Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:Una dictadura sin apoyos / y 3

El régimen de Pinochet, empeñando en una lucha a muerte contra los comunistas

Más de 300 bombas han estallado en Chile en el primer semestre de este año, dentro de la estrategia de los comunistas que pretenden combinar las lucha política con la tesis de la rebelión popular para derribar al régimen dictatorial de Augusto Pinochet. El partido comunista chileno y las organizaciones marxistas son la auténtica bestia negra de la dictadura militar que, al mismo tiempo que reprime a fondo a su enemigo, pretende que los partidos de oposición se definan también "en contra de la violencia marxista" que, en buena medida, es responsable de que no se haya formado todavía el gran frente opositor contra Pinochet.

ALEJANDRO DEL RIO, El dilema que más profundamente divide hoy a la oposición chilena es el uso de la violencia como método para derrocar el régimen del general Augusto Pinochet. El partido comunista, principal defensor en Chile de la tesis de la rebelión popular, se ha convertido debido a ello en el más serio obstáculo para la formación de una gran coalición contra el régimen militar.

Pese a que la dictadura chilena ha recurrido abundantemente al uso de la violencia contra sus opositores políticos durante el último decenio, y pese incluso a que su acceso al poder se originó en un acto de violencia contra un Gobierno legítimamente constituido, ha logrado imponer a la mayoría de la población -y especialmente a la amplia clase media- la noción de que el uso de la violencia en su contra no sólo es repudiable, sino improductivo, puesto que endurecerá aún más su posición.

El régimen de Augusto Pinochet, que considera al partido comunista y a los movimientos marxistas como sus principales enemigos, ha desencadenado una campaña permanente en dos frentes: por un lado, insta al resto de la oposición a definirse contra la "violencia marxista", y, simultáneamente, emplea todo el poder de su aparato represivo contra las organizaciones comunistas.

Un ejemplo de esto último lo constituyen las recientes expulsiones del país de cuatro dirigentes del partido comunista, incluyendo a algunos integrantes del comité central clandestino, y el anuncio de Pinochet de que "de aquí para adelante se termina la mano blanda con los comunistas". Una semana antes, el ministro del Interior, Sergio Onofre Jarpa, había empleado una metáfora más directa para anunciar lo mismo: "Los comunistas son como la maleza en un campo. Si usted se descuida, vuelve a cundir. Hay que hacer una limpieza a fondo cada cierto tiempo".

Mientras se empeña en una batida a fondo contra la maleza comunista, el régimen ha tenido también éxito en obligar al resto de la oposición a definirse contra los comunistas. Gabriel Valdés, máximo dirigente del Partido Demócrata Cristiano, ha repetido varias veces que no hay posibilidades de hacer en Chile un pacto político que incluya a los comunistas. Lo mismo han dicho la mayoría de las otras fuerzas políticas integrantes de la Alianza Democrática.

Actividad clandestina

La tesis de la rebelión popular promovida por los comunistas a través de una amplia y organizada red clandestina consiste en combinar actos pacíficos y violentos lucha contra la dictadura.

Fue expresada por primera vez en 1980 por el exiliado secretario general del PC chileno, Luis Corvalán, a raiz de que el régimen lograra consolidarse a través de una Constitución plebiscitada que le otorgó a Pinochet mandato para gobernar otros ocho años. "Ese acto echó por tierra las ilusiones de un tránsito gradual a la democracia o de una liberación pactada del régimen", diría más tarde un portavoz comunista en Chile.

Sobre esa base, dicho partido ha desarrollado una constante actividad clandestina que fructificó en los últimos 12 meses en la formación del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (nombre de uno de los más famosos guerrilleros de la lucha por la independencia nacional del siglo pasado), cuyas acciones incluyen explosiones simultáneas, actos de propaganda armada, asaltos masivos a supermercados y ataques contra miembros de las fuerzas armadas.

En total, más de 300 bombas de mediano y alto poder explosivo han estallado sólo en el primer semestre de este año, superando las 200 registradas durante todo 1983. En dos oportunidades, los sabotajes han logrado provocar apagones generales en las ciudades más pobladas del país; dos agencias de noticias y dos emisaroas de radio han sido asaltadas para difundir proclamas del Frente, y al menos siete militantes de este el grupo han resultado muertos en acciones efectuadas por la Central Nacional de Información (CNI), la policía secreta del régimen.

El partido comunista sigue insistiendo en la necesaria unidad de las fuerzas opositoras, pero el hecho es que su política de rebelión popular y su aceptación de "todas las formas de lucha" lo ha apartado del resto de las organizaciones, temerosas de que el proceso pueda írseles de las manos.

Con poco más de un 10% de la votación nacional como promedio de las últimas décadas y unos 300.000 adherentes en el momento del golpe militar de 1973, el PC chileno fue siempre considerado uno de los más fuertes y mejor organizados de Latinoamérica. Ahora, convertido en el principal enemigo para el régimen militar, sus dirigentes afirman que no están dispuestos a renunciar a su tesis de la rebelión en aras de una mayor unidad de las fuerzas opositoras. Para el resto de los partidos contrarios a Pinochet, sin embargo, la utilización de los métodos violentos puede retrasar, en vez de acelerar el retorno a la democracia, puesto que la violencia es un tema que el régimen domina.

La situación engendra cada día nuevos brotes de violencia. Un documento elaborado por la vicaría de Solidaridad, organismo de la Iglesia católica chilena, detalló los casos de 100 muertes provocadas por las fuerzas de seguridad en la represión de manifestaciones pacíficas entre mayo de 1983 y mayo de 1984.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de agosto de 1984