La crisis del coronavirus

El consejo asesor de Calviño rebaja el optimismo del Gobierno en 2021

Los expertos piden más activismo fiscal, un plan de recorte del déficit a cinco años, claridad con las reformas y apuntan que la previsión de PIB, del 9,8%, está plagada de condicionales en un escenario de incertidumbre radical

Obras de construcción de edificios residenciales en Valdebebas (Madrid), en diciembre.
Obras de construcción de edificios residenciales en Valdebebas (Madrid), en diciembre.Olmo Calvo

Cuando España se despertó de la Gran Reclusión, la Gran Recesión todavía estaba allí: el coronavirus se encontró una economía con las cicatrices aún frescas de la pasada crisis, sin colchones fiscales y con unos niveles de paro y desigualdad lacerantes. El Gobierno reaccionó relativamente bien ante la incertidumbre radical asociada a la irrupción de la covid-19 y el formidable batacazo económico inmediatamente posterior, pero con matices: fue reticente a usar todo el instrumental de política económica a su alcance, según los asesores de la vicepresidenta Nadia Calviño, en parte porque una facción del Consejo de Ministros seguía instalado en el esquema intelectual de la crisis anterior, y en parte porque había poco margen fiscal y los recortes patrocinados por Bruselas y el BCE hace 10 años aún escuecen. Además, La Moncloa peca de optimista de cara a un 2021 plagado de riesgos: así lo cree la gran mayoría de las voces del consejo asesor de Economía, un órgano consultivo con 17 expertos de primer nivel consultados por EL PAÍS.

El PIB cayó por encima del 10% en 2020, más que en la mayoría de los países europeos: España es más dependiente del turismo y el tamaño de sus empresas es tan pequeño que las expone particularmente a los shocks externos. El Ejecutivo articuló los ERTE para salvar empleos, las líneas de avales del ICO para salvar empresas, y el Ingreso Mínimo Vital para salvar los muebles de los más desfavorecidos. Ese paquete evitó males mayores, aunque los economistas consultados apuntan que España debió hacer más y que le faltó diseñar instrumentos que se adaptaran progresivamente a una nueva normalidad plagada de miedos, incertidumbres y recaídas.

Economía espera un rebote potente: un crecimiento del 9,8% en 2021 (o del 7,2% sin un desembolso completo de las ayudas europeas). Pero esa previsión está plagada de condicionales, y los condicionales suelen ser maniobras de distracción. Son tiempos de incertidumbre radical, a pesar de la doble luz al final del túnel: la vacuna y la reacción europea, tan distinta de la de hace 10 años, son las grandes esperanzas para el año que entra. A cambio, los riesgos son mayúsculos. El principal es sanitario: una tercera ola después de Navidad, una mutación del virus como la británica o cualquier contratiempo con las vacunas convertiría esos números en humo. Una amplísima mayoría de los expertos consultados, en fin, matizan los radiantes pronósticos de Calviño. Desconfían de que los fondos europeos se puedan gastar ya, al 100% y en proyectos que eleven el potencial de la economía y arrastren al sector privado. Sin el colchón de la UE y, sobre todo, del BCE, todo hubiera sido más difícil: nadie prevé un cambio de escenario abrupto en Europa, pero los asesores de Calviño subrayan que cualquier cosa que tuerza el rumbo en Bruselas y Fráncfort sería una pésima noticia para España.

Los potenciales accidentes al acecho recuerdan el perfil de la Costa da Morte gallega. Los expertos temen el alza de la morosidad en las empresas cuando expiren las ayudas, y tiemblan ante la posibilidad de que la crisis sanitaria y económica mute en financiera: cuando eso sucede las heridas de una crisis son mucho más profundas y duraderas. Critican las batallas internas en el Ejecutivo. Reprochan la vaguedad de la agenda reformista. Coinciden en que el Gobierno ha estado a la defensiva, a pesar de que sacó adelante el Presupuesto: piden más activismo fiscal ahora, pero a cambio reclaman un plan de recorte del déficit a cinco años vista, con un alto grado de (improbable) consenso político. Y vaticinan al menos un semestre adicional de dificultades.

Este es el análisis del terrible año económico que ha terminado y de lo que está por venir, según las opiniones de 15 de los 17 miembros del consejo asesor. Solo Rafael Repullo y Samuel Bentolila, del Cemfi —fundación creada por el Banco de España—, rechazaron hacer aportaciones a un debate que está llamado a protagonizar la agenda política de los próximos años.

2020: Juan Benet y John Fante

Para resumir el año que acaba de terminar hay que combinar un título de Juan Benet, Una tumba, y otro de John Fante, Un año pésimo. Las cifras de muertos hablan por sí solas, y el batacazo del PIB se estudiará en los manuales de historia. Pero hay también notas positivas. “Europa reaccionó de manera muy distinta de la de hace una década: el BCE ha hecho todo lo necesario, y Bruselas suspendió las reglas fiscales, acordó un bazuca muy potente y puso en marcha los eurobonos”, explica el economista Ángel Ubide. En casa, “el Gobierno impulsó los ERTE y los avales del ICO, y eso ha limitado la mortalidad de empresas y empleos: sin eso estaríamos en tasas de paro de más del 20%”, dice Raymond Torres, de Funcas. La mayoría de los expertos cree que el Ejecutivo titubeó a la hora de usar todos los instrumentos de política económica a su alcance, en parte por una endeble situación fiscal del partida. “El impacto de esas medidas es notable, pero debimos gastar más con los tipos de interés tan bajos; el problema es que cogimos el virus con las cuentas poco saneadas”, afirma Teresa García Milá, de la Universidad Pompeu Fabra. La socióloga Belén Barreiro destaca “la salida social a la crisis”, con el Ingreso Mínimo Vital como estilete, “por su impacto en los hogares más vulnerables, muchos de ellos ya azotados por la Gran Recesión, y porque ha servido para contener la desafección, que a diferencia de en 2008 no se ha disparado”.

El bueno, el feo y el malo

España aprobó por fin unos Presupuestos (y eso es lo bueno: porque son relativamente expansivos, acordes a la situación actual, y porque ofrecen un plus de estabilidad política, según los asesores de Calviño). Pero los sacó adelante con un enorme —y feo— ruido político, y suponen “un estímulo algo inferior a lo que requería la situación”: Emilio Ontiveros, de AFI, sintetiza así lo malo. Lo mismo puede decirse de la mayoría de las medidas económicas: el gasto discrecional de España es, en porcentaje de PIB, el más bajo de toda la UE, según los datos de Bruselas; así se lo han afeado varios expertos a Calviño en las sucesivas reuniones del consejo. “Faltó adaptar esa primera reacción, muy positiva, a la posibilidad de que hubiera recaídas: los plazos de los ERTE y los avales se han ido ampliando, pero a sacudidas, sin un horizonte claro. Y hubo que apostar más por las recapitalizaciones directas de empresas, a la vista del riesgo de zombificación: hay compañías muy endeudadas que podrían requerir esas ayudas —o un esquema de reestructuración de deuda a la altura del desafío que se avecina— si queremos que sobrevivan. Además, habría que haber impulsado políticas activas para los trabajadores cuyos ERTE se iban alargando y puede que se queden sin empleo cuando esto termine”, añade Torres.

“Hemos ido improvisando; el Gobierno acertó con el agua al cuello, pero han faltado medidas para esta calma chicha repleta de inestabilidad”, critica el consultor José Moisés Martín Carretero. “Hubieran venido bien mecanismos de política económica para modular la respuesta con más gradualidad”, abunda el execonomista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, José Juan Ruiz. “Y aún deberíamos poner sobre la mesa medidas para un primer semestre de 2021 peliagudo”, cierra Torres.

Previsiones y el cometa Halley

Ningún pronosticador económico ha sido capaz de igualar a Edmund Halley, que en 1682 calculó que el cometa entonces visible en el cielo regresaría 76 años más tarde. Acertó: el cometa volvió el día de Navidad de 1758. Halley se apoyaba en leyes científicas, y las predicciones económicas son menos fiables: dependen del habitualmente inescrutable comportamiento humano (y del dichoso virus). La práctica totalidad de los expertos cree que el 9,8% de crecimiento previsto para este año es optimista en exceso. Y ese pecado es un error en la gestión de las expectativas: cuando llegó la segunda ola, el Ejecutivo francés salió con unos números catastrofistas mientras el español le quitaba hierro al asunto. Puede que haya segunda recesión o que el último trimestre sea plano, y casi da igual: para París eso será un éxito y en Madrid, por ese sesgo optimista, la cifra final será decepcionante pase lo que pase.

“Para que se cumplan las previsiones tiene que haber turismo en verano, y para ello tiene que haber movilidad en junio, y a su vez tiene que funcionar la vacuna: todo está bajo el manto de la incertidumbre radical”, opina Federico Steinberg, del Instituto Elcano. Matilde Mas, del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE), ve “posible” regresar al nivel de PIB precrisis en 2023. “Eso supondría una recuperación más rápida que en la última recesión, pero cualquier previsión quedará en nada si hay que aprobar más medidas drásticas por razones sanitarias”, añade. Alicia García Herrero, de Natixis, es quizá la más negativa: “A pesar de la euforia posvacuna soy pesimista: su distribución será lenta y el euro está tan fuerte que va a lastrar a nuestros socios. Pero lo más importante es el miedo. El miedo sigue ahí”.

Más pesimistas (con un ojo en la banca)

Ignacio Conde-Ruiz, de Fedea, resalta que con una incertidumbre como la actual “hacer previsiones es como lanzar un dado y desear que salga un seis”, y asegura que el peor escenario “es que la morosidad aumente y que muchas empresas sobreendeudadas pero viables quiebren”. Un sistema de ayudas directas a empresas ayudaría a evitar que “la crisis sanitaria y económica mute en crisis financiera”, sostiene. Eso serían palabras mayores: la percepción internacional de la banca española sigue sin ser la mejor tras el rescate de 2012, con las peores cifras de capital de máxima calidad de Europa. García Milá apunta que, a diferencia de lo sucedido en la Gran Recesión, esta crisis requería que los estímulos no hicieran distinciones entre empresas solventes e insolventes, tal como se ha hecho, aunque advierte: “No hay que frenar la parte positiva que traen los shocks económicos, la destrucción creativa que lleva a reorganizar sectores y empresas poco viables y a cambio atrae recursos hacia sectores emergentes y empresas saneadas”. Diego Puga se alinea también con la corriente principal: el crecimiento será más moderado que el pronosticado por el Gobierno. La fatiga pandémica puede tener consecuencias negativas: “Quienes han mantenido su empleo han acumulado ahorro, que generará gasto cuando mejore la situación. El peligro es que tratemos de anticipar ese momento, que llegue Semana Santa y tiremos la casa por la ventana y acabemos echando todo por tierra”.

Sara de la Rica, directora de la Fundación Iseak, ve realistas las previsiones gubernamentales si los fondos europeos empiezan a canalizarse y si la vacuna permite cierta normalización antes del verano, pero —siempre hay un pero— añade que una tercera ola “retrasaría aún más la recuperación”. “Nos encontramos ante un escenario incierto, dependiente de la evolución del virus, que puede empeorar como se ha comprobado con la mutación británica, y que depende de la vacuna y de cómo les vaya a nuestros socios comerciales”, resume Isabel Álvarez, de la Complutense.

Un optimista en América

El universo académico pecó de optimista hace 15 años. La Gran Moderación estaba llamada a acabar con eso tan prosaico que son los ciclos económicos, según dijo con suprema arrogancia el Nobel Robert Lucas, y habíamos aprendido a evitar las depresiones, según dejó caer el exjefe de la Reserva Federal Ben Bernanke. El pecado de hybris —la desmesura— ha dejado paso a una sobredosis de negatividad. Entre los expertos, solo Ángel Ubide, desde Washington, se desmarca de ese abatimiento general. “El Gobierno no es optimista: es el consenso de los economistas el que está demasiado pesimista. Esto no es la Gran Crisis, es un coma económico inducido. Por las cartas que nos tocaron (fuerte peso del turismo y de pymes), el desplome de España fue más acusado que el de economías más industriales, pero el despegue también lo será si no se rompe nada”. Ubide recomienda “un whatever it takes fiscal, lo que haga falta para que la economía despierte del coma con los mínimos daños”. El riesgo, agrega, es no tomar riesgos. “España ha diseñado un paquete similar al de los demás; tal vez le haya faltado más énfasis en las medidas de apoyo a la demanda, pero la modificación de los ERTE fue una reforma estructural en tiempo real y ha sido un éxito”, cierra sin concesiones al tono azuloscurocasinegro.

El rapto de Europa

El virus cogió a la UE desprevenida y en pleno Brexit. Las primeras medidas fueron desafortunadas: el cierre de fronteras, la falta de solidaridad de Alemania con respiradores y mascarillas, las declaraciones de Christine Lagarde diciendo que el BCE no está para rebajar las primas de riesgo. Pero después todo cambió. Al activismo del Eurobanco —incluida su decisión de diciembre, que despeja el panorama para todo 2021— se ha unido esta vez Bruselas, que suspendió las reglas fiscales y puso en marcha un fondo anticrisis pese a las reticencias de los frugales, capitaneados por Holanda. “España intuyó bien que debe atar su porvenir al de Europa y presionó en la dirección correcta. Y esta vez hemos hecho los deberes: por fin hay un presupuesto y una agenda de reformas que es una especie de propósito de enmienda. Falta garantizar que va a haber suficiente cohesión política interna para esas reformas y para gastar bien los fondos europeos”, analiza Ontiveros.

Los 140.000 millones de dinero comunitario para España son una oportunidad única en la política económica española contemporánea. “Los fondos europeos suponen un cambio de paradigma. Obligan a apostar por ciertos sectores, verde y digital. Y la clave es cómo se asignan: ahí se juega España su futuro”, argumenta Natalia Fabra, de la Carlos III, que elude cualquier pronóstico macroeconómico para centrarse en aspectos más micro. “Los fondos de la UE son un test de estrés en el que no podemos fallar”, añade Barreiro.

España-Italia, partido de vuelta

De todas las crisis se sale: también esta vez la recuperación llegará. Pero será, también como siempre, una recuperación desigual y asimétrica. “Eso puede complicarle las cosas a España”, según Martín Carretero. Si Alemania y sus satélites se recuperan antes, habrá presión para que el BCE aminore su activismo y para que Bruselas empiece a pedir disciplina: la reacción inmediata a una crisis suele ser un keynesianismo en ocasiones de garrafón, pero pasado el golpe inicial siempre vuelve el corifeo de los ortodoxos, a menudo también de brocha gorda. Ese temor a un apretón fiscal prematuro está ahí. Ubide lo considera “un riesgo marginal”. Otros son más precavidos: “La austeridad, cuando llegue, será muy gradual. Pero convendría estar listos para entonces: España no puede permitirse repetir los errores de 2012”, explica José Juan Ruiz. En 2012, la explosión de la burbuja y las equivocaciones en el tramo final del mandato de José Luis Rodríguez Zapatero y en los primeros meses de Mariano Rajoy acabaron en un rescate asociado a durísimos recortes. Italia tenía peores números, pero supo esconderse detrás de la columna. Cuando llegue la recuperación es muy posible que la deuda italiana sea más alta, pero esté bajando, mientras la deuda española seguirá subiendo: ese será el momento de saber si hemos aprendido algo para evitar convertirnos de nuevo en el saco de golpes de la UE, apuntan varios de los expertos.

Plan quinquenal

Ruiz, Ubide y Ontiveros, entre otros, piden a Calviño activismo fiscal ahora, pero un plan a cinco años de reducción del déficit, consensuado con la oposición. Para que, llegado el día, los recortes no los impongan desde fuera: “Las penas con tipos de interés bajos son menos, pero un día se acabará eso y hay que lanzar señales claras a Europa y a la comunidad inversora internacional”, resume Ontiveros. Ese consenso debería extenderse a las reformas, aunque los expertos son conscientes de las dificultades de ese pacto con el PP. Es difícil predecir cómo va a evolucionar España: en 2023, con suerte, el PIB habrá recuperado el nivel precrisis, pero la deuda pública estará por encima del 120% del PIB y el paro seguirá más arriba del 15% al menos hasta 2025, según el FMI. “Si yo estuviera en la piel de Calviño y Sánchez estaría buscando la manera de evitar el sofocón de Zapatero en 2010: España tiene que empezar a pensar estratégicamente”, resume José Juan Ruiz.

Calviño y el liderazgo

La vicepresidenta es una suerte de ancla de la ortodoxia en Bruselas y en Madrid. Sale bien valorada en las encuestas. Ha tenido enfrentamientos con otros ministros, pero vive un momento dulce en su relación con el presidente Pedro Sánchez. Y quizá ha arrastrado los pies en diversas ocasiones, según los expertos consultados, pero supo virar en el momento adecuado. “Le ha faltado algo de flexibilidad”, apunta Torres, “pero es una de las ministras más sólidas”, añade García Milá, y al cabo “nadie sabía qué demonios pasaba, y en esas condiciones tan inciertas hizo más o menos lo que tocaba”, remata Ubide. “Queda por ver si Calviño consigue aclarar la gobernanza de los fondos europeos, y sobre todo qué tipo de reformas quiere hacer; porque esto, sin reformas, no va a funcionar”, añade Ruiz. El liderazgo, zanja Barreiro, será esencial en la travesía del desierto que se avecina: “Calviño es una figura respetada en Bruselas, en el sector empresarial y entre la ciudadanía. España haría bien en usar ese activo”.

Lo más visto en...

Top 50