Ir al contenido
_
_
_
_

¿Es Heathcliff narcisista, loco, protomarxista? El enigma del héroe de ‘Cumbres borrascosas’

La de Jacob Elordi en la adaptación de Emerald Fennell es la última resurrección de un mito literario que ha sido reflejado en tantas versiones cinematográficas, televisivas y musicales que cada época lo ha convertido en un hombre diferente

Jacob Elordi en 'Cumbres Borrascosas' (2026).JLPPA / Bestimage (JLPPA / Bestimage / Cordon Press)

El devoto enamorado. El narcisista tóxico. El símbolo sexual. El amado casto. El pervertido necrófilo. El Otro. El que habita entre nosotros. El rebelde protomarxista. El lunático idealista. El psicópata sin escrúpulos. La víctima de los poderosos. O bien su definitivo verdugo.

Todo eso es Heathcliff, personaje masculino principal de Cumbres borrascosas, la novela escrita por Emily Brontë y publicada en 1847, solo un año antes de la muerte precoz de su autora. Su última versión cinematográfica, dirigida por la británica Emerald Fennell y protagonizada por las estrellas Margot Robbie y Jacob Elordi, se estrena en España el 13 de febrero, y la maquinaria promocional ya ha empezado a imponer la oportuna heathcliffmanía. Pero mucho antes de que Elordi y Robbie emprendieran su ejercicio de cosplay gótico-romántico ante los medios, Heathcliff ya era uno de los iconos literarios más arraigados en el imaginario popular. También uno de los más complejos y contradictorios: al igual que otras grandes novelas como Orgullo y prejuicio o La princesa de Clèves –no puede ser casualidad que todas estas obras maestras estén escritas por mujeres en épocas poco propicias a ello-, Cumbres borrascosas se ha interpretado de formas distintas en diferentes momentos, y esas interpretaciones hablan más de la época en la que se han realizado, de sus expectativas, prejuicios y neurosis, que del propio objeto de análisis.

La idea de que a Heathcliff lo encarne un sex symbol canónico de Hollywood como Elordi es buena y mala al mismo tiempo. Buena, porque el atractivo sexual que se le presume a alguien de esas características es una manera eficaz de sugerir el ardor enloquecido que le profesa no solo el personaje de Cathy, su enamorada más allá de la muerte, sino también su esposa, la desgraciada Isabella Linton. Por cierto, eso a pesar de que la novela en ningún momento dé a entender que la pasión entre Cathy y Heathcliff llega a consumarse, lo que estaba alineado con la estricta moral victoriana vigente, pero que también añade tensión al ya de por sí tenso clima de la obra.

La decisión también es defendible porque Jacob Elordi viene de interpretar al monstruo de Frankenstein a las órdenes de Guillermo del Toro, y ambos personajes guardan evidentes paralelismos. Mary Shelley escribió su novela casi 30 años antes, en 1818, al inicio del periodo romántico, y su monstruo representaba un aviso de las aberraciones que podían derivarse del exceso de razón ilustrada. Heathcliff, el monstruo de Cumbres borrascosas, llegó en la etapa final del Romanticismo con toda su carga irracional y nihilista, y programado para destruir el mismo orden sacrosanto que lo había expulsado de su seno. Aunque casi toda la acción se ambienta unas décadas antes, a finales del XVIII, el personaje está trazado desde esa radical conciencia romántica (de hecho, se lo ha relacionado con el héroe byroniano, modelado sobre el poeta inglés que fue amigo de Mary Shelley).

Pero Jacob Elordi también es una mala idea de casting, o al menos una idea discutible, porque Heathcliff tiene en la novela una cualidad más sombría, y también se le asignan rasgos raciales algo ambiguos: textualmente se habla de él como “gitano de piel oscura” y “ese mocoso gitano” –eran otros tiempos-, llegado de manera igualmente oscura a la ciudad portuaria de Liverpool. Esto ha dado lugar a hipótesis que le atribuirían raíces romaníes, pero también indias o jamaicanas. Llama la atención que hubiera que esperar hasta 2011 para la única adaptación occidental del libro que ha recurrido a un actor no caucásico: en la versión de Andrea Arnold, que fracasó en taquilla y crítica, lo encarnaba (muy bien) el actor británico negro James Howson.

Pero también es cierto que Abismos de pasión (1954), la mejor versión cinematográfica de la novela, dirigida en México por Luis Buñuel, ya estaba protagonizada por Jorge Mistral, un galanzote español de densas patillas y mandíbula con la que cascar nueces. A Buñuel, como a la mayoría de los surrealistas, le fascinaba el libro de Brontë, y de él destacó las sugerencias necrófilas y el lado de amour fou, todo reforzado por la embriagadora música de Wagner. Con sus actores de saldo, su tono desmelenado que roza el culebrón y su ambientación en el agreste México rural del Porfiriato, Abismos de pasión era una película libre y revolucionaria, y por eso hacía justicia al material original mejor que ninguna otra.

Emily Brontë había bebido de la novela gótica, compuesta por historias de fantasmas con tétricas ambientaciones, cuando se puso manos a la obra con Cumbres borrascosas. Tras su publicación, la crítica la recibió con disparidad de opiniones: algunos destacaron sus valores literarios, pero también fue descrita como una obra vulgar, violenta y depravada, de un excesivo naturalismo. Se vendió moderadamente bien, lejos del enorme éxito de Jane Eyre, de su hermana Charlotte, que salió el mismo año (igual que Agnes Grey, de la tercera hermana, Anne). Su momento de gloria llegaría bien entrado el siglo XX, gracias a defensores como Virginia Woolf y a la revelación que supuso para los surrealistas; su difusión iría creciendo a partir de entonces, hasta que la cultura de masas domesticó la historia y le dio cierta imagen de lectura para adolescentes con ensoñaciones románticas, traicionando su espíritu disruptivo. Un espíritu que sí está presente en las interpretaciones más políticas, que acercan a Heathcliff a una suerte de precursor del personaje de Terence Stamp en Teorema de Pasolini. Bajo esta visión, Heathcliff representa una bomba de relojería instalada en el corazón del orden burgués que posibilita la incipiente revolución industrial, por lo que también se lo ha saludado como un precursor de la teoría marxista (El capital de Marx se publicó 20 años después de Cumbres borrascosas) y un furioso anticapitalista avant la lettre.

Todo esto nos obliga a esbozar el argumento: Heathcliff es un muchacho de la calle al que un terrateniente rural adopta y lleva a su casa, donde se integra con sus hijos legítimos, el hosco Hindley, que lo detesta, y la orgullosa Catherine, o Cathy, con la que entabla un vínculo contradictorio y apasionado, condenado al fracaso. Heathcliff acaba abandonando la familia, y Cathy se casa con otro terrateniente vecino, Edgar Linton. El huido regresará convertido en un hombre rico, dominado por el rencor, con la determinación de corromper y aniquilar esa familia, pero al mismo tiempo presa de su indestructible amor por Cathy. Después llegarán nuevas pasiones, mucha violencia, muertes diversas y un salto generacional que casi ninguna adaptación recoge: lo hizo la que en 1992 dirigió Peter Kosminsky, con un Ralph Fiennes muy atormentado –incluso para sus estándares habituales- como Heathcliff y Juliette Binoche en el doble papel de Cathy y su hija Catherine Linton. Esta ha sido una de las versiones más discutidas hasta el momento. “El Heathcliff de Ralph Fiennes resulta admirablemente desagradable, aunque sus gestos de dolor se vuelven monótonos con el tiempo, como si tuviera una indigestión permanente”, escribió la crítica Susan King en Los Angeles Times.

Siguiendo con las adaptaciones al cine, entre las más conocidas está la clásica hollywoodiense de William Wyler de 1939, donde Cathy está interpretada por Merle Oberon -quien en la vida real mantenía en secreto su ascendencia india, por cierto-, y Heathcliff corre a cargo del muy británico actor shakespeariano Laurence Olivier. Su éxito popular resultó determinante para que la imagen del artefacto cultural quedara en lo sucesivo algo reblandecida. En la novela Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote, la protagonista, Holly Golightly, se declaraba admiradora de Cumbres borrascosas, pero cuando el narrador se daba cuenta de que ella estaba hablando de la película de Wyler y no del libro de Brontë, reaccionaba con cierto desdén. Ofendida, Holly le respondía: “Todo el mundo necesita sentirse superior a alguien, pero es costumbre presentar alguna prueba antes de tomar ese privilegio”.

A la dulcificación de Heathcliff contribuyó también una serie televisiva de 1970, muy difundida, donde el protagonista era un joven Timothy Dalton, que a finales de la siguiente década encarnaría a James Bond en dos películas de la saga. Antes hubo al menos otras tres producciones para televisión, una de 1958 con Richard Burton, otra de 1962 con Keith Michell y otra de 1967 con Ian McShane. Como la película de Wyler, las piezas televisivas incidían en el envoltorio romántico de historia y personaje, algo que volvería a repetirse en una nueva miniserie, de 2009, donde un Tom Hardy muy rudo, pero provisto de una larga y sedosa melena, recibió las mayores alabanzas.

El resentido social, el chico malo o el bello tenebroso son especímenes con los que Heathcliff puede encajar. Personajes de la literatura, el teatro y el cine como el Jay Gatsby de El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, el Stanley Kowalski de Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams o el George Baines (Harvey Keitel) del film El Piano (1993) de Jane Campion acusan su influencia cultural. Pero también lo hace el arquetipo de la estrella de rock, rebelde integrado por excelencia, cuyo aspecto típicamente greñoso y desaliñado es deudor del indómito personaje de Emily Brontë: Mick Jagger, Jimi Hendrix, Joey Ramone o Kurt Cobain recuerdan poderosamente a él. Los New Romantics de los 80, los grunges de los 90 y sus sucesivas revisiones y reinterpretaciones -muy en especial los movimientos indies dosmileros- también parecen partir del molde forjado por Emily Brontë en su única novela. Tampoco es fortuito que, en el musical Heathcliff, de 1996, el rockero Cliff Richard fuera el personaje del título. Que este molde conserva su vigencia entre las nuevas generaciones, aunque sea de forma inconsciente y a través de sucesivas reinterpretaciones, parece indicarlo un caso como el del músico y actor Mitch, protagonista de la película Romería (2025), de Carla Simón.

En el otro extremo del espectro quedaría la versión más minimalista que existe en el cine, la francófona Hurlevent (1985) de Jacques Rivette, protagonizada por el actor belga Lucas Belvaux en un registro mucho más sereno, despojado del aura romántica. También hay versiones más exóticas rodadas en Japón (la dirigida por Yoshishige Yoshida concursó en Cannes en 1988), Filipinas o la India, además de otra, de 2003, ambientada en la California contemporánea, que conoció una distribución muy limitada y nulo impacto cultural.

Por fin, en una de las mejores representaciones del mito en la cultura popular, Heathcliff ni siquiera hacía acto de presencia. Nos lleva hasta 1978, cuando una joven cantautora desconocida de 19 años, Kate Bush, se impuso en el panorama pop con su tema Wuthering Heights, y con una coreografía delirante y maravillosa cuyos fans aún siguen ejecutando a modo de homenaje. “Heathcliff, soy yo, Cathy, he venido a casa / Hace tanto frío, déjame entrar por tu ventana”, decía la letra, cantada por Bush como una Catherine regresada de ultratumba. O tal vez no solo la encarnaba a ella, sino también al mismísimo Heathcliff, puesto que en el libro ambos se aman con tal pasión que se funden en un solo ser. Así lo expresa Cathy cuando habla con la criada Nelly en una de las declaraciones de amor más radicales de la historia de la literatura: “¡Nelly, yo soy Heathcliff! Él está siempre, siempre en mi mente: no como un placer, yo no soy siempre un placer para mí misma, sino como mi propio ser”.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_