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El ‘spa’ que brotó del chapapote

La gran promesa del Gobierno de Aznar para la 'zona cero' del 'Prestige', el Parador de Muxía, apura sus obras 17 años después pero se topa con un pueblo envejecido y menguante

Obras del futuro Parador de Muxía sobre las olas de la playa de Lourido.
Obras del futuro Parador de Muxía sobre las olas de la playa de Lourido.

El alcalde tiene las cuentas claras: cada año Muxía pierde una media de 100 vecinos. Entre los que marchan y los que mueren, según el socialista Félix Porto en este ayuntamiento coruñés ahora ya no quedan más de 4.900 habitantes. Unas 1.600 almas menos de las que eran en 2002, cuando el mar vomitó sobre la Costa da Morte esa bilis negra del chapapote que bautizó el pueblo como la zona cero de la catástrofe. "Aquí le va bien al que pilla alguna subvención, pero los chavales que valen un poco marchan", resume Santiago Pérez, percebeiro e impulsor de torneos de ajedrez, en esta mañana de borrasca que mantiene atracados a los hombres al abrigo del bar Prestige. "La esperanza de Muxía son los jubilados", sentencia desde la barra su amigo Pedro, otro cosechador de las rocas en las que rompe el océano Atlántico. Los dos suelen trabajar muy cerca de la playa de Lourido, el enclave natural sobre el que se apuran, 16 años después, las obras del parador anunciado tras el Consejo de Ministros del Gobierno de Aznar que se celebró en A Coruña en enero de 2003. Según ha dicho esta semana Óscar López, exsecretario de Organización del PSOE y nuevo presidente de Paradores, la promesa que tardó en despegar y se atascó varias veces entre avatares políticos y una crisis económica puede convertirse en realidad, por 27 millones de euros, a finales de este año.

En el municipio reina cierta incredulidad porque a lo largo del tiempo hubo muchos titulares que anunciaban la inauguración a corto plazo. También entre el personal que trabaja ahora de la mañana a la noche en el edificio con spa, engarzado en una ladera que muere en el mar, hay dudas. "Falta mucho por hacer, es mentira que esté casi acabado", protestan a pie de obra. Pero un aparejador sostiene que Tragsa entregará el inmueble "en junio" a Turespaña, y desde Paradores, la empresa que recibirá a continuación el hotel de manos de la promotora pública, se insiste en ese plazo. "Contamos con tenerlo a principios de julio", comenta Sonia Sánchez Plaza, directora de Comunicación y Relaciones Institucionales de la sociedad estatal: "A partir de ahí disponemos de tres meses para limpiarlo, convocar los concursos de decoración y mobiliario y ponerlo a producir enseguida".

El gran hotel que proyectó el arquitecto ganador del concurso de la Xunta en 2009, el vigués Alfonso Penela, va tomando cuerpo, con modificaciones posteriores, en hormigón, acero, cristal y madera. El alcalde habla de "una mano negra" que "apartó" al "padre de la criatura" y le "impidió" dirigir la obra, "verla crecer". Penelas explicaba hace una década que buscaba el "acoplamiento" perfecto del edificio para "proteger el entorno" y revelaba su temor a la fase de ejecución. Ahora, las habitaciones siguen distribuyéndose en terrazas comunicadas por ascensores que trepan la cuesta en diagonal; y en los últimos meses va creciendo la vegetación de las cubiertas que trata de integrar esta construcción horizontal en un paisaje antes virgen y sin urbanizar, unos 400.000 metros cuadrados puestos por el Ayuntamiento a partir de 2007. Grupos ecologistas como Adega denunciaron entonces que a los propietarios de aquellos terrenos idílicos, tapizados por especies endémicas, en los que hasta ese momento no se podía edificar se les ofrecía "poco más de un euro" por cada metro.

Los años transcurridos fueron alimentando la leyenda, y en Muxía se habla de "tres piscinas, una de ellas de agua de mar"; "dos restaurantes"; "una oferta de lanzamiento de 40 euros la noche el primer año" que hace temblar a la competencia local; y "un campo de golf de nueve hoyos" azotado por los vientos. Según Paradores, "las piscinas son dos, la exterior y la del spa"; el restaurante es uno, junto a la cafetería y el salón de desayunos; de momento no se ha planteado ninguna oferta y el campo de golf se contempló "en algún momento", pero ya no existe en el proyecto actual.

Sea este año o el que viene, el Parador de Muxía se topa con un pueblo envejecido y menguante, que ha desguazado casi todos esos barcos grandes que pescaban durante meses en Gran Sol y que ahora fía su futuro a un turismo que de momento carga con la mochila a las espaldas. Son los peregrinos que llegan a través del Camino de Fisterra y Muxía, esa prolongación de las rutas jacobeas hasta el antiguo y tenebroso fin del mundo.

"La dinamización de la zona se sostiene sobre tres pilares", enumera el alcalde: "El puerto deportivo, el Camino de Santiago y el Parador. Este será el único hotel de cuatro o cinco estrellas de la costa desde A Coruña hasta Muros y tiene que convertirse en un punto de inflexión". "Nosotros no vendemos sol, que para eso están las Canarias", responde cuando se le pregunta por el éxito que pueda llegar a tener en una comarca castigada por las tempestades un alojamiento de lujo de 62 habitaciones (de las 80 planeadas al principio). "Creo que lo que se va a vender es nuestro clima duro como un espectáculo. Desde los dormitorios acristalados del Parador" encastrado en la pendiente sobre la playa, "se ve Muxía, se ve el mar abierto". Se ven las olas que hoy se anuncian de hasta nueve metros como en una pantalla de cine en tres dimensiones. "Los temporales son una vista impresionante desde ahí", afirma Porto después de visitar hace unos días la habitación piloto.

"Pero por ahora el 80% de los turistas que vienen a Muxía son de bocadillo", aclara escéptica como otros tantos vecinos María Suárez, sin parar de trabajar en un pañuelo de encaje de bolillos que tarda una semana en rematar y vende por 30 euros. La competencia en la comarca es feroz y la clientela dispuesta a gastar en artesanía, escasa. Desde Semana Santa y hasta que el mal tiempo se cuela por la ventana del kiosko y moja la mercancía, ella y Susa Pensado ofrecen mantelerías, abanicos, marcapáginas o fundas para cajas de clínex, todo de lino y encaje, junto al Santuario da Virxe da Barca, una de las metas mágicas del Camino, devorado por las llamas en la madrugada de la Navidad de 2013 y luego reconstruido.

Ninguna de estas palilleiras confía en que su negocio vaya a mejorar con el Parador: "A no ser que nos contraten allí para limpiar...", bromean. Y al igual que los hombres congregados en el bar Prestige, Susa, esposa de un marinero jubilado y prima de tres náufragos, insiste en que la juventud ya se ha marchado. A ella se le fueron dos hijos, lo mismo que a Santiago Pérez, el percebeiro, que tiene a su vástago en México y a su sobrino en Inglaterra.

Pero al revés que en casi toda España el gremio de los taxistas, aquí, parece esperanzado. Los conductores profesionales admiten que ya hoy su trabajo se sostiene entre marzo y octubre con los viajes de los peregrinos, de vuelta a Santiago, más de 80 kilómetros por la carretera provincial, o a Fisterra, unos 30. Esta estacionalidad del fenómeno afecta también a toda la hostelería local, con los bares y el puñado de albergues privados que hoy funcionan. Paradores, sin embargo, aún no ha elaborado el estudio de mercado que determinará si el edificio que construye Tragsa con supuesta fecha de entrega entre junio y julio podrá mantenerse abierto 12 meses o deberá cerrar parte del año, como ocurre con otros hospedajes de la red estatal.

"Esa es una cosa que debemos aclarar antes de abrirlo", explica la directora de Relaciones Institucionales, "pero creemos que este Parador va a funcionar muy bien. Tenemos 96 en España, muchos que se han convertido en motores económicos para sitios idílicos, pero ninguno hasta ahora en una Costa da Morte que es única, en el fin del Camino y en el fin del mundo".

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