carta blanca
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Querido Bebo

Eras la encarnación de la elegancia, en la vida, y en la música. Cada nota que dabas lo era. Es algo que pertenece al misterio, es un don, un milagro

QUERIDO BEBO, YA sé que no vas a leer esta carta, aunque no creo que te moleste que la escriba, pues más de una vez comentamos nuestra costumbre de hablar con nuestros muertos.

Básicamente quería decirte que te echo mucho de menos, nuestras charlas, nuestros paseos, comidas y cenas, tus historias, tu risa…

Recuerdo tantos momentos, la primera vez que llegué a tu casa, resbalando por los hielos en la noche sueca… Fue un flechazo instantáneo. Yo te pregunté por todos esos años en Suecia, tocando en el lobby de un hotel música ambiental que no molestase a los hombres de negocios que lo frecuentaban, quería saber si no echabas de menos La Habana, tus orquestas… Y tú me respondiste que ese trabajo te había permitido alimentar a tu familia. Y lo agradecido que estabas por ello.

No te gustaba hablar de política, pero los periodistas siempre te preguntaban si no pensabas volver a Cuba mientras estuviese Fidel Castro en el poder. Con la limpieza que te caracterizaba, tú respondías que volverías encantado a Cuba, incluso con Fidel en el poder, siempre que lo hubiesen votado todos los cubanos… Y decías que tú sólo reconocías la Constitución cubana de 1901 y recitabas: “Todos los cubanos son iguales ante la ley. La República no reconoce fueros, ni privilegios personales…”.

Más información
Niña de piso
Los chiflidos

Eras la encarnación de la elegancia, en la vida, y en la música. Cada nota que dabas lo era. Demostrando que eso es algo que no se adquiere ni con dinero, ni por clase, ni siquiera con educación… Sino que es algo que pertenece al misterio, es un don, un milagro.

Y siempre nos repetías que cuando murieras no te llorásemos, sino que bebiéramos a tu salud y lo celebráramos entre amigos.

Nunca olvidaré tu expresión de absoluta felicidad dirigiendo tu Suite cubana en Nueva York al frente de un all-stars del jazz latino… No te olvidaré engullendo el sándwich de pastrami del Carnegie Deli o los callos de Casa Paco… Ni la noche del estreno de Chico y Rita, el cine Callao en Madrid lleno hasta la bandera y en pie aplaudiéndote cuando llegaste, en el que fue tu último aplauso. La última imagen que tengo de ti y que parece salida de una película de Dreyer eres tú despidiéndote de Rosemary en la capilla del cementerio de Benalmádena. Y la última vez que hablamos, por teléfono, unos días antes de tu muerte, ya enfermo en un hospital de Estocolmo, y me dijiste que buscara algún trabajo para hacer y te venías a Madrid…

Cuando terminamos Chico y Rita quería que fueras el primero en verla. Al acabar la proyección una mañana en un cine de Málaga, tenías lágrimas en los ojos y me abrazaste y me diste las gracias. Cosa que no entendí y te lo dije, que las gracias te las dábamos los demás a ti, y entonces explicaste de forma muy simple por qué me las dabas. “Cuando yo ya no esté, y la gente vea esta película, escucharán mi música”. Entendí que eso era lo más importante para un músico.

Así que es una responsabilidad y un placer cumplir tu deseo y que tu música siga sonando siempre.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS