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ANÁLISIS

Trump y Putin: entre la colaboración y la desconfianza

Las simpatías del presidente de EE UU con su homólogo ruso pueden significar nuevas sanciones a Moscú

Trump y Putin, el pasado 16 de julio en Helsinki, Finlandia.
Trump y Putin, el pasado 16 de julio en Helsinki, Finlandia. AP

La sensación de que el presidente ruso, Vladímir Putin, le da sopas con honda al norteamericano Donald Trump puede alegrar de forma infantil a los propagandistas del Kremlin, pero a los políticos curtidos les causa más bien temor, porque un presidente norteamericano que pueda ser identificado con la Rusia actual y acusado de traidor por la clase política de su país no es un buen aliado para Rusia. Con su apoyo a Putin, Trump puede dar argumentos suplementarios a sus oponentes en el partido demócrata y provocar nuevas sanciones contra Rusia.

Moscú aspira a beneficiarse de la simpatía personal de Trump hacia Putin pero sabe que los acuerdos con él solo serán estables si se extienden y son asumidos por las instituciones y sobre todo por el Congreso. El Kremlin se ve pues ante el complicado dilema de tratar de apoyar al líder norteamericano de forma que no provoque nuevas sospechas en sus enemigos, mientras espera a las elecciones de otoño para calibrar su apoyo institucional.

Nadie albergaba grandes esperanzas respecto a la cumbre de Helsinki más allá de su misma celebración. Hasta hoy no está claro si su resultado puede ser incluso un empeoramiento de las relaciones entre Washington y Moscú tras el éxito de imagen de Putin a corto plazo. En Helsinki el líder ruso pudo cumplir los rituales del poder acuñados durante la Guerra Fría. A saber, la discusión de los asuntos del mundo en pie de igualdad entre las dos superpotencias poseedoras de los mayores arsenales atómicos del planeta.

La opinión sobre Trump difiere en los distintos segmentos del espectro político ruso. En los sectores liberales en la oposición (minoritarios) se considera como una desgracia su escasa sensibilidad por la observancia de los derechos humanos y su aparente indiferencia por la política expansionista rusa en Ucrania. En sectores oficiales se elogia su voluntad de mejorar su relación con Rusia y se sueña con un nuevo orden, una nueva Yalta adaptada al siglo XXI y una nueva redistribución de esferas de influencia entre Moscú y Washington.

Los propagandistas y comentaristas afiliados al Kremlin expresan satisfacción por los enfrentamientos del presidente norteamericano con sus aliados de la OTAN. Pero estas alegrías tal vez sean precipitadas, porque una Alianza Atlántica desunida puede ser fuente de engorrosos problemas regionales suplementarios también para Rusia. Además, si los que se sienten amenazados por el gigante ruso no se ven suficientemente defendidos por un paraguas de seguridad común, tenderán a organizar su defensa por otros cauces y pueden multiplicar los riesgos.

Para mantenerse en los cauces de lo previsible es urgente reanudar las negociaciones de desarme

Los expertos rusos sobrios veían en la reunión de Vladímir Putin y Donald Trump en Helsinki una ocasión para reiniciar el diálogo institucional entre Washington y Moscú, por lo menos en los campos donde los riesgos de la falta de ese diálogo son más peligrosos, como es la carrera de armamentos. Para mantenerse en los cauces de lo previsible, es urgente reanudar las negociaciones de desarme para ampliar o corregir el tratado sobre misiles de medio y corto alcance firmado en 1987 por Mijaíl Gorbachov y Ronald Reagan, y prolongar el acuerdo sobre armas ofensivas estratégicas (START) firmado en 2010 por Dmitri Medvédev y Barack Obama. Y es preciso también encauzar todos los nuevos tipos de armamento que Putin gusta de mencionar en un marco de negociación que incluya la defensa antimisiles norteamericana.

Putin habló de “primeros pasos para sanear” la relación bilateral y Trump afirmó que el encuentro de Helsinki era el “principio de un largo proceso” y vaticinó nuevas citas (el miércoles la Casa Blanca anunció que el próximo encuentro se aplazaba hasta principios de 2019), pero los líderes no firmaron ningún comunicado y emplearon fórmulas poco vinculantes para indicar las varias líneas de diálogo que quieren desarrollar. Algunas de ellas pueden ser tan efímeras como la creación de un grupo de ciberseguridad conjunto, una idea sobre la que los dos líderes hablaron en Hamburgo en julio de 2017. En Helsinki Putin recordó a Trump aquellos planes de los que el norteamericano se había retractado bajo las presiones de republicanos y demócratas.

El discurso del Kremlin omite la anexión de Crimea y la injerencia militar en Ucrania

Uno de los problemas fundamentales entre Rusia y EE UU es cómo lograr una colaboración eficaz en un campo previamente delimitado, teniendo en cuenta el exacerbado nivel de desconfianza entre ambos países. ¿Cómo acotar los desacuerdos para que estos no se desborden ni se amplíen, pero tampoco se ignoren o se olviden? El discurso del Kremlin sobre la histeria anti rusa omite episodios clave en la historia de los últimos años, como la anexión de Crimea y la injerencia militar en Ucrania. Si de armamento se habla, ¿cómo hacer compatible la colaboración y la desconfianza mediante fórmulas de verificación estrictas y solventes?

EE UU y la URSS, los dos grandes rivales de la Guerra Fría, llegaron a entenderse sobre desarme, pero eso se realizó sobre el telón de fondo de la progresiva confianza mutua generado por la Perestroika de Mijaíl Gorbachov, que en el campo internacional equivalía a anteponer los intereses de la humanidad sobre los intereses de la nación. Poco importa que la causa inicial de aquel proceso fuera la dificultad de la URSS para mantener los gastos de la carrera de armamento. Ahora la dinámica de los acontecimientos va en sentido contrario y los líderes anteponen los intereses de sus naciones a los colectivos, sean aliados o competidores.

Con el lema America First, Trump trata de reformatear la política norteamericana para obtener ventajas económicas; en nombre de los intereses de Rusia, Putin afirma concepciones patrimoniales e imperiales en el espacio postsoviético. En estas condiciones, las expectativas realistas son muy limitadas, pero si las intenciones de reunirse de nuevo y poner en marcha conversaciones sobre control de armamento se realizan, esa será una señal esperanzadora para los veteranos estadistas y expertos que, en Rusia y en EE UU, centran sus esfuerzos en mantener canales de comunicación abiertos a partir de un sentimiento de responsabilidad compartida por la seguridad global.

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