COVID / EL TÁNDEM ILLA-SIMÓN

Una rueda de prensa ininterrumpida

<b>El ministro resistente.</b> Poner de acuerdo a las comunidades autónomas en la lucha contra la covid no ha sido —ni es— tarea fácil. Lo sabe bien Salvador Illa. En la foto comparece en Moncloa el 30 de septiembre tras una reunión del Consejo Interterritorial de Salud.
<b>El ministro resistente.</b> Poner de acuerdo a las comunidades autónomas en la lucha contra la covid no ha sido —ni es— tarea fácil. Lo sabe bien Salvador Illa. En la foto comparece en Moncloa el 30 de septiembre tras una reunión del Consejo Interterritorial de Salud.Juan Carlos Hidalgo (Efe)

La pandemia nos pilló, casualidad, con dos personas muy tranquilas, mucho más de la media, ni parecían españoles, al frente. Dos hombres con cara de no haber roto un plato para asumir un cataclismo. Salvador Illa no solo estudió Filosofía y es del Espanyol, tuvo que negociar el apoyo de ERC al Gobierno, toda una biografía tocada por el sentido de lo trágico. Él ha sido la parte triste de la pareja, el que da las malas noticias. Fernando Simón, en cambio, tenía algo de gracioso, quizá por la voz, los pelos, las pintas de andar por casa, y ha desempeñado un papel más optimista, incluso demasiado.

Aquí hay una inversión de funciones sorprendente: lo normal sería que el científico fuera la voz pesimista que para los pies al político con la frialdad de los datos, y que el ministro fuera quien vende que todo está yendo bien. Pero no, es más, Illa muchas veces ha dado las malas noticias a los dos días de que Simón dijera que no era para tanto. En ese esquema raro, el sabio contiene la alarma y es la autoridad la que luego se pone responsable. Simón parecía ir siempre tarde, por detrás del virus, y era Illa el que llegaba a tiempo, con aplomo. Si esto es política, estrategia o también casualidad, no lo sabemos. Lo que ya sabemos es que Fernando Simón es quien más se ha desgastado.

<b>Vivir ante un atril.</b> Fernando Simón, director del Centro de coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES), en una reunión de su equipo el 23 de junio. Durante los primeros meses de la crisis, compareció ante los medios a diario.
<b>Vivir ante un atril.</b> Fernando Simón, director del Centro de coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES), en una reunión de su equipo el 23 de junio. Durante los primeros meses de la crisis, compareció ante los medios a diario.James Rajotte

Illa tiene algo sombrío, una retórica monótona que nunca deja un fleco suelto. Es pura seriedad, raramente le hemos visto reír. A Simón más, incluso demasiado. Illa era el hombre que no debía estar ahí, la cartera de Sanidad era por darle algo, no entraba en los planes que la gente recordara su nombre. Se le podía llegar a subestimar, pensar que no aguantaría, pero ha resultado de una resistencia sorda. Fernando Simón sí era el que debía estar, como responsable de ese negociado, y siempre ha estado ahí, confinado en una rueda de prensa ininterrumpida, como un Gran Hermano. El espacio más visto en años. Ponías la tele en la pandemia y salía, parecía que vivía allí con el atril. Una galería de imágenes suyas transmite el paso del tiempo, de las estaciones, en este 2020: con pelo largo, corto, cara de sueño, más delgado, manga corta, manga larga, jersey, de entretiempo. Se convirtió en uno de la familia. Tuvo el coronavirus, como uno más. Necesitados de certezas, de creer en algo, se le mitificó, hasta le hacían camisetas. Tipos más curtidos, generales, metieron la pata rápido. Pronto aquella sala se vació, se lo ha comido todo él solo, también aquella famosa almendra, cuando se tomó cierta confianza. Debió de gustarle, se le veía cómodo en escena. ¿Cuándo se rompió el romance nacional con Simón? Quizá cuando alguien que parecía humilde infundió sospechas de que le gustaba el estrellato, que en España está fatal visto. La portada con la moto, las vacaciones con Jesús Calleja. Hasta entonces nadie quería estar en su lugar. También cuando empezó a pesarle la hemeroteca, los vídeos de un mes antes, en que se contradecía. La mascarilla que no era necesaria y luego fuertemente recomendable. Un comité científico ignoto. Un desmadre de datos. Nueve meses de exposición permanente abrasan a cualquiera. El día que dejemos de verle, querrá decir que todo habrá terminado. Quién sabe si un día recordaremos el nombre de Illa.

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