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Francisco J. Ayala: “Podremos curar personas clonando células”

El biólogo reflexiona en su último libro, ‘¿Clonar humanos?’, sobre los controvertidos avances de la ingeniería genética y el futuro de la evolución humana

Francisco J. Ayala: “Podremos curar
personas clonando células”

El último libro de Francisco J. Ayala lleva por título ¿Clonar humanos? (Alianza Editorial) y no hace falta avanzar mucho en él para saber que la respuesta es no. No se trata de resolver un misterio. Se trata de una exploración de lo que nos hace humanos, en una época en la que todo se puede copiar. Ayala, madrileño de 83 años, es uno de los mayores especialistas en genética y clonación, con una treintena de libros. En su despacho de la Universidad de California en Irvine, al sur de Los Ángeles, donde enseña biología desde hace tres décadas sin ninguna intención de jubilarse (“hago lo que me gusta, investigar y enseñar”), Ayala responde a la pregunta que plantea en su libro.

“Clonar humanos no se puede en el sentido de clonar a la persona”, explica. “Hay que distinguir entre el genotipo, los genes, y el fenotipo, un término antiguo que incluye a toda la persona. Mis genes se pueden clonar y ponerlos en un huevo y se reproduciría ahí un individuo con mis genes. Pero ese individuo no va a ser Francisco Ayala. Para que lo fuera tendría que haber sido expuesto a toda mi experiencia, desde el seno de mi madre hasta la escuela a la que fui en Madrid, mis amigos y mi familia. Sería un individuo completamente diferente”. En otras palabras, se pueden clonar genes, crear humanos genéticamente iguales, pero copiar personas es otra cosa. Es imposible.

Se han cumplido 20 años del anuncio de la clonación de la oveja Dolly, un antes y un después en la historia de la biología. La imaginación del público se fijó en los humanos inmediatamente. Pero un hombre no es una oveja. Ayala alerta sobre los peligros de la genética: el mito de que somos nuestros genes. “Imaginemos que tenemos 500 libros del tamaño de la Biblia. Serían 3.000 millones de letras, tantas como las que tiene el genoma humano. Tenemos las letras, pero no sabemos lo que quieren decir. Para descifrar el mensaje hay que ir párrafo por párrafo, como en un libro. Todavía hay expertos ingenuos que no tienen en cuenta la complejidad de crear un ser humano adulto”. A Ayala le gusta poner como ejemplo de fantasía el proyecto del biólogo Hermann J. Muller, que se propuso mejorar la raza humana a través de la manipulación genética. Muller planteó crear bancos de esperma de hombres de gran mérito. Llegó a fundarse un almacén de este tipo en California, donde se pretendía que solo hubiera semen de premios Nobel. “La idea de usar esperma de premios Nobel para engendrar gente muy inteligente está mal dirigida. Porque con la edad, el número de mutaciones aumenta y se van acumulando en el esperma. Cuando una persona es premio Nobel, normalmente tiene más de 60 años y por tanto tiene gran cantidad de mutaciones deteriorantes en su esperma”.

Esta es otra idea que va contra la clonación humana. Para cuando una persona decide que quiere ser clonada, o decidimos que alguien merece ser clonado, su genoma acumula muchas mutaciones. “Tenemos 3.000 millones de nucleótidos. Las mutaciones se producen con una frecuencia de una por cada 100 millones. Cada vez que hay una reproducción celular, la nueva célula va a tener entre 30 y 300 mutaciones respecto a la anterior. La gran mayoría son perjudiciales. Pero al mismo tiempo no tienen gran efecto porque la mayoría son también recesivas”.

La selección natural continúa a través de la multiplicación de las mutaciones buenas y la eliminación, por enfermedades y muerte, de las malas, explica Ayala. La adaptación al medio, sin embargo, ya no es genética. “La adaptación de los humanos al mundo moderno es más cultural que genética. Nos adaptamos modificando el ambiente, no modificando los genes. Creamos los ambientes que nos son beneficiosos. Corregimos la temperatura, elegimos las comidas que nos benefician. Se produce el problema del deterioro del medio ambiente, que tendrá consecuencias en muchos sentidos. Pero nuestra adaptación seguirá siendo por medio de la cultura, identificando la forma de vivir bien. Modificar los genes para tratar de crear beneficios no es concebible. No nos vamos a adaptar por medio de mutaciones. Hace varios siglos que la humanidad no se adapta así”.

Aquel proyecto del banco de semen fracasó, por cierto. Y después de dos décadas desde la clonación de la oveja, la aplicación en humanos se empieza a vislumbrar, aunque lejos de las fantasías de hacer copias exactas de personas adultas. Ayala cita dos situaciones. “El primer caso es reemplazar células con defectos genéticos o accidentes. No se ha llegado a conseguir aún, pero se hará en cualquier momento. Por ejemplo, una persona que tenga un accidente y sufra una pequeña rotura en la médula espinal que impide que se transmitan las señales del cerebro y está paralizada. Si se cogen las células de esa persona, se clonan y aprendemos a ponerlas en esa zona, se puede curar. Eso está sobre la mesa”.

“Otra cosa que se está investigando muy activamente es clonar órganos. Si aprendemos a producir un riñón a través de clonación podemos hacerlo con los propios genes de la persona, sin peligro de rechazo”. Ayala apunta también a investigaciones centradas en “cortar el ADN en sitios muy precisos, hacer cortes de 20 o 40 nucleótidos”, que permitirían corregir enfermedades. “Por ejemplo, la anemia falciforme, una enfermedad prácticamente letal. Se debe a que en la hemoglobina hay un aminoácido que está mal. Las células sanguinas se producen constantemente en la espina dorsal. Se podría ir a la espina dorsal, sacar células, y cambiar el ADN que resulta en la producción de este aminoácido”.

Hay 2.000 enfermedades genéticas, y si se suman las mentales, 5.000”, advierte. “No se pueden corregir todas, hay que centrarse en una concreta”. El futuro de una humanidad libre de enfermedades a través de la genética es otra fantasía, advierte, porque además es una carrera contra nuestra propia evolución. “Los individuos tenemos muchas mutaciones nuevas en los genes. Uno puede estar curando enfermedades y que se sigan produciendo mutaciones genéticas dañinas. El mundo ideal de una humanidad sin anormalidades genéticas es inconcebible, y en último término indeseable”, considera.

Ayala no tiene ninguna simpatía por las empresas que hacen análisis genéticos por correo. “No tengo ningún interés y no me fío, lo que hacen es una chapuza”, afirma. “Yo no lo hago porque no me interesa saber lo que tengo. Lo que anuncian en televisión es que puedes saber si tienes antepasados vascos, santanderinos, italianos o africanos. No tengo ninguna confianza en esos resultados. Pero además, ¿qué se aprende de ello?”. Ayala sí admite su asombro por el avance de la tecnología. “La primera secuencia del genoma humano se planteó como un proyecto a 15 años que costaría 3.000 millones de dólares. Se terminó en 10 años y por menos dinero. Ahora se puede hacer por 10.000 dólares en una semana. Lo que avanzó mucho más de lo que pensábamos en los noventa es la tecnología de secuenciación. Nadie se lo hubiera imaginado”.

Aunque critique la popularización de los análisis genéticos, llama a todos estos avances “la cuarta revolución industrial”. Tal es el impacto que cree que va a tener la genética. “Cambiar el genoma tendrá consecuencias enormes. La medicina va a cambiar a largo plazo. Vamos a eliminar gran cantidad de defectos y habrá menos necesidad de hospitales y medicinas”. Partes enteras de la medicina serán sustituidas. Lo que llamamos medicina preventiva tenderá a ser genética. “La revolución va a ser de la salud y el estilo de vida, que va a cambiar cuando no tengamos que ir al médico. Una gran parte de la población lleva mutaciones defectivas y tiene enfermedades con origen genético, hay muy poca gente que no tenga un defecto genético que necesite tratamiento”.

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