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Muere la actriz Terele Pávez a los 78 años

La intérprete de teatro, cine y televisión, ganadora de un Goya en 2014, fallece en Madrid por un derrame cerebral

Terele Pávez, con el Goya que ganó por 'Las brujas de Zugarramurdi' en 2014.

Fue Régula en Los santos inocentes, la alcahueta de La Celestina y una de las brujas de Zugarramurdi. Terele Pávez fue muchas. Encarnó a centenares de personajes en el cine, el teatro y la televisión. A todos ellos prestó una voz ronca e intransferible y un rostro esculpido por los sinsabores de la vida. Murió este viernes, a los 78 años, de un derrame cerebral en un hospital de Madrid. Nacida en Bilbao en 1939, fue una de las grandes actrices secundarias de la escena y el cine español, pero imprimía tal fuerza, carácter y humanidad a sus personajes que su figura quedaba impresa en la retina del espectador. No interpretó muchos papeles protagonistas, pero sí fue muy popular entre el público.

Nació casi en el escenario, como sucedió con muchas de sus colegas de generación. No en vano, perteneció a una de las estirpes más conocidas del teatro español. Junto a sus hermanas Emma Penella y Elisa Montes pasó la mayor parte de su vida en los escenarios y trabajó con directores como Berlanga, Mario Camus, Gerardo Vera, Vicente Aranda, Bigas Luna o Álex de la Iglesia. Sobre ella y sus hermanas siempre pesó la losa de una acusación: la que implicaba a su padre, Ramón Ruiz Alonso, en el asesinato de Federico García Lorca. ¿Hasta qué punto les marcó? “Pues ya te puedes imaginar, claro que nos ha afectado a las tres hermanas. Hasta en eso del apellido, el quitarnos el Ruiz las tres, pues nos lo quitábamos porque nos avergonzábamos. Pero paso, ya está bien. Era un buen padre”, respondió en una entrevista a este periódico.  Sus padres eran el diputado de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), durante la Segunda República Ramón Ruiz Alonso, y Magdalena Penella.

Este hecho familiar le llevó a rechazar hace unos años el papel protagonista de La casa de Bernarda Alba, que le ofrecía el director teatral Juan Carlos Pérez de la Fuente. Pávez le confesó a la periodista Rosana Torres que no sabía si es que Pérez de la Fuente desconocía quién había sido su padre o si solo quería un montaje con morbo.

En 2014 ganó el Goya a la mejor actriz de reparto por Las brujas de Zugarramurdi, dirigida por el que se constituyó en una especie de ángel de la guarda, Álex de la Iglesia. El galardón fue un halago, por supuesto, comentó ella en este diario, pero tal vez lo fue más el de la Crítica, porque, como ella misma afirmó, también lo había ganado su hermana Emma.Su último papel en el cine fue en otra película de De la Iglesia, El bar, estrenada este año.

No fue fácil la vida de esta nieta y bisnieta de los compositores Manuel Penella Moreno y Manuel Penella Raga. Vivió temporadas en el infierno, que compaginaba con subidas a los cielos, como ella misma señalaba. Se llegó a decir que vivía en la calle. Ella lo negó con la misma naturalidad de la hizo gala sobre el escenario: “Estaba sentada en un banco y me quedé dormida. Me vieron, me sacaron una foto y se lio”.

Aquellos años de malentendidos, de dejadez y de olvido pasaron y en la última etapa disfrutó de nuevo del aprecio de sus colegas y del público.

Decía que llevaba un tiempo que se sentía guapa porque ya solo tenía las preocupaciones normales de cualquier ciudadano. “Pagar la luz, una neverita un poco bien…”.

Momentos negros

No le gustaba hablar de los momentos negros de su mente, de esos agujeros que llevan a la nada y con los que convivió más tiempo del deseado. “Este es un país tan raro que cuando vemos a alguien en el hoyo, después de haberlo metido, nos da por sacarlo”, sostenía.

Fue Álex de la Iglesia quien la sacó del ostracismo y la devolvió a la primera línea. Demostró su seriedad, su carácter concienzudo sin abandonar un cierto aire de marginalidad que ella misma se había encargado de cultivar. Llegó a decir que a veces se sentía mejor con los mendigos.

Los directores que trabajaron con ella destacaban su capacidad para mutarse en el personaje asignado. “Vi cómo lloraba en el momento justo, cómo respondía a la situación con recursos y pensé: Es un monstruo”, señaló Gerardo Vera.

Tenía claro desde niña que su mundo era la actuación. Con nueve años entró en el Teatro Español y no se le olvido jamás. Era una observadora tranquila, distinta. Hasta que descubrió el teatro. “Dije una frase y me gustó mi voz en escena. Aquello llegaba a todas partes. La voz que tenía era ésta eh, no te creas, la de siempre”, explicó.

Tuvo excelentes actuaciones teatrales con La casa de las chivas, de Jaime Salom, o La Celestina. En televisión y cine intervino en Fortunata y Jacinta, de Angelino Fons; La envenenadora de Valencia, de Pedro Olea, o más recientemente en Cuéntame cómo pasó.

Régula, la madre de la familia que malvive en la finca de un señorito, fue uno de sus papeles más impresionantes. Mario Camus, director de Los santos inocentes, la adaptación al cine de la gran novela de Miguel Delibes, dijo de esa interpretación: “Aportó una humanidad fantástica, el papel le iba a medida, ella misma se lo buscó, no tuve que decirle nada. Y nadie podría haberlo hecho mejor”.

Su debut en el cine fue de niña, con 12 años, en Novio a la vista, de Luis García Berlanga, a la que siguió, en 1959, Tenemos 18 años, de Jesús Franco. Su apellido artístico procedía del segundo de su abuela materna, Emma Silva Pávez, de origen chileno, y que usó para diferenciarse de sus hermanas. Ella era la más pequeña de las tres actrices, que solo coincidieron en una ocasión, La cuarta ventana, filme de Julio Coll, de 1963.

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