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El epigenoma difiere entre las distintas razas humanas

El sistema de regulación de los genes también es específico

Esta especialización ayudó a los humanos en su propagación desde el cuerno de África

El cuadro 'Las tres razas', de Francisco Laso. Ampliar foto
El cuadro 'Las tres razas', de Francisco Laso.

La raza –el color de la piel, la forma de los ojos y los pómulos, la complexión- está en los genes. Pero estos no son los únicos factores biológicos que identifican a cada población humana. El epigenoma –un sistema de activación o silenciamiento de los genes- también se ha demostrado específico, según un estudio del Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (Idibell) que publica Genome Research.

El epigenoma es, probablemente, la más reciente estrella de las investigaciones biológicas básicas. Se podría decir que es el sistema de interruptores que encienden o apagan los genes. Y su importancia va en aumento. Para entenderlo, basta pensar en que todas las células de nuestro cuerpo tienen los mismos genes. Pero unas son de músculo, otras neuronas, otras de hueso. ¿La explicación? El epigenoma, que hace que los genes correspondientes se expresen (estén activos) o no. Es como si en un inmenso manual (el genoma) estuvieran las instrucciones para fabricar todas las herramientas de una ferretería. Solo un sistema de señalizaciones hace que los operarios sepan qué necesitan para hacer martillos, y qué para hacer sierras. Y, si las mezclan, podrían acabar construyendo un martillo dentado, de dudosa utilidad salvo en videojuegos de guerra.

Un sistema tan importante de activación y desactivación, de interruptor, biológicamente se resuelve con un sencillo mecanismo: ponerles una molécula de señalización. Como estas suelen ser grupos metilo, al proceso se llama metilación. El gen metilado queda, así, generalmente, inactivado. Casi podría decirse que el desarrollo consiste en elegir a qué genes se les va poniendo este silenciador. Y, llegado el caso, si se les vuelve a quitar.

El descubrimiento del grupo que dirige Manel Esteller ha permitido asociar la secuencia de metilaciones a distintas razas. “Hemos estudiado los epigenomas de trescientos individuos sanos de tres grandes poblaciones humanas (caucasianos de Estados Unidos, asiáticos de la etnia han de China y africanos subsaharianos) y hemos encontrado diferencias epigenéticas que permiten identificar cada grupo de humanos”, dice Esteller. “Existen genes que se encuentran más o menos activos (debido a distintos niveles de la marca epigenética denominada metilación del ADN) según el grupo poblacional estudiado”.

Esta especificidad en el proceso de metilación es muy importante para el proceso adaptativo de las poblaciones humanas. Todos tienen el mismo origen, un grupo africano –según lo que nos remontemos puede ser del suroeste o del cuerno de África-, pero han conseguido adaptarse a entornos muy diferentes. Se supone que la clave de la adaptación es la genética evolutiva: los cambios en el ADN confieren nuevas propiedades que hacen que se aguante mejor el calor o el frío, una dieta u otra, que se tenga más resistencia a unos patógenos. Pero cambiar los genes, una estructura profunda y muy bien protegida, es complicado. En cambio, cambiar la epigenética de un individuo es mucho más fácil. Esta reacciona mejor al entorno. Por ejemplo, eso explica que aunque todos tengamos los mismos oncogenes nuestros hábitos los activen o no. Y eso es clave para la adaptación de grupos, como los humanos, que se pasaron miles de años viajando.

Esteller lo explica así: entre los cambios atribuidos a la metilación, “cabe destacar aquellos relacionados con la pigmentación de la piel y la diferente resistencia a infecciones debidas a diversos microorganismos patógenos como los virus (hepatitis B y HIV) y bacterias (Shigella y Escherichia coli). Este último hallazgo contribuiría a explicar la distinta tendencia a desarrollar una enfermedad entre personas de diferente origen geográfico”. Aemás, hay epigenomas de varios tipos, y su configuración puede ser hereditaria, indica Esteller, por lo que la adaptación adquirida se puede consolidar en una población.

Así que cuando alguien apele a que una raza lleva la música, el deporte, la violencia o la inteligencia en los genes para explicar que es algo inmutable, se le podrá rebatir fácilmente: a lo mejor está en su epigenoma, y este cambia con relativa facilidad.