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Algunos bulos solemnes

Me parecieron extrañas estas miradas tan sesgadas en un congreso internacional de la lengua

Fotograma de la película 'Roma', de Alfonso Cuarón.
Fotograma de la película 'Roma', de Alfonso Cuarón.

La era del bulo no perdona ni los foros más circunspectos. Incluido el Congreso Internacional de la Lengua Española.

Ya en la sesión inaugural de 2016 en Puerto Rico, un escritor de aquel país se quejó de que la palabra “puertorriqueñidad” no figurase en el Diccionario. Pero bastó con ojear su última edición impresa (2014) para verificar que allí estaba, en la página 1.810. Así que cabía la crítica por el retraso, pero no por la ausencia.

Ahora, tres años después, el fenómeno se ha multiplicado. Algunos ponentes de la reunión de Córdoba (Argentina) incurrieron en errores similares con motivo de reproches a la Academia Española o a España.

El agitador de uno de los coloquios afirmó al leer su intervención que la película mexicana Roma “parece muy difícil para los españoles, que debieron subtitularla cuando se proyectó en España”. Y le corrigió el académico Pedro Álvarez de Miranda desde el otro lado de la mesa: Aquellos subtítulos fueron obra de Netflix, una multinacional norteamericana, y desataron tal escándalo entre los españoles que la compañía se vio obligada a rectificar. Es decir, sucedió lo contrario de lo que se denunciaba como un signo más de la ancestral incomprensión de España hacia América.

El mismo autor mencionó anacrónicamente en su discurso el “Diccionario de la Real Academia Española”, que se denomina en realidad Diccionario de la Lengua Española y que es elaborado ya por todas las Academias; sostuvo además que en él se marcan americanismos pero no españolismos (falso) y criticó que el poder bancario invada incluso la Fundéu, pero lo hizo precisamente cuando el BBVA acaba de anunciar que deja de financiarla.

Por si fuera poco, puso la palabra “América” en aquel famoso discurso de Nebrija, quien no la pronunció... porque aún no se había descubierto. El imperio al que se refería el gramático lebrijense era el Romano.

También consideró un abuso de los españoles (así, en general) que en América se hable de “español” y no “castellano”, pero sin preguntarse qué dice al respecto la Constitución Española (“el castellano es la lengua española oficial del Estado”) y cómo es designado en las Constituciones americanas que lo declaran lengua oficial (hay empate: siete contra siete; y Guinea lo desequilibra a favor de “español”).

Este asunto fue despachado con parecida falta de rigor en otra de las soflamas escuchadas allí; y los subtítulos de Roma –pese al desmentido del día anterior– se encaramaron también sin ningún cuidado al discurso final pronunciado por una gran escritora argentina.

Y no faltó la frase “la lengua española en las Américas es una lengua impuesta”, con olvido de un dato interesante: al producirse las independencias, la hablaban tres millones de personas, de los trece millones que habitaban entonces Hispanoamérica. La verdadera implantación del español fue obra de las nuevas repúblicas, que lo eligieron en detrimento de otras lenguas autóctonas que seguían (y siguen) vivas.

Me parecieron extrañas estas miradas tan sesgadas en un congreso serio sobre la lengua. Deduje que ninguno de esos intervinientes había ojeado siquiera la monumental Nueva Gramática de las Academias, que recoge todas las variedades del idioma con formidable respeto y consideración para cada una de ellas.

Quienes se pronunciaron así en Córdoba (poetas y escritores, no lingüistas) mostraron un problema: sus emociones (comprensibles y compartibles) se antepusieron a su atención informativa. Pero eso denota también un problema en el otro lado: hace falta más comunicación desde España, más tacto institucional y más proximidad. Y también más implicación de las Academias americanas en contar a sus paisanos el trabajo que desarrollan en esta tarea que no es monopolio de nadie sino debate entre todos.

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