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Editorial:

Evitar la epidemia

Se impone la coordinación y la investigación para hallar el origen de la nueva 'E. coli'

La crisis desatada por la nueva bacteria E. coli está teniendo unas consecuencias que superan con creces a las producidas por esa primera y errónea alerta sanitaria lanzada por las autoridades alemanas que desembocó en cuantiosas pérdidas para el sector hortofrutícola español. El letal microorganismo ha saltado ya a Estados Unidos, se ha extendido a 12 países y se ha cobrado 17 muertos (todos en Alemania). El número de afectados se empieza a contar por miles y, según los datos disponibles, todos viven cerca del foco infeccioso de Hamburgo o han tenido algún contacto con esa zona en los últimos días. La OMS, la UE y la propia Alemania se hallan ante un importante desafío sanitario: encontrar el origen de la infección y evitar el peor y más temido de los escenarios: una epidemia en toda regla.

Los acontecimientos están demostrando las dificultades que la nueva bacteria presenta a las autoridades sanitarias; dificultades que a duras penas se podían solventar, como intentó en un primer momento la consejera de salud de la ciudad-Estado de Hamburgo, Cornelia Prüfer-Storcks, señalando fáciles culpables en el origen andaluz de dos de los pepinos analizados. Cuatro semanas después de los primeros casos diagnosticados y ocho días después del cierre de fronteras para los productos españoles de la huerta (ya reabiertas el miércoles pasado), la investigación sobre este peligroso brote parece haber vuelto al punto de partida entre el desconcierto de los expertos.

La coordinación sanitaria y la investigación de la infección son ahora prioritarios. Se imponen igualmente las recomendaciones sanitarias y la sensatez en la comunicación. De lo sucedido hasta el momento cabe extraer algunas lecciones de lo que nunca se debe hacer en caso de alerta alimentaria. Tenía razón la consejera Prüfer-Storcks cuando alegaba que frente a la defensa de la salud pública los intereses de una industria deben pasar a segundo plano. Así se actuó en la crisis de las vacas locas o de los pollos con dioxinas. Pero tal jerarquía de valores e intereses debe sustentarse en hechos probados y no en unos análisis inconsistentes que produjeron daños económicos cuantiosos y cierres de fronteras en cadena; el último de ellos, el más incomprensible, dado que ahora se tienen datos más completos del problema, el de Rusia.

Esta crisis ha puesto al descubierto los flancos débiles de los controles alimentarios europeos, insuficientes en el examen de los productos en el tramo final de la cadena de distribución y evidencia la escasa aportación en su papel de árbitro de la Comisión Europea ante un conflicto que ha enfrentado comercialmente a dos importantes socios europeos. Su función se limitará a adjudicar las debidas indemnizaciones, que Alemania, tal como ya ha anunciado la canciller Merkel, apoyará e impulsará en vez de mantener la oposición a la que nos está acostumbrando en los últimos tiempos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de junio de 2011