Helados gratis, horarios imposibles y una familia de clientes: así es la infancia en un bar

La realidad de perder parte de la inocencia mientras se madura tan rápido como se tira una caña de cerveza

Alberto y Belarmino, frente a la fachada del Asturianos, a finales de los años setenta.
Alberto y Belarmino, frente a la fachada del Asturianos, a finales de los años setenta.

Vida de barrio

Alberto Fernández es periodista y distribuidor de vinos. Belarmino Fernández es viticultor. Ambos echan una mano a su madre en el bar restaurante Asturianos (Madrid).

Alberto Fernández, sentado, y Belarmino Fernández en la actualidad, junto a su madre, Julia Bombín, en el interior del restaurante.
Alberto Fernández, sentado, y Belarmino Fernández en la actualidad, junto a su madre, Julia Bombín, en el interior del restaurante.Jordi Adrià

— En el Asturianos había dos máquinas. “Una tragaperras y una de marcianitos”, revela Alberto Fernández del bar que regentaban sus padres, Julia y Belarmino. “De niños, teníamos unas ventajas que no tenían otros. Podíamos jugar gratis las partidas que nos diera la gana”.

— Su hermano, Belarmino, tres años mayor, puntualiza: “Aquello también era muy sacrificado. Siempre había que ayudar en el restaurante. Y a medida que nos hacíamos mayores, más días teníamos que ir”.

— Ser niño en un bar durante los setenta y los ochenta podía ser un sueño. Sin embargo, se crecía más rápido. “A los 8 sabes tirar una caña; a los 12, abrir una botella, y a los 15 ya estás haciendo las cuentas de la caja”, enumera el pequeño, hoy con 51 años. Y cuando se es adolescente, toca salir e ir a trabajar sin dormir. “Recuerdo estar en el coche, frente a la puerta, y escuchar los golpes de los parroquianos, que me despertaban para que les abriera a primera hora”. Una época donde la violencia también se respiraba en la calle. “Fueron los años de la heroína. Había muchos yonquis y a la mínima mi padre te sacaba el cuchillo jamonero”, apunta.

— Los dos vivieron encima del restau­rante hasta que cumplieron los 20 años. “Éramos la envidia del barrio”, recuerda Belarmino. “Luego nos fuimos, necesitábamos respirar”. El negocio sigue en manos de su madre. “Nosotros seguimos ayudando, aunque tenemos otros trabajos. Lo que sí que hicimos fue reducir los horarios. No había quien aguantara esas jornadas que tenía mi padre de 6.30 a una de la madrugada”.

Núcleo familiar

Carles Gaig. Cocinero y propietario de los restaurantes Gaig (Barcelona y Singapur).

Carles Gaig (con bigote) y parte del equipo del Gaig de Horta.
Carles Gaig (con bigote) y parte del equipo del Gaig de Horta.

— Carles Gaig se mueve con algo de dificultad. “Me operaron hace unos meses de una pierna”, destaca el cocinero, que entre 1993 y 2019 ostentó una estrella Michelin. “Es la primera vez que falto al trabajo en 60 años. Mi bisabuela abrió la fonda en 1869 y estuvimos en Horta (Barcelona) hasta 2004″.

— Este chef catalán, cuarta generación dedicada a dar de comer, se crio lavando platos y cogiendo porrones. “Éramos un núcleo familiar, sin ningún empleado externo. Mi madre estaba en la cocina y mi padre en la sala”, rememora de unos años cincuenta en los que la Taberna de Gaig pronto pasó a ser Ca La Maria, en honor a los guisos que preparaba su progenitora.

— “En los tiempos de la dictadura era habitual ver celebraciones los días 18 de julio. En el bar se reunían los de Falange y los requetés, de blanco y negro con sus medallas y sus chapas. Aquello era muy tétrico”, recuerda. A los 19 años, Carles se metió en la cocina al quedar invidente su madre. “Tuve mis primeras vacaciones 10 años más tarde, en 1982. Cerrábamos solo una semana”.

El cocinero, Carles Gaig, en su restaurante actual en Barcelona.
El cocinero, Carles Gaig, en su restaurante actual en Barcelona.Jordi Adrià

— El Gaig se convirtió en uno de los epicentros de Horta, un barrio donde abundó la industria. “Teníamos habitaciones y había muchos clientes que se quedaban a toda pensión. Aunque algunos de ellos se traían su propio vino, la confianza mata”, dice con humor.

— Cuando se le pregunta por la herencia de sus hijos, se sonríe. “Han sido más listos que yo”, responde. “Lo intenté con el mayor, el Carles, que ahora tiene 44 años. Estuvo aquí durante un par de meses, pero enseguida lo dejó para estudiar Medicina. Mi hija, Natalia, sí que parecía que tenía más intención, pero tampoco duró mucho”.

‘Chiñoles’ de Aluche

Nieves Ye. Propietaria del restaurante Don Lay (Madrid).

Nieves Ye junto a su padre, SuiYou Ye, ya fallecido
Nieves Ye junto a su padre, SuiYou Ye, ya fallecido

— Nieves Ye llegó a Madrid en 1990, con 14 años. La capital no era el bum multicultural que es hoy: “Me señalaban por la calle, éramos algo nuevo. Percibí el racismo de algunas personas, pero no les hacía mucho caso”.

— A la semana de aterrizar en la ciudad, Nieves ya atendía las mesas del Nuevo Pekín, el restaurante que su padre gestionaba en Aluche. “Memoricé la carta y tomaba las notas en chino. Iba por números; uno de los que más pedían era el 78, pollo con limón. Yo no podía con esos platos tan europeizados”.

— Tras seis meses, Nieves ya chapurreaba el español. “Mi padre no lo hablaba, por lo que yo hacía también de traductora. Por una parte, estoy muy orgullosa de todo el trabajo que hicimos. Pero, por otro lado, siento que desaproveché mi infancia”.

Nieves Ye, en el interior del nuevo Don Lay
Nieves Ye, en el interior del nuevo Don LayJordi Adrià

— Fue una década, los noventa, dedicada a servir en el restaurante familiar. Durante aquel periodo también se casaría con otro empleado, contraviniendo el deseo de su padre; se divorciaría y tendría un hijo. “Después de tenerlo, mi padre abrió el Don Lay en la Puerta del Ángel. Mientras estaban haciendo las obras, murió de cáncer”. Ella, con 24 años y un hijo, decidió continuar con el local.

— “Trajimos cocineros de China y decidimos dar platos mucho más auténticos. Todo el mundo quería venir. Mi hijo, sin embargo, ha tardado en perdonármelo. Solo le veía a la hora de la merienda”, relata. Aquel Don Lay fue un éxito, alabado por cocineros como Dabiz Muñoz. Recientemente, abría con nuevos aires en la zona de María de Molina. “Esta cocina no tiene nada que ver con la que ofrecíamos en Aluche”.

El antiguo Don Lay del paseo de Extremadura.
El antiguo Don Lay del paseo de Extremadura. RAUL URBINA (© RAUL URBINA)

Taberna terapéutica

Carles Armengol. Psicólogo, escritor y responsable de la cafetería de la librería Bernat (Barcelona).

Armengol subido a hombros de su hermano, Àlex, a principios de los noventa en el Collado.
Armengol subido a hombros de su hermano, Àlex, a principios de los noventa en el Collado.

— El brazo derecho de Carles Armengol muestra un tatuaje donde ­aparecen dibujados una olla, una sartén, una raspa de pescado… Debajo se puede leer: “Bon ­Profit, 1928-2012″. Es el tiempo que estuvo abierto el Collado, la tasca que sus padres administraron cerca del Camp Nou.

— Al bar le rinde homenaje en el libro Collado. La maldición de una casa de comidas (Colectivo Bruxista, 2022). “Tuve una adolescencia rebelde en un entorno duro”, confiesa sentado en la terraza de la librería Bernat, en Barcelona. “Mi madre es la gran protagonista a la sombra. Mi padre fue un tío muy de la época. Agresivo y violento. Ahora le ves y es un trozo de pan”.

— El texto cuenta cómo es crecer a lo largo de 30 años en un bar de barrio, con sus clientes habituales, sus riñas y sus desavenencias. Sin nostalgias, con una mirada dura pero comprensiva con algunos de sus protagonistas. “El relato es mi vivencia. De este modo aparece la Loli, la puta, que fue mi primera amiga adulta; el vagabundo, el pescatero y muchos más. Fue un reto hilar todo, hasta que me di cuenta de que el niño pasaba de ser observador a participante”.

Carles Armengol, fotografiado detrás de la barra de la cafetería que gestiona en la actualidad.
Carles Armengol, fotografiado detrás de la barra de la cafetería que gestiona en la actualidad.Jordi Adrià

— “Fueron años duros de incomprensión, de no tener un sueldo, de mangar de la caja porque no me pagaban. Tus padres estaban ahí 14 horas, pero para mí ya solo estar un sábado tres horas era una prisión. Seguro que, si lo hubiera gestionado de otra forma, sería diferente”, recuerda, y añade: “Odié a saco ser camarero”. Armengol se levanta y atiende la barra que hay en el interior de la librería. Es un negocio al que ha vuelto después de varios vaivenes en su profesión de psicólogo. “Al final me di cuenta de que era un trabajo que no se me daba mal”.

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