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Memorias de un embajador

James Costos
Costos, con Anna Wintour, editora de Vogue USA, durante una producción para El País Semanal en la embajada de EE UU en España (2015).

James Costos fue embajador de Estados Unidos en España durante la era de Obama. Estrechó lazos junto a su marido con las personalidades más relevantes de la vida pública, desde la Casa Real hasta La Moncloa. Ahora recuerda aquellos años en 'El amigo americano', redactado junto al escritor Santiago Roncagliolo. Estos son los extractos de algunos capítulos del libro que la editorial Debate publica en octubre


Las veinticuatro horas españolas de Barack Obama

La gente del presidente seleccionó a los invitados entre inversores, según su nivel de intereses en Estados Unidos y su sector: Ana Botín, del grupo Santander; José María Álvarez-Pallete, de Telefónica; el financiero Óscar Fanjul, fundador del grupo Vips; Plácido Arango y su pareja, la escultora Cristina Iglesias, en representación de las artes, y el arquitecto español Alberto Campo, porque en su juventud Obama había deseado (y, afortunadamente, descartado) ser arquitecto, y por último, el doctor José Baselga, como representante de la rama médica. Todos ellos recibieron una llamada la mañana misma del sábado:

—Si usted se encuentra en Madrid, lo invitamos a almorzar en la embajada. (…)

“Rajoy regaló a Obama un jamón, pero no podía hacer mucho más. En sus declaraciones públicas, se le notaba abochornado por la situación…”

(…) A continuación, Mariano Rajoy sostuvo la reunión oficial con su homólogo en el palacio de la Moncloa. Se trataba de un encuentro muy extraño porque, en sentido estricto, no había una Administración. El presidente estaba “en funciones”. España llevaba dos elecciones sin poder formar Gobierno y, aunque Rajoy ocupaba el palacio, no podía pasar leyes al Parlamento, nombrar nuevos ministros ni afrontar reformas importantes. Rajoy le regaló a Obama un jamón, pero no podía hacer mucho más. Incluso en sus declaraciones públicas, se le notaba abochornado por la situación.

Como en sentido estricto no había un Gobierno electo, la visita no podía limitarse al presidente español. Obama debía tener un gesto hacia todos los posibles próximos gobernantes. Nuestra embajada había programado reuniones con los líderes de las tres principales fuerzas parlamentarias españolas después del Partido Popular: PSOE, Ciudadanos y Podemos.

Yo ya los conocía a todos personalmente. En su momento, los había citado a todos en la embajada para conocer su posición sobre las relaciones Estados Unidos-España y tenía una idea formada sobre todos ellos: Rivera me parecía honesto y fiel a sus ideas; Pedro Sánchez, un hombre correcto y profesional; y en cuanto a Pablo Iglesias…, encendía todas mis alarmas su capacidad de seducción.

Obama habla desde la casa de Costos en Palm Springs con el rey Juan Carlos tras abdicar (2014).
Obama habla desde la casa de Costos en Palm Springs con el rey Juan Carlos tras abdicar (2014).

Durante mi entrevista previa con Iglesias, resultó ser un tipo encantador. Su inglés era perfecto. Su hablar, muy suave. Sus maneras, amables. Sabía de muchísimos temas: política, entretenimiento, Hollywood, deportes. Y, por supuesto, sabía de Obama. Me dijo que Podemos había estudiado la campaña de nuestro presidente y la había usado como referencia para las suyas. En suma, te decía exactamente lo que querías escuchar… Y luego lo aprovechaba para hundirte.

En este tipo de reuniones, todos los detalles quedan fijados de antemano para evitar sorpresas desagradables. Uno de los detalles acordados entre la embajada y Podemos era que no habría fotos. Se trataba de evitar una imagen mía con el líder de la extrema izquierda y de mostrar unos Estados Unidos más cercanos a Sánchez y a Rivera, que sí habían tenido sesión de fotos. Obviamente, los diplomáticos no estamos autorizados a pedir el voto para nadie, pero sí podemos tener una opinión, y expresarla con pequeñas sutilezas como esa.

Sutilezas que a Iglesias le importaban bien poco, claro. Al despedirnos, no había periodistas, pero Podemos había llevado su propia cámara. Iglesias me pidió tomarnos una foto. Y yo pensé:

“Venga, vamos a ver qué pasa si lo hacemos”. Al día siguiente, la foto que la embajada no quería estaba en toda la prensa con titulares controlados por Podemos. Y yo volví a recibir críticas en las redes sociales: “¿Cómo es posible?”, “¡No te reúnas con comunistas!”.

El rey Felipe VI, el presidente de EE UU Barack Obama y el embajador Costos, en Nueva York (2014).
El rey Felipe VI, el presidente de EE UU Barack Obama y el embajador Costos, en Nueva York (2014).

A pesar de todo, de cara a la visita de Obama, ese encuentro me previno contra lo que pudiese ocurrir. Al encogerse la agenda del viaje debido a las manifestaciones de Texas, solo quedó un espacio para el encuentro entre el presidente y los líderes de la oposición: la base aérea de Torrejón de Ardoz. Podrían saludarse quince minutos en total mientras el avión presidencial se preparaba para volar a Rota. Hasta ahí llegaron Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias.

En la base, nada estaba preparado para la ocasión. Tuvimos que poner a Sánchez, Rivera e Iglesias juntos en una habitación. Obama esperaba en la de al lado y yo iba y venía llevándole a cada uno de los políticos. El tiempo apenas daba para intercambiar un par de palabras y hacerse la foto entre las banderas, tal y como ordena el protocolo, con una cortina de fondo para disimular la pared pelada. El último en la fila fue Pablo Iglesias, que había llegado sin chaqueta ni corbata, en vaqueros y camisa remangada, y llevaba un libro para el presidente: La Brigada Lincoln, sobre los voluntarios estadounidenses que pelearon por la República durante la Guerra Civil.

El protocolo prohíbe terminantemente entregarles a los jefes de Estado regalos en estos encuentros. Pero yo ya tenía experiencia con Iglesias. Y no solo yo. Más o menos un año antes, en Bruselas, Iglesias se había saltado la cola para entregarle al rey Felipe Juego de tronos en DVD, lo cual había sido un error de quien estuviese al cargo. Esta vez, yo estaba al cargo:

—El libro no, por favor —lo detuve antes de pasar.

—¿Por qué? Es solo un libro. ¿No puedo darle un libro al presidente?

Ahí estaba de nuevo. De verdad, un encanto. Daban ganas de decirle a todo que sí. Pero…

—No.

Costos con su marido, Michael Smith, posando con los alabarderos del Palacio Real de Madrid.
Costos con su marido, Michael Smith, posando con los alabarderos del Palacio Real de Madrid.

Encargué a alguien del equipo que se llevase el libro y se lo hiciese llegar al equipo del presidente. Obama nunca lo vio, a menos que, de vuelta en ­Washington, lo buscase en la sección de regalos del archivo presidencial. De todos modos, cuando Iglesias salió del lugar, contó a la prensa que le había regalado el libro al presidente. Ya lo he dicho: él siempre sabía perfectamente lo que los demás querían escuchar. (Por cierto: comparar los regalos a Obama de Rajoy e Iglesias —el jamón y el libro— es una excelente manera de entender sus diferencias). (…)

La gran fiesta

A mediados de 2011, con miras a la campaña para la reelección de Obama, Michelle vino a California a dar algunos discursos públicos y a recaudar fondos. Como teníamos una relación cercana con ella, el equipo de campaña nos preguntó a Michael y a mí:

—¿Podríais acoger un evento de campaña para Michelle en vuestra casa? Significaría mucho para nosotros. (…)

(…) La casa lucía radiante. Michael la había llenado de flores y de comida deliciosa. Yo quería darle un toque festivo y llamativo a la noche, de modo que añadí una pincelada a la decoración: globos.

Enormes. Rojos, blancos y azules. Era lo único que se veía estadounidense esa noche, y además quedaba divertido. Michelle ofreció un gran discurso, poderoso y estimulante. Luego, mi amiga Virginia, una cantante que trabajaba conmigo en HBO, le dedicó una canción. Todo estuvo perfecto.

Llegaron 380 invitados, entre ellos Steven Spielberg, Jeffrey Katzenberg, Drew Barrymore, Ellen DeGeneres y los productores de los grandes estudios de Hollywood. Sí, había entradas de 35.000 dólares, pero también de 10.000, e incluso de 500, porque queríamos invitar y entusiasmar a gente joven, sobre todo a los artistas. Después de la canción, los invitados se repartieron por distintos salones según su entrada. Los que pagaron las caras tuvieron un poco más de tiempo para conversar y hacerse fotos con nuestra invitada, pero todos pudieron pasar un rato con ella. (…)

El rey cansado

(…) —Tú conoces a Juan Carlos. Deberíamos hablar con él.

“Obama habló con el Rey: ‘Su Majestad, la amistad entre nuestros países es muy estrecha y se ahondará bajo el reinado de su hijo Felipe”

De hecho, Juan Carlos había conocido a todos los presidentes de Estados Unidos desde Kenne­dy, convirtiéndose en un activo muy importante de las relaciones bilaterales. En febrero de 2010, durante el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, había comido con Obama en la Casa Blanca. En esa ocasión, ambos habían hablado mucho sobre América Latina, y Juan Carlos había sido determinante para los planes de Obama de descongelar las relaciones con Cuba. (…)

Entre la parafernalia presidencial hay siempre un equipo de comunicaciones porque todas las conversaciones presidenciales deben estar protegidas y, a la vez, vigiladas. Ese fin de semana, el equipo de Obama montó su sistema en nuestro salón y ahí mismo, aún en pantalón corto de golf, el presidente habló con el Rey:

—Su Majestad, estoy con James Costos, nuestro embajador en su país. Y queremos saludarlo en este momento de cambio por su histórico reinado. Debo agradecer su firme promoción de la democracia en España y su compromiso con las relaciones transatlánticas. La amistad entre nuestros países es muy estrecha y seguiremos ahondándola bajo el reinado de su hijo Felipe.

Estábamos formando parte de un punto de giro de la historia española y, por lo tanto, occidental. Eso era uno de los aspectos más fascinantes de mi época como embajador: encontrarme en casa, con mis perros, descansado, y que los cambios del mundo se presentasen en el salón. Aún guardo una foto de ese instante: está en blanco y negro, lo que realza su seriedad, aunque nuestro aspecto en sí parece bastante informal. Aparezco yo, descalzo y medio desparramado en un sofá. Frente a mí, el presidente Obama, en pantalón corto, habla por teléfono con Juan Carlos.

Más adelante, le pedí al presidente que me firmase esa imagen. Él escribió: “Querido James, me encanta hacer historia desde Palm Springs”. Hasta ahora, tengo la foto en mi escritorio. Es una de mis favoritas.

James Costos iza la bandera multicolor en el asta de la embajada de EE UU en Madrid para inaugurar el mes del Orgullo LGBTQ, proclamado por Obama.
James Costos iza la bandera multicolor en el asta de la embajada de EE UU en Madrid para inaugurar el mes del Orgullo LGBTQ, proclamado por Obama.

El día del arcoíris

(…) El 2 de julio, la embajada en Madrid convocó una gran fiesta del orgullo gay. Esta vez, la lista de invitados fue objeto de especial escrutinio. Yo quería miembros del colectivo que destacasen en todos los sectores. No solo activistas, sino empresarios, artistas, trabajadores. Así, convocamos a la primera pareja gay casada, Manuel Ródenas y Javier Gómez; al juez Fernando Grande-Marlaska (actual ministro de Interior); al diseñador Juanjo Oliva; al político Javier Maroto…

Naturalmente, yo quería invitar al hombre que había liderado la legalización del matrimonio gay en España, una legitimación que cumplía precisamente entonces su primera década. Se trataba del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. Pero a mi alrededor, en la embajada, se alzó más de una ceja al oír ese nombre.

Zapatero no era bienvenido en territorio estadounidense. Él había llegado a la presidencia aupado por la oposición general contra la guerra de Irak, en la que el presidente José María Aznar había involucrado a España junto con George W. Bush. Durante su campaña electoral, Zapatero se había negado a ponerse en pie ante la bandera estadounidense durante el desfile militar del 12 de octubre. Su foto ahí sentado, mientras los funcionarios del Gobierno conservador se levantaban, había aparecido en numerosas portadas, convirtiéndose en un símbolo de su posición. Al llegar al poder, en efecto, retiró a sus tropas del terreno, lo que enfureció a la Administración de Bush. Y como recordaban algunos diplomáticos, su primer invitado internacional fue Hugo Chávez, que a su llegada a España, nada más bajar del avión, saludó el carácter “revolucionario y antiimperialista” del Gobierno que lo recibía. Aún hoy, Zapatero es más amable con el horrendo régimen de Maduro de lo que me gustaría.

Pero en el tema de derechos civiles, en ese momento, había marcado la pauta. Y con el presidente Obama, los derechos civiles tenían prioridad sobre las guerras en la agenda global. No siempre los demás nos parecen perfectos en todos los aspectos.

Con frecuencia, estamos de acuerdo en algunas cosas y en otras no. Pero la política de Obama, como demostró en sus esfuerzos de paz hacia Cuba o Irán, consistía en resaltar lo que nos une para poder hablar de lo que nos separa. Así que, a pesar de las advertencias de mi equipo, asumí la responsabilidad de invitar a Zapatero. El día de la fiesta, bajo la bandera del arco­íris, la de Estados Unidos y el radiante sol de Madrid, di la bienvenida a los 348 invitados con estas palabras:

—Es un placer recibiros en mi hogar para celebrar los valores de la diversidad y la tolerancia, valores que enriquecen a nuestras sociedades… Hoy nos felicitamos de que nuestro Tribunal Supremo haya consagrado el derecho al matrimonio de todos nuestros ciudadanos… Y agradecemos ese éxito al compromiso de miles de individuos, LGBTQ y aliados, que durante décadas han derrumbado las barreras del miedo entre sus colegas del trabajo, sus amigos, sus parientes y la sociedad en pleno… Es un honor hacerlo junto a quienes formaron la vanguardia cuando los españoles lograron extender esos derechos a su propia población y celebrar el décimo aniversario de vuestra ley de matrimonio homosexual. Esta es una celebración del amor. Y el amor siempre gana.

A continuación, el expresidente tomó la palabra y pronunció palabras que emocionaron a todos los presentes, estadounidenses y españoles, homosexuales y heterosexuales, diplomáticos y diseñadores:

—Aprecio al presidente Obama. Jamás me había sentido en una embajada como en mi propia casa, y así me siento hoy. Me levantaría de mi asiento feliz, y veinte veces si fuera necesario, ante el paso de la nueva bandera de Estados Unidos. Señor embajador, su país y el mío se encuentran más unidos que nunca bajo esta bandera de dignidad e igualdad.

Después de los discursos, besé a Michael en los labios y comenzó la fiesta. 

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