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El mago de la soja

Terrateniente sin tierras, visionario, el argentino Gustavo Grobocopatel ha construido un imperio con el cultivo del oro verde

El empresario Gustavo Grobocopatel. Ver fotogalería
El empresario Gustavo Grobocopatel.

Sobre el piso de listones anchos el pie izquierdo y desnudo de Gustavo Grobocopatel se yergue tenso, como si no fuera un pie sino un esforzado órgano de la respiración, algo que busca desesperadamente un poco de aire mientras él, los ojos cerrados, la voz entonada, canta:

–¡Pa ofrecerle a mi dueña tengo un palacio, tengo un palacio…!

Es un día feriado, pasadas las once de la mañana, y el departamento, en la zona de Puerto Madero, Buenos Aires, donde el metro cuadrado puede costar –y cuesta– más de 8.000 dólares, rebosa de una vitalidad optimista, deportiva. En la mesa, puesta para seis, hay fuentes con ensalada, vino. Gustavo Grobocopatel, acompañado al piano por un hombre de melena larga, canta una zamba, un ritmo folclórico, vestido con jeans, camisa oscura, descalzo, y, como si su pie izquierdo lo ayudara a respirar, se yergue sobre él en las notas altas y pisa con la planta llena en las más graves. Cuando termina, el rostro encendido, la barba corta y roja, los ojos celestes coronando un cráneo rotundo y una altura de más de un metro noventa, le dice al hombre del piano:

–¡Muy bien! Bueno, compañero, ya estamos. Tomemos otro mate.

–¿Tarea cumplida?

El oro verde ocupa el 53% de la superficie cultivada de Argentina 

–No. Nunca la tarea está cumplida. Un guerrero nunca descansa.

Dentro de dos meses, Gustavo Grobocopatel ofrecerá un recital en el Centro Cultural Recoleta y esta mañana, antes de un almuerzo con amigos, ensaya.

–Vamos a hacer el mate.

Pronuncia las eses con la misma naturalidad con la que a veces, por ser un hombre del interior (tiene 53 años y nació y vivió hasta hace 5 en Carlos Casares, un pueblo de 20.000 habitantes de la provincia de Buenos Aires, a 300 kilómetros de la capital), las aspira. Camina sin erguirse del todo, como si la altura lo hubiera acostumbrado a un leve encorvamiento que le confiere la actitud de quien se dispone a escuchar una confesión. Hace pocos meses se separó de Paula Marra, su esposa durante 25 años, con quien tiene tres hijos (Olivia, de 22; Rosendo, de 20, y Margarita, de 17), y desde entonces vive en este sitio que le presta su padre: dos habitaciones, living con cocina incorporada, dos baños.

–Voy a mirar cómo se está haciendo el pollo.

–¿Cocinaste vos?

–Sí. Amo cocinar.

En pocos días acudió a Dubái, invitado por el jeque de ese emirato a una reunión de negocios, y después en la cumbre de las Américas celebrada en Panamá, hace meses. Gustavo Grobocopatel es presidente del grupo Los Grobo, una empresa argentina de agronegocios que factura 800 millones de dólares al año, administra 150.000 hectáreas (repartidas entre Argentina, Uruguay y hasta hace poco Paraguay y Brasil, donde vendió sus activos) sembradas en un 60% con soja, el cultivo que alcanzó el récord de 600 dólares por tonelada en 2012 arrastrado por un aumento en la demanda, sobre todo del mercado chino, donde se utiliza como alimento para animales. En la última década, Argentina –que pasó de tener 14 millones de hectáreas sembradas con soja en 2004 a 20,5 millones en 2015– se convirtió en el principal exportador mundial de aceite de soja y está entre los tres mayores exportadores del grano. En ese panorama, Gustavo Grobocopatel es no solo uno de los más importantes empresarios del agro local –alterna el primer puesto con el grupo El Tejar–, sino la cara más visible, enérgica y convencida de un modelo de agronegocios que dio por tierra con el modelo tradicional, y que podría resumirse como agricultura sin capital, sin trabajo y sin tierras: el 90% de las hectáreas que cultiva no son suyas. Y es, también, el modelo de agronegocios que le dio un mote que detesta: el Rey de la Soja.

–No me gusta. Porque no vivo como un rey, no me comporto como un rey. No soy un rey.

Abraham Grobocopatel y su familia llegaron a Argentina en 1912 desde Besaravia, Rusia, gracias a una organización –la Jewish Colonization Association– que ayudaba a los judíos a establecerse en colonias agrícolas argentinas. Se instalaron en la zona de Carlos Casares y uno de sus hijos, Bernardo, comenzó a trabajar en el campo de un vecino haciendo parvas de heno que servían como alimento para la hacienda. Pasó de peón a administrador y llegó a ser propietario de algunas hectáreas que más tarde heredaron sus descendientes, entre ellos Adolfo, que se casó y tuvo, a su vez, cuatro hijos. El mayor –de tres mujeres– fue Gustavo, que a fines de los setenta se marchó a la capital del país a estudiar Agronomía. En 1984, cuando se graduó, volvió a Carlos Casares, pero continuó viajando una vez por semana a Buenos Aires, donde enseñaba manejo y conservación de suelos en la misma universidad en la que había estudiado, la UBA, y tomaba clases de canto. La vocación por la música había empezado en el colegio secundario, continuó con clases particulares en las que ya lleva treinta años, y se desplegó en la conformación de un trío folclórico, el Trío Cruz del Sur). Por entonces, la empresa de su padre constaba de cuatro empleados y 3.500 hectáreas de campo. Veinticinco años después, en 2008, bajo la conducción de Gustavo Grobocopatel, Los Grobo tenía 900 empleados y 255.000 hectáreas sembradas en Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay.

Gustavo Grobocopatel se mudó desde Carlos Casares a Buenos Aires cinco años atrás, pero su ritmo se mantiene inalterable: se acuesta a las diez, se despierta a las seis, tiene el día resuelto a las doce. Ahora son las nueve y media y está sentado en un sofá ocre, descalzo.

–Yo soy judío. Errante. Hoy mi lugar es este. Durante años fue Carlos Casares. No soy nostálgico, apegado a las cosas. Tengo una enorme capacidad de adaptación. Si tengo que estar con un rey, estoy con un rey. Si tengo que estar con un tipo de la calle, también.

Una trabajadora en plena siesta antes de volver a cosechar. ampliar foto
Una trabajadora en plena siesta antes de volver a cosechar.

Además de ser presidente del grupo Los Grobo, es miembro del Consejo Económico y Social de la Universidad Di Tella, forma parte del Consejo Internacional de la Fundación Don Cabral, de Brasil, del Consejo Internacional del EGADE-TEC de Monterrey, México, tiene relación estrecha con algunos líderes sociales como Gustavo Vera, de La Alameda (una fundación que lucha contra la trata de personas), y se siente seguro navegando en aguas que otros empresarios evitan. En 2008, por ejemplo, Juan Carlos Alderete, dirigente de la Corriente Clasista y Combativa, una agrupación política impulsada por el Partido Comunista Revolucionario, lo invitó a su casa para hablar de la crisis financiera mundial de aquel momento.

–Él pensaba que marcaba el fin del capitalismo, y yo le dije que a mí me parecía que era una adecuación del capitalismo, que lo que venía era un capitalismo más fuerte.

En el segundo semestre de 1985, hacía un año que había regresado a Carlos Casares cuando la zona quedó arrasada por una inundación. Él, ingeniero agrónomo experto en suelos, creía que cuando el agua se retirara las tierras iban a producir igual que antes. Sus vecinos, agricultores tradicionales, opinaban que no. Entonces se le ocurrió alquilar un campo inundado con el siguiente trato: Los Grobo –por entonces una empresa familiar en la que participaban él, su padre, sus hermanas y su esposa– sembrarían girasol, lo cosecharían y, en vez de pagar el arriendo en dinero, dejarían sembrada una pastura. Lo hizo y no le fue mal. Poco después empezó a aplicar un método llamado siembra directa, que consiste en sembrar sobre los restos de la cosecha anterior, sin retirar los rastrojos.

A mediados de los noventa, Argentina adoptó la utilización de semillas transgénicas. Si la desventaja de la siembra directa es que no se eliminan las malezas de la cosecha anterior, las semillas transgénicas, al ser más resistentes, en parte la borran. El lado oscuro es que las malezas también se hacen más resistentes y, por tanto, la utilización de agroquímicos para combatirlas aumenta año a año: si en 1970 se usaban más de tres millones y medio de litros de herbicidas, en 2014 se usaron 369 millones. Solo la superficie sembrada con soja recibió más de 200 millones de litros de un agroquímico llamado glifosato, fundamental para combatir las malezas que la afectan.

Para 1992, Los Grobo ya era un pool de siembra –grandes extensiones cuya explotación se concentra en un solo dueño– y en 1996, con el modelo de tierras arrendadas, siembra directa y semillas transgénicas, había llegado a sembrar 70.000 hectáreas en el país. Hoy, además de estar enfocado en la producción agropecuaria, el grupo incluye otras empresas –como Agrofina, que desarrolla agroquímicos y fertilizantes; Frontec, que ofrece una plataforma tecnológica de agricultura de precisión– y provee consultoría y servicios a 3.000 productores que siembran, en total, un millón de hectáreas.

–¿Cómo te ven en tu pueblo?

–En los pueblos tenés a la mitad de la gente a favor y a la mitad en contra. Está la cosa de “Los Grobo te cagan, están con el Gobierno de turno”. Y los chupamedias. Pero antes, para acceder a la producción agrícola necesitabas ser hijo de un estanciero. Esto no es más así. Podés ser el hijo de un peluquero y dedicarte a la agricultura, porque no necesitás tierra, ni capital ni trabajo. Este modelo de negocios democratiza el acceso. La sociedad ya no segmenta entre pequeños y grandes, sino entre los que se adaptan y los que no se adaptan. Los que no se dan cuenta, pierden.

–Pierden puestos de trabajo.

–Vos quitás el puesto de tractorista, pero hay más puestos de trabajo de contadores, de abogados.

En los pueblos tenés a la mitad de la gente a favor y la mitad en contra

–El que perdió el puesto de tractorista no va a tener trabajo como contador.

–No, pero los hijos del que manejaba el tractor sí.

–Entre una cosa y otra hay un hiato complicado.

–Sí, pero eso ha pasado en todas las industrias. ¿La opción cuál es: dejar de producir? Mientras tanto, vos seguís dándole de comer a más gente de forma cada vez más barata. Nosotros aprendimos a hacer agricultura fuera de nuestros campos como consecuencia de una inundación, y me di cuenta de que no tenía sentido tener tierra propia. Que podías crecer enormemente en superficie sembrada con poco dinero y muy rápido. Creo que ahí está la madre conceptual de nuestro modelo de negocios: se puede hacer agricultura sin tierras, sin capital y sin trabajo. Sin tierra, porque la alquilás; sin trabajo, porque lo tercerizás, y sin capital, porque te lo prestan. No sé si somos los creadores, pero somos los que más lejos hemos llevado esta idea.

Que es el motivo por el cual, para muchos, Grobocopatel es una versión criolla de Satanás.

Los cuestionamientos que se hacen a su modelo provienen de académicos, conservacionistas, asociaciones de pequeños y medianos agricultores, y tienen líneas definidas: el sistema de arriendo de tierras (sus detractores sostienen que concentra la explotación y que los pequeños y medianos agricultores se ven obligados a abandonar los campos); el uso de semillas transgénicas (quienes lo cuestionan piden que se aplique el principio precautorio, que consiste en la adopción de medidas protectoras ante la sospecha de que ciertos productos implican riesgo para la salud); el sistema de siembra directa (los que se oponen aseguran que los agroquímicos son peligrosos, a lo que se suma un comunicado reciente de la OMS que incluyó al glifosato como probable cancerígeno); y la poca rotación de cultivos (el monocultivo degrada los nutrientes de la tierra). Todos esos cuestionamientos tienen un protagonista casi excluyente: la soja. Si en 1980 representaba el 10,6% de la producción granaria total en Argentina, en 2008 –con los precios internacionales arañando los 600 dólares– pasó a representar el 50%: todos querían una porción del oro verde. Hoy ocupa el 53% de la superficie cultivada y, a diferencia del maíz o el trigo, que son de consumo interno, casi la totalidad se usa para exportación.

Paula Marra, la exesposa de Gustavo Grobocopatel, vive con su hija menor, Margarita, en el departamento que fue, hasta hace poco, la casa familiar de los Grobocopatel en Buenos Aires, un piso alto en un complejo de edificios lujosos llamado Le Parc. La mañana es fría, pero ella viste una camiseta sin mangas, pantalones de gimnasia. Tiene el pelo corto y unos ojos pequeños, llenos de determinación. Desde 2011 no ocupa ningún cargo en Los Grobo, aunque durante 25 años fue parte fundamental de la empresa, y trabaja en Matriarca, un emprendimiento al que el grupo apoya y que se dedica a vender productos artesanales de mujeres de las comunidades indígenas q’om y wichi del Chaco y Formosa, dos de las provincias más pobres del país. Después de preparar mate en la cocina, hablando de un viaje a Boston que emprenderá en dos días para visitar a su hijo Rosendo, que estudia Ciencias Políticas, regresa a la sala, dispone la pava sobre la mesa.

–Yo estudiaba Agronomía. Un día llegué tarde a la clase. Cuando abrí la puerta me sorprendió ver al profesor, un pibe joven, lindo. Gustavo. Un día me invitó a ir al cine, y bueno. Nos casamos, nos fuimos a Carlos Casares. Nuestro vínculo fue mejorando con el tiempo. Al principio tuvimos discusiones. Él no hablaba. Íbamos mil kilómetros en el auto para un campo, mil kilómetros para el otro, y nada. Fue difícil, porque la empresa empezó a crecer muchísimo y no teníamos estructura. Trabajábamos como locos. A veces siento que estábamos en la playa con una tablita de surf y de repente vino un tsunami y salimos volando. Yo admiro su capacidad de trabajo, su capacidad de hacer, que es infinita.

–¿Lo viste afectado alguna vez por los cuestionamientos que se le hacen?

–No, para nada. Él está convencido de lo que hace. Todos estamos convencidos. Si no, no lo haríamos.

Siembra de soja en un campo de Coronel Dorrego, en Buenos Aires. ampliar foto
Siembra de soja en un campo de Coronel Dorrego, en Buenos Aires.

En 2014, en un artículo publicado por la revista virtual lavaca, Gustavo Grobocopatel decía: “(…) China consumía 7 kilos de carne por habitante hace 30 años, ahora consume 70. Los que dicen que no hay que venderle forrajes a los chinos piensan: que se caguen de hambre. No les importan los pobres del mundo. El que piensa así es un hijo de puta. Bueno: que permita que otros ayudemos a esa gente”.

La voz del hombre llega por teléfono. Es académico y, aunque se lo sindica como un conservacionista moderado, dice: “No voy a participar en un artículo sobre Grobocopatel. Cuando uno se encuentra con gente que vive en pueblos fumigados, con tipos a los que se les murieron los hijos por un cóctel de agroquímicos, no hay manera de no ponerse en un extremo. Es mentira que hacen soja para alimentar a la gente. Yo acepto que me digan que enriquecerse es glorioso. Pero no voy a aceptar que me digan que lo hacen para alimentar a la gente”.

Si los opositores a su modelo aseguran que el proceso de siembra directa degrada los suelos, él sostiene que “con la siembra directa se frena el proceso de erosión”. Si los opositores a su modelo aseguran que el glifosato afecta la salud humana, él responde que no hay evidencia científica pero que, si la hubiera, la decisión final debería ser del Estado. Si los opositores a su modelo afirman que los pooles de siembra han destruido el modelo agrario tradicional, él dice: “Hicimos la revolución agraria que democratizó el acceso a la tierra. La tierra no está en manos de los herederos, sino de los emprendedores profesionales que ocupan el espacio que tenían antes los herederos”.

En el baño de visitas de la casa de Gustavo Grobocopatel hay tres objetos: una toalla, un jabón, un rollo de papel higiénico. La austeridad se replica en la sencilla oficina en la que trabaja, a pocas cuadras; en su auto, que es el mismo desde hace siete años; en su costumbre de usar el transporte público portando una tarjeta SUBE, que otorga descuentos a los usuarios.

–Mi viejo siempre decía: “Si no cuidás lo poco, no cuidás lo mucho”. Pero me parece más importante no perder el entusiasmo por lo que hago que perder el dinero.

–Pero si perdieras todo…

El Estado debe promover la rotación de cultivos y no lo hace

–No tengo problema con eso. No tengo chofer, no uso alhajas ni relojes. La primera pelota de fútbol que tuve me la gané con un álbum de figuritas, a los 10 años. Ahora viajo en business, no porque crea que me lo merezca sino porque no entro en turista. La plata la gasto en viajes. A mi mujer y a mí nos parecía que nuestros hijos tenían que mirar el mundo entero como un lugar de oportunidades, no solo el país o el pueblo.

Hace un par de años, Los Grobo vendió sus activos en Brasil en 450 millones de dólares al grupo japonés Mitsubishi. Aunque eso retrasó un objetivo importante –la transformación de Los Grobo en una multinacional–, él lo cuenta con orgullo: “Me decían: ‘Lo que vos vendés no vale nada, vendés viento. No tenés tierras, no tenés maquinaria’. Y ahora les digo: ‘¿Vieron? Algunos están dispuestos a pagar muy caro por el viento”.

Omar Príncipe, presidente de la Federación Agraria Argentina, que engloba a pequeños y medianos productores, dice por teléfono:

–En mi pueblo, que tiene 3.500 habitantes, somos 350 productores que trabajamos 36.000 hectáreas. Vamos a comprar el pan al pueblo, cuando se rompe una máquina la llevamos al taller del pueblo, compramos gasoil y fertilizantes en el pueblo. Hace poco leía que un pool que sembraba 35.000 hectáreas se quejaba de la baja rentabilidad. Un solo pool siembra todas las hectáreas que sembramos 350 productores que generamos trabajo en un pueblo de 3.500 personas. Esa es la diferencia entre un modelo agropecuario y otro.

Ayer en la noche fue al cine, solo, a ver una película turca. Al salir, Gustavo comió pizza en la avenida Corrientes. Hoy el departamento está como todos los días: tranquilo, solitario.

–Si vos me dijeras cuál es el mejor momento de la historia y el mejor lugar para ser empresario de los agronegocios, te digo acá y ahora. Es la época del mundo donde uno puede ser más útil para la sociedad, donde está el desafío de alimentar, los temas ambientales. El país produce unos cien millones de toneladas de soja. Se habla de 160 millones para 2020. Y no hay agronegocios en el mundo que sean plataformas tan bien estructuradas como Los Grobo. Por eso le tengo mucha fe.

En marzo de 2014, en Infobae, decía que “la producción agrícola de Argentina de los últimos siete años a esta parte se mantiene estancada (…) Estamos sufriendo las consecuencias de unas políticas equivocadas”, refiriéndose, entre otras cosas, a las retenciones impositivas del 35% que se hacen a las exportaciones de granos (en 2008 el Gobierno intentó aumentar esas retenciones y, después de un profundo conflicto con el campo, la subida no se aprobó).

–Entre otras cosas, las semillas transgénicas que están usando son muy cuestionadas por grupos conservacionistas.

–Yo creo que habría que poner el foco en los mecanismos de control, no en oponerse a la tecnología. Si no hubiésemos hecho desarrollos tecnológicos, el riesgo de contaminación hubiese sido menor, pero más gente se hubiese muerto de hambre.

Fabio Quetglas es profesor de Desarrollo Local y Economía Social en la UBA y conoció a Gustavo Grobocopatel en 2008. Desde entonces son amigos y salen a caminar los domingos por la mañana.

Grobocopatel y su exesposa trabajando en un hotel durante una visita a Venezuela. ampliar foto
Grobocopatel y su exesposa trabajando en un hotel durante una visita a Venezuela.

–Yo doy clases en la Facultad de Ciencias Sociales. Hay 3.000 alumnos y 37 agrupaciones políticas. Les dije a mis alumnos: “Vamos a discutir el modelo agrario con Grobocopatel”. Para ellos, Grobo era el diablo. Pero se los metió en el bolsillo. Les dedicó cuatro horas de su tiempo. Un pibe le dijo que él era una bazofia, un estafador del futuro de la humanidad, y él escuchaba con paciencia y respondía.

–¿No podría pensarse que es una manera de mejorar una imagen cuestionada?

–El Estado tiene que ocuparse de promover la rotación de cultivos, reglamentar la zona de siembra, y no lo hace. Gustavo entiende que si la mayor parte de una sociedad se resiste a ciertas tecnologías, no hay que dar respuestas técnicas sino hacer pedagogía. Ahora, ¿lava la cara con eso? A mí me parece que lo hace de manera genuina. Pero si lo vamos a ver de forma descarnada, hay una cuestión de conveniencia: él no cree que sea sostenible un modelo de negocio cuestionado por la mayoría de la sociedad.

Norma Giarracca y Miguel Teubal estaban, en marzo de 2015, en la casa que compartían desde hacía décadas. Teubal es economista, experto en sistemas agroalimentarios e investigador del Conicet. Giarracca era socióloga, profesora del Instituto de investigaciones Gino Germani, de la UBA, y falleció en junio pasado.

–Lo que pasa –decía Norma Giarracca– es que el discurso de Grobocopatel es muy seductor, pero sus supuestos son falsos. Él dice que se necesita aumentar la producción de alimentos en el mundo. Falso. La producción basta para alimentar a la humanidad entera; el problema es la distribución. Dice que la ciencia lo controla todo. Falso. La ciencia tiene, para controlarse, el principio precautorio.

–¿Vos creés que, en el caso de que esos supuestos sean falsos, él lo sabe y los sostiene a pesar de saberlo?

–No. Yo creo que es un problema ideológico. Que está convencido. Porque si no qué es, ¿un hombre muy malo que quiere que los chicos se enfermen? No creo.

La mañana es gris, apelmazada. Grobocopatel camina hacia un café que queda a una cuadra de su casa y donde va a encontrarse con el periodista de un diario económico. Aunque faltan diez minutos para el encuentro, quizás conociendo la puntualidad prusiana de su entrevistado, el periodista ya está en la puerta. Grobocopatel se presenta y le pide que lo espere diez minutos. Entra al bar, se sienta.

–Me quedé pensando en una pregunta que me hiciste. Si le tenía miedo a algo. Un miedo muy común es el miedo a la muerte, ¿no?

Afuera, Puerto Madero parece una zona cubierta por capas de silencio y de inmovilidad.

–Supongo que, si ahora me llevara por delante un auto y quedara tirado en el piso y tuviera un segundo para pensar algo, creo que sería: “Qué suerte todo lo que hice”. No le tengo miedo a la muerte.

Hace una pausa, se reclina en la silla, se cruza de brazos.

–¿Y a qué otra cosa podría tenerle miedo? No se me ocurre a qué.

elpaissemanal@elpais.es

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