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Dos estudios relacionan la falta de sueño y la placa dental con el alzhéimer

Los trabajos se centran en las proteínas cuya acumulación en el cerebro caracteriza la enfermedad

Un grupo de diez personas en las primeras fases de Alzheimer o con demencia en una visita a una serie de ninots en Valencia el 16 de enero pasado.
Un grupo de diez personas en las primeras fases de Alzheimer o con demencia en una visita a una serie de ninots en Valencia el 16 de enero pasado. Europa Press

El alzhéimer pertenece a ese grupo de enfermedades frecuentes (40.000 casos nuevos cada año solo en España, 800.000 afectados en total) de las que no se sabe la causa. Se conocen sus manifestaciones en el paciente, y en su cerebro: una acumulación de dos proteínas llamadas tau y beta-amiloides. Pero se ignora cómo se desencadena esa anormalidad. Sendos estudios publicados esta semana apuntan a dos factores relacionados, tan dispares como la falta de sueño y una bacteria que causa gingivitis. 

Se trata de dos ensayos en animales y en muestras humanas, muy preliminares, que dan pistas para investigar más, pero cuyas consecuencias en la práctica clínica son impredecibles –sería facilísimo que lavarse bien los dientes previniera el alzhéimer, pero no parece que vaya a ser tan sencillo– y, si llegan, a largo plazo.

En uno de ellos, publicado en Science Translational Medicine, un equipo dirigido por Jerrah K. Holth, de la Universidad de Washington en San Luis (Misuri) midió la proteína tau en el cerebro de ratones y en el líquido cerebroespinal de personas. En los animales se observó una relación directa entre la cantidad de esta proteína liberada al espacio intersticial (el que hay entre las neuronas) y el estado de vigilia. Durante el sueño, la segregación de tau baja, y cuando el animal se despierta, esta aumenta hasta un 90%. Eso en condiciones normales. Si se somete al roedor a un periodo de vigilia forzado (30 horas o más), la concentración sube hasta duplicar el nivel durante el sueño.

En los humanos se da un proceso similar. Por cuestiones de seguridad de los voluntarios, no se midió la tau en el cerebro, sino en el líquido cerebroespinal (el de la médula) que es mucho más fácil de conseguir.

Esta variación en la tau se une al de la otra proteína que se considera clave en el desarrollo del alzhéimer, la beta-amiloide, de la que también se ha descrito una relación con la falta de sueño.

Jesús Ávila, director científico de la Fundación CIEN (Centro de Investigación en Enfermedades Neurodegenerativas) afirma que este trabajo está en línea con otros, como uno dirigido por José Luis Cantero, de la Universidad Pablo de Sevilla de Olavide, que también estudia la relación de la proteína tau con el ciclo del sueño de ratones modificados genéticamente para no expresar el gen correspondiente. "No sé por qué no lo cita", se pregunta. Pero el científico advierte de que eso no puede llevar a decir que "una noche sin dormir produce alzhéimer", como se publicó entonces (el artículo de Cantero es de 2010). Además, aunque reconoce la relación, cree que al estudio estadounidense le falta "explicar por qué se produce" el aumento de proteína tau.

Ese detalle de la explicación sí lo encuentra en otro trabajo publicado esta semana, este en Science Advances, que relaciona el alzhéimer en ratones con la Porphyromonas gingivalis, una bacteria "clave en la periodontitis crónica", como la definen los autores del trabajo, que firma en primer lugar Stephen S. Dominy, profesor asociado de la Universidad de California en San Francisco y cofundador de la empresa Cortexyme, creada precisamente para explotar este tipo de trabajos.

"Este artículo sí describe el mecanismo de actuación", valora Ávila. Este consiste en que la bacteria genera unas toxinas, las gingipaínas, que son neurotóxicas y afectan a las proteínas tau en ratones, y les causan caño cerebral, según describe el artículo. Es más, los investigadores han sintetizado una molécula que bloquea las gingipaínas, y han observado, siempre en el modelo animal, que el efecto se revierte. En el mismo artículo anuncian que han pedido permiso para probarlo en humanos.

Una de las dudas que podía haber en este trabajo era si podía darse la relación inversa: que el alzhéimer provocara un aumento de las infecciones de las encías por un deterioro en las habilidades de las personas que les hiciera descuidar su higiene bucodental, pero el estudio ha demostrado que, al menos en ratones, es al revés: la mala salud oral repercute en el cerebro.

David Herrera, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y experto de la Sociedad Española de Periodoncia (SEPA) afirma que el trabajo es "un golpe de mano en un campo en el que llevábamos trabajando 15 años". "La relación de la periodontitis y el alzhéimer se estudiaba desde hace tiempo, pero en el artículo se fija el mecanismo de la interacción", añade.

Esta relación entre la placa bacteriana y el cerebro es una manifestación más del impacto de los microorganismos y la salud de las personas que los alberga. Igual que la microbiota intestinal se relaciona con numerosas enfermedades, la de la boca se asocia a dolencias que van desde la diabetes a las cardiovasculares. "De hecho, el microbioma de la boca es más complejo que el intestinal, y se asocia a muchas enfermedades", dice Herrera.

Sin embargo, el periodontista encuentra una diferencia: en la periodontitis hay un doble efecto, la infección por las bacterias y el proceso inflamatorio. En la relación con la diabetes (muy sólida), y con las enfermedades cardiovasculares (algo menos), prima la parte inflamatoria, dice el médico, mientras que en el caso del alzhéimer es más importante la parte bacteriana, ya que aunque las gingipaínas pueden viajar solas, lo más normal es que sea la bacteria la que se desplace.

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