Paso a dos en el templo del tecno
El Ballet Estatal de Berlín toma la mítica discoteca Berghain de la ciudad

Para describir Berghain hay que pelear duro con la hipérbole. El club de tecno más célebre de Europa queda entre los barrios berlineses de Kreuzberg y Friedrichshain, junto a lo que fue el telón de acero, en un tremendo edificio estalinista de hormigón levantado en los primeros años de la década de los cincuenta. Hace nueve años que, cada fin de semana, se llena con los miles aficionados a los excesos o a la música electrónica que superan la curiosa criba que realizan los porteros. Las dos pistas de baile —una grande, la otra enorme y machacada por unos bajos que la convierten en delirante caja torácica—, sus bares y sus recovecos ocupan solo la mitad de la fábrica, que albergó las turbinas y otros aparatos para la generación del calor que alimentó, por un par de años, los radiadores en la cercana Avenida de Stalin, hoy de Karl Marx. Una puerta lateral se abre a la vieja sala de las calderas, cerrada al público, donde las columnas de cemento dan con el techo a alturas catedralicias. Aquí es donde Berghain y el Ballet Estatal de Berlín estrenaron el sábado Masse (Masa), una coproducción con 30 bailarines, tres coreógrafos y cinco dj’s de lo más granado del tecno.
Son tres piezas en torno al título que ganan intensidad y mejoran en factura según se suceden: la primera Quenque viae, The Dynamics of existence es una coreografía de la bailarina Xenia Wiest con música del dúo de dj’s DIN. Pese a la considerable impresión que causa la sala, que hervía en expectativas, la primera parte resultó lacia, tal vez por el afán explicativo de la coreógrafa. “Todo lo que existe está en movimiento”, dice en el programa.
Nadie espera otra cosa de un ballet, pero la desconcertante serie de escenas, motivos y ropas diversas convencen tan poco como la escenografía, a cargo del pintor estrella berlinés Norbert Bisky. Su especialidad ha sido durante años pintar al oleo jovencitos rubios en escenas escabrosas, pero últimamente se inspira en la violencia y las “catástrofes”. Una espectadora comentaba con malicia: “para catástrofe, el decorado”.
La segunda parte, compuesta por la también bailarina Nadja Saidakova, lleva el aciago título de Boson, por la llamada “partícula de dios” que tanto dio que hablar hace unos meses. Pese a este sobresalto, el baile fluye mejor que el anterior y ofrece algunos pasajes fascinantes, debido también a la luz y al tecno procesional de los dj’s Marcel Dettmann —estrella de la casa— y Frank Wiedemann.
La última pieza, They, Hace palidecer al resto del cartel. El coreógrafo Tim Plegge y el dj Henrik Schwarz plantean un espectáculo de tensiones o encuentros entre individuo y grupo, pareja y masa, con nueve bailarines en escenas expresivas y estupendamente hiladas. El público aplaudió puesto en pie al dj, a los bailarines y a Plegge, que elevaron la velada con su parte, que resultó mucho más melódica y quizá más clásica.
Lo que sucede en Berghain se queda en Berghain, reza el dicho popular berlinés. De Masse se hablará mucho tiempo. Sólo será representada once veces y significará el canto del cisne de la sala de calderas del edificio. Los misteriosos propietarios de Berghain descartan usarla en el futuro, porque no tienen el dinero necesario para afianzar su estructura.
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