VIDA DE DON BENITO

Y España le arrebató el Nobel a Galdós

Las puertas de la academia sueca se cerraron ante una operación en contra del escritor

Saturno devorando a su hijo (1819), obra del pintor español Francisco de Goya.
Saturno devorando a su hijo (1819), obra del pintor español Francisco de Goya.

La frase la pronunció Tomás Rufete, padre de Isadora, la desheredada, ya perdido el oremus, al principio de la novela cuando se hallaba ingresado en el manicomio de Leganés: “¡Y el país, ese bendito monstruo con cabeza de barbarie y cola de ingratitud, no sabe apreciar nuestra abnegación, paga nuestros sacrificios con injurias y se regocija con los humillados! Pero ya te arreglaré yo, país de las monas. ¿Cómo te llamas? Te llamas envidiopolis…”.

La desheredada apareció en 1881. Era ficción clavada de la realidad. Porque lo mismo podía haber dicho –y sin duda pensó– Benito Pérez Galdós en 1912 cuando su candidatura al Premio Nobel quedó en derrota. ¿A cargo de quién? Del propio país cainita que lo vio nacer.

Sin duda, ese capítulo es uno de los más vergonzosos de nuestra historia cultural común, enciscada, destructiva. A principios de aquel año, José Estrañi, director de El Cantábrico, periódico santanderino, empezó a promover una candidatura que pronto acogieron figuras como Benavente, Ramón y Cajal, Echegaray o Romanones. Consiguieron alrededor de 500 firmas y fue presentada en la cancillería de Suecia en Madrid.

La reacción, como ocurrió al anunciarse su propuesta como candidato para la Real Academia, no se hizo esperar. Prendió con torpeza y un acusado grado de maldad. Pero con la diana fija en impedir el premio y un reconocimiento internacional de ese calibre ya entonces para el escritor que a lo largo de la historia reciente más lo ha merecido entre los españoles. Una iniciativa ultraconservadora propuso a Marcelino Menéndez Pelayo. He ahí la retorcida maldad: a sabiendas de que eran íntimos amigos y con la intención, además, de socavar su relación.

La academia, que contaba ya con ambos en sus filas, apoyó a los dos. Varios diarios lanzaron ataques furibundos, agresivos, cruentos hacia el canario, autor, según La Época, “de novelas revolucionarias que habían manchado el suelo de sangre”. No existían las redes sociales, pero la caverna estaba bien conectada a la tecnología imperante a principios del siglo XX. Los cientos de cartas y telegramas en contra recibidos en la sede de Estocolmo, según Erik Karlfeldt, poeta y nombrado después secretario permanente de la institución encargada del premio, les llevó a desestimarlo. Cayó en manos del alemán Gerhart Hauptmann: 140.000 coronas suecas que hubiesen aliviado sus últimos años de continuos apuros económicos.

Cuando Miguel de Unamuno conoció muy bien y de primera mano por parte de las autoridades nórdicas la operación desplegada en su contra, la calificó de vergonzosa. Benavente censuró, como recoge Francisco Cánovas en su biografía, “el lamentable espectáculo de nuestras divisiones e intolerancias”. Goya y su Saturno devorando una vez más a sus hijos.

Galdós siguió aquello entre la nebulosa triste de su acuciante ceguera y sin que la repugnante escaramuza afectara en lo más mínimo a su amistad con Menéndez Pelayo. Ambos parecieron firmar un pacto de silencio entre caballeros. Dejaron patente que la histeria no iba con ellos. Se quedaron sin premio, pero ganó enteros su amistad. Los polos opuestos en ideología aunque no tanto en estéticas literarias, civilizadamente asombrados del grado de miseria al que podían llegar sus compatriotas.

Un año después, en 1913, el Ateneo de Madrid volvió a la carga. Lo apoyaban sin fisuras miembros de su generación pero también figuras más jóvenes como Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Jorge Guillén o José Moreno Villa. En vano, de nuevo: fue a parar a Rabindranath Tagore, primer premiado no perteneciente a un país europeo. La academia sueca, escaldada y desconcertada por el grado de virulencia al que podían llegar los españoles en sus destructivas divisiones, cerró definitivamente la puerta del Nobel para Galdós. España, en su esencia y su versión más cruel e irreconciliable, se lo había arrebatado.

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