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Columna
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El poso del PP

Las líneas maestras trazadas durante el segundo mandato de Aznar, el de la mayoría absoluta, y continuadas en la primera de Zapatero, son las que siguen rigiendo

José María Aznar, Alberto Núñez Feijóo y Mariano Rajoy, en un acto en Valencia, en febrero.
José María Aznar, Alberto Núñez Feijóo y Mariano Rajoy, en un acto en Valencia, en febrero.Mònica Torres
Oriol Bartomeus

Cuando aún no había aterrizado el último confeti del último mitin de la campaña, ya andábamos haciendo cábalas sobre la posible investidura. Cuando aún resonaba el pitido de los altavoces ya estábamos en la siguiente pantalla, camino de Waterloo. Es típico de este tiempo nuestro, acelerado y amnésico, que persigue lo nuevo, lo siguiente, cuando aún no ha acabado lo otro, lo viejo, lo que acaba de pasar o, mejor, lo que aún no ha concluido del todo.

Olvídense de los análisis sosegados sobre lo ocurrido, aún menos de extraer consecuencias de ello. Ahora toca hacer cálculos sobre los posibles escenarios futuros. Hay que moverse. Deprisa, deprisa. Pasar a lo siguiente. Ahora toca investidura, especular sobre lo que puede pedir Pugidemont, lo que puede durar Feijóo (¿alguien se acuerda ya de la noche electoral en Génova, esos idus de marzo vestidos de rojo sangre?). Nos hemos lanzado de cabeza a especular sobre el contenido de los posibles acuerdos para una hipotética investidura de Sánchez. Reforma federal, sistema de financiación autonómica, amnistía. Como si todo fuese posible con un simple chasquido de los dedos. Magia parlamentaria. Como si ensamblar una mayoría para la investidura nos permitiera, de golpe, solucionar problemas que llevan décadas enquistados, desde el inicio de estos tiempos nuestros (¿alguien se acuerda de lo difícil que fue acordar el título octavo de la Constitución? Precisamente ese y no otro).

Vivimos en la especulación permanente, como si todo fuera posible por el solo hecho de pensarlo, o de anhelarlo, de desearlo. Es la base que sustentó el procés independentista. Puesto que lo sueño, tengo derecho a tenerlo. La realidad es un poco más tozuda, como se ha demostrado. Muchos de los posibles acuerdos que se han puesto encima de la mesa estos días son simples brindis al sol, pues no puede haber reforma en profundidad sin una mayoría cualificada en el Congreso, es decir, sin el concurso del PP, lo cual deja en nada las especulaciones sobre un nuevo sistema de financiación o un impulso a la articulación federal (imprescindible, por otro lado) del Estado. Palabras, palabras.

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El PP hace tiempo que quemó todas las naves y su aislamiento parlamentario es la consecuencia de ello. El PP lleva 20 años cargando contra tirios y troyanos, ensimismado en la idea de que ellos son el único partido realmente “nacional” (por mucho que ahora vuelvan a tratar al PSOE, con condescendencia, de “partido de Estado”), y que su misión es la de acabar con la malsana influencia de los nacionalismos periféricos en la gobernabilidad del Estado. ¿A alguien le puede sorprender el rotundo no del PNV a Feijóo? En el año 2000, en pleno apogeo, Aznar consiguió que la Internacional Demócrata Cristiana expulsara a los nacionalistas vascos, aun siendo estos (no el PP) miembros fundadores del club.

Las líneas maestras trazadas durante el segundo mandato de Aznar, el de la mayoría absoluta, y continuadas en la primera legislatura de Zapatero (la de la teoría de la conspiración del 11-M), son las que siguen rigiendo la acción de un PP en manos de su facción más intransigente, que sólo entiende la victoria si comporta la destrucción del adversario, de cualquier adversario, mediante la estigmatización del otro, del traidor, el felón, el vendepatrias, al que después se le reprocha no facilitar, con su abstención, la derogación de su obra de gobierno.

Es el poso acumulado en estos 20 últimos años lo que explica la situación actual del PP. Porque, a pesar de la aceleración amnésica, las palabras quedan, las acciones pesan y resuenan, y condicionan el margen de maniobra, las posibilidades, de los actores políticos. Cuando se apagan los focos sigue quedando el poso, tozudo, pringoso y obstinado, que vuelve una y otra vez para recordarnos que él delimita las fronteras de lo posible. Y esto no vale sólo para el PP, ni tan siquiera para el juego de equilibrios entre los partidos y las posibilidades para las distintas mayorías. Ese poso de tanta rabia, de tanto odio vertido, condiciona la totalidad del sistema, es decir, la posibilidad de llegar a entendernos para construir algo entre todos.

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