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Atacar Irán, una vieja obsesión de Trump y Netanyahu

El presidente de Estados Unidos ha lanzado el bombardeo que prometía contra Teherán y ha llamado a la población a “tomar su destino en sus manos”

El presidente de EE UU, Donald Trump, este viernes en el aeropuerto de Palm Beach, en Florida.Matt Rourke (Associated Press/LaPresse)

Por segunda vez en apenas nueve meses, Estados Unidos ha vuelto a atacar Irán. Donald Trump ha cumplido las amenazas que profería desde hace dos meses, esta vez con bombardeos conjuntos con Israel. La sensación es de un cierto déjà vu, después de la operación Martillo de Medianoche que en junio del año pasado atacó objetivos nucleares iraníes tras dar por zanjadas unilateralmente las conversaciones con Teherán.

El año pasado, el ataque estadounidense llegó por sorpresa —había convocada una nueva ronda de conversaciones indirectas entre los dos países—, después de meses en los que Trump justificó su creciente hostilidad hacia el régimen por el peligro que, según insistía, representaba el programa nuclear de la República Islámica. Esta vez, y aunque el presidente estadounidense había amenazado a Teherán casi a diario, no había habido un argumento claro que justificara por qué era necesario un bombardeo ni por qué precisamente ahora.

Lo ha dejado claro esta noche: el objetivo definitivo es precipitar un cambio de régimen. Que los iraníes se subleven contra su propio gobierno. Lo ha expresado en un mensaje distribuido por redes sociales esta noche y grabado desde su residencia privada, Mar-a-Lago, donde sigue el transcurso de la operación. Trump ha instado a los miembros de la Guardia Revolucionaria a deponer las armas, a cambio de lo que recibirían “inmunidad”, o de lo contrario “encarar una muerte cierta”. También ha llamado a los iraníes a “tomar el control de su destino” y alzarse contra el régimen, en lo que “probablemente sea vuestra última oportunidad en generaciones”.

Según medios estadounidenses, la posibilidad de un descabezamiento del régimen se encontraba entre las opciones que el Pentágono había presentado a su comandante en jefe en los últimos días. Pero que lo intentaran los propios soldados estadounidenses era algo peligroso, y sin garantías de éxito. La opción elegida ha sido apostar por —e incentivar— una revuelta popular entre los iraníes.

La táctica venía telegrafiada por la propia naturaleza del descomunal despliegue estadounidense en Oriente Próximo: naval y aérea. Algo que permite una operación intensa de bombardeos, pero no un descabezamiento del régimen a lo Nicolás Maduro en Venezuela. Irán es mucho mayor y cuenta con un ejército mucho más experimentado que el del país caribeño.

Antes de la intervención, ni Trump ni su equipo habían aportado una explicación clara ni al Congreso —la institución que, según estipula la Constitución estadounidense, es la responsable de dar luz verde a actos de guerra— ni a los votantes sobre por qué Estados Unidos debe intervenir en Irán para algo que podría degenerar en un conflicto largo y sangriento, muy alejado de las operaciones rápidas y espectaculares que el presidente prefiere. Y el polo opuesto de la promesa que él llevaba haciendo desde su entrada en política en la campaña de 2016, que Washington no se implicaría durante su mandato en ninguna de las “guerras eternas” que empantanaron a sus fuerzas en Irak y Afganistán.

“La apuesta del presidente es que puede salir de esta sin coste alguno”, opinaba Nate Swanson, director del proyecto de estrategia para Irán del think tank Atlantic Council, en vísperas del ataque. “El riesgo es que esto desemboque en un conflicto mayor y más sangriento. Es una apuesta muy arriesgada para el presidente, poner en marcha esta guerra arbitraria donde Irán no tiene casi más opciones que escalar, llegados a este punto”.

El punto de inflexión en el planteamiento de Trump hacia Irán llegó en torno al 3 de enero: el día en que más de 150 aeronaves estadounidenses incursionaron en Venezuela para capturar al presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Aquella operación, Resolución Absoluta, se saldó sin ninguna baja estadounidense y por encima de las expectativas de éxito de la Administración republicana. El propio presidente ha contado que estaba prevista una segunda operación, dando por hecho que las cosas no saldrían a la primera.

Aquel logro se sumó al buen resultado del ataque de junio, donde tampoco hubo bajas estadounidenses: ni entonces ni ahora se disparó el precio del petróleo. Ambos resultados se combinaron para que el presidente, envalentonado, se convenciera de que las fuerzas estadounidenses eran invulnerables.

Las protestas callejeras en Irán, por otro lado, alentaban una percepción que se había ido extendiendo entre el Gobierno estadounidense en los últimos meses: que tras el ataque de junio, los golpes recibidos por los grupos radicales que patrocina en Oriente Próximo —Hamás en en Gaza, Hezbolá en Líbano, las milicias hutíes en Yemen— y una economía en caída libre Teherán se encontraba en su momento más débil en décadas y había que aprovechar la ocasión.

El resultado ha sido la mayor concentración de músculo militar estadounidense en Oriente Próximo desde la invasión de Irak en 2003. Según el periódico The Washington Post, una tercera parte de los buques de guerra estadounidenses movilizados en todo el mundo se encuentran allí, incluidos los portaaviones Abraham Lincoln, ya en esas aguas, y Gerald Ford, en el Mediterráneo oriental. En comparación, el Pentágono concentró en el Caribe en los meses previos a la captura de Maduro a algo menos del 20% de su poderío naval en activo, incluido el propio Ford.

La fijación de Trump con Irán viene de lejos. Ya en 2016 bramaba contra el llamado JCPOA, el acuerdo nuclear pactado entre Teherán y las potencias internacionales, tras años de negociaciones, para limitar el programa nuclear iraní. El republicano, que calificaba el pacto de “desastre” porque no incluía el programa de misiles de Irán o el apoyo de la República Islámica a grupos islamistas, sacó a Estados Unidos de él en 2018. El acuerdo quedó condenado a la desaparición, mientras Washington volvía a imponer duras sanciones contra el país hostil.

Su campaña de presión contra Teherán dio un salto en intensidad y en violencia en 2020. En enero de aquel año dio luz verde al atentado que mató en Bagdad a Qassem Soleimani, el jefe del batallón de elite iraní Fuerza Quds.

El año pasado, tras su regreso a la Casa Blanca, el presidente estadounidense envió una carta al líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, para proponerle nuevas negociaciones sobre el programa nuclear de Irán. En marzo, y tras un rechazo inicial, Teherán dio su visto bueno a los contactos y ambos países lanzaron varias rondas de conversaciones indirectas en Omán e Italia para evitar una escalada. Pero entonces —como ocurre ahora— las posiciones respectivas estaban separadas por un abismo.

Trump exigía el fin absoluto de las actividades nucleares del país interlocutor, aunque los propios servicios de inteligencia estadounidenses indicaban que Irán no contaba con un programa para fabricar armamento nuclear. Por su parte, Teherán rechazaba renunciar a un programa del que asegura que solo tiene fines civiles y no busca fabricar armamento nuclear.

Nueve meses después, las negociaciones parecían encontrarse en un punto similar. La Casa Blanca, por boca de sus enviados Steve Witkoff y Jared Kushner, reclamaba que Teherán se deshiciera del uranio enriquecido con que cuenta. También pretendía que el régimen de Jamenei limitara su programa de misiles balísticos —para no poder atacar Israel— y retire su patrocinio a los grupos radicales islamistas.

En vísperas de su discurso sobre el Estado de la Unión, a comienzos de esta semana, varios medios publicaron que el jefe del Estado Mayor, el general Dan Caine, había expresado los riesgos en caso de ataque, para recomendar calma. Entre otras cosas, según estos medios, el máximo mando militar de Estados Unidos indicó que los arsenales del país no contaban con la munición suficiente para un conflicto prolongado, tras haber entregado parte de sus reservas a Ucrania y a Israel. Trump negaba ese extremo tajantemente. “Yo soy el que toma las decisiones. Prefiero llegar a un acuerdo, pero si no lo conseguimos será un muy mal día para ese país y para su pueblo”.

“La preocupación por las actividades nucleares iraníes justifica esfuerzos diplomáticos razonables para prevenir que Irán se arme, pero no merece una acción militar costosa y arriesgada. No hay indicios de que Irán esté a punto de fabricar armas nucleares”, escribía Rosemary Kelanic, del think tank Defense Priorities, en vísperas del ataque. “Irán no ha reconstruido las instalaciones nucleares dañadas ni ha retomado el enriquecimiento de uranio. En la actualidad, la amenaza de proliferación iraní permanece remota, no inminente”.

Y agregaba: “Si un acuerdo se demuestra imposible, Estados Unidos debería alejarse de la confrontación, en vez de recurrir a la fuerza militar contra un país que no puede amenazar al territorio estadounidense”.

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