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El impostor de ‘el impostor’

El escritor Javier Cercas retrata en este texto al personaje que protagoniza su nuevo libro: Enric Marco, un impostor que hizo creer a todos que fue superviviente del Holocausto

Siguiendo la tradición de los grandes farsantes de la historia, Marco inventó su propio personaje. Y acabó devorado por él. Esta es su historia

Enric Marco, a la derecha de la imagen, desenfocado, pronuncia unas palabras en 2004, acompañado de Jorge Semprún (a su derecha), durante un acto de homenaje a las víctimas catalanas del nazismo. Ampliar foto
Enric Marco, a la derecha de la imagen, desenfocado, pronuncia unas palabras en 2004, acompañado de Jorge Semprún (a su derecha), durante un acto de homenaje a las víctimas catalanas del nazismo.

1. Me piden que escriba una invitación a la lectura de El impostor, y lo primero que pienso es que no puedo escribirla: modestia aparte, yo soy buenísimo hablando mal de mí –como me encantaría que comprobasen leyendo El impostor-, pero soy malísimo hablando bien de mi, y no veo cómo podría invitarse a leer un libro sin hablar bien de él. Lo segundo que pienso es que, como dice Ricardo Piglia, no tiene mucho sentido que un escritor hable sobre el libro que acaba de publicar, porque la mitad de lo que tiene que decir sobre él ya lo ha dicho en el propio libro, y la otra mitad lo dirá en el siguiente. Pienso en lo que dice Piglia porque mi caso es todavía más dramático, al menos en El impostor: aquí no he dejado nada para el libro siguiente, lo he dicho todo en éste, absolutamente todo, hasta el punto de que ahora mismo mi impresión es que no tengo nada más que decir. Ni sobre este libro ni sobre nada.

De todo corazón espero estar exagerando, pero mientras tanto me explico. En muchas de las novelas que he escrito no sólo se cuenta una historia (o varias que en realidad son una sola); también se cuenta cómo y por qué se cuenta esa historia, el proceso mismo de la escritura, las entretelas del libro, eso que los cineastas llaman el making off, y de ahí que aproveche la más mínima oportunidad para repetir que lo que yo escribo son novelas de aventuras sobre la aventura de escribir novelas. En el fondo, quizá todas las novelas lo son, pero en ninguna de las mías es más claro esto que en El impostor, en parte (pero sólo en parte) porque en ninguna de ellas ha sido más largo, tortuoso y complicado el proceso de elaboración. Desde hace casi diez años, cuando estalló el caso en torno al cual gira este libro, estuve intentando escribirlo, o tal vez aplazando su escritura, quizá asustado por lo que podría encontrar escribiéndolo. Lo cierto es que durante todo ese tiempo empecé a escribir este libro dos veces, y las dos acabé abandonando; lo cierto también es que, mientras trataba una y otra vez de escribirlo, mientras me preguntaba si tenía o no legitimidad para escribirlo, publiqué otros dos libros, pero entre tanto El impostor creció dentro de mí como una criatura en el vientre de su madre, de tal manera que cuando me puse por fin a escribirlo fue como un parto. Un parto feliz; insólitamente feliz, debería añadir. Sólo hay una cosa con la que disfrute tanto como escribiendo, pero soy un escritor tan dubitativo, inseguro y angustiado como el que más, y desconfío como el que más de la facilidad, de cuando las cosas salen a la primera o parece que salen a la primera; quizá por eso casi nunca he tardado menos de tres o cuatro años en terminar un libro. Este, sin embargo, lo he escrito en apenas un año, con una seguridad y una alegría que no había experimentado nunca, en algunos momentos arrebatado por el sentimiento ilusorio de que el libro ya estaba escrito y yo no hacía más que pasarlo a limpio. Sólo por la felicidad que me ha deparado escribirlo debería hablar bien de él. O por lo menos debería intentarlo.

Enric Marco concedió decenas de entrevistas, pronunció conferencias y recibió relevantes distinciones

2. Cualquier novela pasablemente buena tiene un tema visible y un tema invisible; el fundamental es por supuesto el invisible, pero sólo se puede acceder a él a través del visible. ¿Cuál es el tema visible de El impostor?

Todos ustedes lo recordarán, porque el caso se convirtió en un escándalo resonante y su eco alcanzó hasta el último rincón del planeta. Su protagonista fue Enric Marco, un nonagenario barcelonés que durante casi treinta años se hizo pasar por superviviente del campo nazi de Flossembürg, hasta que fue desenmascarado en mayo de 2005 por un oscuro historiador llamado Benito Bermejo. Cuando esto ocurrió, Marco llevaba más de dos años presidiendo la Amical de Mauthausen –la asociación que reúne en España a la mayor parte de los casi nueve mil supervivientes y familiares de supervivientes españoles de los campos nazis-, había pronunciado centenares de conferencias, había concedido decenas de entrevistas de prensa, radio y televisión y había recibido importantes honores y distinciones, entre ellos la Creu de Sant Jordi, la máxima condecoración civil que concede el gobierno de la Generalitat de Cataluña. En resumen: durante los años de apogeo de la llamada memoria histórica, Marco fue una auténtica rock-star de la llamada memoria histórica, cuyos discursos sobre su experiencia inventada de los campos nazis conmovían a las audiencias mucho más que los discursos de los verdaderos deportados, como pudo comprobar todo el mundo el 27 de enero de 2005, cuando habló en nombre de todos ellos en el Congreso de los Diputados durante el primer homenaje tributado por el parlamento español a las víctimas del nazismo y consiguió conmover en algún caso hasta las lágrimas a los parlamentarios reunidos para la ocasión; por lo demás, sólo el descubrimiento in extremis de la superchería impidió que, tres meses y medio después de esa interpretación estelar, Marco se superara a sí mismo pronunciando un discurso en el campo de Mauthausen, ante el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y otros altos dignatarios europeos, durante la conmemoración de los sesenta años del fin del delirio nazi.

Ese es Enric Marco, o esa es la cara más visible de Enric Marco, el protagonista aparente de este libro, su tema visible. El impostor cuenta de entrada su historia: su falsa historia, por supuesto, la historia heroica y sentimental que inventó a lo largo de toda su vida para ocultar su historia verdadera, y de la que su estancia ficticia en un campo nazi es sólo una pequeña parte; pero también cuenta o trata de contar su historia verdadera, tremenda y prosaica -desde su nacimiento a principios de los años veinte en el manicomio de Sant Boi de Llobregat, hijo de una madre maltratada, abandonada y esquizofrénica, hasta su vejez actual de casi centenario y superviviente de su propia leyenda de gran impostor y gran maldito-, una historia en realidad mucho más apasionante que su historia apócrifa, porque es un espejo fidedigno de la tremenda historia de la España del último siglo. No voy a contarla aquí, sobre todo porque, si pudiera hacerlo, no la habría contado en un libro; más aún: porque, si pudiera hacerlo, mi libro sería un mal libro, cosa que espero que no sea. Me limitaré a decir que, al menos en este plano superficial, mi labor ha sido fundamentalmente detectivesca –y de ahí que el libro tenga en muchos momentos un aspecto de thriller-, y que mientras la llevaba a cabo descubrí muchas cosas, pero sobre todo una, y es que los buenos mentirosos no sólo trafican con mentiras, sino también con verdades, y que las grandes mentiras se fabrican con pequeñas verdades.

El barcelonés Enric Marco, durante una visita al campo de concentración de Mauthausen en 2003, donde rindió homenaje a los republicanos exterminados. ampliar foto
El barcelonés Enric Marco, durante una visita al campo de concentración de Mauthausen en 2003, donde rindió homenaje a los republicanos exterminados. getty

3. Tengo una sospecha; o más bien una certeza: a principios de siglo XXI, el lector común y corriente, que es el único que cuenta, se maneja con una idea de novela un poco estrecha, por no decir reductora. Esta idea ni siquiera es del siglo XX, sino del XIX; según ella, una novela sería, digamos, una ficción en prosa de una cierta extensión en la que se narra con la mayor rapidez y economía de medios la historia de unos personajes a través de los cuales se propone el estudio de una pasión, o de un conflicto de pasiones, o de una ausencia de pasiones, en un lugar y un tiempo determinados. He combinado en la anterior definición palabras de E. M. Forster y de Alain Robbe-Grillet, dos excelentes novelistas del siglo XX, aunque podría haber usado otras; no importa: lo que importa es que a esa idea de novela debemos muchas novelas magistrales, pero también el triunfo de un modelo novelístico tan avasallador que por momentos ha conseguido convencernos de que era el único.

No lo es. Hay un modelo de novela más abierto, menos rígido y geométrico y más plural; también más antiguo: en rigor, es el modelo acuñado por Cervantes y seguido por los grandes novelistas ingleses y franceses del siglo XVIII, en realidad por toda o casi toda la gran novela europea anterior al XIX. Esta clase de novela no se concibe a sí misma como una carrera de bólidos, donde prima la eficacia y donde todo debe desempeñar una función específica (que es la clase de novela en que ha desembocado casi siempre el modelo decimonónico), sino más bien como un banquete con muchos platos, como un menú degustación o un gran cocido donde son bienvenidos toda clase de platos o ingredientes: la historia, el ensayo, la crónica, la biografía, la autobiografía. A esa libérrima y suculenta tradición de la novela quiere en parte acogerse El impostor, ese es el modelo narrativo que de alguna manera quiere recuperar o que se niega a olvidar, igual que quieren recuperarlo o no quieren olvidarlo todas o casi todas las novelas que he escrito y algunas de los novelistas recientes que más me interesan. No estoy diciendo por supuesto que ya no se pueda o se deba escribir novelas como en el siglo XIX (la realidad es que la mayoría de las que se escriben ahora mismo son así, y que algunas siguen siendo muy buenas); sólo digo que no entiendo por qué deberíamos renunciar a escribirlas de otro modo, por qué no deberíamos aprovechar la entera experiencia histórica de la novela moderna –desde Cervantes hasta hoy mismo para escribir las mejores novelas de las que seamos capaces, redefiniendo y ampliando la noción misma de novela y oponiéndonos al reduccionismo estético de la ortodoxia decimonónica, novelas que combinen el rigor arquitectónico de la novela del XIX y el espíritu libérrimo de la del XVIII, que sean a la vez fulgurantes carreras de bólidos y suntuosos banquetes con muchos platos. ¿Es El impostor historia? Sí. ¿Es ensayo? También. ¿Es crónica? Desde luego. ¿Es biografía? Sin duda. ¿Tiene algo de autobiografía? Por supuesto. Pero eso no significa que sea ni una biografía ni una autobiografía ni una crónica ni un ensayo ni un libro de historia; eso significa que es o aspira a ser todas esas cosas a la vez, y que precisamente por eso es una novela: porque la novela es el género más libre, el más versátil, el más capaz de acoger a todos los demás géneros, y de alimentarse de todos.

Lo más extraordinario de Enric Marco es que se trata de un hombre radicalmente normal y a la vez radicalmente excepcional

Aclaro también que El impostor no es una ficción; no podía serlo, o por lo menos no debía serlo. Escribir una novela consiste en diseñar un juego regido por unas reglas precisas (leerla consiste en descifrar, a través del laberinto de pistas armado por el autor, cuáles son esas reglas); cada novela debe tener unas reglas distintas: una novela con unas reglas iguales a las de otra es una mala novela, porque cada novela es la formulación más compleja posible de una pregunta sin respuesta o sin una respuesta inequívoca, y, dado que cada novela formula o debe formular a su vez una pregunta distinta, la formulación de la pregunta también debe ser distinta. Como la de casi todas las novelas, la pregunta de El impostor es elemental (no así, espero, su formulación), pero corresponde al lector descubrirla. Sólo diré que mucho antes de empezar a escribir esta novela yo ya sabía cuál iba a ser la primera regla que la gobernase; tratándose de la historia de un gran embustero, de un fabulador genial, de un fastuoso creador de ficciones sobre sí mismo, o de autoficciones, contar su historia mediante la ficción hubiese sido redundante, literariamente irrelevante. Por eso El impostor es lo que es: un relato rigurosamente real o una novela sin ficción saturada de ficción. La ficción, casi sobra decirlo, no la pongo yo; la pone Enric Marco.

4. ¿Por qué tenía miedo de escribir este libro? ¿Por qué me intimidaba lo que podía encontrar escribiéndolo y aplacé durante años su escritura y lo abandoné dos veces?

Un escritor es como un espeleólogo: armado sólo con la linterna del lenguaje, debe adentrarse en una oscuridad que nadie antes que él había explorado, lanzándose “al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo”, por decirlo con el verso de Baudelaire. Es un trabajo apasionante, pero no cómodo, y en mis malos momentos yo también me arrepiento de haberlo elegido; porque, como persona, soy razonablemente cobarde, pero como escritor no puedo serlo. Un escritor cobarde es como un torero cobarde: un oxímoron, una contradicción en los términos; un escritor cobarde se ha equivocado de oficio. Lo primero que debe tener un escritor es el coraje (o la temeridad) de investigar hasta el límite aquello que realmente somos, en toda su infinita complejidad, en toda su abyección y toda su nobleza, en toda su radiante maravilla y todo su espanto: al fin y al cabo, la misión de la literatura consiste en realizar la cartografía completa e imposible del ser humano, igual que la misión de la espeleología consiste en realizar la completa cartografía del subsuelo terráqueo. El hecho es que, cuando hace casi diez años estalló el caso Marco, yo intuí al instante que en la atroz impostura de Marco se agazapaba algo peligroso, sombrío y desconocido, algo que me interpelaba a mí y a todos, algo que nos atañía a todos porque profundamente me atañía a mí, que soy un hombre común. Tan profundamente que me asustó. Porque también intuí al instante que internarme en el caso Marco equivalía a bajar a una cueva tenebrosa, plagada de precipicios de vértigo, trampas mortales y engendros salidos de lo más profundo del Averno humano, demasiado humano, que todos llevamos dentro. Ahora sé que esa doble intuición era exacta. Ahora ya puedo decir que mi miedo estaba justificado.

Era previsible: la literatura no es un pasatiempo inocuo; según se dice en El impostor –y estoy de acuerdo con ello-, “si la literatura sólo sirve de adorno, a la mierda con la literatura”. Tal y como yo la entiendo, la literatura es un peligro público; para quien la escribe pero también para quien la lee: no sirve para tranquilizar sino para inquietar, no para estabilizarnos sino para revolucionarnos, no para confirmarnos en nuestras certezas sino para dinamitarlas, no para firmar la paz sino para declarar la guerra. Eso es la literatura. O eso debería ser.

5. Tengo que darles una noticia: El impostor no trata en el fondo de Enric Marco; ya se lo había adelantado: Enric Marco es sólo el tema visible de El impostor.

Entonces, ¿cuál es su tema invisible? ¿De qué habla en realidad El impostor?

Lo más extraordinario de Enric Marco, aparte de su vitalidad milagrosa y su inigualable capacidad histriónica, es que se trata de un hombre radicalmente normal y a la vez radicalmente excepcional. Es radicalmente normal no sólo porque a lo largo de su dilatada vida haya estado siempre donde estaba la mayoría, sino también porque es lo que somos todos; y es radicalmente excepcional porque es lo que somos todos pero lo es a lo grande, de una forma exagerada, más potente, más intensa y más palmaria que nadie que yo conozca o de quien haya tenido noticia, como si fuera lo que todos somos pero iluminado por una monstruosa lente de aumento que nos permitiera vernos en él, monstruosamente. De eso habla El impostor: no de lo que es Marco sino de lo que somos todos, o de lo que somos todos reflejados en el espejo deformante y alucinado de su historia; de esa verdad universal trata El impostor: de nuestro desesperado y humillante deseo de ser a toda costa aceptados, queridos y admirados, de nuestra absoluto rechazo a reconocernos tal y como somos y de nuestra invención permanente de una vida paralela, ficticia y halagadora, capaz de volvernos soportable la vida real, de nuestro conformismo y nuestros embustes, de nuestra insaciable capacidad de decir Sí y nuestra eterna y cobarde incapacidad de decir No, de nuestra hambre feroz de ficción y nuestro doloroso imperativo de realidad, de los montones de mentiras colectivas que nos hemos contado y nos seguimos contando a diario en este país (mentiras sobre la guerra y la posguerra, sobre el franquismo y el antifranquismo, sobre la Transición, la democracia actual y la llamada memoria histórica), del hecho incontestable de que todos representamos un papel, de que, igual que actores en un escenario, todos somos y no somos lo que somos, de que todos, de algún modo, somos Enric Marco. “De te fabula narratur”, dice Horacio: la historia habla de ti. De eso trata en verdad El impostor: no de Enric Marco sino de mí, que he escrito su historia; no de Enric Marco sino de quienes la lean, hipócritas lectores, mis semejantes, hermanos míos, y también de quienes no la lean. El verdadero impostor de El impostor no es Enric Marco: es usted.

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