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Crítica:68ª edición de la Mostra de Venecia

Heathcliff ahora es negro. ¿Y...?

Durante los seis primeros días la programación de la Mostra ha sido una fiesta, abarrotada de películas, de directores curtidos o jóvenes cuya obra merece respeto y admiración. También han desfilado un montón de actores y actrices con categoría de estrellas, cuya presencia y ruedas de prensa otorgan interés y magnetismo a cualquier festival. Todo esto resultaba insólito en una Mostra que desde que se ocupó de ella Marco Müller suponía el redil del cine de autor más ininteligible o cochambroso, la frívola selección en función de que su nacionalidad fuera exótica y su estilo plúmbeo, películas que si esa cosa tan menospreciada llamada público pudiera ver y juzgar en las salas comerciales lo más probable es que las encontraran impresentables. Tienes la sensación de que el responsable de este festival, cuya continuidad es insegura, se ha propuesto demostrar en su último mandato que también conocía la fórmula para hacer un festival atractivo, para que la Mostra fuera una exposición del mejor cine actual en vez de la sala de torturas a la que nos tenía cruelmente acostumbrados. Lo cual lleva a preguntarte por la arrogancia intolerable que supone hacer las cosas mal cuando se dan las circunstancias y los medios para poder hacerlas bien. Está claro que debido a su influencia y a su poderío ancestral, Cannes puede elegir siempre la parte del león, que productoras, distribuidoras y directores lo consideran el escaparate más trascendente, pero a continuación viene la Mostra de Venecia. No hay razones que expliquen el somnoliento y temible disparate que ha representado este festival en los últimos tiempos. Pero observas la programación que nos espera hasta el final del festival y sientes que te ha desaparecido repentinamente el apetito, aunque como espectador siempre estarás dispuesto a que te sorprendan gratamente los que habitualmente te aburren.

Arnold se empeña en su 'Cumbres borrascosas' en ser hiperrealista

La directora inglesa Andrea Arnold, autora de Red road y de Fish tank, crónicas inteligentes y con toque amargo de personajes urbanos, ha decidido en Cumbres borrascosas dar su original punto de vista sobre esa intensa, violenta, romántica y legendaria novela de Emily Brönte, que ha tentado en cualquier época a numerosos directores, incluido Luis Buñuel, que hizo una adaptación perversa de ella en la extraordinaria Abismos de pasión. La originalidad de Andrea Arnold consiste, aparte de rodarla casi íntegramente cámara en mano y de despreciar eso tan efectista y embaucador (debe pensar la íntegra autora) de la música exaltando o subrayando los sentimientos, en que ha decidido convertir al desgarrado y vengativo Heathcliff en negro, imagino que para acentuar el racismo de los que le han agredido, humillado y marginado desde que fue adoptado por el padre de Catherine. Utilizando el impresionante paisaje natural de Yorkshire, Andrea Arnold se empeña abusivamente en ser hiperrealista.

A mí siempre me ha parecido conmovedora esa volcánica historia de amor que comienza en la adolescencia y destinada a un final trágico, pero tal como la cuenta esta directora a lo largo de un metraje que se te hace muy largo, ese desgarro y esa pasión me dejan frío. Y se nota el esfuerzo de Arnold por no embellecer nada, porque los personajes, el barro y la mugre reproduzcan fielmente lo que debió de ser su realidad, pero que el cine se obsesione por ser el espejo absolutamente fiel de la vida no garantiza que ese verismo te arrebate.

Tampoco me interesa la película japonesa Himizu, dirigida por Sono Sion, que es la adaptación de un manga y la protagonizan gente en el límite que se mueve como si fueran dibujos animados. Ni la monotonía expresiva del venerado Ermanno Olmi (El árbol de los zuecos y La leyenda del santo bebedor eran auténticamente poéticas) en Il villaggio di cartone, que describe la relación de un sacerdote con inmigrantes a los que da refugio, incluidos algunos que podrían ser terroristas. Y solo consigo ver una hora de la película china Tao jie por razones lacerantemente personales. Se desarrolla en una residencia de ancianos, en esa antesala de la muerte donde casi todo es devastación física y psíquica, delirio y resignación. Ignoro cómo acaba. Asumo mi culpa al desertar de esa temática.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de septiembre de 2011