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Creíamos que no se repetiría

Banalizar el concepto de fascismo dificulta la comprensión de lo que está emergiendo

Miembros del partido neonazi griego Aurora Dorada, en un acto de campaña en Atenas en 2012.
Miembros del partido neonazi griego Aurora Dorada, en un acto de campaña en Atenas en 2012. REUTERS

Durante la última década se han multiplicado las interpretaciones que subrayan las analogías y las diferencias entre la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado y la Gran Recesión de nuestros días. La primera, más profunda; la última, más larga y compleja de resolver, hasta tal punto que algún economista (Steve Keen) la ha denominado “la segunda Gran Depresión”. En este periodo se valoraron, entre otras, cuatro causas fundamentales que paliaron aquella profundidad: la calidad de las respuestas públicas ante las dificultades económicas, la presencia de un Estado de bienestar que anteriormente aun no se había inventado, la ausencia de un proteccionismo agresivo y, sobre todo, la inexistencia de un sistema político que fuera una alternativa al capitalismo. Se habló bastante, aunque con escaso éxito y tan solo de modo retórico, de refundar el capitalismo, embridar el capitalismo, reformar el capitalismo, regular el capitalismo, etcétera, pero sólo en los extremos del espectro político se pedía un cambio del sistema económico, mientras que en los alrededores de la Gran Depresión, dos totalitarismos de signo contrario —fascismo y comunismo—, pugnaban con la economía de mercado por ser hegemónicos. Estaban en su momento álgido de poder.

Ahora, cuando se ha vencido la fase más aguda de la crisis y el mundo ha retornado al crecimiento —en algunos casos anémico, pero crecimiento al fin—, se observa que aquellas causas no estaban del todo bien sustentadas: no eran irreversibles. Las respuestas a los desequilibrios los han profundizado en ocasiones (la austeridad expansiva de la Unión Europea) y transformaron, lo que quizá podría haber sido tan sólo una crisis cíclica más, en una crisis mayor, sistémica; el proteccionismo está dejando de ser poco a poco un fenómeno de baja intensidad con la incipiente guerra comercial entre EE UU y China y las políticas de perjuicio al vecino; el Estado de bienestar (educación, sanidad, pensiones, seguro de desempleo, dependencia y negociación colectiva) no ha recuperado todavía los niveles de protección social de antes de las dificultades, y hay gente que se ha quedado al margen de este; y desde la toma de posesión de Trump como presidente de EE UU se multiplica la presencia de formaciones y líderes de extrema derecha en muchos países que, en algunas circunstancias, ganan las elecciones y en otras las pierden, pero contagian con sus principios y sus ensoñaciones a los partidos del centro derecha del sistema e, incluso, a los de la izquierda.

El profesor italiano de historia de las ideas políticas, Enzo Traverso, apela en uno de sus últimos textos (Las nuevas caras de la derecha, Siglo XXI Editores) a no confundir estas nuevas extremas derechas con los fascismos clásicos (aunque algunas tengan matriz fascista). Entiende que calificarlos lisa y llanamente como fascistas no aclara sino que confunde el análisis. El concepto de “posfascistas” que usa Traverso es coyuntural (es consciente de que no se trata de ningún potente hallazgo mediático), porque en la mayor parte de los casos son experimentos tan breves que han de ser tratados como fenómenos transitorios que todavía no han cristalizado. También son muy heterogéneos aunque repitan los factores comunes (la xenofobia, el fantasma de los chivos expiatorios, el odio al diferente…), y exhiben distintos rostros, por lo que no se les puede combatir del mismo modo en todos los sitios. Además, en su gran mayoría no reclaman ser herederos del fascismo clásico.

El abuso del concepto de populismo también lo veta para la comprensión del fenómeno. Pero lo cierto es que durante décadas hemos creído que la extrema derecha era una experiencia del pasado y, sin embargo, está aquí, entre nosotros, como una respuesta agresiva a la falta de expectativas materiales y emocionales de mucha gente que creyó que su bienestar no tenía marcha atrás. La desconfianza ante las formaciones clásicas es el origen de la crisis de representación política que padecen muchos países. 

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