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Bajo la playa están los adoquines

La flexibilidad exaltada durante mayo del 68 ha terminado volviéndose contra sus defensores

Obras de Rogelio López Cuenta para la Expo'92 de Sevilla.
Obras de Rogelio López Cuenta para la Expo'92 de Sevilla.

La conmemoración de mayo del 68 nos ha permitido recordar a dónde fueron a parar aquellas reivindicaciones que pretendieron, por una vez, cambiar el mundo y cambiar la vida, es decir, fundir a Marx con Rimbaud. Que parte de aquellas ideas haya ensanchado la base de los derechos civiles entraba dentro de la lógica. Menos previsible era que otra parte terminara en los manuales de dirección de empresa. El descubrimiento no es nuevo. Lo pusieron por escrito Luc Boltanski y Ève Chiapello en El nuevo espíritu del capitalismo (Akal). El problema es que lo hicieron en 1999, un año en el que la economía crecía al 3,7%, solo se veían burbujas en los gin-tonics deconstruidos y pocos tenían ganas para escuchar a los aguafiestas.

En su minucioso ensayo —700 páginas— los sociólogos franceses distinguían entre crítica social y crítica artística. La primera —que reclamaba justicia— afeaba al capitalismo la miseria y la desigualdad que produce. La segunda —que reclamaba libertad y hasta los sesenta había sido cosa de minorías— le reprochaba su alienante opresión de la vida personal. Si a la altura de 1968 el Estado de Bienestar había integrado parte de la primera crítica, ¿quién ha integrado la segunda a la altura de 2018? El llamado mercado de trabajo. Esa es la conclusión a la que llegaron Boltanski y Chiapello después de repasar toneladas de manuales de management. La exaltación de la creatividad y la flexibilidad han conquistado las facultades de Empresariales. Tanto que resulta difícil distinguir si es el monarca absoluto o la guerrilla que lo combate quien defiende la organización en red, la movilidad y la disponibilidad 24 horas al día y 7 días a la semana. Internet no ha hecho más que ahondar en esa confusión. El autónomo que triunfó en el vocabulario antagonista del 68 se ha transformado hoy en el falso autónomo. Ensayos recientes como los de Jonathan Crary —24/7 (Ariel)—, Byung-Chul HanPsicopolítica (Herder)—, Alberto Santamaría —En los límites de lo posible (Akal)— o Remedios ZafraEl entusiasmo (Anagrama)— transitan por el mismo camino.

En honor a la verdad habría que decir que un año antes que Boltanski y Chiapello fue Richard Sennett el que analizó, sin ponerle nombre, ese nuevo capitalismo del espíritu. Lo hizo en La corrosión del carácter (Anagrama), donde alertaba de las consecuencias de una flexibilidad que, convertida en “el tiempo de un nuevo poder”, produce desorden “pero no libera de las restricciones”. La explotación ha sido sustituida por… la autoexplotación. Veinte años después de que Sennett publicara su libro, el mundo se ha llenado de emprendedores, mejor dicho, el día se ha llenado de emprendedores. Como decía aquel gran rótulo del siglo XX, el teletrabajo os hará libres. Como dice el citado Crary, dormir es de perdedores.

En 1992 la burbujeante Expo de Sevilla encargó a Rogelio López Cuenca un proyecto de arte público al que este respondió con una serie de señales destinadas al recinto de la Cartuja. Una de ellas daba la vuelta al exitoso lema sesentayochista y rezaba: “Bajo la playa están los adoquines”. El proyecto fue censurado y las señales terminaron en el Reina Sofía. Dos pueden verse en la puerta del Edificio Nouvel, entre la calle y la reserva india.