambas cosas las gastaban con gracia y formas antitéticas Cristina Fernández Cubas (Mi hermana Elba) o el ya no tan muchacho Ignacio Martínez de Pisón en El fin de los buenos tiempos o Carreteras secundarias. A Antonio Muñoz Molina lo había detectado el editor Pere Gimferrer, y con él nació un novelista radiante en Beatus ille, luego El jinete polaco o espléndidas breverías como El dueño del secreto.

También le sentó bien la democracia a Manuel Vázquez Montalbán. Además de inventarse uno de los detectives más populares, Carvalho, y escribir alguna buena novela con él de protagonista (como La soledad del mánager o Los mares del Sur), se tiró a la novela sin Carvalho e hizo cosas tan hermosas como El pianista o la extraordinaria El estrangulador. Eduardo Mendoza llevaba un paso menos bulímico (y no es un chiste) y tras el pastiche genialoide de La verdad sobre el caso Savolta fue haciéndose necesario en bibliotecas populares con La ciudad de los prodigios, con un bromazo genial como Sin noticias de Gurb o con delicadezas más sensibles como El año del diluvio, todo mezclado con incursiones en la cabeza perdida de un detective loco y anónimo. Félix de Azúa sacó de la mejor versión de sí mismo una novela autoparódica, Historia de un idiota contada por él mismo, y no cejó en la ruta pese a la insatisfacción que él mismo expresaba con el género (y con el mundo mundial). A Esther Tusquets las revueltas de la vida le dieron material para novelas insólitas, como El mismo mar de todos los veranos o Correspondencia privada, y algo de eso hubo en el ciclo autobiográfico de Manuel Vicent, con Contra paraíso o Tranvía a la Malvarrosa. Rosa Montero lo petó con sentimientos y sin sentimentalismo y Maruja Torres se vestía de largo con Un calor tan cercano, mientras no vencía la barrera del público un novelista valioso como Antonio Rabinad (y es muy buena Memento mori).

Las primeras novelas de Juan José Millás o de José María Guelbenzu también las pilló Franco en vida, pero los dos encontraron rutas a una singularidad identificable: el primero rozaba la locura a cada título, pero tocaba fibras sensibles en El desorden de tu nombre o Tonto, muerto, bastardo e invisible —­la neurosis exprimida con microscopio fue su género—, mientras Guelbenzu (increíblemente nació un 14 de abril y murió un 18 de julio) exploraba una verdad moral sepultada en novelas reflexivas, como El río de la luna o El sentimiento. La buena novela comercial no sabía que estaba gestando a un autor de masas, Arturo Pérez-Reverte, con El maestro de esgrima, mientras cuajaba la evidencia de autores nuevos, como Julio Llamazares, Luis Landero, Luis Mateo Díez o José María Merino. Por entonces, Andrés Trapiello empezaba una novela muy rara y de innumerables tomos con forma de diario en El gato encerrado.

La fertilidad supo de género también. Algunas autoras despuntaron muy pronto, con buenas razones, tanto si escribían novelas de formación tan descaradas como Las edades de Lulú o Malena es un nombre de tango, en el caso de Almudena Grandes, como si lo hacían en una vertiente más ensimismada, que ha sido la mejor ruta de Belén Gopegui en La escala de los mapas o La conquista del aire. En las mismas edades empezaba Javier Cercas con breverías impolutas como El inquilino e iba fabricando el arsenal de inteligencia formal y moral que conduciría a Soldados de Salamina para abrir otro tiempo, precisamente en 2001. Jordi Gracia

30. Leila Guerriero

El periodismo de Leila Guerriero es un prodigio porque sus textos son criaturas de su forma de mirar y su exigencia: su método creó un estilo. La disciplina y la inteligencia, que las tiene hasta el asombro, no son capaces por sí solas de crear algo bello e inasible, pero Leila lo consigue porque es una escritora rigurosa, extravagante, su intuición es el buen gusto. Se formó en las redacciones, esos espacios periodísticos que ya no existen, donde la curiosidad y la adaptación resultaban esenciales. Tiene una voracidad de saber y de entender que incendian sus textos: cuenta con la misma desesperación a jóvenes suicidas en un pueblo de la Patagonia, a un bailarín de danza folklórica, a un magnate de la soja, a un pianista. Se mete de cuerpo y alma entre los huesos de los desaparecidos y con la vida de una mujer que sobrevivió a la tortura. Usa las palabras con precisión y delicadeza, una miniaturista que restaura un templo. El periodismo es el primer registro de la Historia y en los libros de Leila hay conciencia de legado y de registro, pero nunca de solemnidad. No tengo dudas de que su obra será consultada en el futuro, y tampoco tengo dudas de que cuando lo lea, después de la risa y los rulos, dirá en voz alta: nena, dejate de joder. Mariana Enriquez

31. El mito de la normalidad cultural española

Quienes bailan saben que la lluvia no obedece a su baile, pero bailan de todos modos. Algo parecido pasa con la “cultura de la Transición”: ¿qué Transición sigue viva hoy, tras la lógica normalizadora? La década pasada abrió la posibilidad de una transformación que fue abortada: hoy, a la defensiva ante “el odio” o “la reacción”, se abrazan progresistas del consenso y de la ruptura. ¿Cuál ha sido su impacto? Hagamos balance y autopsia. Si la normalidad se mide por la cantidad de lecturas europeas que importamos, somos normalmente muy franceses. Tenemos tanto trauma y tanta autoficción como allende los Pirineos. Un poco más de diversidad, quizá como compensación a tantos años de dictadura represiva. La Guerra Civil es un motivo cultural como cualquier otro, hastía a no pocos lectores, vende bastante y se enfrenta a más nostálgicos que nunca (y con partidos que ya han pasado; hasta gobiernan). Ahora incluso tenemos un autoproclamado Goncourt o Booker español, gracias a la lógica que impulsó el pelotazo: para tapar una carencia, dinero, y a otra cosa. Así inventan la cultura los Gobiernos, pensaba Ferlosio. Mientras tanto, seguimos queriendo ser europeos, aunque el futuro sea América Latina. El tótem de nuestro mito europeo, mucho más que un pacto de Estado, es el desarrollo de una lógica de mercado. Su mayor celebración son las ventas y millones, como en Sant Jordi y el Planeta. España configuró algo extraordinario: una institucionalidad cultural democrática y particular. Cuando llueve se moja, como todas las demás. Elizabeth Duval

32. Rafael Chirbes y la crisis económica

Rafael Chirbes, a través de sus narraciones, busca las raíces que alimentan su presente. Un presente marcado por cuarenta años de dictadura. Años como agujas en la carne de quienes soñaron con la democracia y perdieron la guerra. Años de desventaja, represión y exilio para vencidos y vencidas, y de paz para ese sector de la clase media que no quería hablar de política. Años de abundancia, consolidación y forja de pingües capitales para quienes sí habían ganado la guerra. Sin embargo, lo que convierte a Chirbes en un escritor intrépido en este arranque del siglo XXI radica en su lucidez para plasmar la desilusión respecto a los mejores tiempos como metáfora de una Transición española cuyas inercias económicas, y también estéticas, nos explotaron en la cara en torno al 2008. Cuando se desinfla la burbuja, descubrimos novelas que no perdonan la cultura del pelotazo y la degradación de valores durante el periodo felipista. Para aquilatar literariamente ese desencanto —esa traición— encuentra formas novelescas con las que indaga en la incompatibilidad entre capitalismo y democracia, y en la dejación de funciones por parte de una generación que fue la suya y transitó desde la lucha antifranquista hacia el optimismo del nuevo rico en sintonía —en connivencia— con los poderes económicos de siempre. Para constatar ese fracaso y ese daño, trabaja con una enunciación literaria que diverge de las fórmulas de la Nueva narrativa. Sin amabilidad ni ligereza. Escribe desde una contractura, un fuera de lugar, que su reconocimiento tardío como escritor acrecentó de un modo estéticamente inquietante. El sano resentimiento habita la médula de su verdad literaria. En sus libros también hay un movimiento hacia la luz de las periferias —geográficas, eróticas, ideológicas— y hacia la posibilidad de recuperar, de entre las garras de la especulación, el vergel y la lengua perdida. Sus palabras, que son cuerpo, nos conmocionan. Marta Sanz

33. Literatura para los 45 millones de hispanohablantes de Estados Unidos

La literatura en Estados Unidos tiene su propio 3%; es el porcentaje de los libros traducidos de cualquier idioma que llegan a la mesa de novedades de un país que tiene el tamaño de un continente, pero que culturalmente se comporta casi siempre como una remota isla. En ese pequeño trozo de la tarta, los autores y, sobre todo, autoras en español han ido ganando presencia en los últimos años.

Primero fueron los poetas (García Lorca, Juan Ramón Jiménez), luego, los francotiradores en torno al boom —Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Carlos Fuentes—; después, los hispanos que, sobre todo, escriben en inglés —y los Pulitzer a Junot Díaz y a Óscar Hijuelos—, y, por fin, el deslumbramiento con Roberto Bolaño. El autor de 2666 llegó para recordar póstumamente a los lectores estadounidenses que en español América no es un país, e inauguró una cierta edad dorada para los traductores —sobre todo, traductoras— de ese idioma.

Hoy, los suplementos de libros (que sobreviven) de los grandes diarios reseñan con naturalidad novelas (la no ficción es otro asunto, más pendiente) tanto de nombres consagrados como de ese memorable grupo de escritoras latinoamericanas con difusos rasgos en común más allá del talento compartido: Valeria Luiselli, Nona Fernández, Samanta Schweblin, Mariana Enriquez y muchas más.

Algunos autores incluso hacen apariciones estelares en el palmarés de los premios más importantes y en las listas de los mejores libros del año (Luiselli, Cristina Rivera Garza, Benjamín Labatut, Álvaro Enrigue). Está también el equipo de los hispanohablantes que escriben en inglés como condición inexcusable aún para el éxito (Daniel Alarcón, Javier Zamora, Hernán Díaz y, de nuevo, Luiselli y Labatut) y el de los que viven y trabajan en Estados Unidos en español (Kirmen Uribe, Eduardo Lago, Yuri Herrera), además de la escuadra de Iowa City, a cuyos duros inviernos sobreviven el novelista Horacio Castellanos Moya o el poeta Luis Muñoz. Su universidad imparte desde hace 14 años un programa pionero de escritura creativa en español en la más literaria de las ciudades de tamaño mediano de Estados Unidos.

El panorama lo completan las editoriales que, como Planeta, HarperCollins o Vintage, publican en español. Unos 45 millones de personas lo hablan en este país que poco a poco se esfuerza tímidamente por leer un poco más allá de su ombligo. Iker Seisdedos

34. La generación prodigiosa de la literatura canaria

Éramos chiquitillas y repetíamos ese verso según el cual “estar en las afueras también es estar dentro”. En cierto modo, nos lo creímos, ¡resultaba tan liberador saber que se podía escribir desde los márgenes! Éramos chiquitillas y una novela publicada por Demipage ocupó las portadas mainstream. Su autor, Félix Francisco Casanova: rostro bello, “el Rimbaud canario”, niño de la poesía setentera, poeta de “las afueras de las afueras”, don juanillo melancólico reclamado por Cruz o Irazoki cual ángel de las letras isleñas.

Pero estar en las islas también es estar dentro, y aquello sólo fue el principio. Como si el fantasma de un adolescente nos hubiera descubierto la radicalidad de la escritura de geografías ajenas al trayecto Atocha-Sants. Allá íbamos. Dejábamos poco a poco de ser chiquitillas, pero leíamos con tal voracidad que, cuando llegó Panza de burro no pudimos hacer otra cosa que dejarnos atravesar por las afiladas flechas de un “lenguajeo” desbocado.

Andrea Abreu lo cambió todo. La siguieron Juli Mesa y su tierno Soo; la juguetona Leche condensada, de Aida González Rossi; la dureza política de Supersaurio, de Meryem El Mehdati; la corporalidad de nunca seré mi madre y no pariré a mi hermana, de Yeray Barroso, o el experimental Han cantado bingo, de Lana Corujo. Como si el viento de “las afueras de las afueras” reventara las baldosas envejecidas del canon patrio. ¡Y, por reventar, ellas reventaron hasta la idea de que para estar en el centro hay que ser reseñadas por este mismo medio! Ja, ja. Una generación de verdaderas genias. Luna Miguel

35. Bibliotecas para todos

Puede pasar un año entero sin que una gran mayoría de españoles tenga alguna interacción con las bibliotecas públicas. Lo afirman los datos. Aunque la población que sí accede, ya sea en persona o por internet, ha ido creciendo. Y alcanzó el récord del 28,6% en 2024, última cifra del Ministerio de Cultura. Las estadísticas de los últimos 25 años confirman que, a grandes rasgos, una cuarta parte de la ciudadanía está vinculada, y el resto menos, o nada. Por falta de interés o tiempo, no porque no las tenga cerca, según las encuestas. Es decir, hay suficientes, por más que se hayan ido reduciendo hasta unas 3.500. Y suman 17 millones de usuarios. Los problemas se encuentran en las enormes diferencias de infraestructura, préstamos o visitas por habitante según la región. O en que reproducen, en vez de corregir, la exclusión de los colectivos más marginados. Las visitas por internet tampoco despegan, y la renovación de los fondos llega en torno al 5% anual solo en Madrid, Cataluña y, a veces, Ceuta. Tommaso Koch

36. La exigencia de Juan Mayorga

Juan Mayorga es un referente fundamental dentro de la dramaturgia española. Para los que venimos después, su escritura propone un modelo, y también un motivo de orgullo. Su trabajo representa el reconocimiento incuestionable de la literatura dramática actual como parte importante del mundo de las letras y la cultura. No me refiero solamente a su destacado papel institucional, sino a la innegable calidad literaria, filosófica y artística de sus textos. Su escritura combina de manera magistral altas dosis de reflexión, un tratamiento muy preciso de la lengua, así como una mirada personal sobre la especificidad del lenguaje teatral. Mayorga, aparte de ser dramaturgo, director de escena y profesor de dramaturgia, tiene formación en matemáticas y en filosofía, es fácil imaginarlo en otros derroteros culturales, académicos, profesionales... Creo que “los faranduleros” somos muy afortunados con la decisión que tomó ya de muy joven de querer dedicarse al teatro, nos está dejando un legado importantísimo, un lugar en el que referenciarnos, un camino a seguir. Y, aparte, despierta un interés importante también fuera del mundo del teatro, a veces demasiado endogámico, o escindido de otros ámbitos sociales. Las obras de Juan Mayorga son una muestra de cómo puede convivir la exigencia intelectual y discursiva con la voluntad de hacer un arte de alcance popular. Victoria Szpunberg

37. Poner palabras a ETA: Patria, de Fernando Aramburu

“Soy tan cobarde como él y como tantos otros que a estas horas, en mi pueblo, estarán diciendo bajito para que no les oigan: esto es una salvajada, un derramamiento inútil de sangre, así no se construye una patria”. Mañana, lamenta Joxian mientras le hace masajes a Ramuntxo sobre una camilla plegable, todo seguirá igual: “La gente acudirá a la siguiente manifestación de ETA sabiendo que conviene dejarse ver en la manada. Es el tributo que se paga para vivir con tranquilidad en el país de los callados”.

El silencio, la muerte, el miedo, la convivencia rota, la degradación moral. La atmósfera asfixiante de un pueblo de Euskadi hace no tanto tiempo. En octubre de 2011 la banda terrorista ETA ponía fin a casi cuatro décadas de violencia. Cinco años después, Fernando Aramburu, un escritor donostiarra de 57 años residente en Alemania, publicaba Patria (Tusquets), su novena novela. A través de la historia de dos familias separadas y destruidas por “el conflicto”, la de la víctima y la del verdugo, Aramburu se adentra en aquellos años construyendo un puzle de múltiples piezas que se extiende por 648 páginas.

El adoctrinamiento en las herriko tabernas. El proceso de reclutamiento y formación de los cachorros. La clandestinidad. Las pintadas en la puerta de casa. El vacío fascista a los señalados. La extorsión. Las piruetas mentales de las madres de los etarras (con la inestimable cooperación de la Iglesia católica) para convencerse de que sus hijos no son asesinos sino heroicos gudaris. Y también las torturas de la policía, las sombras de la política carcelaria, el perdón y la esperanza. La novela, en palabras de su autor, trata de “las gentes” de su tierra a través de “un puñado de personajes a los que también les tocó vivir una época sangrienta y triste del País Vasco”. Y advierte: “No quise como en el ajedrez jugar una partida de negras y blancas”.

Quizás hay que dejar que las historias pasen para poder contarlas. Quizá no conviene escribir algo cuando te pueden matar por ello. El caso es que, hasta Patria, la literatura no había abordado, al menos con tanta profundidad, el tema de ETA y sus estragos en la sociedad vasca. El apabullante éxito del libro habla del acierto del empeño: cerca de dos millones de ejemplares vendidos en España y Latinoamérica, traducciones a 35 lenguas, una serie de televisión y un elogio casi unánime de una obra valiente y necesaria. Pero el fenómeno de Patria habla también, y sobre todo, del poder de la ficción literaria como instrumento para la reflexión y el entendimiento. E invita a otros autores a contribuir a que, en una sociedad que cura sus heridas con la tentación del olvido, las nuevas generaciones comprendan lo que pasó y se consume la derrota cultural del terror. Pablo Guimón

38. Todavía realismo mágico

El realismo mágico ha sido siempre territorio jíbaro y mestizo, que juega —en los bordes de la porosidad genérica— con el lenguaje y la historia. Una marejada que trae residuos de la tradición literaria latinoamericana, y que en la producción actual se ha fusionado con el absurdo tropical (en una invitación a cuestionarnos cuán fijos son los peldaños de la realidad que pisamos a diario), y reinventado a través de la distopía contemporánea y lo gótico, del humor y la carnavalización de referentes (poderosa la risa política en tiempos donde los dictadores vuelven, por desdicha, a estar de moda, y donde es más necesaria que nunca la resignificación de los males sociales a través del humor comprometido).

En las últimas décadas, el realismo mágico ha intentado ser la lumbre que pervive en las regiones oscuras de la historia. Suyo es el intento de mapear el mundo en circunstancias donde los cuestionamientos a los poderes establecidos (los poderes de siempre, ahora agravados y ponderados por la repetición de crisis sociales sistémicas a escala global) acercan cada vez más el oficio de la escritura ficcional al del periodismo. El lenguaje se ha convertido en grito de denuncia, en una rabia que reivindica espacios y modos de enunciación, pero también cuerpos e identidades, y relatos considerados tradicionalmente periféricos y que ahora reconfiguran un ADN literario donde, en primera instancia, importa el posicionamiento de la ética social y la política, y donde el vehículo de lo mágico se ha desplazado del efectismo a la denuncia simbólica de lo real. Elaine Vilar Madruga

39. Posmodernismo

El posmodernismo es un concepto múltiple e inasible que enlaza a Juan Benet o Eduardo Mendoza (en 1975, La verdad sobre el caso Savolta se convierte en la primera novela española oficialmente posmoderna) con Agustín Fernández-Mallo o Laura Fernández, pasando por Enrique Vila-Matas o Javier Cercas. Todo ello sin necesidad de que los autores citados se sientan aludidos por la etiqueta, así de lábil es el asunto.

Para orientarnos en cuatro pinceladas, me siguen gustando estas palabras que John Barth publicó en 1984 (pero las venía trabajando desde 1968): “Estaría por encima de la lucha entre realismo e irrealismo, forma y contenido, literatura pura y comprometida, novelas literarias y populares…” Los programas estéticos que atravesaron el final del XIX y la primera mitad del XX se habían agotado, y entrábamos en un territorio de máxima jugabilidad en el que, para poder decir algo hermoso, había que ironizar antes sobre decir algo hermoso que ya fue dicho antes.

En este país hay cosas que llegan con retraso, y Jordi Gracia y Domingo Ródenas de Moya nos recuerdan que la “fragua posmoderna” española (la plena autoconciencia posmoderna) se produce en los ochenta, en un abanico que va, por ejemplo, de Bélver Yin (1981) de Jesús Ferrero a Las pirañas (1992, recuperada en 2025 por Malas Tierras), de Miguel Sánchez-Ostiz.

Pero el campo posmoderno se dilata de formas imposibles de delimitar. Algunas pistas: para entender su naturaleza autorreflexiva y metaficcional, lean Soldados de Salamina (2001) de Javier Cercas; para gozar de su espíritu contrario a las jerarquías culturales, Brilla, mar del edén (2014), del pynchoniano Andrés Ibáñez; y quizá no hemos apreciado en su justa medida lo que tuvo de gesto posmoderno que una escritora “realista” (sea lo que sea eso) como Ana María Matute entregara la fantasía libre de cinismo o pretextos elevados Olvidado Rey Gudú (1996) a los 71 años.

En 2026, todos damos por hecho que lo posmoderno ya pasó, y seguramente sea verdad, pero nadie logra determinar qué ha venido después ni por qué exactamente eso nuevo es post-posmoderno. Nadal Suau

40. El premio Planeta

“Mi opinión personal es que el nivel es bajo y, en algunos tramos, subterráneo. Alguna novela promete, apunta alto en sus planteamientos, pero se acaba frustrando. El premio no puede quedar desierto, así que nos vemos obligados a votar la menos mala”
Juan Marsé

En el panorama de los galardones conviven premios de distinta influencia y lo marcan los premios editoriales. Ninguno tan cacareado como el Planeta. Ineludibles han sido las sospechas a su alrededor: decisiones previsibles, inclinación hacia autores mediáticos o calidad dudosa, como denunció Juan Marsé, presidente del jurado en 2005, en la cita que encabeza estas líneas.

Siendo como siempre ha sido evidente su vocación popular, lo cierto es que un galardón que recayó sobre Sender, Marsé, Torrente Ballester, Vargas Llosa, Matute o Cela ha ido a parar estos últimos años a Juan del Val o Sonsoles Ónega. Se siente incomodidad al meterlos a todos en la misma lista, pero al recurso de quejarse del descenso de la calidad habría que oponer verdades incómodas.

La primera: ninguno de los titanes lo ganó con una de sus obras mayores. Y segundo, y más importante: la desaparición del intelectual de los medios ha dejado a la difusa figura del presentador-escritor como reducto de visibilidad que puede llevar a los lectores a la librería y garantizar la solvencia de un premio dotado con un millón de euros. Planeta puede tener la culpa de no apoyar la literatura experimental, pero no de que ya no emitan La clave. ¿Debe un galardón reflejar las tendencias del mercado o marcar un criterio propio? En esa divina tensión se juega su futuro el Planeta. Jorge Morla

41. Fin de la utopía: El pianista, de Manuel Vázquez Montalbán

La caída del muro de Berlín representa un terremoto para la generación de Manuel Vázquez Montalbán: arrastran otras derrotas, las de la Transición y las heridas del franquismo, como el protagonista de El pianista (1985). Era una novela sobre la posibilidad de la lealtad, la coherencia y la dignidad, que anticipa las narrativas de la memoria histórica. Tras Irak, la globalización imperial —cuyas bases narra Joan Garcés en Soberanos e intervenidos (1996)— ocupa los noventa, hasta el punto de que Dios [va a entrar] en la Habana (1998), aliviando el “periodo especial”, a cambio de mostrar las costuras espirituales del comunismo latino. Era una época de cierres, donde la socialdemocracia se hace tercera vía y el felipismo se hunde, entre la corrupción y el GAL. La democracia pierde su inocencia y nace una nueva cultura, mezcla de capital, nacionalismo y mercado (La aznaridad, 2003). ¿Pero cómo seguir siendo críticos y utópicos en un mundo unipolar y posmoderno?

Las recetas de Pepe Carvalho y los premios literarios ofrecen un consuelo algo pobre para Montalbán, que irá a buscar respuestas a la selva Lacandona. Allí, una revuelta indígena y situacionista abría, de nuevo, la historia, mal enterrada por Francis Fukuyama. Otra globalización se hace entonces posible: ecológica, consciente, pacífica y diversa. En Marcos: el señor de los espejos (1999), Montalbán avista lo que viene: “un mundo donde quepan muchos mundos”, un cosmos multipolar, respetuoso y complejo, donde renace una modernidad desde abajo, hecha en lenguas ancestrales y asambleas, con poesía y máscaras, por una “guerrilla simbólica”, experta al mismo tiempo en formas de comunicación de pronto digitales. Pepe Ribas

42. La imaginación del corralito argentino

Cuando sobrevino la debacle de la ilusoria convertibilidad del peso y el dólar, una metáfora equívoca y sugestiva se impuso para denominar la expropiación de los ahorros bancarizados y, luego, mentar toda una época: el corralito. Acaso no fuera fortuita, como deseo de un poder desbordado, la alusión al encierro de niños o animales detrás de un cerco, cuando miles de personas se permitían “ceder al alivio de estrecharse con desconocidos para hacer exactamente lo contrario a la orden que los quería en su sitio”. Las comillas citan palabras de la escritora María Moreno, de su libro La comuna de Buenos Aires (2011). Con su espíritu insumiso y asambleario, la crisis de 2001 supuso “un corrimiento del límite de lo posible” e implicó “un quiebre en las ciencias sociales argentinas”, observó Maristella Svampa en La grieta (2013, varios autores).

La crisis fue narrada en novelas como El grito (2004), de Florencia Abbate, o El año del desierto (2005), de Pedro Mairal. Más perdurable aún fue, a partir de entonces, la irrupción de temas y actores obturados o acallados durante los años neoliberales. Los excluidos y los desclasados, en obras como Vértice (2004), de Gustavo Ferreyra, y Rabia (2005) de Sergio Bizzio. Las diversidades sexuales, en Presente perfecto (2004), de Gabriela Bejerman, o La Virgen Cabeza (2009), de Gabriela Cabezón Cámara. También, nuevas expresiones de la memoria del terrorismo de Estado en dictadura, con textos como Dos veces junio (2002), de Martín Kohan, o Los topos (2006), de Félix Bruzzone. La imaginación y el compromiso, no siempre juntos, habían saltado el corralito. Javier Lorca

43. La narrativa de la segunda generación

El legado de Ramon Llull, que hibrida lenguas y tradiciones culturales, permite pensar los confines de la contemporaneidad. En 2008, el premio que lleva su nombre fue concedido a L’últim patriarca, de Najat El Hachmi, lo cual zarandeó los cimientos de la literatura catalana: la autora había nacido en el Rif. ¿Cómo etiquetar una escritura que se mueve en los márgenes y recoge los ecos del amazig, del árabe, del darija —lenguas que hace un par de décadas se consideraban ajenas a Cataluña y al resto de España?—. El Hachmi inauguró una genealogía de voces que, conectadas a ambas orillas del Mediterráneo, añaden capas a las fronteras lingüísticas, literarias, culturales. En catalán y en castellano, y a partir de géneros y artefactos literarios muy diversos, Saïd El Kadaoui, Youssef El Maimouni, Mohamed El Morabet, Nadia Hafid, Munir Hachemi, Karima Ziali o Fátima Saheb problematizan las categorizaciones estancas; también el concepto de lengua materna.

En los últimos años, escritoras y autores que han crecido en España y cuyas biografías se enraízan en geografías distintas a la mediterránea han ampliado los límites de la literatura en español. Paloma Chen y Minke Wang (con lazos chinos), Rocío Quillahuaman (oriunda de Perú), Ebbaba Hameida (nacida en Tinduf) o Lucía Asué Mbomío Rubio (conectada con Guinea Ecuatorial) exploran —desde la poesía, el ensayo, el teatro y la ficción— los matices de identidades intersticiales. Exponen el racismo que las acompaña, y las huellas de la vasta empresa colonial española. Las voces citadas, a las que podríamos hilar muchas otras, tienen trayectorias literarias distintas y conjugan diferentemente sus vínculos con otras disciplinas. Sus obras no solo despliegan las consecuencias de la migración, también para quien la hereda, sino que abordan además muy diversos universos temáticos. Pertenecen a una literatura que, como la obra luliana, afina nuestra lectura del presente. Meritxell Joan Rodríguez

44. La gentrificicación

El segundo mejor libro de los últimos 50 años, según Babelia, es la novela Crematorio (Anagrama). Esta obra de Rafael Chirbes está traspasada por la sordidez del pelotazo inmobiliario, la mezquindad y el descaro de sus artífices, porque a España algo le pasa con los ladrillos, con las ciudades, con la emergencia habitacional y los procesos de gentrificación y turistificación masiva. Es un problema global, pero también un mal endémico de España, y así se ha reflejado en su literatura. La muestra más reciente tal vez sea Un metro cuadrado (Libros del Asteroide), donde Llucia Ramis hace un repaso por las casas en las que ha vivido al tiempo de un reportaje literario sobre el devenir del enfermizo mercado inmobiliario patrio desde el famoso “queremos un país de propietarios y no de proletarios”, del ministro franquista Arrese. Algunos años antes, Lara Moreno había repasado su propia peripecia en Deshabitar (Destino). La búsqueda de ese vellocino de oro que es el piso asequible aparece como contexto en obras como Oxígeno (Alfaguara), de Marta Jiménez Serrano, o La próxima vez que te vea, te mato (Anagrama), de Paulina Flores. El problema de la vivienda se mezcla con frecuencia con la precariedad laboral y el naufragio social generalizado, como ocurre en Ocaso y fascinación (Random House), de Eva Baltasar, porque, al fin y al cabo, de lo que hablamos es de una sociedad empobrecida. Dentro de lo ensayístico, género estrella para este asunto, se busca un hilo explicativo a un problema que tiene muchas dimensiones, frecuentes sombras, intereses contrapuestos y perspectivas ideológicas. Algunos son Generación inquilina (Capitán Swing), de Javier Gil, El secuestro de la vivienda (Península), de Jaime Palomera o El problema de la vivienda (Arpa), de Javier Burón. Una buena aproximación a la gentrificación fue First we take Manhattan (Catarata), de Daniel Sorando y Álvaro Ardura, y a la deriva urbana El malestar de las ciudades (Arpa), de Jorge Dioni. Idealista (Barrett) es un poemario de autor anónimo cuyo nombre ya evoca la polisemia entre el sueño de lograr un hogar y la célebre web para buscar pisos. Sergio C. Fanjul

45. El nuevo exilio latinoamericano

“Nadie sabe bien quién es si no sabe de dónde procede”, ha dicho Gonzalo Celorio, nuestro nuevo premio Cervantes. En el exilio esa afirmación es cierta, pero la procedencia tiende a complejizarse; hay procedencia y hay pertenencia. La procedencia se conserva desde la memoria y se reconquista desde la imaginación; la pertenencia construye un refugio, el afluente se une con el río grande por el que navegan las múltiples corrientes de la humanidad.

García Márquez escribió en México y no en Colombia la novela que capturó los desaforos descomunales de la identidad latinoamericana. Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa, ya fuera por estar exiliados por dictaduras o por sus búsquedas personales, alumbraron una literatura que trascendió sus condiciones geográficas. Cristina Peri Rossi, también premio Cervantes, considera que la nostalgia en el exiliado “es un intento de luchar contra la fugacidad, contra la muerte, contra la desaparición; sus obras son nostálgicas, generalmente de un pasado perdido y remoto, que se evoca justamente por su ausencia”.

Esta época es diferente a aquella cuando, en palabras de la poeta cubana Reina María Rodríguez, el exilio era un género literario. La literatura del desarraigo se sitúa ahora en espacios donde ya el regreso al país lejano no es el futuro utópico de las revoluciones de antaño. La realidad del desencanto político prescribe una apropiación del presente que requiere de la invención de un espacio de pertenencia. Reina María cuenta, desde el Miami donde habita, que su lugar de escritura es la mesa de un café. “Vengo a la misma mesa todas las mañanas. Esa página que abro se convierte en mi país”.

Las nuevas generaciones de escritores latinoamericanos que otra vez, como en los años sesenta y setenta, están coincidiendo en España, representan un exilio diverso, forzado a veces, voluntario otras, que, alejándose de la violencia omnipresente, encuentra la salvación, o el oxígeno creativo, en una patria construida a partir del idioma común.

Mientras el español engendra la comunidad literaria, es la diversidad de enfoques lo que da lugar a una creatividad que se atreve a desprenderse de la visión tradicional de nación. En esas patrias “portátiles” no hay olvido del dolor y desgarramiento que implica la distancia de olores y sonidos familiares, pero ese vacío se sublima imprimiéndole la vitalidad de existir en un contexto de múltiples posibilidades. Lo explica Karina Sainz Borgo: “Es una suerte de sensación de lo errático que a mí me hace sentir tranquila. Y creo que por eso me gusta tanto el proyecto europeo, que en el fondo es compartir unos valores comunes, es decir, la cultura, la civilización, la legalidad”.

La que fue llamada “literatura del exilio” opta en estos tiempos por incursionar en la realidad circundante desde el juicio de la propia experiencia, de las distintas máscaras de la violencia, o desde una identidad independiente. En la diversidad de una humanidad hipercomunicada, migrante, lo autóctono deja de ser exótico, la particularidad se universaliza. En esas patrias de la imaginación la noción de exilio puede que nos nombre a todos. Gioconda Belli

46. La España vaciada

Durante un largo tiempo, la modernidad se coció en el laboratorio de las ciudades. No es que la literatura periférica se abandonara como ocurrió con tantos pueblos, pero el siglo XXI volvió a exaltar su imaginario a través del neorrural, etiqueta que despegó con la publicación en 2013 de la novela de Jesús Carrasco Intemperie y asumió la categoría plena de fenómeno sociocultural con el ensayo de Sergio del Molino La España vacía (2016). Como alternativa al individualismo urbanita, el campo se ha contado desde lo bucólico a lo esperpéntico; como símbolo de resistencia frente a la globalización y salida a las crisis económicas, ecológicas e identitarias del tardocapitalismo, ideas que convergen —y se desarman— en el superventas de Santiago Lorenzo Los asquerosos (2018). En su papel de custodia de la memoria, la literatura neorrural recupera el habla autóctona (Panza de burro, 2020, Andrea Abreu) y, con una perspectiva feminista, reivindica el peso de las mujeres (Tierra de mujeres, 2019, María Sánchez). De la narrativa a la poesía, el ensayo, el cómic y, más allá de los libros, en el teatro, el cine y la televisión, el campo está siendo explorado en todas sus latitudes: en Canarias, Galicia o Andalucía y a través de la vastedad de la meseta. En años recientes, habitado por los hijos de la crisis, está mostrando su cara más oscura, tan inane y deprimente (Facendera, 2022, Óscar García Sierra) como sórdida y delirante (Epifanía, 2026, Israel Merino). Silvia Hernando

47. Escritores latinoamericanos en España

Samanta Schweblin, premio Aena por El buen mal, me contaba recientemente que regresa habitualmente a Argentina para reconectar con su español natal. Ella vive en Alemania, pero siempre necesita alimentarse de nuevo de esos acentos, modismos y vocabularios que le dieron vida como escritora. Numerosos compañeros suyos, escritores de América Latina, viven afincados en España y han buscado, por tanto, un territorio más próximo y natural donde mantienen vivo su idioma, pero la distancia toma en ellos otra forma, y es el regreso constante a las temáticas y universos que dejaron atrás. El origen es el origen.

Los peruanos Gabriela Wiener y Santiago Roncagliolo, la chilena Lina Meruane en fases repartidas entre Madrid y Nueva York, los mexicanos Jorge Volpi o Brenda Navarro, los colombianos Juan Gabriel Vásquez y Héctor Abad Faciolince (también con un pie en cada continente), los argentinos Patricio Pron, Rodrigo Fresán o Martín Caparrós o los venezolanos Rodrigo Blanco Calderón, Juan Carlos Méndez Guédez o Karina Sainz Borgo se han instalado con bastante buena fortuna en España dentro de una corriente en la que también navegan miles de ciudadanos de sus países. Las razones son tantas como personas, pero el hilo conductor que enlaza los dos continentes a través de estos autores pasa por mantener todos los canales de los temas, modismos y particularidades de su infancia y de su mundo bien abiertos mientras a la vez conviven más cerca de una industria editorial basada principalmente en España. Una ecuación en la que todos ganamos. Berna González Harbour

48. La literatura del español diverso

La idea del “español neutro” atraía a los lingüistas hace 50 años, cuando las películas rodadas en cualquier otra lengua se doblaban a un castellano que aspiraba a la universalidad, de modo que el trabajo sirviera en todos los países hispanos sin necesidad de replicarlo en cada uno, para reducir así los costes. Eso se aceptó en las traducciones del cine, pero ¿se puede buscar un español neutro en los libros, de modo que sirvan también en cualquier lugar donde se habla español? ¿La globalización ha influido en eso? Hoy en día entendemos que el español neutro es en realidad el español culto. Cuanto más se eleva la exigencia del estilo y del léxico, más comprensible resulta para los lectores o los espectadores de otras latitudes del idioma.

Ahora bien, en la literatura y en el cine han de aparecer personajes de los segmentos menos cultivados de la sociedad; y estos no pueden hablar como si fueran catedráticos. Hará falta darles términos poco compartidos en el español común (diferencias que no superan el 1,5% del vocabulario habitual). Y es aquí donde los autores se enfrentan a un desafío: ni siquiera se pueden permitir que un porcentaje mínimo de vocablos quede incomprendido. En esos retos, el contexto muestra su papel descomunal en la comunicación. Úsese una variedad local, téngase conciencia de ella, pero hágase descodificar. Los lectores sabrán deducirlo, si el autor ha pensado en ellos. Por eso antes y ahora comprendemos sin necesidad de traducción ni alteraciones a García Márquez, a Cervantes, a Vargas Llosa, a Mafalda, a Les Luthiers, o Cristal, o a Cantinflas. Y, cuanto más globales somos, cuanto más cine y más música y más literatura en español disfrutamos, más variedades ajenas hacemos nuestras, más intercambiamos palabras que cruzan el océano o las montañas y los valles para aterrizar en nuestra memoria. Álex Grijelmo

49. De la letra a la gran pantalla

En medio siglo, la mutación del cine español ha sido de tan profundo calado, que el caladero del que alimentaba sus guiones adaptados ha multiplicado exponencialmente su tamaño: hace 50 años, una película nacía de una idea original, de una novela popular (a ser posible, un clásico, eso sí, intocable en su lenguaje) o una obra de teatro que había disfrutado de su propia carrera comercial gloriosa. Hoy, el cine español puede llevar a pantallas estos argumentos previos —cuidado, nada despreciables—, pero también de cómics (muchos y vibrantes tebeos), cuentos, relatos experimentales, inclusive cartas...

Si los premios Goya sirven como reflejo de esas nuevas sendas, en 2011 y 2012 se sintió el terremoto. Dos películas de animación, basadas en sendos cómics, ganaron seguidos los cabezones a mejor guion adaptado: la primera fue Arrugas, adaptación homónima del cómic de Paco Roca, uno de los grandes historietistas mundiales, que veía así rematado el extraño viaje que se inició cuando su tebeo se publicó primero en Francia ante la imposibilidad de encontrar editorial en España. Luego llegaron las ventas, la fama, la película y el Goya, en una concatenación de justicias poéticas. Al año siguiente le tocó a Las aventuras de Tadeo Jones, que además provocó otra novedad: el inicio de una saga animada española.

Siempre habrá espacio (y tiene que haberlo) para traslaciones a la pantalla de novelas de contundente peso literario. ¿Ejemplos? Los santos inocentes, de Miguel Delibes, visitado por Mario Camus, y las distintas visiones de la obra literaria de Fernando Fernán Gómez (El viaje a ninguna parte; Las bicicletas son para el verano); del mejor escritor español de las últimas décadas, Rafael Chirbes (La buena letra), y de autores como Wenceslao Fernández Flórez (El bosque animado), Antonio Buero Vallejo (Un soñador para un pueblo, en pantalla Esquilache) o Emili Teixidor (Pa Negre).

Pero ha surgido una amplitud de miras: Pablo Berger encontró en un cómic estadounidense su semilla para Robot Dreams; Isabel Coixet extrajo en Mi vida sin mí la película que escondía el libro de relatos de Nancy Kincaid Pretending the Bed Is a Raft; Jota Bayona supo darle toda una vuelta al hacer cine de dos libros complejos como Un monstruo viene a verme y La sociedad de la nieve... Y Carla Simón basó en las cartas de su madre, Neús Pipó, su Romería. Mar Coll y Valentina Viso exprimieron Las madres no, de Katixa Agirre, en Salve María, una película que el tiempo pondrá en el sitio (altísimo) que se merece. Y, por supuesto, ahí está la obra de Pedro Almodóvar, que encuentra su inspiración en relatos que acaban benditamente absorbidos por su universo.

Por desgracia, este impulso es autoral. La industria, especialmente con el género de la comedia, prefiere ir a lo fácil, a versionar máquinas de hacer risas de otros países, enmudeciendo la voz española, tan propia como singular. Gregorio Belinchón

50. La crítica literaria

En El periódico de la democracia, Javier Cercas subraya la “conmoción” que produjeron las elogiosas reseñas de Bélver Yin, de Jesús Ferrero; No se lo digas a nadie, de Jaime Bayly, o El vano ayer, de Isaac Rosa, firmadas en EL PAÍS por, respectivamente, Rafael Conte, Miguel García-Posada e Ignacio Echevarría. Más abajo, Cercas —que también recuerda su breve etapa como reseñista en Babelia— añade la recepción de títulos como Patria, Ordesa o El infinito en un junco.

Desde que el 5 de mayo de 1976 Juan García Hortelano escribió acerca de La verdad sobre el caso Savolta, el interés de EL PAÍS por la literatura (por la cultura) ha corrido parejo a su capacidad prescriptiva en España y Latinoamérica. Pero también, y esto no es baladí, entre los editores extranjeros que buscan orientarse para sus apuestas en una lengua y una industria oceánicas.

Afortunadamente, en medio siglo se ha multiplicado el espacio dedicado a la literatura latinoamericana y a la escrita por mujeres. Lo que se ha mantenido socialmente constante es la tendencia a minusvalorar tanto la crítica como la influencia de los periódicos. Un simple vistazo a las citas elegidas por las editoriales para las fajas promocionales de sus libros valdría para matizar los juicios apocalípticos sobre el prestigio de ambos. Javier Rodríguez Marcos

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