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Si piensan y sienten, ¿debemos comérnoslos?

Autores como Safran Foer o Franz-Olivier Giesbert encabezan el debate sobre el consumo de carne

El chef Christopher William Davidsen en una competición en Budapest.
El chef Christopher William Davidsen en una competición en Budapest. AP

Comer animales es el título del libro en el que Jonathan Safran Foer justificaba su adopción de una dieta vegetariana. El ensayo provocó bastantes críticas que iban de lo furibundo a lo irónico, pero es indudable que contribuyó a impulsar una reflexión global sobre nuestra alimentación que llevaba muchos años sobre la mesa. Ya no se trata sólo de los problemas éticos que plantean las condiciones en las que viven y son abatidos los animales de los que nos alimentamos, sino de la contribución del consumo de carne al cambio climático. Sólo entre 1990 y 2012, según datos de la FAO, el número de gallinas en el mundo ha crecido un 104,2%, de 11.788 a 24.705 millones, y el ganado vacuno, muy contaminante para el medio ambiente, ha pasado de 1.445 a 1.684 millones. Un estudio de 2013, también de la organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura, aseguraba que la carne es responsable del 14,5% de las emisiones de carbono. El crecimiento de la población mundial convierte en implanteable la posibilidad de seguir comiendo animales muertos a este ritmo, pero, además, las nuevas investigaciones sobre la inteligencia animal complican todavía más el asunto.

“Hoy los científicos son los mejores aliados de la causa animal”, explica Franz-Olivier Giesbert, periodista y novelista francés que acaba de publicar en España Un animal es una persona (Alfaguara). “Para poder comer animales sin mala conciencia hemos pretendido durante mucho tiempo que no eran más que máquinas o relojes, para retomar la estúpida fórmula de Descartes. Pero son nuestros hermanos y hermanas, como decía san Francisco de Asís: desde hace tres décadas, los descubrimientos de la ciencia han sido innumerables, tanto sobre la inteligencia como sobre la sensibilidad de los animales. Los investigadores han demostrado que los cerdos se reconocen en un espejo, lo que representa que tienen conciencia de sí mismos. La doctora Irène Pepperberg, de la Universidad de Harvard, ha establecido que los loros no se limitan a imitar nuestro lenguaje, sino que son capaces de expresar deseos o sentimientos”.

Además del libro de Giesbert –que fue director del semanario Le Point y es autor de novelas como La cocinera de Himmler – hay un documental emitido por la cadena Arte, Lo que resienten los animales, y un libro de la estrella de la televisión Aymeric Caron Antispéciste que han tenido un gran impacto en Francia, lo que demuestra un claro cambio de sensibilidad. El chef Alain Ducasse no sirve carne en uno de los sus restaurantes parisinos, Plaza Athénée, para demostrar que se pueden mantener tres estrellas Michelin sin grasas animales. Eso no quiere decir que el número de vegetarianos vaya a aumentar de manera exponencial, pero sí testimonian una transformación.

Muchas de estas defensas encendidas del bienestar animal chocan con la misma crítica (a la que se enfrentó también Safran Foer). ¿No es un lujo preocuparse del bienestar animal con el enorme sufrimiento humano en el mundo? Sostiene Giesbert: “¿Por qué habría que dividir la compasión? Lo que damos a los animales no humanos, como decía Darwin, no se lo quitamos a los humanos. Tenemos un deber de humanidad hacia los animales porque son mucho más débiles que nosotros”.

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