Desaparecidos en Argentina
En este mismo mes, siete años atrás, mi hermano José Nicasio Fernández Álvarez, de nacionalidad española, era secuestrado de su domicilio por las bandas armadas de los militares que habían usurpado, pocos meses antes, el poder en Argentina.Su esposa y los vecinos fueron impotentes testigos de este ultraje, inspirado en las más puras tradiciones fascistas, ideología sustentada por sus secuestradores. Mi hermano, junto a miles y miles de argentinos y extranjeros, jóvenes y ancianos, hombres, mujeres y niños, obreros, estudiantes, profesionales y religiosos, seres humanos, se convirtieron desde ese momento en uno de los más grandes problemas de este siglo: el drama de los desaparecidos, este drama aún río resuelto.
Escribo estas líneas con gran dolor, con el dolor propio de a quien le han arrebatado a un ser querido, a un hermano, con quien se comparte la sangre, las raíces, la infancia, la sonrisa. Pero trataré de volcar mis pensamientos en forma objetiva.
El problema de los miles de desaparecidos en Argentina puede ser analizado desde las ópticas más variadas: política, religiosa, humanitaria, etcetera, pero no tengo duda alguna que, desde donde se lo mire, trasciende su propio marco, supera lo sectorial, lo nacional y se presenta a los ojos de la humanidad como un ejemplo de salvajismo, de arbitrariedad, de atropello a todo lo que conocemos como derechos, desde el derecho a la vicia hasta el derecho a disentir, a pensar y expresar los pensamientos.
Hoy, siete años después, el pueblo argentino se expresó en las elecciones reclamando la aclaración de todo lo sucedido. La aparición con vida de aquellos que fueron arrancados del seno de sus familias y el castigo a los culpables.
Sólo la verdad y la justicia atenderán los tañidos de las campanas. Pero éstas seguirán sonando, para que siempre estemos alerta y en guardia contra la injusticia, el crimen y la barbarie./
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