El Madrid de Galdós, de café en café

La mayoría de estos lugares que fascinaron al escritor son ahora locales ocupados por franquicias

Café Universal de Madrid, el 10 de febrero de 1938
Café Universal de Madrid, el 10 de febrero de 1938Martín Santos Yubero

“Madrid sin cafés es como cuerpo sin alma”, sentenciaba José Ido del Sagrario, con esa solemnidad quijotesca tan suya, tan cercana al delirio. Pero es Benito Pérez Galdós (1843-1920) quien habla desde la voz del personaje presente en varias de sus obras, porque Galdós —de cuya muerte se cumplirán cien años el 4 de enero— no fue un simple novelista, sino el fundador de un auténtico universo literario poblado de personajes recurrentes, a la manera de Balzac con La comedia humana.

Galdós era muy consciente de que el alma de Madrid residía en los cafés, verdaderos centros de la vida cultural y política en el siglo XIX y buena parte del XX. En ellos se fraguaba la actualidad, nacían los rumores, se relacionaban los personajes más populares con los más anónimos. Se trataban temas relevantes y temas mundanos. Palpitaba allí la vida. Cuenta en sus Memorias de un desmemoriado que, cuando en 1862 se trasladó de su Canarias natal a Madrid, para estudiar Derecho, tardó poco tiempo en cambiar las aulas de la universidad por las visitas al Ateneo —ubicado, por entonces, en un caserón de la calle Montera— y las tertulias del Café Universal, uno de los locales de moda, inaugurado en 1891 en el número 15 de la Puerta del Sol —hoy, número 14—, elegante y cuajado de espejos. A él acudían sus paisanos canarios, como el profesor Valeriano Fernández o Fernando León y Castillo, político. Hoy una cadena de comida rápida ocupa la antigua ubicación del Universal, cuyo recuerdo pervive en una simple placa dedicada a la violinista y cantante del café Olga Ramos.

En las tertulias del Universal y de otros célebres cafés aprendió Galdós todo lo referente a la actualidad madrileña. “El café es como una gran feria en la cual se cambian infinitos productos del pensamiento humano”, escribiría en el primer capítulo de la tercera parte de Fortunata y Jacinta, en el que analiza la vida en los cafés de la capital a través del personaje de Juan Pablo Rubín, el más fiel de los parroquianos, hasta el punto de que “no podía vivir sin pasarse la mitad de las horas del día o casi todas ellas en el café”. En su asiduidad bien podemos ver reflejado al propio Galdós: “Proporcionábale el café las sensaciones íntimas que son propias del hogar doméstico, y al entrar le sonreían todos los objetos, como si fueran suyos”. El inquieto Rubín emigraba del Café de San Antonio, en la Corredera de San Pablo, al Suizo Nuevo, pasando por el Platerías, del Siglo y de Levante.

Durante un tiempo, su favorito fue el Café de Fornos. Se hallaba ubicado en la calle Alcalá, esquina con Virgen de los Peligros, en el antiguo lugar que ocupaba el convento de Nuestra Señora de la Piedad. El reportaje que se publicó en La Ilustración de Madrid sobre su inauguración en 1870 fue escrito por Gustavo Adolfo Bécquer. El Fornos, amplio y lujoso, albergó numerosas tertulias y fue frecuentado por intelectuales como Ramón del Valle-Inclán o Rubén Darío. Su decadencia comenzó a partir de 1904, tras el suicidio de uno de los hijos del propietario en un reservado del propio café. Una historia digna de folletín que le granjeó mala fama. Hoy el lugar del Fornos está ocupado por un local de la conocida cadena de cafés Starbucks.

Enfrente del Fornos estaba el Café Suizo, donde Villalonga, el compinche de Juanito Santa Cruz en Fortunata y Jacinta, volvió a ver a Fortunata después de un tiempo sin saber de ella. El Suizo, muy frecuentado por Galdós, acogía las tertulias de abogados y médicos, aunque la más famosa fue la de los hermanos Bécquer. Allí se elaboró por vez primera el bollo “suizo”, un clásico de la dulcería madrileña. Y entre pastel y pastel, se desarrollaban también las intrigas políticas. Escribe Galdós: “Allí brillaba espléndidamente esa fraternidad española en cuyo seno se dan mano de amigo el carlista y el republicano, el progresista de cabeza dura y el moderado implacable”.

Había cafés célebres en estos menesteres, como el de la Iberia, en la Carrera de San Jerónimo, frente a la antigua calle del Lobo, hoy Echegaray. En La desheredada, Galdós lo llama “el Parnasillo de los políticos”. Otro era el del Siglo, al que emigró Juan Pablo Rubín, harto de los bolsistas que invadían el Café de Fornos y tras haber desechado el de la Aduana, por los franceses, y el Imperial, por los toreros. Ubicado en la calle Mayor, el Café del Siglo también albergaba reuniones espiritistas que despertarían la curiosidad del vivísimo Rubín.

Los cafés madrileños están tan presentes en la obra galdosiana que incluso su primera novela, publicada en 1870, lleva el nombre de uno: La Fontana de Oro. Desarrollada durante el Trienio Liberal (1820-1823), sitúa la acción en el famoso café de la Carrera de San Jerónimo, esquina con la Victoria, donde actualmente encontramos un Museo del Jamón. Originado en el siglo XVIII como fonda, hacia 1820 se convirtió en un lugar donde los políticos liberales —Antonio Alcalá Galiano, entre ellos— daban sus discursos. Cuenta Galdós que el propietario incluso acabó construyendo una tribuna para que el orador de turno no tuviera que subirse a una mesa.

Una de las razones por las que Don Benito fue un asiduo de los cafés —casi tanto como su Juan Pablo Rubín— radica en su afán por observar a los variados parroquianos y tomar nota para sus novelas, como buen retratista de almas. Por eso, frecuentaba algunos elegantes como el Universal y otros mucho más populares como la Cruz del Rastro, cuyo “ambiente fétido” describe en Misericordia. Nos quedan pocos cafés antiguos. El Gijón, en Recoletos, o el Comercial, recientemente reconvertido en restaurante. Y si, como afirmaba Ido del Sagrario, el alma de Madrid residía en aquellos cafés, ¿dónde podemos encontrarla ahora? Probablemente, en una novela de Benito Pérez Galdós.

Un belén galdosiano y una exposición con su legado para arrancar el año Galdós

La sede de la Consejería de Cultura y Turismo (Alcalá, 31) acoge hasta el 5 de enero un "Belén galdosiano", en colaboración con la Asociación de Belenistas de Madrid, con una recreación del Nacimiento tradicional al modo de los Belenes napolitanos habituales en los salones del Madrid de Galdós. Por otro lado, hasta el 16 de febrero se puede visitar en la Biblioteca nacional la exposición Benito Pérez Galdós. La verdad humana, con más de 200 obras del escritor entre manuscritos, libros impresos, esculturas, grabados y que en menos de dos meses ya ha recibido a más de 30.000 personas. Y el Ayuntamiento de Madrid, que le acaba de conceder el título de Hijo Adoptivo, dedicará 2020 al escritor con actos durante todo el año bajo el lema Galdós es Madrid. 2020, año galdosiano, madrileño y novelesco.

Archivado En:

Más información

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50