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Entusiastas del gimnasio que luego se van de cañas: los nuevos ‘punks’ del bienestar

Frente a los férreos códigos morales del alto rendimiento y la optimización física, los nuevos anarquistas del ‘wellness’ reclaman el espacio entre el compromiso deportivo y la indulgencia hedonista. El suyo es un rechazo a la ortodoxia del bienestar en favor de una experiencia atlética más humanizadora y en absoluto definitoria de sus identidades

Getty Images / Cordon Press / Album

A Chen Bangxian la fama le llegó tarde y de golpe, como sobreviene la celebridad en nuestros días. El runner chino había cumplido ya los 50 cuando una publicación canadiense especializada en las cosas del correr reparó en él durante el popular ultramaratón de Xinjiang, en noviembre de 2022: había logrado completar los más de 42 kilómetros de la prueba en poco menos de tres horas y media —puesto 574º entre más de 1.500 competidores— fumando lo que se dice vulgarmente como un carretero. El mundo supo así del llamado Tío Chen, el deportista que encadenaba pitillos zancada a zancada hasta dar cuenta de una cajetilla por carrera, y las redes sociales echaron humo.

Smoking Bro lo rebautizaron en la china Weibo, y luego la antigua Twitter lo celebró como un antihéroe desempolvando viejas hazañas: los maratones de Cantón en 2018 y Xiamen en 2019, que se fumó en tiempos parecidos. Cofundador de la asociación Zhejiang Xianju Road Running y del maratón provincial de Zhejiang en su ciudad natal de Taizhou, en enero de 2024 volvió a Xiamen en olor de viralidad; lástima que las autoridades deportivas de su país ya lo tuvieran fichado y, a pesar de que completó el recorrido —apenas cinco minutos por debajo de su marca personal en Xinjiang—, terminó desclasificado por incumplir esa normativa impuesta poco antes por la Asociación China de Atletismo que prohíbe fumar en las carreras en prevención, precisamente, de que pudiera cundir su (mal) ejemplo. No hay noticias de Chen desde entonces, pero, en efecto, está vivo y su lucha sigue. Aunque ahora tiene nuevo nombre.

Entregarse a la exigencia física, someterse a la disciplina deportiva diaria que conduce a la grandeza y procura un buen chute de endorfinas, sí, pero abandonándose orgullosamente por igual a los placeres (digan vicios, si lo prefieren) mundanos, he ahí de repente el quid del actual estado del bienestar. En ese espacio difuso donde convergen compromiso y hedonismo se mueven hoy los denominados wellness anarchists, entusiastas del fitness que combinan la sesión de gimnasio y la ronda de cañas en el bar a continuación, la carrera diurna y la juerga hasta altas horas de la madrugada, el retiro monacal del bootcamp y la rave, el suplemento dietético y la pizza, el baño de agua helada y el pitillo. Que tampoco es nada nuevo, solo que ahora se observa como fenómeno social cuantificable, susceptible de métricas y ejercicios de marketing, porque parece que hay nicho de mercado.

En una industria/economía, la de la salud como estilo de vida, que el próximo año alcanzará un valor estimado de ocho billones de euros (según cifras de la organización sin ánimo de lucro Global Wellness Institute), ir contra corriente de sus ideales puritanos resulta que también es negocio. “Es un cambio de paradigma en la forma en la que la cultura wellness crea estatus, recompensando la disciplina visible: el gimnasio a las cinco de la madrugada, la planificación de las comidas, llevar una rutina sobria. El wellness anarchist invierte esa lógica, su punto es no necesitar las condiciones perfectas para rendir, sino rendir a pesar de las condiciones imperfectas. ‘No preciso optimizarlo todo para ganar’ se convierte en la señal de estatus definitiva”, explica Tom Garland, el tipo que acuñó la expresión, otorgándole de paso carta de naturaleza como movimiento, este verano en un análisis titulado El auge del anarquista del bienestar.

Experto en estrategia de marca, Garland fundó la consultora-agencia de soluciones creativas Edition+Partners, junto a su colega Christopher Morency, hace un par de años en Londres. Lo que conviene saber: ambos fueron directivos de Highsnobiety, la biblia digital del streetwear devenida plataforma comercial operada por el gigante de las compras online alemán Zalando (que la adquirió en 2022 por un importe no revelado), así que no han hecho otra cosa que seguir el nuevo rastro del dinero. “El posicionamiento tradicional de la cultura wellness está perdiendo de vista la realidad actual del consumidor, que adopta sus herramientas al tiempo que rechaza la ortodoxia para reescribir las reglas de lo que significa vivir bien, desafiando los supuestos fundamentales sobre la disciplina y la indulgencia y creando oportunidades para marcas lo suficientemente audaces como para priorizar la contradicción en lugar de la conversión”, aduce. Y pone como ejemplo al ultramaratonista británico William Goodge, que este verano se convertía en el corredor más rápido en cruzar Australia, de Perth a Sídney, sin que las cervezas y los cigarrillos que se echaba al cuerpo entre etapa y etapa mermaran su rendimiento. “Cuando consigues algo, al menos en mi mundo, lo celebras tomándote algo”, constata el analista. Y concluye: “Se trata de ser ambicioso, pero no obsesivo, de tener conciencia de lo saludable sin resultar un amargado. Hablamos de gente que rechaza la dicotomía wellness (el entrenamiento y la disciplina espartanos y la utopía beis del athleisure) y está creando algo que esta industria no quiere reconocer”.

El negocio, para el caso, anda en ello. El segmento masculino del mercado del bienestar estaría alumbrando el camino para lo que podría entenderse como un punto intermedio entre la optimización robótica y la indulgencia humanizadora, entre quienes han convertido el pilates y el matcha en una personalidad y aquellos que encaran el alto rendimiento deportivo con actitud punk, equilibrando trabajo duro y diversión. Whoop, la pulsera favorita de los forofos del gimnasio que monitoriza la actividad fisiológica para mejorar el rendimiento físico, se ha aliado precisamente con Goodge —que cuando no corre ejerce de modelo— en una acción publicitaria en redes sociales de claim inquisidor: “¿Qué impacta más en tu cuerpo: salir de fiesta o un ultramaratón?”. Mientras, Liquid Death, la fenomenal marca estadounidense de agua en formato lata de bebida energética, ha encontrado al embajador perfecto en Travis Barker, el que fuera baterista de la banda Blink-182, que tiene su propio club de runners que pisan en zapatillas Vans y Converse. La ventana de oportunidades se ha abierto además para novedosas etiquetas de deporte nicho del tirón de Literary Sport, descrita como “la marca de running para gente que fuma”, o Satisfy, que apela al corazón de los corredores extremos con campañas de imágenes polvorientas, sudorosas y hasta sangrientas que proyectan un producto más accesible y emocional que el del muy aspiracional athleisure. Incluso hay sitio para la nutrición de alto rendimiento, véase Happy Tuesdays y esos suplementos que se anuncian como de recuperación posrave. “La idea es mover el foco del rendimiento a la emoción, cambiando métricas por significado y datos por dinamismo, que es justo lo que las marcas tradicionales de wellness están pasando por alto”, expone Gabriele Casaccia, fundadora y directora de la revista Mental Athletic, suerte de boletín oficial del anarquismo del bienestar que explora los códigos asociados al running antes como expresión cultural que ritual de optimización física.

Asociada por igual a la ética de los deportes extremos y las subculturas urbanas más o menos juveniles, ni que decir tiene que la anarquía wellness va sobrada de testosterona, lo que dificulta imaginar cómo se manifestaría en identidades diversas o incluso disidentes. Sin embargo, como movimiento se reconoce democrático —más en género que en clase, eso sí, que, como admite Garland, “requiere no solo de cierto nivel de salud, sino además de ingresos, que pagar las inscripciones de las carreras, las mesas de los restaurantes y las entradas de los clubes cuesta su buen dinero”—, permite a cualquiera engancharse a la cultura del bienestar estableciendo sus propias condiciones y sin necesidad de reorganizar toda la vida a su alrededor. “Una vez fui a correr a Berlín, un medio maratón, pero la noche antes estuve de fiesta y acabé empalmando la carrera sin dormir. En cuanto acabó, enfilé directo al [club] Berghain con un par de amigos. No es algo que quisiera repetir, pero estas cosas pasan”, cuenta el diseñador londinense Peter John, musa del anarquismo del bienestar, como también podrían serlo los actores Jeremy Allen White, Paul Mescal y Jacob Elordi (las rutinas que siguen para mantener el tono muscular no les quitan lo bailado).

“Los estilos de vida wellness prefabricados son patéticos, pero como cualquier libro de instrucciones, para la vida son fáciles y le dan a uno la posibilidad de subcontratar decisiones más complejas. Puedes comprarte una de las siguientes personalidades: maratoniano, crossfitter, yogui… Solo tienes que apuntarte a alguna de esas disciplinas y envolverla de un modo de vestir, una forma de comer o unas vacaciones tematizadas: un maratón en una ciudad lejana, un retiro de yoga insular, el Hyrox de Londres (uy, me habéis pillado). Los paralelismos con los cultos religiosos y sus derivadas más extremas, las sectas aislacionistas, son evidentes”, reflexiona el periodista y escritor Alberto Rey.

“Pero, qué demonios, ¿acaso no hemos venido al planeta a experimentar placer y evitar el dolor? Los estilos de vida wellness ofrecen eso ya empaquetado. Elegir su versión anárquica no deja de ser un estilo más, una derivada nueva, una versión zero, o zero-zero, que rechaza algo de lo que nadie habla cuando habla de gimnasio, yoga o running: cierta mitificación del dolor, que se asocia con esfuerzo, que se asocia con bondad y, voilà, paralelismo religioso al canto. El dolor no perfecciona, el dolor no mejora”, continúa Rey. Entregado lo mismo a la disciplina de gimnasio que a la tentación de los bufés libres de los hoteles que frecuenta, el popular crítico de cine y televisión habla por experiencia propia, así que la última palabra sobre la cuestión debe ser suya.

“Wellness anarchist: otra de esas etiquetas que dan grima y vergüenza ajena, pero oye, me gusta, me la quedo, me identifico. Por fin una etiqueta que pretende ser un estilo de vida y puede venderse así con una mínima dignidad: ir al gimnasio en serio y comerte una pizza. Es más: ir al gimnasio en serio para comerte una pizza más en serio todavía. Lo sé: no funciona así. Ni el juego de las calorías, ni el de la salud cardiovascular ni el de la modificación corporal, pero es que esos juegos fácilmente se convierten en libros de instrucciones rígidos que pueden dar lugar a personalidades obsesivas y, lo que es peor, a resultados que no llegan, iluminaciones místicas que se resisten, abdominales que no se marcan. Es entonces cuando la obsesión se mezcla con la frustración y seguimos para bingo”, explica Rey. Y concluye: “Me ha pasado. Yo mismo, como entregado practicante de yoga y barra olímpica, y cotizante de las carísimas clases de Barry’s Bootcamp, me descubro en todas y cada una de las contradicciones anteriores: combinar una sesión de entrenamiento intensísimo en el gimnasio con un festín en Goiko ­Grill. También he gastado más dinero en una camiseta para salir a correr que en una camisa para ir a una entrevista de trabajo. Leí una vez que Daphne Guinness iba al gimnasio con camisetas de Rick Owens. Me pareció ridícu­la y aspiracional al tiempo. No hay estilos de vida que me den más miedo que los basados en la coherencia total. En mi escala de los placeres, un bol de patatas fritas en grasa de pato está al mismo nivel que un trikonasana perfectamente alineado”.

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