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Cómo salvar a Galdós para la posteridad: de la aniquilación al reconocimiento

Los enemigos políticos y unos herederos literarios dispuestos a matar al padre han destrozado el legado de Galdós en el siglo XX. El XXI debe servir para ser colocado en el lugar que merece

Benito Pérez-Galdós, fotografiado en 1915 en el salón-despacho de su casa de Santander.
Benito Pérez-Galdós, fotografiado en 1915 en el salón-despacho de su casa de Santander.Arauna (Colección Monasor)
Jesús Ruiz Mantilla

Don Benito, el garbancero… Ha sido la frase que más se ha utilizado para minusvalorar a Galdós en el siglo XX. Su autor, Ramón María del Valle-Inclán. Sus voceros, buena parte de generaciones posteriores, quizás acogotadas por cierto complejo de inferioridad ante su obra, conscientes, quizás, de que después de Cervantes y él, no ha habido hueco en España aún para nadie de su talla.

Pero tampoco es culpa de Valle-Inclán el modo en que aquello se ha ido repitiendo como un lugar común malévolo. Si en vez de la famosa frase, la posteridad hubiera elegido otras tantas del mismo autor, nuestra consideración sería sin duda distinta. Por ejemplo, ésta: “Me inclino ante el maestro, que, sin ningún demonio familiar y sólo con los sentidos perecederos crea la obra inmortal”.

Lo escribe Valle-Inclán a propósito de la cuarta serie de los Episodios nacionales. ¿Por qué insistir entonces en lo de Don Benito, el garbancero?

Tres frentes ha tenido que sufrir Galdós cara a la posteridad. Primero, el de una muy intensa carga de carácter político con munición en vida lanzada sistemáticamente desde sectores conservadores que demonizaron sus novelas o su teatro y boicotearon con campañas iracundas reconocimientos internacionales como el Premio Nobel.

La segunda trinchera desde la que se le ha disparado ha sido la de los suyos, es decir, la literaria. La generación inmediatamente posterior, la del 98, mantuvo con él una relación que fluctuaba entre la admiración rendida y la distancia. Lo reivindicó vivamente Azorín, también lo hicieron Valle-Inclán y Antonio Machado. Unamuno se movía en una extraña ambigüedad más tirante que proclive, como cuenta el crítico Germán Gullón, que acaba de sacar a la venta una rigurosa y brillante biografía de Galdós.

Pero quienes más han contribuido a su desprestigio han sido los novelistas de posguerra, de Cela, que lo ninguneó, hasta Juan Benet, que fue cruel con su legado, provocando una especie de cinturón sanitario de prevención muy dañino. Como si leer a Galdós con la naturalidad que los ingleses abordan a Dickens y los franceses a Balzac, fuese un atraso.

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La generación de la transición inició una recuperación de su figura, su estilo, su enjundia y su vital importancia en la Historia. Especialmente Antonio Muñoz Molina y Almudena Grandes. Pero la diatriba sobre su lugar en las letras dura hasta hoy y el año de su centenario ha avivado el debate de su influencia con polémicas espontáneas entre autores destacados, como el propio Muñoz Molina y Almudena Grandes –siempre a favor- con Javier Cercas –tampoco radicalmente en contra, pero sí en la onda de restarle importancia-, en la que también ha metido baza Mario Vargas Llosa, digamos, como tercero en discordia. Vivo sigue, por tanto, y justamente reivindicado en la misma esencia del debate sobre su radical y esencial modernidad. Diatribas como estas no hacen más que dar prueba de su vigor.

Pero quizás, de entre los tres obstáculos citados, el que más daño le produce todavía hoy es el de la desidia en los planes educativos. Si en una ciudad como Santander, donde el autor vivió y escribió en su casa de San Quintín, los estudiantes de secundaria no saben el papel que Galdós jugó en la ciudad o leen parte de las obras que allí produjo. Si en Madrid, no se le da la oportunidad de ser estudiado en sus aulas como uno de los constructores de la identidad abierta, variada, plural y castiza de la ciudad en todos sus estratos, la suya, la nuestra, es una batalla perdida.

Hasta ahora, por lo menos. El siglo XXI, en su eclecticismo, en su ausencia de complejos a la hora de reivindicar cualquier corriente, se presente como el tiempo propicio para engrandecerlo y no vituperarlo, despreciarlo o minimizarlo, como hasta ahora. Para conocernos y adentrarnos en las raíces del presente, quizás pueda uno elegir el trabajo de uno u otro autor, de ciertos escritores o historiadores para según qué temas. Pero nunca prescindir, si queremos entendernos desde una totalidad, de Galdós. Será el único autor obligatorio para hacer un viaje al fondo de nuestras entrañas.

Puede que bajo su abrigo y no al complejo de su sombra, proliferen sus verdaderos herederos futuros en la senda cosmopolita, ultramoderna y abierta al mundo que marcó para el futuro de un país que quiso ver transformado en la misma medida que su arte.

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Sobre la firma

Jesús Ruiz Mantilla
Entró en EL PAÍS en 1992. Ha pasado por la Edición Internacional, El Espectador, Cultura y El País Semanal. Publica periódicamente entrevistas, reportajes, perfiles y análisis en las dos últimas secciones y en otras como Babelia, Televisión, Gente y Madrid. En su carrera literaria ha publicado ocho novelas, aparte de ensayos, teatro y poesía.

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