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Reportaje:01 GOYAS 2006 | GRANDES REPORTAJES

Los más premiados

Esta noche, 20ª edición de los Goya, en la que han competido 137 películas. Para celebrarlo, hacemos un repaso por los 20 profesionales que más premios han logrado en cada especialidad, desde directores y productores hasta encargados de música, fotografía y vestuario. En total, ¡112 'goyas'! Abrimos con dos grandes, Fernando Fernán-Gómez y Javier Bardem. Además, los guionistas de tres galas inolvidables, las que presentó Rosa María Sardá, cuentan 'cómo se hizo', y entrevistamos a Isabel Coixet, candidata hoy como directora y guionista.

Señores, acabamos de subir 10 puntos de audiencia!". El entusiasmo de Wyoming se contagió detrás del escenario, donde actores, productores, representantes, maquilladores, periodistas, técnicos, azafatas, guionistas… acabábamos de ver por televisión (primera paradoja: detrás del escenario, la gala se ve por televisión) cómo Paz Vega se levantaba de su asiento para subir a recoger el premio a la mejor interpretación de aquel año por su papel en Carmen. Y al incorporarse, a la actriz se le descolgó el vestido del hombro hasta mostrar un pecho bailón, imagen que se repitió a lo largo de la semana siguiente en todas las cadenas, hacia atrás y hacia delante, a varias velocidades, con pausa y ampliación de detalle. Wyoming tuvo razón, y de aquel éxito mediático, que no pudimos atribuir a las bondades del guión, cabe extraer, al menos, dos conclusiones: la primera, que la moda de España trabaja a favor de los gustos del público; la segunda, que la gala de los premios Goya es un acontecimiento imprevisible, cuyo éxito depende tanto del reparto de premios como del comportamiento de un tirante.

La gala, que cada vez tiene más repercusión, es la radiografía en directo de un año de trabajo

Antonio Resines siempre está dispuesto. Wyoming perdió el sobre con el nombre del ganador

Ésa es, sin duda, su mayor virtud, la excusa para vivirla en directo: nadie sabe nada de lo que va a pasar, créannos, nada salvo quién abrirá el sobre con el nombre del ganador o ganadora, y hasta hubo quien lo perdió justo cuando le llegó el momento de abrirlo. Los responsables de la Academia conocen por experiencia que esa noche cualquier cosa puede suceder, que incluso hay muchos deseando que suceda algo, de ahí la mala cara con la que suelen pasar el trago midiendo a pasitos cortos los pasillos de la trastienda.

Se ven muchas malas caras esa noche, sí, también en el patio de butacas. Tengan en cuenta (la reflexión no es nuestra, sino de Rosa María Sardà, con la que hemos compartido como guionistas las ceremonias de 1993, 1998 y 2002) que hacia el final de la noche las tres cuartas partes del patio de butacas han perdido un Goya, y que para entonces llevan sin probar bocado más de seis horas. Desde la comodidad de la velada hogareña, la gala puede que parezca anodina o falta de sustancia, pero imagínense cómo se vive la cosa sin poder moverse de la butaca, con ropa prestada, alquilada o recién estrenada, rodeado de cámaras y cables, contemplándote a ti mismo en un monitor y pendiente del instante decisivo: hasta que oyes tu nombre entre los candidatos, todo se te hace largo, moroso, innecesario; si encima resulta que pierdes el premio, el resto de la gala será espantoso, patético y provinciano; pero si ganas, ah, si ganas, todo cambia de color y de repente la gala derrocha ingenio, chispa y creatividad. No le pregunten a ninguno de los afectados cómo ha sido la ceremonia: están a lo suyo, no puede ser de otra manera.

Y sin embargo, esas malas caras, que reflejan una ansiedad afilada por el hambre que están pasando, son el escaparate del cine español. Para bien o para mal, la gala de entrega de los premios Goya es la fiesta de nuestro cine, la radiografía en directo de un año de trabajo. Una gala que cada vez tiene mayor repercusión, por eso ya resulta habitual que el palmarés se transmita de forma directa a las taquillas: películas que parecían condenadas al estante más escondido del videoclub resucitan gracias al premio o doblan sus recaudaciones después de exhibir en las portadas de los periódicos los frutos recogidos en la noche más larga del cine nacional. Los productores, los que más ganan o pierden según les vaya la noche, planifican estrenos y promociones en función de la fecha de los premios. Se juegan todo a una carta. Mejor dicho, a un sobre. En los titulares de agencias, diarios, radios y televisiones cabe una película, dos a lo sumo. Y en ese resumen comprimido de la noche se ha decidido el futuro de muchos.

Algunos años, casi nunca, la propia gala se ha convertido en noticia incluso por encima de los títulos premiados. Así sucedió un par de ediciones atrás, cuando Alberto San Juan y Guillermo Toledo, y todo Animalario detrás, encabezaron una suma de declaraciones antibélicas más o menos improvisadas en la ceremonia más sonada de todas las que se recuerdan, si es que alguien recuerda todavía alguna de las 19 galas de entrega que hasta hoy se han celebrado. Porque por muchos momentos memorables que contengan, las galas son espuma de una noche, una traca que sirve para lo que sirve y de la que no queda ni rastro una vez disipado el humo. Y eso ahora que los premios Goya, sean como sean, tanto si la gala aburre como si no, siempre obtienen resonancia. Pero en las primeras ediciones, con todo por hacer, con mucha gente a la que convencer, sin la televisión en directo y con la asistencia a los cines bajo mínimos, el empeño en una fiesta efímera y sin espectáculo constituía un sacrificio de escasa rentabilidad. Aquellas primeras entregas de premios, en el miniescenario del cine Lope de Vega de Madrid, con guionistas de tanto prestigio como Lola Salvador y Manolo Matjí, eran como una especie de voluntariado en pro de una causa por la que pocos apostaban y cuyo futuro casi nadie se creía.

Hablemos de lo que conocemos: nosotros entramos por primera vez en la Academia de Cine hace casi 12 años; llamamos a una puerta con una plaquita y media docena de personas nos atendieron en el salón de un pequeño piso de alquiler; cinco minutos después conocimos a Rosa María Sardà y de inmediato nos reunimos en torno a una mesa para repasar la escaleta. Ella la leyó en voz alta y sólo con eso empezamos a reírnos. Nos habríamos reído igual si lo que le hubiésemos puesto delante fueran las páginas amarillas, porque ella recitaba con la misma ironía una acotación que una abreviatura; por eso, desde entonces, ella pasó a llamarse por las iniciales con las que figuraba en la escaleta: RMS (así lo indicábamos, RMS en atril, o RMS sale, o RMS presenta; lenguaje de escaleta, que ella leía como si fueran textos de un autor consagrado). No sabemos cómo habrán sido los preparativos de las demás ceremonias, pero para nosotros escribir con RMS supuso, en las tres ocasiones citadas, horas incontables de lectura y revisión, noches en vela, miles de llamadas telefónicas, docenas de cartones de tabaco y litros de café, croquis, ensayos y, sobre todo, risas, muchas risas. La mayor parte del trabajo consistía en que RMS ensayara su texto con todo el mundo -amigos, visitantes, camareros de hotel, taxistas- hasta conseguir que pareciese improvisado. Y finalmente, sobre el escenario, llegada la noche de autos, RMS hablaba y todo sonaba como si se le acabara de ocurrir.

Oyéndola parece siempre fácil, pero conseguir que parezca fácil es lo más difícil de ese trabajo. Se puede ser actor, presentador o monologuista, pero la categoría de conductor de ceremonia de entrega de premios no está al alcance de muchos. Lo más normal es que te estrelles contra un espectáculo de mecánica repetitiva, un público que no está para bromas y una necesidad de ser gracioso que puede resultar exasperante. RMS torea el asunto con esa naturalidad que seguramente es un don pero que lleva detrás, somos testigos de ello, horas y horas de entrenamiento. Y eso que en dos de las galas además estaba propuesta como actriz de reparto, circunstancia que obligó a desdoblar el guión en previsión de ambas posibilidades, que ganara la estatuilla o que la perdiera. Puede que lo recuerden, nosotros, desde luego, no lo olvidamos: RMS llorando cubierta por un velo de luto después de haber perdido su premio; o, unos años antes, recibiendo el Goya con un breve discurso que rezumaba ironía: "En estos últimos años, en este país se ha avanzado mucho en materia de derechos y libertades. Ya era hora de que se hiciera justicia con los premios. Muchas gracias".

Claro que no todos los discursos son así de concisos. Lo habitual es lo contrario, ejemplos abundan un año tras otro. Los parlamentos -a veces arengas, o casi conferencias- son los momentos más temidos si andas metido en el tinglado. El año pasado se quiso dominar el tiempo con un micrófono de sube y baja que dejaba al premiado, literalmente, sin habla. Pero al primer Goya se acabó el invento: vuelto hacia bambalinas, el protagonista reclamó su minuto irrepetible de gloria y primer plano. Y así, entre reclamaciones, se perdió más tiempo todavía.

Es su momento, qué le vamos a hacer, sobre todo para los que quizá no vuelvan a ganar otro, que es lo que todo el mundo piensa en ese instante, así que… que me quiten lo premiao. Miroslav Taborsky recibió el primer Goya de la velada por La niña de tus ojos y se soltó un discurso de más de 10 minutos que destrozó todas las previsiones horarias. A Marieta Orozco, sin embargo, no le salió palabra alguna cuando quiso agradecer el premio por Barrio, y Juan Luis Galiardo tuvo que retirarla cariñosa y paternalmente del escenario, muda, colapsada. Casos extremos, porque la normalidad incluye agradecer a los padres, a los hijos, a los representantes, a los compañeros, al director, a los novios y novias, todo el mundo tiene hueco en la salutación. Sean comprensivos: si ustedes subieran a ese púlpito, ¿serían tan inhumanos como para no agradecérselo a todo el mundo? Algunos, como Alejandro Amenábar, han repetido discurso en la misma noche, lo que requiere un esfuerzo extra de concentración para recordar en cuál de todos los bolsillos guardó la lista de agradecimientos que corresponde a cada premio. El año pasado, Amenábar tuvo que comprarse varias chaquetas con muchos, muchos bolsillos…

El día anterior a la gala, en el ensayo -y decimos el ensayo porque éste es un espectáculo que sólo se ensaya una vez-, azafatas y figurantes imitan los hipotéticos gestos y discursos de los futuros premiados para entrenamiento de las cámaras. Algunos de los parlamentos más absurdos y brillantes de la historia de los premios se han oído en esa noche previa, ficticia, todavía más interminable que la real.

Ahora bien, antes de plantarse ante el micro hay que llegar al escenario. Uno de los grandes dilemas tácticos de la ceremonia es precisamente cómo llegarán al escenario los premiados: rampas o escaleras, por la izquierda o por la derecha, desde las primeras filas o mejor desde las últimas para que haya paseíllo ante las cámaras. Un recorrido que se repetirá casi treinta veces a lo largo de la noche y cuya duración también es imprevisible: hay quien se abraza a toda la fila antes de levantarse, quien después saluda a los que encuentra a su paso y quien, como Tony Leblanc cuando ganó por Torrente, detiene los relojes para ascender por la rampa saboreando el aplauso.

Y es que si sumas los minutos que se emplean en leer los candidatos, abrir el sobre, el paseíllo, la rampa, el aplauso y el discurso de agradecimiento, todo ello multiplicado por 28 premios (más, atención, el premio de honor: emociones, lágrimas y ovación en pie lo más larga posible, como debe ser), el guión se queda reducido a poco más de media hora de magro. Así que una vez más el trabajo del guionista consiste en quitar en lugar de añadir, en decidir qué no se hace para ahorrar tiempo, en ir a lo seguro: no pasarse de gracioso, pero hacer reír; no arreglar el mundo, pero sí llamar la atención; no señalar con el dedo, pero tampoco escurrir el bulto. Y todo ello con elegancia y corrección, aquí está mal visto el estilo hollywoodiense, esos dardos que Billy Crystal o Whoopi Goldberg lanzan contra políticos, productores o sus propios compañeros, a los que toquetean verbalmente dudando de sus capacidades interpretativas, de la cantidad de silicona que alberga el escote o el número de mansiones que mantienen abiertas.

Aquí no. Aquí, para empezar, resulta difícil hasta reunir una lista convincente de presentadores que den la cara… conocida. Es natural: los que no han sido seleccionados prefieren no asistir a la ceremonia, y los candidatos bastante tienen con sus nervios y casi siempre se niegan a presentar o a entregar otros premios. Así que las listas de presentadores son revisadas constantemente, al final hay más versiones de listas que del guión, y si no fuera por profesionales como Majós Martínez o Ramón Pilacés, jamás habríamos conseguido el reparto exacto, después de hacer y deshacer parejas y tríos como en el póquer.

Claro está que con algunos siempre se puede contar. Antonio Resines, por ejemplo. Es alguien muy ocupado, pero siempre dispuesto. Hace cuatro años, RMS y nosotros le recibimos en una habitación de hotel habilitada como cuartel general de la ceremonia para preparar su intervención. Llegó con un maletín, un teléfono móvil, una agenda y un casco de moto. Mientras esperaba su turno para recoger el texto, se sentó en un sofá y pactó dos películas, una serie y un anuncio. Sin moverse del sitio. Luego preguntó: "¿Qué es lo que hay que hacer?", miró el papel que le entregamos y comentó: "Vale, yo hago de cacho de carne, ¿no?". Hizo mucho más, claro, y lo bordó, como seguramente lo bordará este año, que presenta la gala junto a Concha Velasco. Con ellos es fácil apostar.

Pero no todo el mundo es tan sencillo de captar. Hubo que deslizarse, por ejemplo, hasta la cama de Victoria Abril, en un hotel recoleto del centro de Madrid, y ganarla para la causa. Allí mismo sacamos el ordenador y la escaleta, sobre las sábanas, para decidir entre todos el texto de su presentación, que luego, la verdad, se quedó en nada, porque Victoria entregó el premio exquisitamente, pero a su manera, justo al contrario de lo hablado. Y otro año hubo que esconder a Pedro Almodóvar en un camerino hasta que le tocara salir al escenario. Volvía a la Academia, entregaba un premio, había que camuflar la sorpresa, evitarle encuentros no previstos.

Sean, pues, comprensivos y agradecidos con quienes este año presenten un premio o sonrían desde la grada. Ya está dicho: ir a los Goya supone pasar hambre y sufrir nervios durante muchas horas y delante de toda España. Es su trabajo, dirán algunos. Sí, es verdad, pero ninguno cobra. Y luego están los intermedios, obligados por la retransmisión televisiva, pero una auténtica pesadilla repetida cada media hora: con lo que ha costado sentarlos a todos a tiempo, con las batallas que se han librado durante meses para conseguir una entrada (batalla que todos los años le tocaba a María Vara, recientemente desaparecida, uno de esos nombres del equipo que nadie conoce, pero sin los cuales nada sería posible), y en cuanto llega el intermedio se produce la desbandada, todo el mundo al pasillo, al baño, a estirar las piernas, a fumar -este año, a hacer sudokus, como mucho-, así cada media hora. Y cuando la televisión vuelve a conectar, la sala está medio vacía. Algunos aprovechan para pasarse por la trastienda, que en ocasiones reúne más famosos que el patio de butacas: los que ya han presentado y se quedan, los que recibieron su premio y vuelven, los que hacen la visita, los que organizan, los que merodean… Con todos se cruza el que acaba de ganar, que traspasa el decorado entre la euforia y el despiste. Y en su camino se cruza con el notario, el único que sabía que iba a ganar…

Porque hay un notario. Para él se habilita una mesa cerca del escenario sobre la que se depositan los 28 goyas de la noche y los 28 sobres cerrados. Ahí está, en esa especie de despacho after hours, impertérrito y eficaz, el tipo menos glamouroso de la noche. En una gala, RMS quiso invitarle a bailar sobre el escenario. Quería preguntarle cómo se entrena un notario, dónde aprendió a firmar, cualquier cosa. Se negó, claro. Porque un notario es un notario, y éste jamás ha faltado al secreto, jamás ha extraviado un sobre. En aquella misma gala, por cierto, a punto estuvo de perderse uno. Wyoming, tenía que ser él, se disponía a leer el nombre de un ganador ante el público expectante y el sobre no aparecía. Echó mano de sus largos reflejos y se limitó a reclamarlo en voz alta. En el patio de butacas pensaron que todo estaba preparado, ya está el Wyoming con sus cosas, pero tras el decorado nadie le veía gracia al asunto, mucho menos el notario.

A estas alturas, el notario ya sabe quién ganará este año las votaciones. La estadística indica que la Academia suele apostar por la película pequeña, débil, y si aborda algún asunto de conciencia social, mejor: El Bola, Solas o Barrio sirven como ejemplos. ¿Qué título será la apuesta académica de este año? De antemano, el pronóstico no es fácil, porque algunos débiles se han transformado en fuertes produciendo sus propios trabajos (Princesas, Obaba), o con notables resultados de taquilla (Siete vírgenes), o un reparto de órdago (La vida secreta de las palabras).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de enero de 2006