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¿Es Trump un fascista?

El presidente no tiene la coherencia intelectual e ideológica para ser etiquetado así

Donald Trump en la Casa Blanaca el 12 de septiembre.
Donald Trump en la Casa Blanaca el 12 de septiembre. AP

En la conversación política que se reproduce ahora en todo el mundo se ha introducido un debate permanente ante las ideas y las prácticas adoptadas por el presidente de EE UU desde que llegó a la Casa Blanca: ¿es Donald Trump un fascista? Existe una división entre quienes así lo creen, y por lo tanto admiten de hecho una coherencia intelectual e ideológica en el mandatario republicano, y quienes tan solo lo consideran un personaje vulgar con ideas ultraderechistas y supremacistas, que banalizan el concepto histórico del fascismo. No es lo mismo: en el primer caso se le denomina fascista como una descripción, mientras que en el segundo se hace como un insulto. También hay quienes creen que ésta es una polémica estéril y que ante Trump hay que aplicar el principio de parsimonia conocido como la navaja de Ockham: la explicación más sencilla es probablemente la explicación correcta.

En uno de sus últimos números, la revista británica Prospect dedica uno de sus tradicionales duelos a dos intelectuales que mantienen esta discusión. El que cree que Trump está asociado al fascismo arranca explicando que su eslogan “América primero” había sido utilizado antes por algunos de los pequeños grupos fascistas o criptofascistas que habían aparecido en EE UU en las décadas de los años treinta y cuarenta.

Es un personaje autoritario y demagogo, pero no un fascista en sentido estricto

En su fantástica novela La conjura contra América, Philip Roth cuenta cómo en el año 1940 un aviador bastante iletrado, aislacionista y antisemita gana las elecciones presidenciales a Franklin Delano Roosevelt, el demócrata vencedor de la Gran Depresión. Ha comenzado en EE UU la “era Lindberg”. Charles Lindberg, un héroe que había cruzado en avión el océano Atlántico por primera vez sin escalas, era el portavoz de un comité llamado “Estados Unidos primero” y había manifestado ampliamente sus simpatías por Adolf Hitler. El intelectual que desarrolla la idea de que es demasiado rígido calificar de fascista a Trump sostiene que posiblemente el presidente no conocía estos precedentes y utilizó su eslogan tan solo como símbolo de su patriotismo, que contagió a sus seguidores, la mayor parte de ellos desconocedores de la historia.

El supremacismo blanco, el trato a la mujer, los rasgos de racismo, la calificación de la prensa como “enemigos del pueblo”, el trato inmisericorde a los inmigrantes y la separación de sus hijos en la frontera, la insensibilidad ante el sufrimiento de los más débiles, sus políticas a veces contradictorias e inconsistentes, el negacionismo del cambio climático, su neutralidad ante los disturbios de Charlottesville (un grupo de extrema derecha desfilando con antorchas encendidas que atacó a los contramanifestantes, defensores de los derechos civiles, con el resultado de una treintena larga de heridos y una víctima mortal). Trump condenó estos sucesos pero sin señalar la responsabilidad principal de los supremacistas, sino repartiendo implícitamente las culpas entre ellos y los contramanifestantes. Todos ellos son síntomas de un personaje autoritario y demagogo, pero no de un fascista en sentido estricto.

El fascismo es una ideología cerrada y un movimiento político de carácter totalitario y antidemocrático que ha tenido mucha más presencia en Europa que en EE UU, donde una gran parte de la población manifiesta desinterés, e incluso rechazo, ante las ideologías compactas, que se ejemplifica en la ambigüedad con la que en muchas ocasiones se diferencian los partidos Demócrata y Republicano.

El fascismo tiene un significado preciso, con unas ideas, una estética y un régimen específico, aunque con el paso del tiempo se haya degradado y se haya utilizado en el lenguaje cotidiano como un agravio más, que funciona muy bien. Trump es un personaje arbitrario y xenófobo con muy mala reputación, pero etiquetarlo de fascista sería otorgarle una coherencia que no posee. Aunque quien así le describe supone que llamar fascista a un fascista sirve para verificar pronto sus acciones, antes de que ellas puedan hundirse hasta el fondo de este concepto político. La Administración de Trump se ha ganado a pulso, desde el principio de su mandato, su papel de heredera de los peores instintos y acciones de la historia estadounidense.

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