MUERE ALMUDENA GRANDES
Columna
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El guion que no se filmó y los Episodios de Almudena Grandes

Las novelas en las que quiso recuperar la memoria de los hombres y mujeres que se habían enfrentado con valor a una dictadura cruel empezaron como un proyecto cinematográfico que no cuajó

Azucena Rodríguez
Almudena Grandes y Azucena Rodríguez, en Madrid, tras el rodaje de la adaptación de 'Atlas de geografía humana'.
Almudena Grandes y Azucena Rodríguez, en Madrid, tras el rodaje de la adaptación de 'Atlas de geografía humana'.

En la primavera de 2002 leí Los aires difíciles y me volví loca con la historia de Sara Gómez, una de sus protagonistas. Conseguí averiguar dónde vivía la autora y dejé una nota en su buzón confesándole mi amor por el libro y el ardiente deseo de hacer una película basada en él.

A través de una llamada de la editorial supe que los derechos ya los tenía un productor. Dispuesta a hacer la película como fuese, pregunté si era posible que me “vendiesen” solo un personaje, el de Sara. La novela era muy larga y por mucho que lo intentase, al productor desconocido no iba a caberle entera en su película.

Lo que pasó después fue una de las suertes más grandes de mi vida. No hice la película. Pero gané algo mucho más valioso, la amistad generosa, tierna, íntima e incondicional de Almudena Grandes. A partir de ese momento empezamos a compartir la vida, confidencias, paseos, mítines, ópera, teatro, actividad política, cine, cenas, risas…

De esos pedazos de vida, los más especiales y los que me ponían más nerviosa, eran los que dedicábamos a que Almu me contase la novela que estaba inventando y que todavía no había empezado a escribir. Yo me sentía la mujer más afortunada del mundo por ese privilegio. Nos recuerdo paseando por la calle y revivo mi sensación de ir flotando sobre coches y personas mientras la oía. Aquellas gentes con las que nos cruzábamos no tenían ni idea de que mientras Almudena hablaba, iba alumbrando los Episodios de una guerra interminable. Esas novelas en las que iba a recuperar la memoria de los hombres y mujeres que se habían enfrentado con valor y dignidad a una dictadura cruel para que nosotros, sus hijos y sus nietos, pudiésemos disfrutar de un país distinto. Unas novelas que, como ella decía, trataban, en definitiva, de “oponer la memoria de los luchadores por la libertad, a una libertad que no ha querido reconocer, ni reconocerse en la lucha de nadie”.

Mientras caminábamos, comíamos o cenábamos, ella me iba hablando de personajes reales e imaginarios, me daba nombres, fechas, me contaba ideas, historias, peripecias, estructuras. Agradecida por el regalo y hecha un manojo de nervios, yo hacía un tremendo esfuerzo por recordarlo todo, por absorberlo, para no hacerme un lío y poder decir lo que me parecía. Ponía los cinco sentidos y otros cinco si los hubiese tenido, para estar a la altura.

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A lo largo de los años, intentamos que alguno de esos libros se convirtiesen en películas. De hecho, Inés y la alegría fue primero un guion que escribió Almudena. Después de pasarnos casi un año dando tumbos por televisiones y despachos, Almu me dijo un día: “Mira, rubia, yo no tengo ninguna necesidad de pasar por esto, así que, si te parece, voy a convertirlo en una novela, que esas sí me las publican”. De ese modo nació el primero de los Episodios de una guerra interminable.

La primera parte de la dedicatoria de esa novela es uno de mis bienes más preciados: “A Azucena Rodríguez, que también escribió esta novela para mí, mientras yo escribía para ella el guion de una película que no se hizo, pero que nos hizo amigas para siempre. Las dos somos Inés porque esta es nuestra historia”.

El dolor por la ausencia de Almudena es enloquecedor. Busco refugio en la alegría de los que no se rinden, como ella me enseñó. A esa alegría pienso aferrarme para intentar vivir sin esa mujer extraordinaria, inteligente, buena, bella, optimista, generosa, fuerte, sensible y llena de talento a la que voy a querer con toda mi alma hasta el último día.

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