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ELECCIONES EN ALEMANIA

Alemania encara el cambio pendiente

El vencedor de los comicios habrá de afrontar reformas a fondo en el país más poderoso de la UE

Más de 60 millones de alemanes acuden hoy a las urnas en lo que probablemente son las elecciones más reñidas de la historia de la República Federal, el país más poderoso de la Unión Europea. Decidirán sobre los dos principales contendientes, el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder y el candidato democristiano, Edmund Stoiber, dos personalidades distintas, pero cuyos programas apenas se diferencian en las cuestiones más apremiantes para una sociedad que se resiste a las reformas y que hace de Alemania un gigante maniatado por sus propias leyes y sus hábitos. El vencedor se enfrentará a la incertidumbre de una legislatura en crisis, pero el perdedor tendrá certeza de su más rotundo fracaso.

'Las decisiones que afectan a cuestiones existenciales de Alemania se toman en Berlín. En ningún otro lugar. Quiero que quede muy claro. Y a todo el mundo'. Gerhard Schröder, canciller federal alemán, en el cierre de la campaña electoral. Dortmund, 20 de septiembre del año 2002.

El socialdemócrata Gerhard Schröder concluye su campaña electoral, en el papel del 'patriota', ese término tanto tiempo condenado al ostracismo por el vocabulario político alemán. Una decisión, existencial o no, que se tomará en toda Alemania este domingo y que puede tener inmensas consecuencias para el futuro del propio país, de la Unión Europea, de la Alianza Atlántica y de la seguridad internacional, se conocerá en Berlín en algún momento de esta tarde o noche cuando se concluya el recuento de votos de las elecciones federales.

Todos aceptan la necesidad de reformas, pero siempre que no afecten a sus intereses

¿Seguirán gobernando Schröder y su ministro de Asuntos Exteriores, Joschka Fischer, con su coalición entre el SPD y los Verdes y marcarán así la apertura de una época de cambios? ¿Ganará el conservador bávaro Edmund Stoiber en alianza de su partido CDU-CSU con los liberales del FDP y degradará así la pasada legislatura rojiverde a mero episodio? ¿Cambiarán los liberales de trinchera tras los resultados para unir fuerzas con Schröder? ¿U obligará la artitmética a los dos partidos mayoritarios, el SPD y la CDU-CSU, a crear una gran coalición? ¿No logrará finalmente ingresar en el Bundestag el partido ex comunista oriental del PDS y erigirse en juez del reparto de poder con apenas el 5% de los votos?

Son muchas las preguntas que hoy se plantean todos los alemanes ante las elecciones más reñidas de su historia. Pero son las preguntas inmediatas con solución a plazo fijo. Esta noche se sabrá quién ha perdido y después comenzará la negociación para la creación de un Gobierno viable. Pero las grandes incógnitas que atenazan a Alemania desde hace muchos meses de campaña electoral tienen sus orígenes en la evolución política, social y económica de la última década y las respuestas serán más lentas y sobre todo mucho más trascendentes que los porcentajes que hoy alcancen las diversas alternativas. ¿Quién tendrá el coraje de romper de una vez por todas la resistencia numantina a todas las reformas laborales y económicas que ejercen sindicatos, corporaciones profesionales, empresarios y Estados federados de signo opuesto al Gobierno federal? ¿Quién será capaz de romper la madeja de hiperregulaciones, burocracia e intereses particulares bunquerizados que atenazan a la economía y a la propia sociedad? ¿Quién va a atreverse a imponer una liberalización que rompa toda la inmensa alianza sagrada del inmovilismo sin temer ser castigado en las urnas después, en las municipales o en las de algún Estado federado, que se suceden año tras año? ¿Quién va a lograr que un Parlamento repleto de funcionarios emprenda la lucha contra el sabotaje de los empleados públicos a cualquier reforma, en un país donde hay cinco millones de funcionarios y por tanto de electores?

Casi todos prometen hacerlo, desde Schröder y Stoiber al liberal Guido Westerwelle y también los Verdes de Fischer por lo visto y oído en esta larga y tempestuosa campaña electoral. Tan sólo los ex comunistas del PDS siguen en la militante defensa de un Estado que cada vez acumula más deudas, logra menos ingresos y se ve sistemáticamente ordeñado por grupos de presión como la industria farmacéutica debido a la falta de reforma del sistema de salud o por ese lastre reaccionario e inmovilista de los maestros en el sistema educativo que han convertido a la otrora admirada escuela y universidad alemanas en pozos de fracaso escolar, falta de adaptación a la vida profesional cuando no analfabetismo funcional. Todos dicen ver los problemas, incluso aceptar la necesidad de las reformas. Hasta su urgencia. Pero siempre que los cambios no afecten al grupo de interés que ellos representan. Los intereses adquiridos se cruzan y entrecruzan hasta crear una malla impenetrable, una muralla que ha estancado los problemas que se acumulan sin cesar, anegan y corroen las estructuras propias de un Estado que en su día fue moderno.

Con la muralla se ha topado Schröder. No es que no se hayan logrado conquistas considerables en los últimos cuatro años de Gobierno rojiverde. La reforma de las pensiones es un paso adelante. Lo es también la reforma fiscal, aunque haya sido suspendida un año para hacer frente a los gastos generados por las devastadoras inundaciones de agosto pasado. En materia de inmigración, se ha logrado adaptar en gran medida a la realidad las leyes y se ha acabado con el absurdo del derecho ciudadano de sangre que daba la ciudadanía a un ruso con un bisabuelo alemán, pero se la negaba a un turco nacido en Alemania en tercera generación.

Dice el alemán y hoy lord británico Ralf Dahrendorf que 'hay que liberar a Gulliver' de sus ataduras y que para ello hace falta un Gobierno que no tenga obsesión por el consenso, porque querer contentar a todos equivale finalmente a reducir los cambios a la nada. Pero eso es precisamente lo que los dos candidatos a la cancillería han vuelto a hacer durante esta campaña. Y lo que Schröder ha hecho al menos en los dos últimos años de una legislatura que comenzó con mejores propósitos y que fue dando paso a un oportunismo y un populismo que han devorado algunas de sus mejores conquistas.

Impotencia a la hora de hacer reformas, datos económicos obstinadamente negativos, pérdida de credibilidad y una campaña electoral reñida son cuatro ingredientes que juntos desembocan en un resultado casi inexorable de demagogia e irresponsabilidad. A dicho plato han creído todos tener que ir a buscar el voto. Si Stoiber comenzó con su piel de cordero en la creencia de que, dado el estado calamitoso de la economía, él se podía limitar a subrayar su competencia como gestor, todo lo más después de las inundaciones, comprendió que no era así y que Schröder tiene una percepción del ánimo de la sociedad y un instinto político que él no adquiriría ni en cinco vidas. Necesitaba el bávaro nueva munición electoral y la adquirió en el fondo nacionalista tan profusamente saqueado ya por Schröder como en la xenofobia a la que no se había atrevido a recurrir antes para no despojarse del halo de centrista.

El presidente norteamericano George W. Bush, con sus ademanes de desprecio hacia todas las sensibilidades europeas y muchas especialmente alemanas como el medio ambiente (Kioto), la obsesión por evitar al máximo la intervención militar (Irak) y la cooperación norte-sur (Johanesburgo) hizo finalmente la aportación necesaria para hacer de la campaña electoral alemana una rebelión nacional con tintes de despropósitos retóricos. Lo que no quiere decir que no exista una convicción profunda en Alemania, por encima de generaciones e ideologías, de que la actual política norteamericana merece una respuesta firme por parte de una sociedad que ha levantado anclas de sus purgatorios de posguerra y no acepta tratos de vasallo como los que cree haber visto en la actitud de Washington. El patriotismo o la ilusión nacional sirve como satisfacción sustitutoria del orgullo de la Alemania en expansión económica. Si antes el objeto de devoción era el marco ahora lo es la capacidad de decirle al propio Bush lo que se piensa de él.

La ministra de Justicia, Hertha Däubler-Gmelin, niega haber dicho que, con su afán belicista, Bush intenta desviar la atención de sus problemas internos 'como ya hacía Adolfo el nazi' y desmiente también con vehemencia la frase que se le atribuye asegurando que 'el sistema judicial norteamericano es apestoso'. Lo cierto es que sus declaraciones no sólo son perfectamente verosímiles en el contexto de una reunión con dirigentes sindicales alemanes, sino que no perjudican en absoluto a su partido porque son compartidas por gran parte de la sociedad.

En Alemania, quizá más que en ningún otro país europeo, exista la percepción de que se ha abierto un abismo cultural y de civilización entre Europa y Estados Unidos y que se manifiesta por la profunda repugnancia que genera a este lado del Atlántico la pena de muerte que precisamente expresó, ya como ministra de Justicia, Däubler-Gmelin hace dos años y por un unilateralismo que se percibe como vejatorio para los aliados, aparte de una infinidad de desafectos que se suceden en cuestiones como el conflicto palestino-israelí. Alemania tiene serias dificultades para adaptar su propia sociedad y su Estado a las circunstancias actuales, pero cada vez es menos tímida en la defensa de sus propios conceptos políticos internacionales. De esto habrán de ser conscientes todos, para bien y para mal.

Los alemanes votan hoy conscientes de que viven en un país con enormes problemas pero íntimamente convencidos, cada cual por su parte, de que viven mejor que la inmensa mayoría y por ello les cuesta hacer sacrificios. Muchos saben que si no hacen sacrificios hoy, su situación mañana será peor. Pero la renuncia es dura. Tan dura que los candidatos a la cancillería han tenido mucho cuidado en no plantearlos y menos en exigirlos. Sólo cabe esperar que después de las elecciones, el ganador logre un Gobierno, el que sea, con capacidad de decirles a los alemanes la verdad, exigirles medidas dolorosas en consecuencia. Todo ello sin renunciar a defender sus otras verdades en el exterior con firmeza, sin complejos pero también sin recursos fáciles de agitación tan desgraciados como propios de campañas electorales tan reñidas como la que ayer acabó.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de septiembre de 2002