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EP Verdad BLOGS Coordinado por José Manuel Abad

Madrid, hecho y roto, de la República a la Guerra

El Gobierno y Ayuntamiento republicanos plantearon un programa más cívico y urbanístico que arquitectónico para la ciudad, hostigada luego en la contienda civil

El Frontón Recoletos, en las calles Villanueva y Cid, durante su construcción en 1935.
El Frontón Recoletos, en las calles Villanueva y Cid, durante su construcción en 1935.

FOTOGALERÍA | La obra de la República y la destrucción de la Guerra

“¿Cómo va usted a hablar de la arquitectura de la República, si precisamente durante aquellos años no se construyó nada en España?”. La pregunta sale de boca de uno de los principales arquitectos de aquella época, Secundino Zuazo, y se dirige a un colega más joven, Oriol Bohigas, que ha ido a entrevistarse con él a finales de los años sesenta. “No recuerdo otro periodo de mayor recesión económica. Nadie nos encargaba ni un maldito chalet”, le detalla el autor de la Casa de las Flores, esa rebelión elegante erigida en 1932 contra el modelo de manzana con patio cerrado, en la que vivió Neruda y que sigue posando impertérrita ante los lápices y cuadernos de los estudiantes de arquitectura.

Acto de entrega a la ciudad de Madrid de la Casa de Campo, en 1931 (minuto 3.06 del vídeo).

La Segunda República no vino con un pan bajo el brazo. Nació en plena depresión internacional tras el crac del 29; el capital desconfiaba del nuevo régimen y huía de España. Se construía poca vivienda después de unos años de vorágine del ladrillo que acabaron con aquel “cruel silencio de la moneda”, que dijo Lorca, en la bolsa de Nueva York.

Aun siendo una época breve y en muchos momentos convulsa, dejó su rastro en la arquitectura de la ciudad, pero su aportación fundamental es otra. “Lo más importante de la República no es la edificación de viviendas singulares, sino que se pone en cuestión el concepto mismo de ciudad”, ilustra el catedrático de Historia de la Arquitectura Carlos Sambricio. Se elabora un plan comarcal, otro regional, se estudia el flujo del tráfico de viajeros... Un ejemplo: Nuevos Ministerios se convierte, y con la maestría del ingeniero Eduardo Torroja, en la estación central para toda la ordenación del norte de la ciudad. Madrid, que Azaña quiere transformar de “poblachón” a metrópoli, ordena la corona urbana que la rodea. “La auténtica labor de la República fue un urbanismo que rompía la pequeña escala. Es una labor más cívica que monumentalista”.

Interior del Frontón Recoletos, en 1935, en una imagen atribuida a Juan Pando Barrero, coloreada en fecha reciente por Tina Paterson. ampliar foto
Interior del Frontón Recoletos, en 1935, en una imagen atribuida a Juan Pando Barrero, coloreada en fecha reciente por Tina Paterson.

El Ayuntamiento republicano continuó una labor iniciada en la década anterior, orientada a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. “Muchas de las obras se acometen para favorecer que se usen espacios comunes o se crean para la ciudadanía. Esto se ve claramente en las obras de pavimentación, alumbrado y de saneamiento de calles y plazas o de mejora de las infraestructuras urbanas”, detalla Juan Ramón Sanz Villa, de la Sección de Difusión de la Biblioteca Digital ‘memoriademadrid’.

En 1929 la ciudad convoca un concurso internacional para ordenar su extrarradio, que ganan los arquitectos Zuazo y Jansen. “Es en él donde se define para décadas la estructura de la ciudad el eje de la Castellana”, apunta Isabel Tuda, historiadora y comisaria de la exposición Madrid 1910-1935: Una ciudad en transformación. Otro concurso, ya durante la República, aspira a dignificar y sanear el casco histórico. Los primeros años del nuevo régimen, el Ayuntamiento pavimenta y dota de fuentes públicas a buena parte de la ciudad. Presume en un informe de 1932 de haber gastado en alcantarillado 9,5 millones de aquellas pesetas, y luce también sus colonias de casas baratas, cuyo alquiler medio “posiblemente no excederá de 50 pesetas”.

El Palacio Real después de la Guerra Civil.
El Palacio Real después de la Guerra Civil.

Casa de Campo para todos

Quince días llevaba la bandera tricolor ondeando en los edificios cuando más de 300.000 personas acuden a la recién abierta Casa de Campo, antigua posesión real dedicada al recreo de los monarcas y a la explotación agropecuaria. Quieren celebrar el Día del Trabajo. Es el primero de mayo de 1931, apenas unas semanas después de que el parque comenzara a ser gestionado por el Ayuntamiento de Madrid.“La gente estaba ansiosa por entrar; faltaban grandes parques públicos y el Retiro no podía absorber toda la demanda ciudadana”, apunta Sanz Villa. En el acto de entrega a la ciudad, unos días antes, Indalecio Prieto, entonces ministro de Hacienda, da un discurso y advierte a los madrileños que el nuevo espacio "no es sitio de orgías, de francachelas y de merendonas". Fuera para lo que fuese, el nuevo parque no dio abasto. Por eso se acondicionan pronto las entradas, se ensancha el Puente del Rey y se sanean las zonas insalubres que salpicaban la antigua propiedad real.

Foto de 1903 del primer viaducto sobre la calle Segovia, erigido en 1874 por Eugenio Barrón con una innovadora estructura de hierro y madera, dentro del proyecto de reforma general de la calle de Bailén que pretendía crear una gran avenida que uniese los conjuntos monumentales del Palacio Real y de la Basílica de San Francisco el Grande. Se demolió en 1932.
Foto de 1903 del primer viaducto sobre la calle Segovia, erigido en 1874 por Eugenio Barrón con una innovadora estructura de hierro y madera, dentro del proyecto de reforma general de la calle de Bailén que pretendía crear una gran avenida que uniese los conjuntos monumentales del Palacio Real y de la Basílica de San Francisco el Grande. Se demolió en 1932.

Hay otra intervención sobre antigua posesión real, menos conocida. “Tras abandonar el Palacio Real Alfonso XIII, se decide que las caballerizas no tienen mucho sentido. Una parte se dedica a ampliar el enlace viario, pero la mayor parte del terreno liberado se dedica a unos jardines”, ilustra el catedrático de instituto e investigador Feliciano Páez-Camino. Sobre ellas ejecutó Fernando García Mercadal un proyecto tan clasicista que muchos pensarán que se debe a la época de Sabatini, el nombre con que se bautizan, y no a un plan de hace menos de un siglo. Bien cerca de allí, en esos años se aborda la construcción de un nuevo viaducto en hormigón sobre la calle Segovia, para reemplazar al antiguo, de hierro y madera. Un empeño del arquitecto Javier Ferrero y de los ingenieros Aracil y Muguiro. “Es también una obra esencialmente republicana vinculada a la construcción de infraestructuras y a menudo se ignora ese hecho”, describe Páez-Camino, autor de Mujer y política en la Segunda República española (Universidad de Málaga, 2017).

No ha sobrevivido otro ejemplo de la unión de un arquitecto con un ingeniero y de las posibilidades constructivas del hormigón armado. El Frontón Recoletos fue una catedral del deporte de la pelota en la esquina de la calle Villanueva y la calle Cid. Lo firma Secundino Zuazo, que además de arquitecto y promotor fue el creador de una empresa de frontones, de la mano del ingeniero Torroja, que resuelve de manera magistral la cubierta de un enorme espacio de 55 metros de largo y 32,5 de ancho sin un solo pilar de apoyo: concibió dos cubiertas semicilíndricas, una cortada por la otra, dibujando así una gigantesca ala de gaviota de apenas 8 centímetros de espesor, con celosías troqueladas en el hormigón para iluminarla con luz natural y, bajo ella, unos graderíos en voladizo.

Izado de la bandera republicana en el edificio de Administración en la Cesión de la Casa de Campo al Ayuntamiento de Madrid, en 1931.
Izado de la bandera republicana en el edificio de Administración en la Cesión de la Casa de Campo al Ayuntamiento de Madrid, en 1931.

“Torroja quería construir esculturas enormes habitables, que eran a la vez piel y estructura”, apunta la arquitecta Pepa Casinello, presidenta de la Fundación Eduardo Torroja. Aquella “pieza icónica de la modernidad madrileña” tuvo una existencia breve: quedó inaugurada en febrero de 1936 y sufrió daños durante los bombardeos de la Guerra Civil. Burdamente reparada después de la contienda, terminó siendo demolida en 1973. Sí se puede admirar todavía hoy otro prodigio del ingeniero Torroja: el hipódromo de la Zarzuela, firmado junto a los arquitectos Carlos Arniches y Martín Domínguez, que comenzó a construirse en 1935.

La ciudad universitaria

Con un rey, Alfonso XIII, y un dictador, Miguel Primo de Rivera, había comenzado en 1927 el proyecto de la Ciudad Universitaria. Ya sin rey y sin dictador, se construye buena parte de sus edificios durante la República. Sin rey y con un dictador, Franco, decidido a acabar con aquella ciudad aguerrida y republicana que Queipo de Llano caricaturiza como ‘Madridgrado’, se bombardea y, años más tarde, se reconstruye. La zona es escenario bélico de la batalla de Madrid. Sus barrios aledaños, víctimas también de los bombardeos y la artillería.

Estación de Metro usado como refugio drante la Guerra Civil. ampliar foto
Estación de Metro usado como refugio drante la Guerra Civil.

“Entre las partes más dañadas encontramos el entorno del paseo de Extremadura, o las barriadas de Carabanchel y Usera. En el centro de Madrid hubo muchos daños en torno a la Gran Vía, que se bombardeaba en busca del observatorio artillero”, apunta el historiador Antonio Morcillo, presidente del Grupo de Estudios del Frente de Madrid (Gefrema). Con la Guerra sufre también el barrio de Argüelles, zona que ha estudiado la historiadora Aurora Piñero, una de las comisarias de la exposición Fragmentos de memorias. Del ensanche al frente. “De ahí desaparecerán el Cuartel de la Montaña [actual Templo de Debod], la cárcel modelo [donde ahora está el Cuartel General del Ejército del Aire]; además, varios edificios de la Ciudad Universitaria no se rehicieron luego, como el Instituto Federico Rubio o el asilo de Santa Cristina”.

Antes de que la dictadura franquista cambie los planes radicalmente, el Ayuntamiento aborda el uso del suelo no utilizado. Llega la guerra y a pesar de todas las dificultades, el consistorio sigue activo hasta el último momento, cuando la cae ante las tropas enemigas. Aquel ayuntamiento “publicó un plan regional en febrero de 1939”, pone por ejemplo Carlos Sambricio. Y para entonces, un mes antes del final de la guerra, ya sabían bien que no se llevaría a cabo.

Guía breve del Madrid perdido

Iglesia del Buen Suceso. Se trasladó en la década de 1860 desde su ubicación original en la Puerta del Sol a la confluencia entre las calles de la Princesa y de Quintana. En la imagen, la obra de Agustín Ortiz de Villajos. Ver vídeo
Iglesia del Buen Suceso. Se trasladó en la década de 1860 desde su ubicación original en la Puerta del Sol a la confluencia entre las calles de la Princesa y de Quintana. En la imagen, la obra de Agustín Ortiz de Villajos.

Durante la guerra varios edificios, en muchos casos iglesias, se incendiaron o resultaron bombardeados. Estos son algunos de ellos, seleccionados por la autora del libro Arquitectura perdida. Madrid (1931-1939) (Y Editorial, 2017), la investigadora María Andrés Urtasun (las direcciones son aproximadas):

Iglesia de San Luis. Montera, 25. El 13 de marzo de 1936 fue incendiada, según testigo directo, por los asistentes a un funeral de sindicalista, denunciando los vecinos la inacción del cercano. Un testigo aseguraba: “El mucho tránsito que siempre tuvo esta calle hizo aún más tétrico el espectáculo del fuego, al que se unió el repique espontáneo de las campanas del templo, originado por el tiro o corriente de aire hacia la torre producido por las llamas”. La fachada de la mermada iglesia del Carmen, vecina al lugar, se rehízo aprovechando la de la iglesia de San Luis, que había sobrevivido a las llamas.

Palacio del Marquesado de la Torrecilla. Alcalá, 9. La Junta de Defensa ocupó los bajos del contiguo Ministerio de Hacienda y, aunque la fachada de palacio fue cubierta con sacos terreros, el interior no soportó los bombardeos del bando sublevado. Sí la fachada, que se anexó a un nuevo edificio que alberga el Ministerio de Hacienda. 

Escuelas Pías de San Fernando. Tribulete, 14. Colegio-convento que los escolapios construyeron en 1729 para la enseñanza sobre los terrenos de la antigua ermita del Pilar. Se le prendió fuego el 19 de julio de 1946. En su restauración, a partir de 2001, se respetaron las ruinas. Alberga una sede de la UNED y una biblioteca.

Real Cinema. Plaza de Isabel II. Obra de Teodoro Anasagasti de los años 20, con aforo de 1.000 butacas y 700 de anfiteagro. El 7 de noviembre de 1936 cayó sobre el edificio. Se restauró en 1943 para ser demolido, aumentado su foro y reabierto en 1965. Este 2020 se ha demolido, no sin polémica.

Nuestra Señora del Buen Suceso. Calle del Buen Suceso. Durante la guerra los impactos de proyectiles de artillería y aviación han causado el deterioro de pavimentos, muros, bóvedas y fachadas, así como la pérdida de la decoración y el revestimiento. Fue incendiada. Al terminar la guerra, los intereses financieron impidieron su recuperación, al concebir el solar como espacio comercial. 

Cárcel Modelo. Princesa, 87. La prisión estaba compuesta de cuerpos alargados, de tres alturas, dispuestos en media estrella. Sufrió muchos desperfectos durante la guerra por su proximidad al frente y finalmente fue demolida. 

Cuartel de la Montaña. Ferraz, 1. Es el primer edificio que va a ser escenario de los enfrentamientos de 1936. Después de la matanza de la mañana del 19 de julio de 1936, con cañoneo sobre sus muros incluido, sufrirá el castigo de la aviación rebelde y permanecerá así, destruido y abandonado hasta el final de la guerra. Sobre su solar se ubicará luego el Templo de Debod.

Hotel Savoy. Paseo del Prado/calle Huertas/Lope de Vega. Edificio neobarroco que fue bombardeado e incendiado el 16 de noviembre de 1936. 


Este reportaje pertenece a la serie Érase una vez Madrid, que divulga a aspectos poco conocidos del pasado de la ciudad y que se publican semanalmente a lo largo del verano.

Puede leer aquí los reportajes ya publicados:

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