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El debate | ¿Cuáles son los límites del ‘true crime’?

El creciente éxito en televisión y ‘podcasts’ de ficciones y documentales sobre crímenes reales plantea la cuestión de sus fronteras, pues son un producto que puede hacer revivir el dolor de las víctimas

Antonio del Castillo, padre de la joven desaparecida Marta del Castillo, en una manifestación de apoyo en enero de 2009 en Sevilla.
Antonio del Castillo, padre de la joven desaparecida Marta del Castillo, en una manifestación de apoyo en enero de 2009 en Sevilla.García Cordero

Patricia Ramírez perdió en 2018 a su hijo Gabriel Cruz, de ocho años, asesinado por la entonces pareja del padre del menor. Quizá el crimen más mediático de los últimos tiempos en España, ha vuelto a primer plano por la posibilidad de que se convierta en producto televisivo. En una entrevista en EL PAÍS, Ramírez ha denunciado que ella no ha dado consentimiento para llevar la historia a la pantalla y llama “violencia mediática” al sufrimiento que provocan los productos de true crime en las víctimas reales de los crímenes.

Este género vive un verdadero auge en España, con revisiones documentales o ficcionadas de todos los crímenes famosos recientes. Dos productores españoles que conocen el género en profundidad analizan aquí los límites para hacer un producto de true crime. Para Xelo Montesinos, CEO de la productora Unicorn Content, detrás de series como El Marqués (Telecinco), no todo vale, pero todo debe ser contado, en especial si abre nuevas líneas de investigación. Ramón Campos, productor y guionista de El caso Asunta (Netflix), defiende que el género solo sirve si abre reflexiones más amplias que el simple entretenimiento, y sitúa como barrera el consentimiento de las víctimas.


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Conciencia social y verdad real

Xelo Montesinos

Las historias de true crime han generado siempre el interés de la sociedad. Según el autor y criminólogo Vicente Garrido, “la fascinación por el crimen es una especie de sentimiento natural del ser humano, una forma de intentar entender el comportamiento social”.

El género true crime no es novedoso. Forma parte de nuestra cultura desde que existen el crimen y los medios de comunicación. No es tendencia, es costumbrismo. Su proliferación tiene que ver más bien con la amplificación, la demanda y el desarrollo de nuevos canales. Las plataformas y podcasts han ayudado a que se produzcan cada vez más formatos sobre crímenes reales.

Pero el fondo es el mismo. Hechos que cuando se produjeron conmocionaron a la sociedad, llenando espacio en los medios de comunicación la noticia, la investigación, el juicio y el veredicto. Casos que generaron muchas preguntas sin respuesta, casos que no prescriben en la sociedad, sino que generan motivos de revisión. Crímenes seguidos masivamente con gran empatía hacia las víctimas, con cierta curiosidad y animadversión hacia los asesinos. Este seguimiento es el que ha acabado convirtiendo el crimen en género: en true crime.

¿Qué ha cambiado entonces en los últimos años? Probablemente, las formas cada vez más innovadoras y atractivas de contar audiovisual y narrativamente los hechos. Así ha ocurrido en el caso de Rocío Wanninkhof, con el personaje de Dolores Vázquez, que sigue en nuestra retina y que ha sido redescubierto por las nuevas generaciones, que conocen por primera vez la historia.

¿Qué diferencia un true crime de otro? El morbo o el efectismo son solo algunos de los aspectos que pueden darle más notoriedad. Pero, sin duda, una renovada investigación, la exclusividad con los personajes o una producción audiovisual más trabajada y cuidada son los ingredientes que lo convertirán en motivo de culto o de consumo masivo.

¿Quién marca los límites del true crime? En el formato documental, los autores, las plataformas que compran los derechos o los propios participantes deciden esos límites. La revisión del crimen histórico pasa por varias fases: la idea, la línea argumental, la producción y la venta. En cada fase, los obstáculos van creando nuevos límites a explorar: los legales y los éticos. No vale todo. Y aunque sí hay que contarlo todo, hay fórmulas para no cruzar determinados límites.

Soy partidaria de dar voz a todos los protagonistas, pero quién debe participar lo marca cada autor, plataforma o cadena que lo adquiere. Depende de qué personaje es el principal y cuál el secundario. También depende de la forma de conseguirlo o del lugar que ocupa en el desarrollo del proyecto. Hay casos en los que el autor del crimen ha terminado confesando, como The Jinx, o series de ficción inspiradas en hechos reales que consiguen reflejar la mente del asesino.

A veces se cuenta con la complicidad de las víctimas o de familiares para que el grado de conexión y empatía sea emocionalmente mayor y, sobre todo, por una cuestión de derechos y de protección de las víctimas. Sin embargo, en otros, no resulta necesario, porque las nuevas pistas de la investigación no requieren del consentimiento final.

Se busca el consenso más allá de la controversia, el debate y que remueva conciencias. Si un solo true crime sirve para descubrir nuevas líneas de investigación y dar un vuelco real a lo que toda la sociedad pensaba, cumplirá el objetivo deseado por cualquier productor o autor.

Decía recientemente el padre de Marta del Castillo: “Los documentales ponen de manifiesto los errores judiciales y policiales, y mi hija no ha aparecido”. No quiero acabar sin señalar que, si una sola investigación en manos de mis equipos de periodistas consiguiera dar con esa pista, con una confesión real del asesino sobre dónde está el cuerpo de Marta, habrá merecido la pena seguir haciendo true crime el resto de mi vida.


La gran línea roja es la ética

Ramón Campos

Hace unas semanas, Patricia Ramírez, madre de Gabriel Cruz, denunció que se estaba grabando un documental sobre el asesinato de su hijo. Este documental contaría con la participación de la asesina quien, tras un acuerdo económico, estaba realizando una serie de entrevistas desde prisión. Algunos diarios y webs, supongo que en busca del clickbait, relacionaron las declaraciones de Patricia con el estreno de nuestra serie El caso Asunta, cuando no tiene nada que ver una cosa con la otra.

El true crime, que ha existido desde la Grecia clásica en teatro, novelas, óperas, cine, televisión…, sirve para reflexionar sobre el mundo en que vivimos analizando, además del crimen, cuestiones que lo circundan. Si no hay reflexión, ya sea en ficción o en documental, no es true crime; es otra cosa, ni mejor ni peor, pero otra, y en cualquiera de ellas siempre deben prevalecer las líneas rojas de la ética.

En El caso Asunta hablamos sobre los peligrosos vasos comunicantes entre el mundo de la judicatura y los medios (más aún cuando quien va a decidir es un jurado popular), sobre la paternidad, sobre las enfermedades mentales…, todo ello partiendo del horrible asesinato de aquella pequeña.

Hace un tiempo, una plataforma me preguntó si estaría dispuesto a abordar los casos de Diana Quer y Marta del Castillo. Lo primero que hice fue ponerme en contacto con sus padres, que me pidieron que no los hiciese y, sin más, descarté los proyectos. En los dos me parecía que había reflexiones interesantes detrás de los crímenes: cómo los medios trataron de forma despiadada la vida privada de Diana y la desastrosa investigación en el caso de Marta.

Cuando realicé El caso Alcàsser, me puse en contacto con las familias de Desirée y Toñi, que no habían participado del lamentable circo mediático posterior, para pedirles permiso. Sin su consentimiento no habría seguido adelante. Desgraciadamente, con Asunta no había a quien pedirle permiso, pero sí informé a Alfonso Basterra de mi intención ya que, más allá de la verdad judicial, es la única persona viva que podría poner algún reparo como padre de la niña.

En ninguno de nuestros documentales hemos pagado a nadie, porque eso supone pervertir la participación. Alguien que cobra por dar una entrevista es alguien que está dispuesto a decirte lo que quieres escuchar. La ética de nuevo, que es muy puñetera, pero que es una buena forma de no salirse del carril correcto.

Entiendo a la madre de Gabriel; la entiendo como padre y como profesional. Como padre, porque no me gustaría que, si tengo que sufrir una tragedia semejante, nadie utilice la memoria de los míos sin mi permiso. Como profesional, porque no creo que una entrevista a la asesina de Gabriel tenga ninguna segunda lectura que pueda interesar a la sociedad, igual que otros casos que estamos viendo que creo que solo van a terminar provocando una cosa: traspasar unas líneas, que ya se traspasaron en otros tiempos, y que hicieron que aún hoy nos sigamos echando las manos a la cabeza.

Solo hay una excepción para mí: que la víctima del crimen no sea la única víctima del caso. Esto sucede en sucesos como el que se narra en Making a Murderer, por ejemplo. Entiendo que la familia de Teresa Halbach no estuviese de acuerdo, pero había algo por encima: la denuncia de la injusticia que se había cometido con Steven Avery.

Hace unos años, un ejecutivo de una cadena me dijo, cuando no quise montar el desgarrador audio de un abuelo que había encontrado a su nieta asesinada, que “para hacer true crime hay que tener tragaderas”. Yo le respondí que no, que para hacer true crime hay que tener, por encima de todo, ética. Y en esas me mantengo.



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