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Columna
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Niña de piso

A ti te tocó la Gran Vía pintada con glamour, la de los Seat 600, los astronautas y el apogeo de los cines. A mí la del tsunami turístico

MARÍA, se hacen llamar Las Kellys, las que limpian habitaciones de hotel. Las escucho en la tele, con sus camisetas verdes reclamando mejoras laborales, y me acuerdo de ti cuando estabas en el hotel Emperador de la Gran Vía madrileña en los años sesenta. La Gran Vía ha tenido tantos nombres —avenida de José Antonio, de México, de la CNT, de Rusia, de Eduardo Dato…, hasta avenida de los obuses en plena Guerra Civil— que al final hemos acordado entre todos no ponerle apellido.

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Fuiste niña de piso. Me lo has contado cien veces: “Recogía la ropa sucia de los clientes y la marcaba con hilo cosiendo el número de la habitación. Cuando salía la colada y se planchaba, subía la ropa limpia en un cesto a cada huésped”. Sé que Leonor, la gobernanta de carácter recio, te apreciaba; que fue tu primer trabajo después de servir en varias casas del barrio de Retiro, y que los jueves te iba a buscar tu novio, el carnicero de Lope de Rueda. Suena a serie televisiva, pero antes era más normal vincular profesión y dirección postal.

Te cuento todo esto porque, más de 50 años después, tu hijo también trabaja en la Gran Vía. Ahora mismo estoy echando un cigarro de liar apoyado en uno de sus edificios. De vez en cuando bajo a la calle para mitigar la fatiga ocular. Recomiendan mirar al horizonte. La verdad es que lo único que resalta si entrecierro los ojos son las letras azuladas de Primark. Una mañana conté casi cien bolsas de papel de la cadena de ropa barata pasando ante mí. ¡Casi cien en no más de tres minutos! Otra de mis rutinas es mover el cuello mientras respiro con el abdomen para desengrasar las cervicales. El otro día, en uno de esos giros psicoactivos, me quedé empanado observando el movimiento de un remolino de aire, de esos que hacen subir y bajar en círculos millones de partículas de polvo, papelitos, colillas y otras mierdecillas de la ciudad.

Nadie se atreve a reconocer que la más famosa arteria de Madrid ya solo es un reclamo reformado, y mareante, para visitantes. Podemos hacernos los generosos y decir que hemos regalado la avenida a los demás, pero en realidad los ciudadanos de Madrid la hemos perdido en la partida del turismo urbano de masas. Mis amigos apenas pasean por ella, tú ya no vienes al cine y yo huyo en cuanto salgo de la oficina.

Hasta sus bocacalles están perdiendo el aroma de barrio. Queda algún bar con reja de ballesta, un salón de baile para mayores, unos billares escondidos, un local de conciertos garajeros, una tienda de trabajos manuales o una librería de cómic. Poco más. Y prostitutas. Ellas nunca desaparecen. Los afluentes de la Gran Vía se están secando en favor de cadenas de tacos mexicanos a euro, de bares sin personalidad que se pegan como rémoras a los hoteles.

A ti te tocó la Gran Vía pintada con glamour, la de los Seat 600, las señoras con vestidos de silueta Dior, los astronautas y el apogeo de los cines. A mí la Gran Vía del tsunami turístico. Según el Ayuntamiento, en temporada alta pasan por sus aceras más de 7.000 personas por hora… También te digo que la calle está bonita y limpia, hasta puedes estirar los pies en los bancos de madera.

Hay un fotógrafo, Luis Camacho, que lleva años visitando todas las semanas la Gran Vía. Sabe esperar la ola de luz que trastoca la fisonomía de las esquinas y los escaparates. No hace posados, los besos se sienten, también las broncas, las caras preocupadas y esas miradas de vaca tolón-tolón de algunos turistas. Me encantaría volver a enamorarme de esta calle. Mamá, cógete el 2 y ven a verme.

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