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Columna
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Doctor Google

Un ‘software’ desarrollado por la tecnológica ha sido entrenado para entrevistar a pacientes y ha demostrado que supera a los médicos de atención primaria diagnosticando enfermedades respiratorias y cardiovasculares

Un robot ayuda a un equipo médico con pacientes con virus respiratorios en un hospital de Italia.
Un robot ayuda a un equipo médico con pacientes con virus respiratorios en un hospital de Italia.FLAVIO LO SCALZO (Reuters)
Javier Sampedro

La fiebre de la inteligencia artificial (IA) se debe a dos causas convergentes. La primera es técnica: una mejora objetiva de los sistemas de aprendizaje automático y de su capacidad de computación. La segunda es sociológica. Nadie vio un problema existencial en los brazos robóticos que sustituyeron a los trabajadores de las cadenas de montaje en las últimas décadas del siglo pasado, pero que las máquinas se entrometan en el terreno de los artistas, científicos, corredores de Bolsa, contables creativos y directores ejecutivos ya nos hace menos gracia. Y menos aún que nos va a hacer. Seas médica, enfermero o paciente, agárrate antes de seguir leyendo. Llega el doctor Google.

Un modelo grande de lenguaje (large language model, LLM, la clase de sistemas a la que pertenece ChatGPT) desarrollado por Google y entrenado para entrevistar a pacientes ha demostrado que supera a los médicos de atención primaria diagnosticando enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Los robots ya están siendo útiles en medicina, pero suelen dedicarse a tareas quirúrgicas de alta precisión, como trepanar un agujero en el cráneo para un implante coclear. Ya sabemos que a los robots no les tiembla el pulso ni después de una mala noche. Pero el flamante doctor Google es un primo de ChatGPT: un conversador. Sus entrevistas a los pacientes superan a las del médico medio. Y para colmo puntúa mejor que ellos en empatía, según la evaluación de los participantes humanos. El trabajo está pendiente de revisión por pares, por si eso le sirve a alguien de consuelo.

El doctor Google se llama en realidad AMIE (explorador articulado de inteligencia médica, siglas en inglés) y es todavía un mero experimento. Las pruebas se han hecho con actores entrenados para fingir una enfermedad u otra, no con pacientes reales. Por supuesto, los científicos de Google aseguran que nadie pretende sustituir al médico de familia, sino complementarle y “democratizar la medicina”, pero la verdad es que esto se está convirtiendo ya en un chascarrillo pelmazo. Si AMIE u otro doctor electrónico de este tipo acierta más que el médico medio en el diagnóstico, y encima resulta más empático que él, su uso en la clínica no solo será posible, sino incluso aconsejable. El argumento en el fondo es el mismo que en las cadenas de montaje, solo que ahora afecta a gente con estudios superiores.

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Una cuestión candente con los modelos grandes de lenguaje (LLM) es la de los derechos de autor. En el caso judicial más rompedor hasta la fecha, The New York Times ha demandado a OpenAI (la empresa creadora de ChatGPT) y a Microsoft (su mayor accionista) por haber utilizado millones de artículos del diario para alimentar a una máquina que ahora pretende competir con él. En el caso del doctor Google, los médicos ni siquiera podrían plantear una acción judicial similar. Es cierto que los creadores de AMIE empezaron por alimentar al modelo con conversaciones médicas transcritas, pero el material de ese tipo es muy escaso en los centros de salud. Así que AMIE se entrenó consigo misma: adoptó el triple papel de paciente, médico y evaluador y dedicó unos meses a mejorar sus respuestas. Debería ser una parte de la propia AMIE quien demandara a la otra, y de esto sí que no hay precedentes.

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