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OPINIÓN i

Los no Presupuestos y la no política

España demuestra una vez más que solo sabe discutir, no debatir. Y si llega una nueva crisis económica, el país se encontrará sin los deberes hechos

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta, Carmen Calvo, este miércoles en el debate de los Presupuestos.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta, Carmen Calvo, este miércoles en el debate de los Presupuestos.

El engranaje narrativo del procés deparaba una sorpresa invernal: el diálogo (de sordos) entre el Tribunal Supremo, el Congreso de los Diputados, el Palacio de La Moncloa y la plaza de Colón. El pasado viernes, el Gobierno rompió las negociaciones con los independentistas, un fracaso que nadie se explica porque ninguna de las partes quería ese final abrupto (la única explicación es el desastre de gestión de los negociadores, encabezados por Carmen Calvo, Pere Aragonès y Elsa Artadi, que salen muy tocados de ese episodio). Las derechas intentaron una demostración de fuerza el domingo en Colón. Y a partir de ahí se precipitan las cosas: nadie quiere elecciones pero vamos a elecciones. Los independentistas han votado de la mano de PP y Ciudadanos para rechazar los Presupuestos en el Congreso. La Moncloa se dispone a anunciar el adelanto electoral, con el 28 de abril como la fecha más contemplada en las quinielas. En medio de ese jaleo, en el Supremo ha arrancado un juicio que va a planear sobre la política española durante meses.

Puede que las elecciones sean, a la corta, lo más impactante de esa lasaña de complejidades en las que se ha convertido el relato político-judicial de este mes de febrero recalentado. Pero puede que la falta de Presupuestos acabe siendo tan importante, a la larga, como las elecciones.

España crecerá en torno al 2% este año, con todo el PIB del Atlántico norte desacelerando: las crisis suelen llegar con retraso a la economía española; pero cuando llegan, llegan de verdad. Sin Presupuestos, el déficit público se irá en torno al 2,5%. Algunos de los nuevos impuestos no llegarán; la tasa Google y la tasa Tobin eran un buen tanto publicitario para el Ejecutivo aunque tampoco iban a proporcionar muchos ingresos. Algunas inversiones no se harán, pero el grueso de los nuevos gastos sigue ahí. Subirán las pensiones, el sueldo de los funcionarios y el salario mínimo, que ya están aprobados y no dependen de los Presupuestos. Es casi lo de menos: las cuentas se prorrogan, como ha pasado media docena de veces en 40 años, y no pasa prácticamente nada. O sí: en caso de que la desaceleración fuese más fuerte de lo previsto, tiene pinta de que cogería a España con el paso cambiado y puede que incluso sin Gobierno.

Lo fundamental es la sensación de tiempo perdido. España ha desperdiciado un lustro de fuerte crecimiento para buscarse colchones fiscales y surfear la próxima recesión. En cuanto la troika levantó el pie del acelerador, Rajoy aprobó estímulos en plena reactivación: la política económica equivocada, según ocho de cada tres economistas. Sánchez tampoco ha hecho gran cosa: su debilidad parlamentaria y las negociaciones fallidas con los independentistas le han impedido sacar unas cuentas que en realidad tampoco permitían poner en orden el agujero fiscal. El déficit estructural (mil disculpas al sufrido lector: el agujero fiscal independientemente de cómo esté el ciclo económico) sigue siendo un problema mayúsculo; las cuentas no cuadran. La deuda pública está en torno al 100% del PIB. La deuda externa española es una de las más abultadas de Occidente. La banca está mejor, pero quién sabe. El paro sigue en torno al 15% tras cinco años de aumentos del PIB a toda vela.

Es posible que la próxima crisis tarde en llegar, pero acabará llegando. Cuando lo haga, España no tendrá los deberes hechos: hay que dar las gracias al Gobierno de Rajoy y al de Sánchez, y al ala derecha del Congreso, y a los independentistas. El éxito de las políticas depende de cómo se debaten: España demuestra una vez más que solo sabe discutir, que no sabe debatir. La solución fácil al ovillo político-judicial eran las elecciones. Siempre hay una solución fácil para cada problema: limpia, verosímil y errónea.

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