Cosas inconcebibles que ya son normales

El estado de alarma, que abandonamos después de tres meses, ha dejado en nuestras vidas hábitos y novedades que, si antes nos los hubieran contado, no habríamos creído

Círculos para marcar la distancia social en Domino Park de Brooklyn, el pasado mes de mayo.
Círculos para marcar la distancia social en Domino Park de Brooklyn, el pasado mes de mayo.Johannes Eisele / AFP

El paréntesis sin precedentes del estado de alarma, que abandonamos después de tres meses, ha dejado en nuestras vidas hábitos y novedades que antes nos habrían resultado inimaginables. Salimos de él acostumbrados a cosas que, si nos las hubieran contado, no habríamos creído. Esta es una lista de todo eso que antes no estaba y ya tenemos asumido como normal.

La mascarilla. Al principio se miraba raro a los pocos que se la ponían, quitando los turistas orientales, y eran tratados de histéricos. Cuando empezó el miedo costaba empezar a ponérsela, pero un día se obró el vuelco: el raro era el que no la llevaba. De pronto nos vimos teniendo conversaciones como si nada con ella puesta. La calle ya es una muchedumbre de medias caras donde te cuesta reconocer a los conocidos.

No tocarse. Dejar de apretarse la mano se tomó al principio a cachondeo, como una excentricidad pasajera de las circunstancias: el 11 de marzo los Reyes visitaron a los Macron y fue noticia que se saludaran de lejos, pero sonriendo por lo raro que era todo. Esa noche fue el Liverpool-Atlético de Madrid y los jugadores también se reían haciendo un nuevo saludo: chocar los codos. Ahora ya no se ríe nadie de no tocarse. Es más, uno se alarma si le tocan. Hoy alguien que se abalance a abrazar a otro, aunque fuera la reina de Inglaterra, sería visto como un elemento peligroso. Se lleva encima el jabón hidroalcohólico (nueva palabra) como si fueran las llaves. Se pone encima de la mesa en el bar, para compartir.

Distancia social. Este fue el concepto ideado para resumir que todo el mundo se quede a dos metros del otro. Ya lo hemos interiorizado, calculamos el perímetro imaginario como si fuéramos personajes de videojuego, que se mueven con un circulito alrededor. Cristalizó enseguida en sillas vacías entre pasajeros, reuniones de ministros con mesas kilométricas. En estas imágenes y situaciones se coló una nueva sensación de soledad. Comenzó a ser habitual ver lugares vacíos, abandonados por la gente: la calle, las ruedas de prensa, el Papa en San Pedro. Ya hacemos colas perfectas como finlandeses con toda naturalidad.

Telecosas. Hemos entrado en la era del saber no estar, algo que desconocíamos e incluso estaba mal visto, por ejemplo en el trabajo. Hacer mero acto de presencia es un engorro que ha sido arrasado. Este viernes hasta hubo una cumbre europea de jefes de Gobierno en videoconferencia, cada uno en su despacho, y ya era rutina. Un viaje menos a Bruselas y todo igual de hablado. Lo sorprendente es lo rápido que fue, por obligación imperiosa. En unos días todos teníamos instalado Zoom. A la semana se hacían televermús con los amigos o la familia. Los niños ya asistían a clase desde su cuarto y se conectaban solos. Miles de chavales han descubierto que si el colacao se cae sobre el ordenador deja de funcionar. Sus padres han pensado que quizá tienen que comprar otro ordenador. Asomarse desde casa ha humanizado a mandatarios, famosos, presentadores. Al salir del estado de alarma, estamos mucho menos dispuestos a perder una mañana para ir a un rollo de reunión. Ha sido una brusca irrupción de lo práctico. Aún no sabemos sus efectos y la parte mala, pero no habrá vuelta atrás.

No ver gente, y ver gente que no veíamos. Ya asumimos como normal llevar meses sin ver a alguien que frecuentábamos, y al mismo tiempo nos relacionamos con vecinos que teníamos enfrente y no habíamos visto en nuestra vida. Todos quedan lejos. Al principio eso produjo una emotividad tal que dabas conversación hasta a los pesados que llamaban para venderte algo. Ahora ya nos hemos acostumbrado, pero ha quedado un poso de amabilidad inusual en las relaciones. Hay algo distinto, de más humanidad, de fondo. No se sabe cuánto durará.

La ciudad amable. Las calles sin coches ni ruido, con aire limpio, donde se oyen los pajaritos, la vida del barrio, han sido un descubrimiento. Algo ha cambiado en nuestra percepción de lo que es posible, su alcance está por ver pero de momento se han disparado las ventas de bicicletas. Al menos en Madrid se nota que la gente lo toma todo de otra manera, es una ciudad más lenta. Ha sido un cambio crucial y sentido que, no obstante, aún no ha tenido ningún eco político. El fin del estado de alarma también deja muchas preguntas en el aire.

La desaparición de los turistas. Hace recobrar la ciudad a sus habitantes. Se vive mejor sin turistas, pero tal como está montado no podemos vivir sin ellos. Es una contradicción sobre la mesa que también espera respuesta.

La sanidad pública. Nos hizo salir a aplaudir todos los días durante casi tres meses. Sabíamos que estaba ahí, y estaba, y menos mal. Pero se nos había olvidado. Ha marcado un hito: se supone que ningún Gobierno osará plantear recortes en los próximos lustros.

La educación, asignatura pendiente. En el estado de alarma los niños han sido el último mono, los colegios han sobrevivido como han podido, lanzados de improviso a lo virtual, y para septiembre se abre un abismo de incógnitas sobre el modelo de educación, que tiene implicaciones en la conciliación de los padres con la vida laboral. Entre todas las preguntas de futuro, esta es una de las más grandes.

Las residencias de ancianos son un negocio y no nos habíamos enterado. Las principales compañías están en manos de fondos de inversión extranjeros. En los últimos años había atraído al capital de riesgo: su margen de beneficio está entre un 20% y un 25%; prometen rentabilidad de hasta un 5%. Solo el 10% son públicas. Esto había en un mundo incómodo que no se quería ver, ahora es donde más personas han muerto. La Fiscalía tiene abiertas ya 224 investigaciones. Es otra cuestión candente sin respuesta política.

Somos más conscientes de cómo funciona el mundo globalizado, hemos tenido que mirar fuera. Comprobar que lo que ocurre en China nos afecta muy rápido. Descubrir dónde están las fábricas de cosas como un respirador mecánico. Que hay muchos objetos que aquí no hacemos y se compran fuera. Que las cosas se pueden acabar porque no llegan. Quién recoge nuestra fruta. Cómo está organizada la distribución de los supermercados. Cómo se organizan en otros países de Europa ante un mismo problema. Que los suecos se pueden equivocar y los portugueses acertar.

La renta mínima. Hasta anteayer era un imposible, utopía. De pronto, ningún partido político se opuso. Hasta ha parecido de cajón y se ventiló con rapidez.

Las comunidades autónomas. Era un ente administrativo bastante ausente como protagonista de la actualidad, aunque todos vivimos en una de ellas. Ahora hemos recordado que tenían la mayoría de las competencias más difíciles en esta crisis: sanidad, educación. El presidente del Gobierno se ha estado reuniendo cada semana con todos sus dirigentes, algo insólito. De pronto se ha visto un país más variado y plural, con más necesidad de coordinación. Ha vuelto un sentido de país entrelazado con los mismos problemas. Para los nacionalismos ha sido un fastidio.

No hablar de Cataluña. Increíble, durante tres meses dejamos de discutir sobre ella. Lo echaremos de menos.

Gastar menos. Esta austeridad impuesta, con el mínimo indispensable y la perspectiva de tiempos inciertos, ha replanteado el consumo en cada casa porque se ha visto que se puede vivir con menos. Se cuestiona la vida que llevábamos. Aunque es violento decirlo, hay cosas de la pandemia que nos han gustado, el parón como liberación y oportunidad de pensar.

Ir sin dinero. Hasta pagas el pan o en el quiosco con tarjeta. Incluso el de los helados ha puesto un datáfono. Cuando te piden dinero por la calle, ya nunca llevas nada suelto. Para los mendigos y los músicos ambulantes es un drama.

Conspiraciones. Mucha gente se cree todo lo que lee por ahí, y encima no sabe ni dónde lo ha leído, ya lo sabíamos, pero esta crisis ha marcado récords, políticos incluidos. El desvarío ha pegado fuerte en medio de la confusión, con teorías paranoicas que se superaban unas a otras. Pero al mismo tiempo los líderes más populistas y bocazas se han estrellado: Trump, Bolsonaro, Boris Johnson. Y se ha restaurado el papel de los científicos, de los que saben. Para descubrir que la opinión autorizada es muy prudente y admite saber poco, y que una vacuna no se hace de la noche a la mañana, es un logro de la medicina, del estudio y del dinero.

La fragilidad. Todo puede pararse de golpe. Cierra tu empresa de la noche a la mañana. Eso no lo sabíamos, pensábamos que nuestras sociedades eran invulnerables, salvo invasión marciana o guerra nuclear. La irrupción de la naturaleza imparable, y encima en su versión más microscópica, como un aviso o una burla, desbarata cierta concepción del mundo. El cambio climático, una catástrofe, de pronto se hace más creíble, y posible, y temible.

Confinamiento. Si hay algo que ahora sabemos, es que se puede estar metido en casa dos meses, ya lo hemos hecho. Si hay que volver a encerrarse no nos asustaremos.

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