tribuna libre
Columna
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Colonialismo colonizado

El colonialismo no es algo lejano en el espacio ni anterior en el tiempo, ni una fatalidad remota volcada exclusivamente sobre El Otro. Es un mecanismo inherente al ordenamiento del mundo contemporáneo

El centro histórico de Quito, en Ecuador, está repleto de restos de su pasado colonial.
El centro histórico de Quito, en Ecuador, está repleto de restos de su pasado colonial.John Coletti (Getty Images)

Si cada vez que recordáramos a Robespierre pensáramos en la guillotina, no tendríamos una relación tan romántica con la revolución. Esta idea, un tanto hiperbólica, es de Milan Kundera y podríamos aplicarla al colonialismo. A su pasado y a su vigencia. A su actualidad más lúgubre y a la más frívola. Siguiendo su estela, si cada vez que nos tomáramos un mojito o nos fumáramos un habano pensáramos en la plantación, el éxtasis ya no sería tan inocente. Ese latigazo invocaría los infinitos latigazos de la esclavitud productora de estos placeres, poniendo sobre la barra —tal cual lo advirtió Fernando Ortiz— el entramado que los mercaderes “habrían de torcer y trenzar durante siglos”. En ese preciso instante, se harían evidentes las mutaciones de la plantación, actualizada hoy en la economía de servicios propia del turismo y en los desplazamientos humanos; la descolocación de las poblaciones migrantes y la deslocalización de las empresas globales; las minas de coltán que han posibilitado el teléfono móvil que llevamos en el bolsillo y los resorts vacacionales; los hangares de apuestas chinos y las factorías de confecciones de las grandes marcas; recorridos por ruinas precoloniales y trata de mujeres; los tópicos de la industria cultural o los replanteamientos geopolíticos de centros y periferias.

Así, quedaría a la vista que el colonialismo no es algo lejano en el espacio ni anterior en el tiempo. Que no es una fatalidad remota volcada exclusivamente sobre El Otro. Que es un mecanismo inherente al ordenamiento del mundo contemporáneo y no una fase puntual o superable de este. Incluidas aquí las nuevas plantaciones académicas en las que el anticolonialismo ha quedado atrapado —¿deconstruido?— por la retórica decolonial que emana de los campus norteamericanos (el anticolonialismo de Ivy League también existe).

Por todo ello, en este siglo XXI del blink, el tuit, el pantallazo o el zapeo, quizá sea recomendable regresar a precursores del calibre de Léopold Sédar Senghor y Frantz Fanon, Stuart Hall y Aimé Césaire, Manuel Moreno Fraginals y Eric Williams, Edward Said o Édouard Glissant. O a algunas ficciones verdaderas de César Vallejo, Lydia Cabrera o José María Arguedas. Lejos de comportarse como un altar intocable, esos viejos magisterios intervienen a la hora de entender las contradicciones de la historia anticolonial; propias de una muy desigual pelea a la riposta o una tensión casi siempre irresuelta entre las ideologías, las identidades y los conflictos raciales. También nos servirán para desentrañar en qué consiste la reactivación de esta guerra cultural que durante la Guerra Fría se libró como una contienda por el futuro y ahora parece sostenerse en una batalla por el pasado. Con parte de la derecha recuperando el macartismo para denunciar la infiltración comunista en los movimientos anticoloniales y parte de la izquierda recuperando el estalinismo para repetir los viejos recelos que, desde los tiempos soviéticos, sirvieron para rebajar al anticolonialismo como una desviación reformista que solo serviría para entorpecer la misión del proletariado.

No sé si a alguien de esa Izquierda Verdadera se le ocurriría hoy acusar al Che de “posmo”, como en su día lo hicieron de “aventurero” biografías encargadas desde el Krem­lin. Pero sí puedo intuir, dada su propensión letal, que se estaría jugando la vida. También me puedo figurar que no vería con mejores ojos las teorías decoloniales y que trataría a Walter Mignolo con más inclemencia que a Régis Debray.

En la parte contraria, es tan alarmante como ridícula la soberbia creciente que equipara orgullo colonial con grandeza a base de traducir la conquista de América como una piadosa ONG embarcada al Nuevo Mundo con la encomienda de liberar a sus sociedades del canibalismo, evangelizarlas y alcanzar un pacto honorable por el oro y la plata.

Ya Edward Said alertó que proyectar el pasado sobre nuestras perspectivas actuales supone “el riesgo de volverse loco o arruinarse”. Es absurdo, añadía, usar “el Amadís de Gaula para comprender la España del siglo XVI (o la actual)” o “utilizar la Biblia para comprender la Cámara de los Comunes”. Pero esa prudencia en ningún caso justifica reducir a conveniencia las atrocidades del colonialismo, su intrínseca política de exterminio o negar que la esclavitud y traslado forzado de millones de africanos alcanzó la magnitud de un holocausto.

Resulta ridículo el contraste entre esa vanidad colonialista y la entrega, bien colonizada por cierto, a la apoteosis de un turismo bajo el cual, parafraseando a Henri Lefebvre, el país de consumo acaba por convertirse en el consumo del país. Es chirriante la contradicción entre la reivindicación de su protagonismo en el origen lejano de la globalización y el desconcierto con el papel secundario que tiene España en lo que ha resultado finalmente ésta. Con nuestras ciudades, verdaderos museos al aire libre del expolio colonial, girando sin sosiego alrededor de una economía de servicios cuyo renglón cultural fundamental no puede ser otro que la producción de estereotipos.

En ese modesto lugar que nos ha deparado esta plantación gigantesca en la que se ha convertido el mundo, el anticolonialismo tendría que empezar por casa: convertirse en una obligatoria e inaplazable agenda doméstica.

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