Pensar el mundo ‘desde el refugio’

El Foro de la Cultura de Burgos celebra su cuarta edición de forma exclusivamente virtual ante el avance de la pandemia en la provincia

Un momento de la charla entre Mónica Gutiérrez, miembro del colectivo Basurama, el cineasta Javier Fesser y el escritor Andreu Escrivá, moderados por Roberto Lozano.
Un momento de la charla entre Mónica Gutiérrez, miembro del colectivo Basurama, el cineasta Javier Fesser y el escritor Andreu Escrivá, moderados por Roberto Lozano.@Francisco J de las Heras

Todas las localidades estaban reservadas. Los ponentes habían preparado las maletas. Burgos estaba lista, un año más, para convertirse durante tres días en una especie de capital del pensamiento mundial. El Foro de la Cultura, encuentro interdisciplinar entre profesionales que, desde 2014 acoge bianualmente la ciudad, pretendía celebrarse de forma presencial. Pero el implacable avance de la pandemia en la provincia obligó a la dirección a trasladar, en casi el último momento, todos los actos a la pantalla. Así, sus más de 50 ponentes se han quedado en casa, desde donde, en el momento en el que los micrófonos se hubieran abierto ante el auditorio –que había reducido su aforo al 15%– se conectan al canal de YouTube para crear eso que Óscar Blanco, su coordinador, llama “experiencias únicas”.

De forma, un tanto, admite, “premonitoria”, la edición de este año, la cuarta, iba a llamarse, y así se llama, Desde el refugio. Y, por supuesto, había contemplado la posibilidad de utilizar el streaming para paliar la ausencia de ponentes internacionales, ideando ya un foro, recuerda Blanco, “híbrido”. Así, desde el pasado lunes, y a razón de una por día, se han ido lanzando diversas charlas, que han reunido a periodistas científicos como Carl Zimmer con escritores activistas como Lars Mytting, a sociólogas como Saskia Sassen con filósofos como Javier Gomá, y a un historiador como Philipp Blom con el agricultor y educador Jean Martin Fortier. ¿La idea? Pensar el mundo desde la nueva normalidad pandémica, explorar lo posible y necesario de la sostenibilidad, y el papel que cualquier disciplina puede jugar en el inminente nuevo tablero.

“En el siglo XVII”, apuntó Blom, “se produjo una glaciación en la Tierra que hizo caer dos grados la temperatura en todas partes, provocando una sacudida tremenda en la agricultura, que desembocó en hambre y un descontento que fracturó la sociedad”. El autor de El motín de la naturaleza (Anagrama) tenía enfrente al agricultor Fortier, que no se conectó desde su casa sino de su pequeña explotación agrícola. La suya era una de las charlas planeadas para hacerse en remoto. Fortier dijo no estar seguro de que “nuestros sistemas sepan adaptarse a las condiciones mutantes del medio ambiente de los próximos años”, y se mostró convencido de que todo volverá a ser local y de alguna forma sostenible, porque no habrá otro remedio. Blom zanjó parte de la cuestión asegurando que “el neoliberalismo se está viniendo abajo y el vacío que va a dejar lo llenará algo distinto”.

La intención no es, dice Blanco, “tematizar” el contenido, es decir, no hay una directriz única en lo que espera abordarse, y así las charlas lo mismo se detienen en El cerebro y sus límites, y sientan juntas, en la distancia impuesta por lo virtual, a una neurobióloga, Mara Dierssen, y una escritora y activista, Elizabeth Duval, que en el posible papel transformador del artista, pero acaban inevitablemente en la necesidad de una toma de conciencia ante el desastre climático responsable también de la pandemia. “No puedo entender cómo podemos seguir pensando en ir a comprar unos zapatos o en salir a esquiar ante la tragedia irreversible a la que nos enfrentamos”, apuntaba el cineasta Javier Fesser, que confesó haberle declarado “la guerra” al plástico convencido de que “los pequeños gestos suman muchísimo”.

Por ejemplo, tanto en su caso como en el de Gracia Querejeta, también cineasta e incluida en la charla sobre el activismo artístico junto a la escritora Edurne Portela y el músico David Ruiz, cantante de La M.O.D.A., se habló de la no anecdótica importancia de desterrar las “innumerables” botellas de agua que se utilizan en los rodajes, o como recordó también Ruiz, “en los conciertos o festivales”. En el caso de Fesser, el equipo de su película las sustituyó por “tres botijos” demostrando que “a lo mejor lo que tenemos que hacer es volver a lo básico”. En esto coincidió su compañera de discusión, Mónica Gutiérrez, miembro de Basurama, que aludió a la importancia de “nuestras abuelas” en ese “cambio de mirada”. “Para ellas, la basura no existía. Todo podía tener una utilidad. Hoy somos ciudadanos por la vía del consumo, y estamos perdiendo el foco”, añadió.

La manera en que, como creadores, puede ayudarse a subvertir la tendencia es, dijo Querejeta, no olvidando, a la hora de crear personajes “no extremos” se creen “con hábitos incorporados como el reciclaje”. Para Portela no hay forma en que la realidad pueda moldear la ficción si el creador no está preocupado por aquello que debería moldearla, y es inevitable, asegura, que hoy lo esté por el medio ambiente. “Si esas preocupaciones aparecen en mis personajes, es porque yo también las tengo, y es algo que me está pasando con lo que escribo ahora, que el entorno está tomando un protagonismo especial”, dijo. Y mientras Elizabeth Duval se mostraba “crítica” con “el potencial de la poesía para cambiar las cosas” en su charla con Dierssen, la neurobióloga consideraba que “el arte ha de servirnos para cambiar la manera que tenemos de enfrentarnos al mundo”.

Derribó Dierssen “la leyenda urbana” de que “solo utilizamos un 10% de nuestra capacidad cerebral” asegurando que “sería biológicamente caro tener algo que no utilizas”, y que lo que ocurre es que “no lo capitalizamos todo". "Nuestra plasticidad es enorme, aunque cuesta esfuerzo desarrollarla”, poco antes de que, no desde sus casas, sino desde la Fundación Espacio Telefónica se cerrase su colaboración de este año con el Foro de la Cultura con un polémico debate intergeneracional entre los filósofos Ernesto Castro y Fernando Broncano y la escritora Belén Gopegui, representantes de tres generaciones distintas, y decididos, cada uno desde su propio frente, a acabar también con, como dijo Broncano, “la mitificación de las generaciones”. “Las generaciones no son sujetos históricos”, añadió Broncano.

“Las generaciones no tienen la importancia sociológica que se cree”, aseguró Castro, que citó a Ortega en más de una ocasión y convino estar de acuerdo su afirmación de que “la generación es un punto de contacto entre la élite y la masa” y en ese sentido “puede definirse tanto por el año de nacimiento como el de consolidación”, en especial, en lo que se refiere a lo literario. Para Gopegui, sin embargo, respecto a la llamada Generación Z, “sí se ha producido una ruptura histórica, porque no es que no vayan a tener una casa, es que no tendrán un planeta en el que vivir”. Apostó la escritora por lo que unos pueden aprender de otros, y aseguró haberse “construido” contra la España “del pelotazo” y a la vez que los que más la enseñaron “fueron las personas de esa generación”. “No hay que entenderlas como agentes históricos”, insistió Castro, para quien lo interesante “es que ya no se definen por las guerras sino por la contracultura y lo tecnológico”.

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