Guerra en la paz
No lo sabíamos, pero ahora todo indica que uno de los próximos objetivos rusos será la UE; es decir: seremos nosotros


Quien no lo ve es porque no quiere verlo: una guerra entre democracia y autocracia se libra en el mundo (o como mínimo en Occidente, o como mínimo en Europa), lo que explica que tanta gente sienta que vivimos una coyuntura semejante a la de los años treinta. Y con razón: contra lo que dice Perogrullo, la historia siempre se repite, solo que nunca se repite de manera idéntica; lo hace con máscaras distintas. En los años treinta el frente de la guerra entre democracia y autocracia estuvo durante tres años en España; hoy el frente está en Ucrania (muchos republicanos que pelearon contra Franco no creían en la exigua democracia española, como no creen en la exigua democracia ucrania algunos ucranios que pelean contra Putin; pero unos y otros defendieron o defienden la democracia, nos defienden a todos). En los años treinta las democracias occidentales abandonaron a la república española, y el resultado fueron 40 años de dictadura y una guerra mundial; ahora las democracias occidentales no han abandonado a Ucrania: algo es algo. En los años treinta la punta de lanza del autoritarismo era Hitler, cuyas intenciones estaban claras desde el principio; ahora la punta de lanza es Putin, cuyas intenciones estuvieron desde el principio claras, como llevan años advirtiéndonos quienes mejor lo conocen. En 2015, Svetlana Alexiévich, autora de un libro magistral sobre la caída de la Unión Soviética (El fin del ‘Homo sovieticus’), afirmaba que Rusia “es una amenaza para todo el mundo civilizado, el triunfo de una filosofía incluso más peligrosa que la soviética; están listos para entrar en cualquier conflicto armado, a solucionarlo todo a través de la guerra, a aplastar al otro. Chechenia, Georgia, Siria, Crimea, Ucrania… No sabemos cuál será el próximo país al que Putin envíe el ejército”.
No lo sabíamos hace 10 años, pero ahora todo indica que uno de los próximos objetivos rusos será la UE; es decir: seremos nosotros. No lo digo yo: lo repiten responsables europeos de primera fila, como el ministro alemán de Defensa, Boris Pistorius, o el jefe del Estado Mayor francés, general Fabien Mandon, que auguran un ataque frontal ruso hacia 2029. Los oblicuos ya han empezado: Moscú emprendió hace tiempo una guerra híbrida contra países europeos fronterizos (y no fronterizos), con drones sobrevolando infraestructuras vitales, explosivos enviados a aeropuertos y ciberataques y campañas de desinformación destinados a sembrar el caos y favorecer a sus comparsas europeos, como la AfD, el partido de extrema derecha alemán. “No estamos en guerra”, ha declarado Friedrich Merz, canciller de Alemania. “Pero ya no estamos en paz”. Y lo peor es que, a diferencia de lo ocurrido en los años treinta, ahora Europa no puede confiar en un Estados Unidos que, con Trump al frente, por momentos deriva hacia la autocracia, o coquetea con ella: lejos de combatir a Putin, Trump se ha aliado con él y con el nacionalpopulismo europeo para desarticular la UE, convertirla en una colonia libre de trabas para los negocios de sus oligarcas (“Hay que abolir la UE”, proclama Elon Musk) y acabar con el fortín más sólido de la democracia en el mundo, o al menos el único que puede hacerle frente —de ahí que esté obsesionado con él—, el pilar básico de un orden internacional regido por las normas del derecho y no por las de la fuerza, que son las que él pretende instaurar.
¿Puede hacer algo la UE ante esta múltiple ofensiva contra ella (con China al fondo)? No solo puede: debe hacerlo; y, además, sabe lo que hay que hacer (solo falta hacerlo): de entrada, respaldar a Ucrania, aplicar los informes Letta y Draghi para concluir el mercado único y mejorar la competitividad, y emanciparse del todo y cuanto antes de Estados Unidos; luego, o mientras tanto, construir una Europa federal, capaz de conciliar la unidad política con la diversidad lingüística y cultural y de convertirse así en el proyecto político más potente, revolucionario y ambicioso de nuestro siglo, el único que puede garantizar, como en los años treinta, la victoria de la democracia sobre la autocracia. Quien no lo ve es porque no quiere verlo.
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