Héroes de la ciencia española

Casiana Muñoz-Tuñón, investigadora del Instituto de Astrofísica de Canarias. (IAC).SAMUEL SÁNCHEZundefined

POCOS DISCUTEN hoy el papel ­decisivo que la ciencia está desempeñando y habrá de desempeñar en el próximo futuro para que las naciones logren salir de la crisis y alcanzar niveles adecuados de progreso y bienestar (…). Sobre España no pesa ninguna maldición histó­rica que nos impida participar, junto con el resto de países industria­lizados, en el vertiginoso cambio tecnológico que se desarrolla ante nuestros ojos”.

Son palabras que podría haber escrito hoy cualquiera de los 126.633 científicos que, según el INE, trabajan en España. O de los entre 15.000 y 20.000 que investigan fuera del país, según estiman diversos cálculos. Y sin embargo las escribió en 1985 José María Maravall, entonces ministro de Educación y Ciencia, en la revista Mundo Científico.

“Lo que más me llama la atención cuando hablamos de la ciencia en España es que llevamos más de 30 años con el mismo diagnóstico en la mano”. La reflexión es del austriaco Peter Klatt, vicedirector del Centro Nacional de Biotecnología (CNB). Klatt lleva 21 años investigando y gestionando ciencia en España, y ha sido asesor del ministerio del ramo en la etapa de Cristina Garmendia (2008-2011). El resto del extenso artículo de Maravall se dedicaba a desgranar las dificultades que sigue sufriendo la ciencia española hoy (escasez de recursos, problemas de contratación de personal, trabas burocráticas, falta de autonomía de las instituciones) y concluye asegurando que la inversión en ciencia e innovación es “pura cuestión de supervivencia del país”. “Al hablar de esto otra vez me siento como un hámster en una rueda”, reflexiona Klatt.

Treinta años con el mismo diagnóstico, 30 años con las soluciones a la vista, 30 años con el enfermo en estado terminal y 30 años con científicos extraordinarios que tiran de vocación, imaginación y tiempo robado a la vida personal para mantener a España en el sueño de que, algún día, las cosas podrían cambiar.

Para qué la ciencia. Amaya Moro-Martín es astrofísica. Trabaja en el Space Telescope Science Institute (STScI) en Baltimore (EE UU). Es su segunda estancia en el país. Tras una década investigando en el extranjero, decidió volver a España, pero “al comprobar que no tenía ninguna estabilidad laboral”, de nuevo volvió a Estados Unidos y no tiene previsto moverse de allí. Cuando se le pregunta qué diferencia observa entre investigar en Estados Unidos, el primer país del mundo en producción científica, y hacerlo en España, resume: “¡Poder hacerlo!”.

“Es necesario que la idea de que la ciencia es el motor de la economía en el mundo moderno prenda en la sociedad”, dice Carlos Matute, director del Centro Achucarro para la Neurociencia en Bilbao. “Invertir en ciencia es invertir en el futuro económico del país”.

La ciencia no es un capricho de países ricos. Es más bien al revés: los países se hacen ricos porque su sistema productivo prima la innovación. Los 10 del mundo más innovadores son también los que muestran mayores niveles de bienestar, según el Índice de Innovación de Bloomberg. Todos tienen en común que invierten de media entre el 2% y el 3% de su PIB en investigación, desarrollo e innovación (I+D+i). España apenas supera el 1%. “La ciencia y la tecnología han conseguido que Estados Unidos sea el mejor país sobre la Tierra”, dijo en 2016 su entonces presidente, Barack Obama. Ese esfuerzo inversor, del 2,8% del PIB, es responsable directo de más de la mitad del ­desarrollo económico de Estados Unidos desde la II Guerra Mundial.

“Es necesario que la idea de que la ciencia es el motor económico prenda en la sociedad”

“A veces caemos con demasiada facilidad en el derrotismo, y eso no es justo con la realidad”, reflexiona Cristina Garmendia, que fue ministra de Ciencia casi cuatro años y ahora preside la Fundación para la Innovación Cotec. “La situación del sector en España es mucho mejor ahora que hace 30 años. Nos hemos situado entre los primeros países del mundo en producción científica, tenemos centros de excelencia que son una referencia mundial, disponemos de grandes infraestructuras… Las bases para ser una potencia científica las tenemos”. Y sin embargo, no hemos sabido explotar ese potencial. Según un informe de 2012 del Círculo Cívico de Opinión, si España hubiera invertido desde 1970 en I+D el mismo porcentaje que el resto de países de la OCDE, en el año 2005 habríamos sido, por cabeza, un 20% más ricos.

Un país de espaldas a la investigación. Nadie sabe de dónde procede la idea de que España no es un país de ciencia. Pero ese tópico pesa como una losa desde que Miguel de Unamuno escribió a José Ortega y Gasset una carta en 1906 en la que se confesaba “anti­europeo”, y añadía: “¿Que ellos inventan cosas?, invéntenlas”. La división desgraciada entre ciencias y letras ha llevado a gran parte de la población a pensar que la ciencia no es cultura, y el escaso interés de muchos profesionales y autoridades para transmitir los logros de la I+D ha mantenido a los investigadores en una especie de torre de marfil del imaginario popular, aislados, inalcanzables, encerrados en sus laboratorios, con sus batas blancas y sus placas de Petri.

“Somos creadores, intelectuales, la investigación es creación”, se revuelve la bioquímica y bióloga Ángela Nieto. Ella ha sido una de las elegidas por El País Semanal para mostrar la fuerza y la grandeza de la ciencia española, a menudo escondida en los medios bajo banderas, declaraciones políticas, sucesos y goles. Son todos los que están, pero, desde luego, no están todos los que son. Cientos de miles de personas acuden cada día a un centro de investigación o una universidad para tratar de avanzar en el conocimiento de nuestro organismo, nuestros orígenes, nuestro comportamiento, los fenómenos físicos que nos rodean, el planeta que estamos destrozando, las galaxias y los fondos marinos que querríamos explorar. Si algún día descubrimos la cura contra el cáncer o que no estamos solos en el universo, será gracias a ellos.

Invertir hoy en ciencia no suma votos, mientras que recortar el dinero dedicado a ella tampoco los resta

Esta profesión es, según datos de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, la segunda más valorada en España, solo por detrás de los médicos. A continuación se sitúan profesores e ingenieros. Pero solo el 16% de los españoles se muestran interesados por la ciencia y la tecnología, y de los no interesados, el 33% aseguran que es porque no la entienden. Casi la mitad de los españoles, el 44%, consideran su formación al respecto “baja o muy baja”, según la misma fuente.

“Los ciudadanos deben comprender que todo aquello que señalan como su principal preocupación en las encuestas, como la salud, la conservación del medio ambiente o incluso el paro, tiene su respuesta en la ­inversión en conocimiento. Hay que explicar a los ciudadanos que apoyar la ciencia es bueno para ellos, que no es una reivindicación corporativista. Si esto ocurre, la ciencia tendrá influencia en los resultados electorales”, explica Garmendia.

La tormenta perfecta. Pero hoy día invertir en ciencia no suma votos. Y recortar el dinero dedicado a ella tampoco los resta. La mayor parte de los políticos hablan en campaña sobre la necesaria transformación de la economía española, desde el ladrillo, el sol y la playa hasta la ciencia y la innovación. Pero eso solo ha ocurrido en momentos puntuales y cuando ha habido dinero. En época de crisis, uno de los primeros lugares a los que se dirige la tijera administrativa es a la ciencia.

“Llevamos oyendo que la ciencia se muere en España muchos años. Y la ciencia en España está vibrante”, decía en una entrevista con este diario el pasado mes de mayo el (breve) ministro de Economía Román Escolano, despertando una indignación desconocida en el colectivo científico. Y tienen razones para ello.

El déficit acumulado en el sistema español de innovación es de 20.000 millones de euros desde 2009, “a causa de la sucesión de recortes presupuestarios encadenados desde ese año”, que fue el momento de mayor financiación de la ciencia, explica en un documento la Confederación de Sociedades Científicas de España (COSCE). Mientras la UE destinaba a I+D un 27,4% más en cinco años, en España recortábamos un 9,1%. Invertimos en ciencia menos que hace 10 años, un 1,19% del PIB, lejísimos de la media de la UE, que está ya en el 2,03%. Y en 2016, el Gobierno dejó sin gastar el 67% de ese ya disminuido presupuesto, según la COSCE.

“Es hasta comprensible que pisásemos el freno en un primer momento, cuando Europa nos imponía ajustes, pero el hecho de que siguieran haciéndose recortes cuando la economía empezaba a recuperarse demuestra que no se confiaba en la ciencia, que se esperaba crecer de otra manera, que yo desconozco”, reflexiona la exministra Garmendia.

Con todo, y acostumbrados a lidiar con presupuestos muy bajos o directamente ridículos, los investigadores han seguido trabajando. España es el undécimo país del mundo en producción científica, según la clasificación de Scimago, el mismo puesto en el que estaba en 1996. El problema es que ha caído hasta el puesto 38º en impacto de esa producción, es decir, en ciencia de bandera, lo cual sugiere que “las políticas han estado orientadas a mantener la producción sin preocuparse de la calidad”, explica Félix de Moya, investigador del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC y fundador del grupo Scimago. Además, las colaboraciones internacionales en proyectos han pasado del 32% en 2003 al 46% en 2015, lo que sugiere que los profesionales están buscando dinero en otros lugares, sobre todo en Europa.

Pero el problema de la ciencia no es solo de escasez de recursos. Lo que está ahogando ahora mismo a los organismos públicos de investigación es la burocracia, excesiva e interminable, sobre todo desde que, en 2014, el Ministerio de Hacienda impuso la intervención previa de organismos públicos, incluidos los de investigación. Hay ejemplos a decenas y son sangrantes. Francisco Sánchez, del Instituto Español de Oceanografía (IEO), describe la situación como “dantesca”. “Plantear cualquier pequeña compra o hacer un contrato es una pesadilla. Da igual que la financiación esté o no esté, la mayor parte del trabajo es mover papeles. La labor de la ciencia es sostener todo el aparato burocrático asociado a ella”, resume, explicando, por ejemplo, que ha tardado dos años para contratar a una persona, “y no siempre con el perfil concreto que necesitábamos”, añade por su parte Peter Klatt. “Estamos pagando a científicos altamente cualificados para que pierdan una cantidad ingente de tiempo con trámites burocráticos y problemas administrativos”, resume. Los centros tienen restringida la contratación indefinida desde 2012, y eso ha llevado a muchos gestores a concatenar contratos temporales como si fueran indefinidos. Y así, los tribunales han obligado a readmitir o a indemnizar a 242 trabajadores de los organismos públicos de investigación entre 2013 y 2017.

“Lo que ha ocurrido con la ciencia en España demuestra una falta de visión total. Los equipos se desmontan, dejamos de hacer cosas que tienen valor, muchos investigadores se marchan y otros dejan de venir”, afirma Óscar Llorca, investigador del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). “La burocracia nos asfixia”, incide Pilar Martín, del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC). “Si seguimos así, esto es irreversible, estamos perdiendo una generación de científicos”, añade Ángela Nieto. “No somos menos inteligentes que los alemanes y probablemente estemos igual de bien formados, pero necesitamos más inversión e infraestructuras”, explica Carlos Matute. “Si no tienes motivación, no tienes ideas, y sin ideas no tienes ciencia”, resume Roderic Guigó, del Centro de Regulación Genómica (CRG).

Los investigadores españoles creen que también hay que redefinir la carrera científica para que resulte clara y atractiva para los jóvenes, renovar las plantillas, reducir la endogamia, comprar tecnología de frontera que nos permita hacer también ciencia de frontera, crear las condiciones para atraer el talento internacional, mejorar la transferencia de la investigación básica a la práctica clínica, la relación con las empresas y el mecenazgo, y que se tomen decisiones políticas científicamente informadas.

Hasta hace unas semanas, estas reivindicaciones eran ignoradas. Ahora, por primera vez desde 2011, hay un ministerio dedicado a la ciencia y la innovación, y un ministro, conocido por la sociedad y reconocido por los investigadores, que puede revertir la situación. “¿Que qué le pido a Pedro Duque? Que escuche”, resume Félix de Moya. Y el ministro asegura que está escuchando.

Un astronauta en el ministerio. Ocho millones de españoles siguieron la aventura de Pedro Duque cuando viajó a la Estación Espacial Internacional, en octubre de 1998. Pasó nueve días en el espacio y realizó una treintena de experimentos, relacionados con el crecimiento de plantas y el envejecimiento humano. Este ingeniero aeronáutico (Madrid, 1963) volvió cinco años después y pasó otros 10 días en el espacio. El rostro, el nombre y el reconocimiento del único astronauta nacido en España resuelven otro de los problemas clásicos de la ciencia: la invisibilidad. “Ya tenemos un ministro que es visible, y eso es fantástico; ahora falta lo demás”, dice Pilar Martín.

“Empatizo mucho con él”, dice la exministra Garmendia, “y a título personal traté de contarle las cosas que me hubiera gustado saber, y nadie me contó, cuando llegué como él a la política sin experiencia”.

“En la ciencia española ha habido demasiadas heroicidades”, dice el astronauta y ministro Pedro Duque

Pedro Duque cuenta a El País Semanal que desde que fue nombrado ministro de Ciencia, Universidades e Innovación se ha dedicado a formar equipo y escuchar a los investigadores. Tiene, dice, “folios llenos de apuntes” y ahora comienza a saber qué debe proponer al Gobierno para cambiar el rumbo del sector español. Entre las medidas obvias e inmediatas, el levantamiento de la intervención previa de los centros, que negocia con Hacienda. Y también obvio, pero a medio plazo, será el incremento de los recursos en los próximos presupuestos, algo que él no duda que ocurrirá. “Este Gobierno tiene la prioridad de cambiar el modelo productivo, estabilizar la ciencia y asegurarse de que se cierre el círculo con la transferencia al sistema de innovación. En la ciencia española ha habido demasiadas heroicidades”, dice. Y aunque reconoce cierto vértigo por todas las esperanzas que hay puestas en su nombramiento, cree que, después de muchos años reclamando que la ciencia ocupe el lugar que le corresponde en el sistema productivo español, admite: “ahora me toca a mí. Y tengo mucho interés en darle salida a esa esperanza”.

El futuro. La ciencia en España “camina a gatas, vacilante, insegura, sumisa, temerosa de alzar la cabeza y mirar al cielo”, escribía hace unos meses en este periódico, en un emocionante artículo, el investigador Miguel Delibes de Castro. Pero el cambio de rumbo en la política científica ha dado nuevas esperanzas a unos profesionales que quieren dejar de ser héroes. Roderic Guigó recomienda al nuevo ministro “observar los centros que se han creado al margen del sistema [CSIC y universidades] y copiar y adaptar la estructura de esos centros, donde la investigación es dinámica, funciona la meritocracia, hay movilidad en las plantillas, oportunidades para los más jóvenes y se atrae talento internacional”. “Los desafíos que tenemos por delante son tan grandes que necesitamos los mejores cerebros para afrontarlos”, coincide Matute.

Peter Klatt, que aunque nació en Austria también tiene la nacionalidad española desde 2000, ha conocido oportunidades para investigar fuera de España, pero nunca ha querido irse. En parte por razones personales, explica, y en parte por el orgullo de demostrar a sus familiares y amigos que España no es el Tercer Mundo. “Aquí se hace muy buena ciencia. Me alucina la capacidad de supervivencia que tienen los investigadores”, explica. “Ahora tengo esperanzas. Pero sin cambios legislativos y sin más dinero estaremos igual, con o sin Pedro Duque”. 

Sobre la firma

Patricia Fernández de Lis

Redactora jefa de 'Materia', la sección de Ciencia de EL PAÍS. Patricia trabajó diez años como redactora de economía y tecnología en EL PAÍS antes de fundar el diario 'Público' y, en 2012, creó la web de noticias de ciencia 'Materia'. Los fines de semana colabora con RNE y escribe, cuando puede, de ciencia y tecnología.

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