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Reportaje:

Níger, infierno en el Sur

LA NACIÓN MÁS POBRE 44 AÑOS DE ESPERANZA DE VIDA

En la gran mayoría de las aldeas de Níger no hay electricidad ni agua. Mujeres como Hadiza deben caminar a diario varios kilómetros para recoger los cinco litros que necesita su familia; no es un agua como la nuestra, limpia, fresca y transparente, sino otra de color pardusco y aspecto insalubre. Hadiza lanza en el interior de un pozo de 17 metros de profundidad una cesta hecha de gomas y mimbres atada a una larga cuerda deshilachada. Cuando escucha el sonido de su contacto con el fondo desplaza la soga de un lado a otro, en un movimiento preciso. Después sube la cuerda ayudándose de ambas manos, despacio, para no derramar ni gota. Cuando aparece la cubeta se seca el sudor y vierte su contenido en una vasija que apenas se llena un palmo. Debe repetir la operación una y otra vez hasta acumular esos cinco litros de vida, la misma cantidad que gasta un retrete en Europa cada vez que se tira de la cadena.

En Níger, un país sin agua ni electricidad en las aldeas y que padece una hambruna crónica, la sanidad es de pago: una consulta cuesta 75 céntimos, y un parto sin complicaciones, 10 euros. El Gobierno de la nación más pobre del mundo, según el informe anual del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), quiere que los padres paguen al maestro de escuela a partir del próximo curso para reducir el déficit público, la gran obsesión de los gurús del Banco Mundial y de otras instituciones internacionales. ¿Reglas de economía de mercado donde el 60% de la población vive con menos de un euro al día, el 85,6% de los adultos son analfabetos y la esperanza de vida es de 44 años?

No existen datos de la repercusión del cobro de la sanidad, pero se sabe que la mortalidad durante el parto es elevada. Las mujeres de las zonas rurales no pueden permitirse el lujo de acudir al médico y menos aún a un hospital, y deciden parir en sus casas, sin higiene ni agua potable, con la única ayuda de la vecina más experta y la de sus oraciones a Alá, el dios del 95% de los nigerinos. "Esas madres mueren en silencio. Están fuera del sistema sanitario. Es como si no existieran", asegura Claudia Ermeninto, pediatra de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Oullam.

En esa región del oeste, poblada por 350.000 de los 12 millones de habitantes de Níger, MSF-España gestiona un hospital construido con dinero alemán, uno de los principales donantes junto a Francia, la antigua potencia colonial. Se trata de un conjunto de aseados edificios de una planta dedicados a recuperar niños que padecen desnutrición, la primera causa de mortalidad infantil en África. Por él han pasado desde agosto 1.740 casos, pero en la última semana se han presentado 300 nuevos pacientes. "No es que haya aumentado la hambruna, sino que el problema está más extendido de lo que creíamos. El hecho de que exista este hospital y de que sea gratuito supone un efecto llamada: oyen hablar a otras madres y se deciden a traer a sus hijos", explica Ermeninto. Una de las últimas en llegar es Salmu, que mide cerca de dos metros. Se encuentra en una sala de recuperación donde descansan los bebés que han superado el peligro. Se distinguen de los más graves porque se mueven y lloran; los otros están aletargados, tienen los párpados medio cerrados y la mirada ida, como si no pudieran con el peso de su hilo de vida. El hijo de Salmu duerme en el suelo en medio de telas multicolores arrebujadas que le sirven de colchón y manta. Cuando ella se incorpora, las otras mujeres bromean y señalan al techo alertándole contra los golpes en la cabeza, pero Salmu no sonríe, sólo esboza una mueca triste. "Vino una noche con dos gemelos en mal estado y sólo pudimos salvar a uno. Murió Hamdu, el que más pesaba de los dos. El que sobrevive se llama Adama y responde al tratamiento. La leche hace milagros. Parece que va a salir adelante".

La pediatra reconoce haber llorado con la historia de Salmu. No le desarmó la muerte del bebé, sino la respuesta de la mujer al conocer la noticia tras haber caminado 25 kilómetros con ellos a cuestas: "Tenía que darles una oportunidad". Salmu no sabe su edad, pero sí que es madre de 10 hijos, de los que sólo sobreviven tres. Ahora anda preocupada por el gemelo vivo, por Adama, pues teme que su destino esté fatalmente unido al que se fue.

HAMBRUNA EN EL SAHEL

UNA CATÁSTROFE DE SEGUNDA

En la pequeña sala de equipajes del aeropuerto Diori Hamani, en Niamey, la capital, se respira un aroma de desesperanza. Huele a especias, a pescado en salazón y a miseria: el perfume de África. No hay aire acondicionado, ni excursiones organizadas, ni safaris, ni mujeres y hombres de negocios; sólo una pugna, a veces teatral, entre porteadores vestidos con raídas batas rojas que tratan de cargar las maletas de un puñado de blancos. Se apiñan en la salida del control de pasaportes (tres policías y un único tampón) como si fueran delegados de una agencia de viajes, armados con decenas de cartones en los que están escritas las siglas de decenas de organizaciones humanitarias y de ONG, los únicos pasajeros que desde hace seis meses aterrizan en este país de algo más de dos veces el tamaño de España, rico en uranio y quizá en petróleo, y lugar de tránsito para miles de emigrantes que aspiran alcanzar Europa, su tierra prometida.

La cosecha de mijo, el alimento nacional, fue mediocre en octubre del año pasado en la región del Sahel debido a la sequía. Una plaga de langosta terminó por arrasar los campos y puso en grave peligro a una parte de la población de Níger, Malí y Burkina Faso. Naciones Unidas solicitó ayuda internacional urgente por valor de tres millones de dólares. Era febrero de 2005, pero casi nadie respondió; los donantes estaban concentrados en la catástrofe del tsunami asiático, donde habían muerto decenas de turistas occidentales. La tragedia africana, sin la presencia de cámaras, era un desastre de segunda. Seis meses después llegaron a Occidente las primeras imágenes de niños famélicos, y en 10 días, Níger, Malí y Burkina Faso recibieron más alimentos que en los ocho meses precedentes.

La recolección de mijo tampoco está siendo buena este año en la zona agrícola del sur, en Maradi y Zinder, los vergeles de un país devorado lentamente por el desierto y en el que sólo es cultivable el 16% de la tierra. Los expertos de las ONG advierten de que la crisis puede repetirse porque el problema de fondo no es la sequía de un año o la langosta de otro, ni los dos a la vez, sino el de una población que carece de dinero para acceder a los alimentos y el de unos campesinos endeudados por la aplicación de un sistema de libre mercado en el que sólo se lucran los corruptos. También es un problema de medios: un campesino de Níger utiliza una media de nueve kilos de fertilizante por hectárea, y un europeo, 206.

CRISIS HUMANITARIA

NO EXISTE PARA EL GOBIERNO

En la hambruna de este año, las autoridades de Níger se resistieron hasta el mes de agosto a reconocer la existencia de una crisis humanitaria, cuando ésta era evidente y conocida en el extranjero. Querían evitar que el reparto gratuito de alimentos hundiera los precios del mijo y arruinara a los acaparadores. El responsable de una empresa extranjera en Niamey que pide el anonimato explica la razón: "El 80% de los diputados son terratenientes".

En las regiones más ricas, cerca de la frontera con Nigeria, donde viven tres millones de personas, también hay hambre. Se ve a cientos de mujeres caminando en fila a la vera de las carreteras con sacos blancos sobre la cabeza que vienen de algún punto de reparto de ayuda humanitaria. Para el Gobierno, en teoría democrático, elegido en las urnas desde 1999 tras años de dictaduras y golpes de Estado, ya no hay crisis, si es que alguna vez la hubo. Es la cantilena oficial de un mundo feliz en el que empiezan a sobrar las ONG, que con su presencia desmienten la tesis del ya pasó. En las ciudades de Zinder y Maradi se levantan campamentos de emergencia, formados por decenas de tiendas numeradas a brocha y pabellones de ladrillo para los casos más graves: niños con la mitad de su peso y tamaño, víctimas de una desnutrición severa y a menudo mezclada con malaria u otras enfermedades, que yacen en camas con los puñitos vendados, como guantes de boxeo, para evitar que se arranquen los tubos de oxígeno y los goteros que les unen a la vida. Para las madres, un niño tan enfermo es un problema familiar (la media de hijos es de ocho), pues les obliga a estar junto a él, lejos de casa y sin atender al resto de la prole, que queda en manos de la abuela, la hermana o una vecina. En Níger no existe seguridad social ni nada parecido; es un experimento de economía de mercado sin ninguna de sus ventajas. Sólo funcionan la emergencia internacional y la solidaridad rural, donde todo se comparte, de la olla a la tragedia.

"Cobrar la sanidad fue idea de los teóricos del FMI. Se llamó la Iniciativa Bamako [nombre de la capital de Malí] y se puso en marcha en 1987. Solucionó algunos problemas, pero creó otros mayores", afirma Ernesto Papa, médico argentino que trabaja para la cooperación belga y tiene una vasta experiencia en Burkina Faso, Malí y Costa de Marfil. "En los años setenta, en plena euforia tras las independencias y cuando aún no se había desarrollado la corrupción, los medicamentos eran gratuitos y el Estado podía abonar el salario de los funcionarios. Pero en los ochenta todo cambió tras el hundimiento de los precios de las materias primas. Aunque las medicinas seguían siendo gratis, no se encontraban en las farmacias. Para conseguirlas había que pagar diez veces su precio en el mercado paralelo. Es lo que pretendía solucionar la Iniciativa Bamako. Los donantes aportaron dinero para crear un fondo de medicamentos que al cobrarse a un precio modesto generaban ingresos que permitían reponerlas. Una buena idea que no funcionó en países tan pobres como Níger", dice Papa.

Hace varios meses, los donantes tuvieron otra buena idea: crear un fondo de solidaridad, dotado con cuatro millones de dólares, para reducir la mortalidad durante los nacimientos, que es uno de los Objetivos del Milenio para 2010. Sólo Francia y Unicef han entregado parte de la cantidad prevista, pero los demás exigen antes de comprometerse que el ministro de Sanidad de Níger realice un anuncio oficial; pero éste se resiste a proclamar la buena nueva de un fondo vacío y quedar expuesto ante sus compatriotas. El presidente Mamadou Tandja, presionado por la primera dama, que venía de reunirse con otras primeras damas de la zona, prometió a finales de octubre la gratuidad de las cesáreas. Ahora, el ministro de Sanidad tiene un segundo problema: cómo pagará el Estado los 120.000 euros que costarán las 1.500 cesáreas que se practican al año sin que afecte a las cuentas públicas.

LA TELE DEL PRIMER MUNDO

LOS HÉROES DEL FÚTBOL

En Oullam, Maradi, Zinder y Agadez hay bares con televisión por satélite. Los programas favoritos de los clientes son los culebrones brasileños y los partidos internacionales de fútbol. Los jóvenes que sueñan con viajar a Europa encuentran en ellos a sus héroes particulares: el camerunés Samuel Eto'o o el marfileño Didier Drogba, que triunfan en clubes tan poderosos y adinerados como el Barcelona o el Chelsea. Algunos de esos bares han levantado en el exterior palenques techados de hojalata. De lejos parecen corrales de cabras, pero de cerca son salas de cintas de vídeo y DVD pirateados con ordenadas hileras de sillas de plástico en su interior. No hay estrenos ni glamour, pero en ellos pueden verse los grandes filmes de acción de Chuck Norris: mucha patada y puñetazo.

En estos centros-ventana con vistas al Primer Mundo es donde los africanos descubren que otra vida es posible y que para alcanzarla sólo hay que jugarse el tipo en una lotería de destinos: atravesar varios países en todoterrenos abarrotados, adentrarse en un peligroso desierto tan grande como un océano (el Sáhara) y cruzar el estrecho que separa su mundo del otro. Saltar la valla de Melilla o descender de una patera en las playas de Tarifa es dejar atrás una esperanza de media vida y tener la oportunidad de otra completa. La gran evasión cuesta entre 350 y 700 euros a pagar a diversas mafias y tratantes; una fortuna, pues en el peor de los casos equivale a siete veces el sueldo mensual de un médico.

En el mercado principal de Agadez -una enorme plaza cuadrada, polvorienta y tostada por un sol abrasador- se venden camellos para filetearlos (230 euros los viejos; el doble, los jóvenes), sacos de mijo de 50 kilos a 15 euros, aceite de palma (un euro por litro), dátiles traídos de Argelia, sal en láminas y cacahuetes. En el centro, una sucesión de toldos descoloridos sirven de área de descanso. A lo lejos se entremezclan los lamentos de los animales: los balidos de las cabras con el mugido de las vacas. Algunos camellos, más que protestar tratan de morder a sus compradores. Las mujeres prefieren otro pequeño en el que están expuestos los productos agrícolas y las carnes troceadas al por menor, pero son pocas las que pueden permitirse el capricho de comprar. Las calles de ese zoco forman un pequeño laberinto, casi una fortaleza, donde los puestos no guardan un orden y los niños corretean en algarabía detrás del borde de la tapa oxidada de un bidón que simula una rueda. En las casas que rodean ese mercado, las mafias esconden a los emigrantes llegados de otros países africanos en espera de la oportunidad de enviarlos hacia Libia y Marruecos. Ése es el negocio, el que crea puestos de trabajo indirectos (vendedores de agua, de galletas, de gasolina…) y da de comer a los habitantes de Agadez ahora que dejaron de venir los turistas-aventureros.

Cerca de la aldea de Muntseka, a pocos kilómetros de Tahoua, un grupo de niños detiene al viajero. Le alertan de que la carretera está inundada tras la rotura de una tubería y que es necesario tomar un desvío. Abú, de 11 años, se ofrece como guiador. Dice que la única ruta alternativa es una pista llena de trampas. Viste una camiseta amarilla que le llega a las rodillas. No acude a la escuela porque prefiere ganar unos francos vendiendo baratijas en el mercado. El chico da órdenes precisas al conductor para esquivar los bancos de arena. A un lado, unos hombres empujan una camioneta atrapada. Abú les mira y maldice: "No quisieron ayuda". Siete días después, de regreso a Niamey, otro niño, Yibur, se ofrece en el mismo pueblo como guía para esquivar la inundación. Cuando se le pregunta si son los responsables de la rotura esboza una sonrisa que amenaza con salirse de la boca.

EN EL HOSPITAL

UN MÉDICO PARA 33.000

En Tahoua es donde empieza a oler a desierto. En la entrada del destartalado hotel Galaxi, el mejor de la ciudad, está clavado un tosco cartel firmado por el Ministerio de Economía de Níger. Parece otra de las befas del FMI: una sucesión de dibujos explican el delito de evasión fiscal y sus consecuencias penales. ¿Mano dura en un país en el que la inmensa mayoría de la población está parada, pasa hambre y no sabe leer? Dentro del Galaxi, en una terraza con mesitas y sillas herrumbrosas, tres personas canturrean canciones con sabor a Caribe y a revolución. Se llaman Hugo, Pedro y Maida, y pertenecen al grupo de 62 médicos cubanos desplegados en Níger en un programa financiado por Nigeria y Libia. "Venimos con un contrato de dos años, y nuestra misión es ayudar", explica Hugo, traumatólogo y apasionado defensor de Castro. Lo que no confiesa Hugo es que con su sueldo de expatriado también ayuda a su familia, allá en el centro de la isla.

En Agadez se encuentran otros 11 cubanos, la mayoría mujeres. Una tiene nombre de misil de Stalin, Katiuska, pero ahora, en el periodo especial, sin el apoyo de Moscú, prefiere Katy y maldecir la ocurrencia de sus padres. Viven juntos en una casa de pocos muebles y muchos metros, beben un ron indescriptible y no dejan de ver la televisión. Su emisora favorita es TVE Internacional, como también lo es para Hugo y Maida en Tahoua. Contra ese torrente de imágenes, nada tienen que hacer los fríos partes de su Embajada, con los que trata de orientarles en el mejor modo de entender la realidad.

En una de las camas del hospital de Tahoua se repone un camionero togolés de 42 años llamado Baua Lare. "Tuve un accidente y me rompí la pierna, pero no tenía dinero para pagar el tratamiento; después se infectó y el doctor tuvo que amputar". Hugo asiente, le pasa la mano por la cabeza y dice: "Sólo tenía una fractura de peroné y ahora ha perdido la pierna. Aquí el paciente se tiene que costear todo, desde la anestesia hasta las vendas. Es increíble. Para nosotros es duro porque venimos de otro sistema".

En los patios del hospital se ven personas ovilladas a la sombra de un árbol o de una cornisa. La doctora Maida, anestesista, lo explica: "Han venido a hacerse las pruebas, pero los especialistas no vienen todos los días, y a veces ni vienen cuando les toca. Si no están, los pacientes prefieren quedarse y esperar antes de regresar a sus aldeas, que están en muchos casos a 20 o 30 kilómetros". Hugo estudia al contraluz la radiografía de un muchacho aún imberbe. "Está curado", afirma en un francés cubanizado, y le ordena dejar de usar una de las dos muletas. "Quiero que empieces a apoyar esa pierna", le dice. El chico obedece a regañadientes, y cuando logra mantener el equilibrio esboza una sonrisa. Hugo invita a pasar a otro paciente y el chico se aleja sustituyendo la muleta por el hombro de su padre, y una vez en el patio, lejos de la mirada del médico cubano, coge la segunda muleta y se marcha balanceando su cuerpo y con la pierna encogida.

EN LA ESCUELA

UN 85% DE ANALFABETOS

La escuela de Abalane está en las afueras de Agadez. Son 565 alumnos de primaria repartidos en una decena de aulas luminosas: unas construidas con dinero alemán; otras, de una asociación de amigos francesa. Parecen muchos en un país en el que la educación no es obligatoria y los padres de las zonas rurales se resisten a enviar a sus hijos a estudiar. "Yo no fui, tampoco fue mi padre ni el padre de mi padre. ¿Para qué voy a enviar a mis hijos?", pregunta Marabú. Sólo un 34% de los niños de Níger está escolarizado. En el caso de las niñas, el porcentaje es menor, pues existe la tradición de que se queden en casa para ayudar en las labores domésticas, como en Afganistán o Irak.

En una de las aulas, un maestro les enseña francés: "Je suis, tu es, il est…". Sobre su mesa se apilan los cuadernos y libros entregados por Unicef. La clase es mixta: las chicas se concentran en los pupitres del centro, dejando los laterales a los chavales. Ellas parecen más elegantes y coquetas con su hiyab sobre la cabeza. El maestro saca al encerado a un chiquillo y le formula preguntas sencillas sobre el verbo que acaban de aprender. La víctima duda ante la pizarra, mira de reojo en espera de un soplo salvador y se rasca la cabeza manchándose el pelo de tiza. Otros vociferan desde sus escritorios, con la mano alzada, reclamando el derecho a acertar. En medio de ese alboroto de voces infantiles destaca la belleza de una niña que parece distinta. Se llama Lala. Su tez es más pálida, tiene 13 años y parece muy tímida. Tras fracasar en la dura prueba de la pizarra se lleva las manos a la boca y esconde el rostro. Es la mayor de tres hermanos y acude a la escuela de Abalane desde hace tres años. Un caso extraordinario, pues a esa edad los padres casan a sus hijas en matrimonio de conveniencia. A Lala le gusta el cálculo y odia los dictados. Aún no sabe lo que quiere ser de mayor ni qué es Europa: "Sólo sé que allí viven los blancos".

El Gobierno de Niamey, alentado por los gurús, congeló en 1990 el número de funcionarios, una medida que incluye a maestros, doctores y enfermeras. El informe del PNUD es demoledor: Níger tiene un médico por cada 33.000 habitantes, y Noruega, el país en el que mejor se vive del planeta, uno por cada 280. El presidente Mamadou Tandja, que se está gastando un dineral en el adecentamiento de la ciudad para los Juegos de la Francofonía 2005 (naciones africanas de lengua francesa), ha decidido aflojar la soga de su rigor presupuestario y permitir la contratación de 200 médicos. ¿Doscientos después de 15 años sin reemplazar a los jubilados y a los muertos? Mientras unos y otros analizan las consecuencias de sus políticas e iniciativas adoptadas hace 17 años, la realidad sigue con su goteo: uno de cada cuatro niños muere antes de cumplir cinco años; es decir, 160.000 cada 12 meses, un maremoto que no sale en los informativos y del que nadie habla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de diciembre de 2005