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Terele Pávez: desquiciada clarividencia

Representó la España negra como pocas porque la llevaba en la mochila vital, como mujer y como actriz

La actriz Terele Pávez, en el festival de cine de San Sebastián, en 2015.

Equilibraba su bondad con una mirada del averno, corrida de rímel. La voz ronca, atemperada por palabras amables y sonrisas de cumplir, ante todo lo que consideraba absurdo. Por ejemplo, que la gente se extrañara de que viviera con su hijo, Carolo, más de que si lo hiciera con una boa constrictor. Pero es que era el único que andaba siempre ahí: entre las luces de una carrera contagiada por el efecto de sus hermanas y las tinieblas de una estirpe a la que la historia pasó recibo.

Para entender a Terele Pávez hay que hurgar en su infancia. Su padre, Ramón Ruiz Alonso, anduvo de una manera clara y directa implicado en el asesinato de Federico García Lorca. Según Ian Gibson, lo alentó como cabecilla de la Falange en Granada y se alardeó de ello. Las hermanas de Terele Pávez, Emma Penella y Elisa Montes, brillaron también como actrices. Y empujaron con motivación a la pequeña de la familia hacia las tablas.

Lo asombroso fue como lo que podía haberse convertido en estigma, y más dentro del mundo del teatro, se transfiguró en algo digno de respeto. Por el sentido común y el buen partido que supo sacarle a determinadas circunstancias. Cuando a Terele se le preguntaba por sus hermanas, admitía hasta los piques que, naturalmente, surgían entre ellas. Lo hacía, además, consciente de que al ascendente maternal y protector de las mayores multiplicaba los conflictos. Y cuando le preguntabas sobre el padre, enfundaba la respuesta en una lealtad filial desarmante. Llegaba a entender la indignación colectiva ante su figura y te decía que, no sin ganas, las tres habían prescindido de su apellido. Pero no podía dejar de darle el beneficio de la duda, sin que se lo tuvieras en cuenta. Más en un país donde todas esas cosas de los padres y los hijos, se saben perdonar, aunque uno de ellos hubiera encendido la guerra de Troya, como fue el caso de Ruiz Alonso.

Llegaba a entender la indignación colectiva ante la figura -a quien se relaciona con la muerte de Lorca- y te decía que, no sin ganas, las tres hermanas habían prescindido de su apellido"

Pero el morbo no contagiaba solo a los periodistas. También a sus compañeros de profesión. Morbo que podía haberse convertido en un simbólico efecto de reconciliación, si Terele hubiera aceptado representar ese papel casi a su medida: Bernarda Alba.

Imaginen, la hija de uno de los responsables del asesinato de Lorca encarnando al símbolo que el genio del poeta metabolizó en dramaturgia para plasmar la España más tenebrosa. Pero Terele dijo no. Que a tanto no llegaba. Rechazó las ofertas —no fue solo una—, consciente de que hubiera  vendido mucho billete. También segura de que meterse a fondo en esa líneas y como carcelera de aquella casa teñida de luto, la habría sumergido en otro de sus hoyos.

Y ya había sufrido bastantes. Supo superar épocas de trifulca y desamparo. De batallas con el alcohol y visitas de acompañante nada deseado en forma de locura. Hostales de colchones con púas de donde siempre la sacaba el báculo de su hijo Carolo, más que un triunfo aquí y allá. Las tentaciones la sorprendieron en su época más dorada, cuando como actriz fetiche de Álex de la Iglesia, llegó a ganar un Goya por Las brujas de Zugarramurdi. Claro que ya había cosechado tantos reconocimientos simbólicos en las cabezas de los espectadores que uno, físicamente, entre sus manos, no extrañaba. Pero es que a Terele le costó conseguir premios y no despreció homenajes con tal de sentirse querida, reconocida, justamente tratada.

No en vano, había sabido representar con la misma convicción el látigo y la espalda supurante de la España negra por haberlo vivido, por haberlo padecido. Y así nos aterraba y nos reflejaba con esa firme intensidad que le hacía acunar a la niña chica, mientras daba cobijo al hermano bobón o se desquiciaba ante la mansedumbre del marido como la Régula, de Los santos inocentes, bajo las órdenes de Mario Camus. O nos salpicaba con sus pócimas en La Celestina (con Gerardo Vera) con la misma dosis inquietante que le hizo convertirse desde El día de la bestia en actriz fetiche de Álex de la Iglesia.

Toda esa carga la soportaba Pávez en pantalla con tanta verdad que hacía daño. Con tanta entrega, que se colaba como en el salón de tu casa, hasta el desván de las más inquietantes miserias colectivas. Pocas actrices han representado nuestros fantasmas con una mayor desquiciada clarividencia.

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